Rosa de la Fuente: Altura Lope de Vega al 2000

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Altura Lope de Vega al 2000Sólo tiene trescientos metros. Las dos terceras partes desembocan en la calle Baigorria. Será por eso, para reunirlo con su yerno el sargento Baigorria, que a ésta minúscula porción de la capital la bautizaron Coliqueo. De todos modos aún no siendo suegro del héroe de la guerra de la Independencia, tuvo brillo propio como cacique de Los Toldos. Lo cierto es, que el pasaje Coliqueo, integra la sinfonía que lenta a veces, eufórica otras y casi siempre pareja, voy componiendo con mi vida.

Recuerdo especialmente el otro tercio, el que forma ángulo recto con la calle Marcos Sastre, con la que, competía en el barro y la polvareda. Los carros tirados por caballos dejaban, surcos dibujando en paralelas aquella masa húmeda y resbaladiza que en la escuela nos enseñaron se llamaba calzada. Eran frecuentes los atascamientos casi siempre de las ruedas traseras del transporte de la basura. Los pobres caballos realizaban proezas avanzando en cada intento para equilibrar nuevamente el conjunto. En casos extremos traían en su auxilio nuevos animales que con fuerzas renovadas lograban su cometido. Aquello era casi un acontecimiento.

Las veredas eran en su mayoría de ladrillos y entre sus intersticios los yuyos apuntaban afanosos a la llamada del sol. Algunas más suntuosas tenían entremezcladas baldosas vainilla, como las que componían sus lujosas hermanas de Lope de Vega apenas distante cincuenta metros. Señalando el límite entre el terraplén y la vereda se hallaba su majestad la zanja y la nombro su majestad porque yo la respetaba desde el triste día en que me caí en ella. El agua turbia estaba escondida por una mata de manzanillas salvajes cuyos blancos pétalos y centros anaranjados me distrajeron y fueron la trampa donde mis pies se deslizaron. Lo que ocurrió fue catastrófico, sentí que caía en el vacío cuando en realidad estaba chapoteando en el agua estancada. Cinta ennegrecida cubierta de sospechosas manchas verdes, temor de las nenas y paraíso de las ranas, que con lluvia o sin ella, cantaban alegremente poniendo música a las conversaciones de los vecinos.

Todos se conocían y casi todos los chicos éramos primera generación de gallegos, italianos o judíos. Esos años fueron muy breves. Con el asfalto de los años sesenta algunos volamos para siempre y aunque volvimos muchas veces ya no era igual. Faltaban el viejo Elías, la gorda que gritaba vendiendo lupines y sobre todo las mariposas, acudiendo presurosas a esas calles de tierra y sus compañeras más bonitas, las luciérnagas, alumbrando secuencialmente las noches de enero dándonos una felicidad que al recordarla endulza el corazón.

Rosa de la Fuente