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06/04/2008 Ricardo Lopa
La Confederación del Sur Como bien lo supo contar el cabezón, los porteños de Buenos Aires estamos
inmersos en los cien barrios, que a pesar de no ser tantos, lo son cada uno
con su cuita, configurando un todo con características homogéneas. Te cuento tanito que la cosa del arraigo puede pasar a mayores, cada uno
de los barrios tiene su día, escudo y hasta una Junta que dirige sus eventos
culturales y otras yerbas. Bueno están los C. G. P., pero el tema es
administrativo, no de querencia, porque el de Boedo es de Boedo y no de San
Cristóbal o viceversa. Sabés viejo, cuestión de nacionalidades. Te la bato de una para ir aclarando el panorama, apunto al punto que allá
entre los cuarenta y cincuenta apareció en nuestra ciudad. A los otros no,
me cuesta caracterizarlo, imagino que no lo manyo por la edad que deriva en
costumbres diferentes, pero, segurola que también porteño al fin. Bueno,
problema de ellos, que se la rebusquen para cantarla. Contextualizado el quía, te la sigo. El sentido de pertenencia al Barrio
es sagrado, hasta separatista te diría como origen no compartido. Sabés
viejo, cuestión de nacionalidades Pero, la cuestión es más profunda. Me decís “más todavía”. Efectivamente,
porque la subdivisión continúa. En principio, es la ciudad con sus diversas
manzanas que constituyen el Barrio. Manzana que el porteño sabe trozar para
degustar, siendo cada gajo la patria chica dentro del rrioba. Para el caso, como hombre de Boedo nuestro pequeño trozo de manzana, era
Castro como cuadra y Tarija nuestra esquina. Cada integrante de la cuadra
era patrón y sota de la misma y propietario sin título de la esquina,
legitimado por años de usufructo. La esquina solía incorporar adherentes de
las cuadras vecinas, obraba como un fuero de atracción sobre los que no
tenían sentido de pertenencia en otros lares. Los límites de influencia
estaban dados hasta donde comenzaba a tener ingerencia otra barra de otra
cuadra con otra esquina de parada. Para nuestro caso, el parate era
Constitución y Castro, la contra se hacía fuerte en el boliche de Goro.
Nuestra esquina no tenía un joraca de arrabalera, era portadora de la
carnicería de Pascual y Vicente. Tano la fui de chamuyeta, la cuestión era ponerte en tema de las partes
del todo. La ciudad madre por un lado, el barrio como hijo mayor por el otro
y la cuadra, la menor de las hijas. Ésta la eterna soltera generadora de la
adoración de muchos. Cariño que con el paso de los años se acrecienta
transformándose en amor eterno. Ésta que no se enamoró de nadie en especial
y que paradójicamente origino el metejón de los muchachos de la barra. Hasta ahora Giusepe te canté tan solo divisiones y subdivisiones. Pero
como hombres de Boedo, integrábamos la gran familia del Sur. El sur persiste
con su confederación de barrios formada por Boedo, Patricios y Pompeya.
Comunidad jurídica de hecho, con fisonomía edilicia y social bien
definida. Porque, a pesar de los años transcurridos, Boedo no es Madero, ni
Patricios es Palermo “Sojo” y mucho menos Pompeya Palermo “Hollywood. Ojo
tano, ni mejores ni peores, somos nosotros. A esta altura de la cantada, te bato y me pregunto, ¿soy el indicado para
el chamuyo del Sur? Si bien toda comparación es ingrata e injusta de movida,
quien mejor que el Barba, para graficar al Sur y su gente. El que te jedi con su Aña que siempre lo acompañó, fue hombre de la
Confederación del Sur. Del Boedo culturoso, que sin pedir permiso de puro guapo nomás corajeó
como Barrio mucho antes del reconocimiento oficial, supo ser habitante
querendón por residencia familiar, por la primaria de 24 de Noviembre y la
de Humberto 1º y sus compañeros, por elección como caminante bohemio con
Cátulo en busca de los comités Cochabamba al este. ¡No fue el Teatro Boedo
que escucho la verba estridente y clamorosa de Homero, en el acto que dio el
puntapié inicial FORJA, allá por el 2 de mayo de 1935! De Patricios, patacón por Rioja de blanco delantal almidonado en la José
María Gutiérrez, mayor en el Benigno y de once por Luna al sur, junto a
Julián, en busca de ese amor que no se negocia. ¿se entiende tano? Segurola
que la manyás. Y de la Pompeya que recreó, por la adolescencia secundaria del Luppi, los
metejones de bepi en maduración y las amistades entrañables que perdurarán. Y el Barba lo dijo “Un pedazo de barrio, allá en Pompeya…” el Sur es
mucho más que Boedo, Patricios o la misma Pompeya, que son tan solo un
“pedazo” Pompeya es un poco de todos nosotros integrantes convencidos
de la Confederación de nuestros barrios. Para el caso, ¡me pianté de Boedo
para casoriarme primero, y bautizar a mis hijas después, en nuestra querida
Iglesia de Pompeya!, pero convencido que todo queda en casa, El Sur, siempre
el Sur. También es cierto cuando el viento sur arrimaba a Boedo el silbo
querendón del maquinista a la pebeta que siempre supo estar aunque no la
veamos, cuando la pampa era más pampa y la estación Sáenz estaba ahí nomás,
nos hacíamos el bocho de “un farol balanceando en la barrera y el misterio
de adiós que siembra el tren” “y del dramón de la pálida vecina que ya nunca
salió a mirar el tren”. “Un ladrido de perros a la luna”. Ahí veo al Sultán con la ayuda de don
Antonio laburándose a la luna de Boedo, que más que un rezongo era la parla
melancólica de nuestra esquina porteña pidiéndole a su manera que no la deje
de iluminar. O me vas a negar, che José, que los mensajes de los ladridos de
los rropes de Pompeya y Patricios, contenían un dejo romanticón que
brillaban por su ausencia en los que podían proferir los del departamento
del décimo piso allá en el norte. Te das cuenta que no es lo mismo, de cajón
que no lo es, pues están en un jonca. Y de seguro, que la luna siempre
enamorada, tira para el Sur en busca del metejón que le labura el Sultán.
Y quien no tuvo en el Barrio el lugar oficial del rasque diario, “el amor
escondido en el portón”. Los mayores sacaban turno para filetear en el
portón de Tarija al 3800, a mitad de cuadra, donde o casualidad, la bombita
que desparramaba la poca iluminación se quemaba. Portón multifuncional, supo
ser en su techo depósito de la madera rejuntada por la pebetada para la
fogarata de San Pedro y San Pablo. Si Tano, no pongas esa araca, ya te la
voy a hacer lunga, pero en otra ocasión. La laguna del Barrio te la debo, pero el chamuyo del bandoneón decía
presente en las hábiles manos de Juancito, residente reservado de Castro al
1300, que para la ocasión nunca faltaba. Era como la música de fondo “
y a lo lejos la voz del bandoneón” que bancaba a la barra de la esquina. Por
ahí me zumba al oído, que el Juancho hizo pie en la típica de Tití Rossi,
vaya uno a saber, pero que el bandoneón lo escolaseaba, lo escolaseaba. “Calles lejanas ¡cómo estarán! En esta te fallé Josecito. No me puedo
hacer el bocho melancólico, te canto que de puro caprichoso el destino me
hace continuar en la Castro de la barra que fue del Barrio. Una capa de
asfalto sobre los adoquines y chau picho cambio hecho. Que tal si ese jovato
empedrado batiera todo lo que le chamuyaron los reos a la hora de la siesta
con la de pulpo. Mejor, dejémoslo ahí, a ver si también tira de puro oreja
los aullidos de los molestos vecinos. Sin embargo, hay cosas que faltan y
muchas. La calle tendrá asfalto, más luces, y muchos autos, pero hay cosas
que faltan. Los sillones a la tardecita en la vereda y el empilche haciendo
juego de doña Elsa y don Antonio, viste que hay cosas que faltan. Si bien
por un lado zafo, por el otro mi presencia por más de sesenta años aumenta
la nostalgia del tiempo pasado. Pero a pesar de las ausencias
irremplazables, a la que se suma la irrealidad de “Juana la rubia que tanto
amé”, el presente tiene la presencia de la rubia verdadera, a la que tanto
amo. Barrio que no tuve tiempo para transformarte en recuerdo, porque que no
me piré, y si es verdad que se necesita faltar para añorar, no es menos
cierto que un atardecer cualquiera de un domingo cualquiera, todos los años
de mi vida acumulados como residente de Castro se te vienen encima y te
cargan de recuerdos. Por ahí aparecen los muchachos de la barra, que sin ser
amigo, hoy ni recuerdo. Caminando con la chuequera futbolista cada uno
imitando a su ídolo después de la cancha, la de goma no podía faltar. Había
que despuntar el vicio. De la mimbrería de Dardo en Tarija y Castro venía el
centro para cabecear al arco de árbol de la carnicería, vereda de enfrente.
Pobre Vicente el carniza, las broncas que se habrá agarrado al tener que
venir de raje para bajar la cortina levantada por un taponazo de un gomia
cualquiera de un domingo cualquiera. Domingo futbolero querendón y
nostálgico como nunca, hoy si que no volverá. Esto no tiene remedio tano,
hay cosas que faltan. “Viejos amigos que hoy ni recuerdo ¡qué se habrán
hecho, dónde estarán! ….Barrio de tango, luna y misterio ¡desde el recuerdo
te vuelvo a ver!” Te canto por si no te avivaste, que éramos propietarios sin título de la
esquina de Castro y Tarija, tal como lo acreditábamos por la posesión
ininterrumpida durante años, con sol, lluvia, ofri o lorca. No me vas a
negar, y de seguro que ni lo intentás, que los silbos tangueros de la
muchachada de nuestra esquina un sábado a la tarde bien tarde esperando la
milonga, no se diferencian en lo más mínimo de los de Centenera y Tabaré ó
de Caseros y Rioja. “Un coro de silbidos allá en la esquina” No me digas que
parar en una esquina de Boedo, punto joven medio encorvadón manos en los
bolsillos dejo de pretendido malevo con la crencha engrasada y con algo de
Barquinazo al caminar, silbando la canción que todos silban y entonan
distinto, no te da dique y pedigrée, para anclar en cualquier esquina de
Pompeya o Patricios, fichando medio de cheronga medio de queruza las
restantes. Y en la otra esquina de Castro, vieras el almacén de la Constitución
aguantadero de la contra que no frecuentábamos más por pibes y rivales que
por otra cosa, ¿no era un lugar de timba y escolaso común a todos los
boliches del sur? “El codillo llenando el almacén” Ojito no confundas viejo,
la trifulca era por los porotos y nada más. Ahí me veo bancando en el pescante al Beto adolescente que con la
“zurda amarrada la rienda”, se dejaba guiar por La Nena “por las piedras de
Constitución”, en busca de San Cristóbal y del respiro merecido a la fiel
yegua después del laburo. “Vamos Nena que ya llegamos y el morfi espera”,
cariñosamente le chamuyaba el amigo a la oreja de la conductora de “la chata
entrando en el corralón” Me fichás con jeta de poca paciencia. Finalicé, fuiste el logi que puso
la araca para que la chamuyara a mi Barrio de Tango, con Homero Manzi como
interlocutor excepcional. Así traté de evocar sus días que fueron míos, con
mi esquina de Castro y Tarija que fue de muchos, mi Boedo, de muchos más y
el Sur que fue de todos. Ricardo Lopa.
Boedo, Castro y Tarija. Marzo 7 de 2008
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