Parte 1/4 Genealogía de la Vivienda Popular en la Argentina por Prof. Sebastián Otero

Política de vivienda popular y vivienda popular como política
Parque Chacabuco: Barrio Cafferata (1921) y Barrio Emilio Mitre (1923)

DNDA Expediente Nº 890566

Índice de publicaciones

Prof. Sebastián Matías Otero
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Prólogo

barrio CafferataLa investigación discurre sobre la las casas otorgadas por el municipio de la ciudad de Buenos Aires en la década de 1920 en barrio Parque Chacabuco. La problemática aborda temáticas de diversa índole, pero de unitaria raigambre: la cuestión de la vivienda popular como preocupación política; el municipio como ámbito emergente en la vida política; la escasa intervención estatal al inicio del proceso; la participación de agrupaciones cristianas obreras como entidades inaugurales de la problemática de la vivienda popular; la vivienda como instrumento para la reforma social; la imposición de valores de los sectores medios sobre los sectores bajos reflejada en la tipología de las casas edificadas. Pero sobre todas estas cuestiones se erige la preeminencia de la caracterización de los sectores bajos como construcción negativa: “una plaga capaz de disolver la paz social católica”; también, un miasma que se propaga a raíz de una enfermedad exótica, personificada por los sectores inmigrantes urbanos desde la óptica higienista, en el área céntrica de Buenos Aires.
El trabajo de investigación se desarrolla de la siguiente manera: en primer lugar, se abordará la genealogía de la problemática de la vivienda obrera destacando la labor del higienismo y la acción social católica como precursores en los estudios de habitación popular-; en segundo término, las casas populares entendidas como oposición al conventillo; en tercer lugar, la política estatal desde la prescindencia frente a la cuestión social hasta el municipio como constructor; y por último, la tipología de las viviendas populares individuales y los valores que encerraba su arquitectura.
El punto de partida es la concepción de la arquitectura como enigma y síntoma de un proyecto social. El ensayista Christian Ferrer – cuyas investigaciones no discurren sobre esta problemática en particular- esgrimió que toda arquitectura es psicofísica antes que funcional y es capaz de enunciar enigmas apenas audibles a la sociedad[0]; por ejemplo: prostíbulos, salas de cine y estadios de fútbol formulan preguntas acerca del sexo, la fantasía y la guerra, respectivamente.
Las preguntas de esta investigación se vinculan con qué proyecto de sociedad se edificó en las casas construidas por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires en Parque Chacabuco en la década de 1920, quienes fueron sus proyectistas y destinatarios.

[0] FERRER, Christian, Cabezas de tormenta, Buenos Aires, Libros de Anarres, 2005 pág. 67


Primera Parte

Genealogía de la Vivienda Popular en la Argentina

Objetivos

En primer término, haremos una breve reseña de la Argentina contemporánea a la irrupción de la problemática de la vivienda popular; de esta manera abordaremos brevemente las condiciones de formación de los sectores populares urbanos. Luego, mencionaremos la emergencia de la problemática sobre la vivienda obrera en Europa y los primeros cuerpos legales sancionados sobre la cuestión de la habitación popular.
En segundo lugar, reseñaremos los principales precursores en materia de estudios sobre el hábitat popular en la Argentina, los cuales se anticiparon a la acción estatal. Con este fin analizaremos brevemente por un lado, al movimiento higienista, corriente científica que inaugura el estudio en materia de vivienda obrera en la Argentina, por otro lado, la acción social católica y dentro de este grupo en particular mencionaremos las obras, por un lado, de Juan Félix Cafferata (1877-1957) , propulsor del primer cuerpo legal integral promovido desde el Estado en materia de vivienda popular – es decir, la ley 9677 de Casas Baratas- y, por otro lado, los escritos de Alejandro Bunge (1880-1943) , economista y militante católico, infatigable promotor de la necesidad de la intervención estatal en política habitacional.
Por último, ilustraremos las condiciones de vida de los sectores populares en torno al conventillo, principal forma de hábitat popular hacia principios de siglo.

1907: Inquilinos y Departamento Nacional de Trabajo

Con el fin de analizar la vivienda popular en los primeros decenios del siglo XX en la Argentina, es necesario mencionar la situación socioeconómica de los sectores populares urbanos en dicho recorte temporal. Por esta razón, en primer término haremos una breve reseña histórica de la estructura socioeconómica Argentina de principios de siglo XX, en particular de las condiciones de vida del sector trabajador urbano. En segundo lugar, abordaremos brevemente la irrupción de la problemática del hábitat popular en la agenda oficial como corolario de la denominada “huelga de inquilinos”, la cual denunció las pésimas condiciones habitacionales de gran parte de los sectores populares en la primera década del siglo XX. Por último, reseñaremos la creación del Departamento Nacional de Trabajo como evidencia de la necesidad de intervención estatal, hasta ese momento escasa, sobre la situación laboral, habitacional y sanitaria de la clase trabajadora.
Los sectores trabajadores urbanos emergen en la Argentina como consecuencia de su particular inscripción dentro del esquema del mercado mundial; en paralelo a la conformación del Estado-Nación argentino, se cristaliza la internacionalización de la economía Argentina como productora de bienes primarias y receptora de capitales y mano de obra, orientado por el esquema de la división internacional del trabajo hacia países de baja población y potencial exportador de materias primas. Argentina atestigua la masiva afluencia de inmigrantes allende el atlántico, que merced a una política oficial inmigratoria librada a la especulación, se ven imposibilitados de adquirir tierras. En consecuencia, la demanda del sector urbano, gracias al desarrollo de actividades terciarias y paulatina ampliación del mercado interno, fue un polo de atracción para el inmigrante; es preciso señalar que el extraordinario desarrollo demográfico urbano no es fruto de la revolución industrial sino por impulso de una inmigración masiva privada de acceso a tierra. El exceso de inmigrantes satura la oferta de trabajo urbano; en este marco se produce la primera confrontación de la clase trabajadora con la élite dirigente, en torno a los salarios, siendo la represión el principal mecanismo de regulación social promovido desde el Estado frente a las paupérrimas condiciones de trabajo obrero.
También el conflicto entre los sectores populares y la élite dirigente fue en el campo de la materia de vivienda: una masa trabajadora apiñada en la zona céntrica, habitando en conventillos por debajo del nivel de salubridad, bajo el signo del hacinamiento. En 1907, tomando como epicentros los conventillos de Buenos Aires, se inicia una revuelta como reacción a la decisión de la Municipalidad de anunciar un aumento de impuestos, que derivó en un incremento de alquileres. La huelga es el corolario de la solidaridad del inquilinato céntrico, cuya organización espontanea fue estigmatizada dentro de los sectores dirigentes como producto de un contagio, como incluso se puede pesquisar en la descripción de un protagonistas de los sucesos : “de conventillo a conventillo se extendió rápidamente la idea de no pagar, y en pocos días la población proletaria en masa se adhirió a la huelga”[1] ; de allí, la comprobación por parte de la élite de los postulados higienistas que consideraban al conventillo como depósito de gérmenes “pestilentes” por anarquizante y “exóticos” por dentro del medio local.
Es preciso mencionar, que en la “huelga de inquilinos” de 1907 las mujeres estuvieron particularmente presentes en el conflicto, para ellas el conventillo condensaba el ámbito domestico y el laboral: “(…) la defensa de la vivienda para muchas mujeres implicaba simultáneamente la de sus lugares de trabajo : la `pieza no sólo era comedor-dormitorio sino el sitio en donde se encontraba la máquina de coser, fuente de trabajo y frecuentemente pilar fundamental de la subsistencia de la de la familia”[2]
1907 es el año también de la creación del Departamento Nacional del Trabajo, producto del abandono de la prescindencia por parte del Estado ante cuestión social: las dos primeras memorias del Boletín del Departamento Nacional del Trabajo hacen referencia a la problema de la habitación obrera; en dicho Boletín está registrada la demanda de mejoras por parte del inquilinos de conventillo: rebaja del 30% de los alquileres; abolición de toda clase de garantía salvo la de cobrar el mes adelantado; compromiso de no desalojar a los inquilinos cuando no mediase falta de pago de uno o más mensualidades; mejora de las condiciones higiénicas de la casa[3].
Desde la torre de marfil de “La Gran Aldea” extinta, el conventillo se comienza a avistar como miasma y plaga, cuyos movimientos dentro del escaque urbano es temor, contagio y confusión.

La política de vivienda popular en Europa y su repercusión en Argentina

Para una primera aproximación a la intervención estatal en cuestión de vivienda de los sectores populares se hace necesario mencionar los proyectos acecidos en la Europa decimonónica. A partir de inéditas problemáticas sociales derivados de la masiva afluencia de migrantes rurales a las urbes industriales europeas, los legisladores de las potencias allende el Atlántico, manifestaron la necesidad de una política de intervención estatal en materia de vivienda.
En este apartado analizaremos la primera tentativa de política estatal habitacional en Europa y reseñaremos las diferentes posiciones en torno al rol del Estado frente a la vivienda popular. Por último, señalaremos el conocimiento y la influencia de las medidas de los legisladores europeos en la Argentina, principalmente en dos aspectos : por un lado, el influjo de los estudios de vivienda populares realizados en Europa sobre Juan Cafferata, militante católico y propulsor a través de su banca en el Congreso Nacional de la ley 9677 de Casas Baratas[4], sancionada en 1915, primer cuerpo legal integral sobre materia vivienda por parte del Estado; por otro lado, mencionaremos la vital importancia de los estudios en política habitacional europeos como fuente de legitimación de los proyectos de la elite dirigente reformista en el primer decenio del siglo XX.
En la Europa de fines del siglo XIX, se realizaron diversos congresos[5] con la finalidad de obtener una solución al problema del hacinamiento, la segregación social, la falta de servicios públicos y la degradación de las condiciones higiénicas, características de la transición urbana que se vivía en la Europa finisecular; las condiciones de vida a las cuales se circunscribía la clase trabajadora de las diferentes ciudades industriales europeas, hicieron que los estados europeos occidentales comenzaran a promulgar cuerpos legales que lograran regular el mercado de los alquileres y la edificación de viviendas destinadas a los obreros y asalariados. En este sentido, Jules Sigfried presenta a la Cámara un proyecto de ley sobre las habitaciones obreras que tras dos años de discusión fue aceptado en el Senado en noviembre de 1894; este cuerpo legal permitiría la creación de múltiples comités sobre viviendas baratas en cada departamento, denominados “habitations a bon marché”. Estos comités tenían por fin impulsar la construcción de viviendas higiénicas destinadas, particularmente, a los asalariados.
Dos vertientes políticas antagónicas confrontaron sobre la problemática de la vivienda popular en la Europa decimonónica : por un lado, la escuela francesa de matriz netamente liberal, renuente de la acción estatal directa, en la cual la subvención del estado es definida como injusticia para los sectores restantes que no gozaban de tal beneficio, a la vez que, significaba una pérdida de recursos a recuperar mediante impuestos que recaían en quienes menos tenían; por otro lado, la escuela belga, la cual sostiene la importancia de un capital mixto a conformar entre el sector público y el sector privado.
Aunque la problemática del habitar popular tuvo un mayor interés en la Europa industrializada que en la Argentina agroexportadora, existía en Argentina información sobre los debates que se realizaban en el Viejo Mundo. Por otro lado, la construcción de una Europa como depositaria de progreso y fuente de legitimación de la élite intelectual[6] también se puede pesquisar en materia de vivienda: en 1908, Figueroa Alcorta, el Presidente en función, promulga un decreto nombrando un comisionado para estudiar en Europa el problema de la habitación obrera; la comisión fue confiada a la figura de Ernesto Quesada, para que éste, “(…) visitando las naciones fabriles, informe sobre los resultados prácticos obtenidos por la acción privada y pública respecto a la construcción de casas baratas e higiénicas y sobre la posibilidad de aceptar en nuestro país alguno de los sistemas empleados.”[7]. El decreto de Figueroa Alcorta constituye una de las primeras reacciones del Estado nacional frente a la problemática de la vivienda y nace aguijoneado por los sucesos de la huelga de inquilinos acontecida en 1907; a partir de allí, o la cuestión de la habitación popular es propósito del gobierno, pues “(…) el alojamiento sano y económico, es una de las bases de la moralidad y del orden”[8].
Asimismo, Juan Cafferata, el impulsor de la Ley 9677 de Casas Baratas, cristaliza su autoridad en materia de habitación obrera y persuade sobre la necesidad de intervención estatal mediante una demostración del proceso habitacional europeo:
“La mayor parte de las epidemias tomas su origen y se desarrollan, por otra parte, en las casas sobrehabitadas y malsanas (…) las consideraciones orden moral que se derivan de la mala vivienda no son menos dignas de tenerse en cuenta : inmoralidad, alcoholismo, prostitución, degradación (…) la acción de las comunas resulta , con todo, insuficiente, y el Estado, que ya ha intervenido dictando leyes protectoras, entra a construir , con positivo beneficio , dando razón a la conclusión es de los congreso de Dusseldorf (1902) y de Lieja (1905), en que se afianza la opinión dominante de que el Estado debe intervenir directamente a favor de la habitación barata. Prusia recurre a la construcción directa, y en siete años invierte la suma de 20000000 de marcos; Italia llama a concurso de planos, y acuerda un premio de cinco mil liras para la mejor construcción agrícola de Cerdeña; en Chile, el gobernó de la Moneda vota la suma de 600000 pesos para terrenos y construcción destinadas a los obreros de ferrocarriles.”[9]
Por último, señalaremos que en los fundamentos de su proyecto de ley sobre Casas para Obreros presentado el 14 de Agosto de 1912, Juan Cafferata apela a una cita de la obra del mencionado Jules Sigfried como apelación a la autoridad en materia de vivienda de interés social, para subrayar la importancia de una serie de mediadas estatales destinadas a estimular la obtención de la casa propia por parte de los sectores populares como aseguro de la estabilidad social : “(…) Sin la vida de familia, que lo hace posible `la casa propia`, no puede haber ni comida ni previsión, y por lo tanto, ningún progreso durable, ninguna mejora seria”[10].

Higienismo, miasmas y salud pública

Hasta la consolidación del urbanismo como conjunto de saberes que tienen por objeto la ciudad- proceso apenas perceptible hasta la segunda década del siglo XX- otras voces pronunciaron juicios sobre las problemáticas urbanas; el higienismo ocupa entre estas disciplinas un lugar relevante[11].
Hacia la segunda mitad del siglo XIX, el movimiento higienista, a escala internacional, se constituye en un programa integral, deudor de una reformulación del concepto de salud cuya meta es alcanzar todos los aspectos de la salud humana: salud, física mental y social; por lo tanto, dichos tiempos atestiguan la emergencia del “(…) concepto de salud pública tal como hoy lo entendemos, es decir como plan preventivo , orientado a preservar la salud y calidad de vida permanente de las personas, que implica planeamiento profesional y regulación estatal en lo relativo a las normas sobre saneamiento.”[12]. Dicha caracterización del higienismo como dispositivo sanitario programático se refleja en la palabra de Eduardo Wilde, uno de los introductores de la profesionalización del higienismo en el marco local, de manera taxativa:
“Siendo la misión del gobierno cuidar la salud del pueblo, sepamos qué se entiende por salud del pueblo. Nosotros no hemos de entender, lo que se entiende vulgarmente, preservación de enfermedades, impedimento a la importación ni propagación de las epidemias, nosotros tenemos que entender por salud del pueblo, todo que se refiere a su bien estar y esto comprende todo lo que contribuye a su comodidad física y moral. Luego las palabras: salud del pueblo, quieren decir: instrucción, moralidad, buena alimentación, buen aire, precauciones sanitarias, asistencia pública, beneficencia pública, trabajo y hasta diversiones gratuitas; en fin, atención a todo lo que pueda constituir una exigencia de parte de cada uno de todos los moradores de una comarca o de una ciudad.”[13].
Para una mejor comprensión del higienismo argentino es preciso establecer una periodización; de esta manera, es posible diferenciar con exactitud los cambios en sus objetivos sanitarios, a la vez que un desplazamiento desde un higienismo homogéneo, instituido en el brazo médico del Estado liberal argentino en proceso de secularización, hacia un higienismo heterogéneo, que contiene en su interior médicos de formación católica[14], como así también, médicos socialistas. El primer periodo es posible circunscribirlo entre las décadas de 1870 y 1880, decenios signados por la preocupación por enfermedades pestilenciales exóticas, la defensa sanitaria marítima y el saneamiento interno. El segundo momento, cuyo inicio es la década del 90, está marcada por los triunfos frente a enfermedades importadas y la irrupción de los problemas sanitarios derivados de la acelerada urbanización, los que se relacionan con las condiciones materiales de existencia de sectores populares; es decir, en esta segundo periodo, los peligros se han internalizado[15]. Es este marco en el cual se trasluce que la precariedad de las viviendas dificultan la profilaxis, por lo que higienistas insisten sobre necesidad de resolver el problema habitacional, estableciendo que la salud humana no puede mejorarse solamente por reformas infraestructurales sino interviniendo directamente sobre las condiciones de vida material y social de los trabajadores, como se evidencia en las palabras de Wilde, “(…) la higiene pública es la higiene de los pobres y esta y debe estar, a cargo de los gobiernos.”[16]
Dicho recorte sobre el cuerpo social y la introducción del problema del habitar popular marca un movimiento a través del cual, el higienismo se inserta en el espacio y en la vida privada, introduciendo un programa de higiene pública y un nuevo objeto de preocupación: los conventillos; en este periodo los médicos higienistas integran la regulación higiénica a una estrategia superior: la obtención de la casa propia por parte de los sectores populares[17].
Como señalamos anteriormente, 1890 es un momento de quiebre dentro del discurso higienista, a partir del cual fue atravesado por otras ideologías como el socialismo[18] y el catolicismo social. Cafferata, en sus disquisiciones acerca de la necesidad de la vivienda popular, higiénica y barata establece una relación directa entre proliferación de enfermedades y el habitar popular, evidenciando una asidua lectura de postulados higienistas, donde se constata su mención a la triada higienista:
“La mala vivienda es con el alcoholismo la gran productora de tuberculosis. La vivienda estrecha o, oscura, superpoblada, donde no llegan ni el rayo de Sol, ni el aire oxigenado; donde se ven hacinadas las familias en una atmósfera física y moralmente irrespirable, verdaderas estufas de cultivo que hacen germinar, prosperar y multiplicarse los agentes de la destrucción el individuo y de la especie. Cada tugurio, cada rancho, cada pieza de conventillo es un medio propicio para renovar y exaltar la virulencia de los gérmenes patógenos, ayudados por la oscuridad y el aire confinado gérmenes que vuelcan más tarde sobre las ciudades la infección y la muerte, por más que hayan hecho hasta hoy las leyes y la ciencia.”[19]
Las malas condiciones de existencia de la clase obrera constituye un peligro para salud de sectores más acomodados, amenazados por focos infecciosos que representaban los barrios pobres; dicho temor lo ilustra la siguiente frase de Guillermo Rawson, prohombre del higienismo argentino, “(…) no son solamente los desagraciados habitantes de los conventillo los que pagan la pena de tan desgraciada condición, con su salud y con su vida, sino que esos centros impuros se convierten en focos para difundir por todas partes las emanaciones mórbidas que a allí se cultiva y que alcanzan aun a las regiones más elevadas de la población; que las epidemias de toda naturaleza tiene su origen fecundo en esas casas insanas y que de allí se extienden en seguida para hacer los centenera y millares de víctimas que tantas veces hemos contemplado.”[20]
Dentro del discurso higienista, la heterogeneidad ideológica permite no señalar más que importantes coincidencias: en primer lugar, el higienismo estableció una distancia temprana frente a exultante optimismo de la élite dirigente; en segundo lugar, constituyó su discurso como advertencia de conflictos sociales de nuevo tipo derivados de la vertiginosa urbanización; en tercer lugar, esbozó, no sin prejuicio clasista, una preocupación por situación económica de los sectores populares, ajenos a otros sectores de la élite; por último, aquellos médicos que provenían del socialismo y del catolicismo social fueron quienes alentaron reformas legislativas que mejoraran la situación de los pobres. Los higienistas se apartaron del liberalismo ortodoxo y junto con la iglesia fueron los primeros en solicitar la intervención del Estado en defensa de los sectores populares.

La Iglesia, la vivienda, la familia

En el transcurrir de los años que median entre 1880 y el Centenario se produce una reubicación del discurso católico en un lugar simbólico central; en dicho recorte temporal es posible pesquisar un cambio de orientación en el recorte de la realidad en el medio católico local caracterizado por una transición desde la oposición a los avances de la secularización de amplios sectores de la vida social Argentina en la década de 1880, a la denuncia de la emergencia de cuestión social como efecto no deseado del proceso de modernización en el primer decenio del siglo XX; en consiguiente, los católicos argentinos se movieron entre dos frentes: liberalismo y socialismo. Frente a un Estado prescindente ante la cuestión social, la Iglesia asume una labor orientada a preservar el orden social bajo dos prescripciones: contrarrestar influencia creciente de los socialistas y anarquistas, y promover la intervención del Estado[21]. Bajo estas premisas, surge entre los militantes católicos preocupados por las nuevas problemáticas sociales – sector marginal dentro del movimiento católico argentino- el interés por la vivienda popular.
La Iglesia, como organización internacional, trasladó al medio argentino, en la consecución de sus objetivos en el campo de su acción social, las premisas formuladas en la encíclica Rerum Novarum de 1891 promulgada por el Papa León XIII; conforme a lo postulado en dicha encíclica, los emergentes conflictos sociales finiseculares son entendidos como producto de una guerra entre las clases, cuya solución radica en la conciliación entre diversos conflictos sociales para alcanzar la armonía social; la gran preocupación es la estabilidad del orden social. La encíclica de 1891 abandona la mera denuncia frente a sus tradicionales antagonistas decimonónicos – liberalismo y socialismo- y establece un cuerpo de prescripciones en materia social, “(…) cuando se plantea el problema de mejorar la condición de las clases inferiores, se ha de tener como fundamental el principio de que la propiedad privada ha de conservarse inviolable(…)”[22]; también establece la finalidad de la acción estatal “(…)queda al alcance de los gobernantes beneficiar a los demás órdenes sociales y aliviar grandemente la situación de los proletarios(…) ya que el Estado debe velar por el bien común como propia misión suya(…)”[23]: es decir no se puede librar el acuerdo entre las clases a la espontaneidad. De esta manera, la Iglesia “(…) retoma su tradicional concepción de un Estado tutor (…)”[24] y en la misma línea ensalza el valor de la familia, principalmente el rol parental: “al igual que el Estado, según hemos dicho, la familia es una verdadera sociedad, que se rige por una potestad propia, esto es, la paterna”[25] homologando al Estado con la familia. Estas son las claves interpretativas de la problemática del hábitat popular: preservación del orden, inviolabilidad de la propiedad privada, identificación de la familia como pilar del Estado, necesidad de intervención estatal. No hay frase que mejor conceptualice el porqué de la acción social católica en materia de vivienda que la siguiente: “las autoridades policías pueden quizás perseguir y disolver las asambleas de los enemigos del orden social, pero quien evitara las reuniones de los habitantes de un conventillo “ [26]
Los Círculos de Obreros, sociedades destinadas a “(…) evitar contagios doctrinarios nocivos (…)”[27] Ingresan en la acción social católica, con el fin de establecer la armonía entre patrones y trabajadores, es decir “acercar una clase a la otra”[28]; dicho medio de acción se encuentra promocionado como acción social recomendada en la encíclica Rerum Novarum:
“(…) el lugar preferente lo ocupan las sociedades de obreros, que comprenden en sí todas las demás [sociedades de socorros mutuos y patronatos]. Los gremios de artesanos reportaron durante mucho tiempo grandes beneficios a nuestros antepasados. En efecto, no sólo trajeron grandes ventajas para los obreros, sino también a las artes mismas un desarrollo y esplendor atestiguado por numerosos monumentos. Es preciso que los gremios se adapten a las condiciones actuales de edad más culta, con costumbres nuevas y con más exigencias de vida cotidiana. Es grato encontrarse con que constantemente se están constituyendo asociaciones de este género, de obreros solamente o mixtas de las dos clases; es de desear que crezcan en número y eficiencia (…)”[29].
En Argentina, en 1892 bajo la égida del sacerdote alemán Federico Grote se organizo el primer círculo obrero, donde se promocionó el ideario reformista: mutualismo, adoctrinamiento, legislación social, acción sindical y política. Desde su perspectiva moral apela a la responsabilidad personal de obreros y patrones; luego reclama intervención estatal. Sin embargo, la acción social católica encuentra su límite – contenido en la encíclica Rerum Novarum sobre la cual funda su labor social- en la idea de conciliación de intereses sociales y la insistencia sobre la necesaria colaboración de patrones, quienes se mostraban indiferentes[30]. No obstante, es preciso destacar que “(…) la preservación del orden social constituyó para la Iglesia el principal problema, siendo la primera en comprender que para preservarlo debía modificarse parcialmente”[31]; se manifiesta en Emilio Lamarca el rasgo crítico hacia la situación social actual y los limites la represión como regulación social, como se puede observar en la siguiente denuncia, realizada al calor de la Ley de Residencia y la “huelga de los inquilinos”:
“La represión no cura el mal: es un paliativo (…) ese optimismo miope no llega a persuadir que la represión más o menos enérgica del momento, el castigo de algunos reos y la eliminación de varios agitadores, va a concluir con las ideas revolucionarias y con el desenfreno de las pasiones, que hará unos treinta años se viven inculcando a mansalva a diversas y numerosas capas sociales. Aquella represión reconoce limites bien definidos: intimidara hasta por ahí, temporariamente; combatirá hará acaso desaparecer los síntomas ostensibles arriba aludidos, mas no extirpará el mal de raíz”[32]
Otro campo de la difusión de la acción social de la Iglesia los constituyeron los Congresos Católicos Nacionales[33], los cuales denuncian los cambios de orientaciones de su accionar como sector disidente dentro de la élite; si el primero realizado en 1884, aguijoneado de la ley 1420 de Educación Común, fue una respuesta directa a la acción secularizadora del Estado, el segundo realizado en octubre de 1907 focaliza sus preocupaciones sobre la vivienda popular como reacción a la “huelga de inquilinos”. El transcurso entre los dos congresos marca un cambio de objeto de la acción católica – de las leyes laicas a la cuestión social – y un acercamiento con los sectores reformistas de la élite: como sostiene Hector Recalde, “(…) ante el peligro común, los antiguos enemigos de los ochenta se acercaron.”[34]. El Segundo Congreso Católico, significó la instalación de la cuestión de la vivienda popular como síntesis de las misérrimas condiciones de vida de los sectores trabajadores. La vivienda de los trabajadores es calificado factor de desestabilización social y, por lo tanto, a la vez que objeto de reforma política:
“(…) Siendo uno de los medios más eficaces y humanitarios para poner al obrero a salvo de la anarquía y de otras ideas perturbadoras del orden social, el hacerle propietario y la posesión de una casa que consulte las reglas de la moralidad e higiene, la propiedad más necesaria y beneficiosa para él. En consecuencia, el Congreso resuelve:
1) Hacer un llamamiento a los gobiernos y municipios para que den a este ramo la importancia que tiene y encarecerles la conveniencia de invertir una parte de los impuestos que paga el pueblo, en beneficio de los obreros, proporcionándoles viviendas que consulten la moral, la higiene y la economía y que se les de facilidades de pago para que puedan pasar a ser dueños de ellas abonando por número de años (…) el alquiler más módico posible cuyo pago sirva a su vez de amortización.
2) Hacer el mismo llamamiento a las personas de fortuna para que inviertan en obra tan cristiana y civilizadora parte de su capital, y que contentándose on un interés moderado pongan al overo a salvo de la usura con que en este ramo, más que en otro se lo explota.
3) Llamar la atención muy principalmente a los católicos, a fin de que aun sin tener grandes medios den la preferencia a este ramo primordial, ya sea trabajando en pequeña escala, ya sea asociándose con otros para darle mayor impulso.”
[35]
Es preciso señalar la relevancia del Segundo Congreso Nacional de Católicos Argentinos porque que si bien las formas aquí enunciadas no se ejecutaron con exactitud, la orientación se reitero en acciones posteriores: por un lado, la acción del Estado nacional fue propuesta en el congreso nacional por un militante católico Juan Cafferata en su carácter de diputado nacional en el periodo 1912-16; por otro lado, la acción de las instituciones católicas directa se puso en marcha en 1919 con la Gran Colecta Nacional pro Paz Social destinada a recaudar fondos para la construcción de viviendas colectivas para los sectores populares
[36].

La vivienda popular en Alejandro Bunge: economía y “paz social”

Una inflexión particular del discurso católico lo constituye la extensa y solitaria obra de Alejandro Bunge. Al historizar la problemática de la vivienda popular en la Argentina y tomando como corte temporal desde la emergencia de la problemática en el decenio inicial del siglo XX hasta la finalización de la década del 1920 con el fin de los gobiernos radicales, es posible – con un grado de arbitrariedad residual- establecer dos nombres propios, personalidades, en las que la vivienda popular tuvo centralidad en su obra política: Alejandro Bunge y Juan f. Cafferata. Entre ellos existe otro posible denominador común: su adscripción al catolicismo social.[37]
En el quinquenio posterior al Centenario, Bunge fue designado al frente de la División Estadísticas del flamante Departamento Nacional del Trabajo, oficiando de demógrafo; en su obra, la problemática de la vivienda popular es incorporada a la economía política cruzándose con discursos sobre la paz social: la vivienda es definida como medio para aumentar el rendimiento de la fuerza de trabajo – es decir, medio de reproducción social- , a la vez que desarrollo de un nacionalismo económico; desde ésta óptica particular, la construcción de viviendas es apreciada como elemento impulsor de una transformación de la producción nacional.
Alejandro Bunge percibió las carencias del Estado en materia estadística y la abrumadora ausencia de información sistematizada. Por ende, para solucionar las graves falencias en esta materia, Bunge comenzó a publicar el Anuario Estadístico del Trabajo en los cuales denunció las paupérrimas condiciones de vivienda de clase trabajadora[38]:
“(…) En la capital un 80 por 100 de las familias obreras que viven en la planta urbana ocupan una sola pieza, cualesquiera sea el número de hijos. De cada 100 de estas familias que sólo disponen de una sola pieza para vivir, 3 se componen de nueve o más personas ( de nueve a once en una pieza); 12 por 100 se componen de siete u ocho; 31 por 100 están formadas por cinco o seis, y 45 por 100 por tres o cuatro. En diez casos de cada 100 la familia es un matrimonio sin hijos. De las 900000 familias obreras, quizás más, con que cuenta el país en 1919, cerca de 200000 viven en la Capital y sus alrededores. Posiblemente 30 o 40000 viven como las anteriores en los suburbios. Las 140000 o 150000 familias restantes son las que habitan en su mayor parte en conventillo, y están reducidas a vivir en una pieza y a pagar por ella desde un quinto hasta un tercio de su salario.”[39] .
Conforme a la magnitud del problema, y prescindiendo de una explicación coyuntural, Bunge estableció un diagnostico del cuadro patológico en el que estaba hacia el Centenario, sumida la clase trabajadora en lo referente a su hábitat: por un lado, denuncia falta de capital en el sector, por otro lado afirma la necesidad de un salario obrero acorde a una posible financiación de la vivienda digna; lo novedoso reside en criticas acerca de las críticas hacia el sistema de producción y el saber arquitectónico contemporáneo como causas de una deficiente vivienda popular[40]. En primer lugar, la falta de eficiencia obrera, abreva no de la incapacidad biológica sino de diversos factores sociales como los son:
(…)“ el hecho de que en su origen la mano de obra está formada, en su mayor parte , por inmigrantes europeos sin oficios; la importancia excepcional que tiene en la Argentina la inmigración interprofesional, o sea el cambio continuo de la colase de ocupación de los obreros.; la escasez de facilidad post-escolar en general y para la formación profesional en particular(…)”[41]; no limitándose a la denuncia manifiesta un posible programa para reducir los efectos de la incapacidad manual del trabajador:
“(…) no abandonar nuestra actual tendencia hacia una política de selección inmigratoria; crear organismos que realicen mejor que hasta hoy la coordinación de la oferta y la demanda de trabajo acortando el periodo de la desocupación individual y contribuyendo a evitar la inconstancia profesional; fomentar las corporaciones gremiales; y aumentar las educación en el oficio multiplicando el numero y la diversidad de las facilidades post-escolares”[42].
En segundo lugar, Bunge critica las técnicas arquitectónicas vigentes por su afición decorativa y superflua; era necesario pues “(…) un mejor régimen para edificar(…)”[43] y el modelo seria norteamericano porque estas casas en comparación a las edificadas en Argentina,
“(…)eran iguales sólo en el número y tamaño de las piezas y en las instalaciones; pero los pisos eran allí más bajos, las paredes menos gruesas, los entrepisos de bovedilla muchas veces no existían; tampoco estaban los ladrillos exteriores cubiertos de argamasa como en la Argentina; no tenían nada de lo mucho que sobra en nuestro edificios”[44].
Gran parte de las observaciones de Alejandro Bunge se manifiestan en la acción de otro militante católico, Juan Cafferata, por lo tanto a lo largo del trabajo volveremos a analizar la obra bungeana, la cual condensa su militancia católica con su nacionalismo económico.

El conventillo, materialidad de un temor

La modalidad más extendida del hábitat popular la conformó el conventillo y la casa de inquilinato[45]; el conventillo, constructo social depositario de valores negativos desde la perspectiva de la élite, es el producto de la prescindencia estatal frente a la política de vivienda, el aflujo continuo de inmigrantes que encuentran en las urbes su lugar de trabajo y residencia, la incapacidad de acceder a la vivienda unifamiliar, y un mercado inmobiliario librado a la especulación y al “laissez faire”. La zona céntrica de Buenos Aires, evidenció la proliferación de conventillos, porque esta área urbana era la receptora de la mayor cantidad de trabajadores inmigrantes. El crecimiento de la población que residía en esta construcciones, caracterizadas por su disposición en serie de cuartos alrededor de un patio central, se puede conceptualizar como resultante del régimen laboral y la configuración urbana de Buenos Aires; quien habitaba como inquilino en un conventillo lo hacía por la cercanía a los lugares de trabajo y la posibilidad de disponer, aún con precaria infraestructura, de diversos servicios sanitarios como el agua corriente y cloacas, así como veredas y pavimentos, escuelas, atención medica y comercios[46].
Habría que argüir a la identificación plena entre hábitat popular y conventillo que “(…) antes y después de la aparición de los anillos suburbanos, el conventillo fue una solución que apenas cubrió las necesidades de vivienda de un cuarto de la población de las ciudades-puerto vinculadas con la expansión agroexportadora”[47]; no obstante, es preciso destacar que el porcentaje da cuenta de una demografía relativa, por lo tanto, no mide el alza demográfica en términos absolutos que, dado el espectacular crecimiento de la población significaría no representaría un dato menor.
El conventillo emerge como preocupación de índole política, moral y física luego de la “huelga de conventillos” acaecida en 1907, con marcada participación anarquista y socialista; desde entonces, el conventillo y su patio como ámbito de solidaridad de clase, ilustra el temor de las clases dirigentes. El temor se manifestó en tres niveles correlativos: por un lado, temor a la degeneración de la raza, en tanto desde la mirada higienista , y apoyándose en índices de morbilidad y mortalidad, el conventillo no es favorable a la procreación sana por ser vehículo de enfermedades; por otro lado, temor a la insuficiente reposición de la fuerza de trabajo del obrero y falta de una sustitución adecuada por una siguiente generación de obreros en el futuro ; por último, temor al conventillo como foco de contestación social[48]. Dicha conjunción de temores condensa al conventillo, foco de degeneración para y sus habitantes y, sobre todo, foco de infección para el resto de la ciudad, como atestigua Rawson, “(…) en la vida de la ciudad hay tal solidaridad entre sus habitantes bajo el punto de vista higiénico que no se concibe la salubridad del palacio del potentado sin la del albergue del proletario”[49]. También es construida por la élite como foco de todas las ruindades: según Bialet Masset, “los conventillos de la ciudad son atroces, las suciedades en contacto, el pudor y la independencia imposibles, las pasiones acechando pared de por medio en lucha y contacto diarios. Las peleas entre los vecinos sembrando odios entre los hijos desde la infancia, el cambio continuo quitando la idea de estabilidad y matando el patriotismo, ese es el conventillo, foco de todas las ruindades”[50]. Sin embargo, el espíritu de solidaridad entre sus habitantes, como prueba la “huelga de inquilinos”, contrasta con esta visión apocalíptica.
Sin realizar una apología en clave romántica del conventillo, es preciso señalar que muchas de las prácticas, costumbres y formas de pensar de las clases trabajadoras era permanentemente contrastadas con los hábitos de la clase social del observador, considerados naturales universales y ahistóricos, o con una construcción utilitaria acerca de cómo debían ser las formas de vida de la clase obrera. Por otro lado, la vivienda unifamiliar a partir de la cual el higienismo y otros constructos discursivos de la élite, no era la modalidad universal y exclusiva de hábitat; entre ellos podemos contar – y los había entre la masa que conformó la Argentina aluvional-: “ gentes de origen rural para quienes el hogar no reconoce usos diferenciados e intergeneracionales; trabajadores por cuenta propia para quienes es natural superponer los ámbitos de vivienda y trabajo ; campesinos que encuentran en el cultivo de huertas familiares o crianza de aves de corral un medio de compensar los gastos de alimentaciones”[51].

[1] GILIMON “Hechos y comentarios”. Citado en: ABAD DE SANTILLAN, D. La FORA. pp. 177-178
[2] NARI, Marcela, “Del conventillo a la casita propia”, en: Todo es Historia, Buenos Aires. Nº 321, 1994 pág. 39
[3] LECOUNA, Diego, Evolución de los planes de vivienda en la Argentina (1890-1950), Buenos Aires, Dunken, 2002, pág. 44
[4] Dicho cuerpo legal será analizado en la segunda parte del trabajo.
[5] Congreso de parís 1889, Amberes 1894, Burdeos 1905, Bruselas 1897, París 1900, Dusseldorf 1902, Lieja 1905, Londres 1907 y Viena 1910. HIDALGO, R “La política de casas baratas a principios del siglo XX. El caso chileno” (en línea), Scripta Nova. Revista Electrónica de Geografía y Ciencias Sociales, 1 de enero del 2000, nº55,
http: //ub.es/geocrit/sn-55.html
[6] SVAMPA, M., El dilema argentino: Civilización o Barbarie. De Sarmiento al revisionismo peronista”. Buenos Aires, Ediciones El Cielo por Asalto, 2002, passim
[7] ”Habitación Obrera” en: Boletín del Departamento Nacional del Trabajo, Nº71, 1908, pág. 661
[8] Ibídem
[9] CAFFERATA, Juan Félix, Labor parlamentaria. Buenos Aires, Impr. y Encuadernación de la Cámara de Diputados, 1928, pág. 16
[10] Ibidem, pág. 12
[11] PAIVA, Verónica “Entre miasmas y microbios. La ciudad bajo la lente del higienismo. Buenos Aires 1850-1890” en Revista Área. Nº 4, 1996, pp- 23-24
[12] Ibidem. pág. 26
[13] WILDE, Eduardo, Curso de Higiene Pública. Buenos Aires, Imprenta y Librería Mayo, 1878, pág. 9
[14] Juan Cafferata, el propulsor de la ley de Casas Baratas, es uno de ellos.
[15] RECALDE, Héctor “El tema `salud` en la historiografía sobre los trabajadores” en Desmemoria. Buenos Aires, año 3. nº 12, set-nov-1996, pp. 59-60
< sup>[16] WILDE, Op.cit. pág. 9
[17] PAIVA, Verónica Op.Cit. pág. 30
[18] Los médicos socialistas, consideraban que la conservación de la salud es una forma de que los trabajadores, triunfaran en la lucha de clases, leída, por los médicos socialista, en clave bioeconomicista. “Alimentación y vivienda constituyen entonces las condiciones de posibilidad de todo proyecto transformador; si tensamos este; razonamiento para comprender su sentido, alimentación y vivienda vehiculizados son instrumento del cambio político y social” y para dicho fin emerge como instrumento las cooperativas. BALLENT, A “Socialismo, vivienda y ciudad La Cooperativa El Hogar Obrero” Buenos Aires, 1905-1941 en línea http://www.elhogarobrero1905.org.ar/Eho1989201.htm
[19] CAFFERATA, Juan Félix, El saneamiento de la vivienda en la profilaxis de la tuberculosis. Córdoba, B. Cubas, 1917, pág. 10
[20] RAWSON, Guillermo, Escritos y discursos. Buenos Aires, Imprenta Mercatali, 1928, pág. 111
[21] Véase RECALDE, Héctor, La Iglesia y la cuestión social. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1985
[22] Rerum Novarum, en
http://www.vatican.va/holy_father/leo_xiii/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_15051891_rerum-novarum_sp.html
[23] Ibídem
[24] RECALDE, Héctor, La Iglesia… Op. Cit. pág. 69
[25] Rerum Novarum, Op.cit.
[26] PRACK, Enrique, Contra el conventillo citado en: BALLENT, A, “La Iglesia y la vivienda popular: La Gran Colecta Nacional” en ARMUS, D (comp.) Mundo urbano y cultura popular, Buenos Aires, Sudamericana, 1990, pág. 201
[27] RECALDE, Héctor, La Iglesia… Op.cit. pág. 65
[28] Rerum Novarum, Op.cit.
[29] Rerum Novarum, Op.cit.
[30] Véase MARTIN, María Pía, “Los católicos y la cuestión social”, en: Todo es Historia, n° 401, diciembre de 2000, pp. 6-18
[31] RECALDE, Héctor, La Iglesia… Op.cit. pág. 64
[32] LAMARCA, Emilio, Ideas sociales, Buenos Aires : Secretariado Nacional de la U.P.C.A, 1922 pág. 73
[33] Dentro del marco temporal adoptado (1880-1910) se realizaron tres congresos (1884, 1907 y 1908). RECALDE, La Iglesia … Op.cit, pág. 65
[34] Ibídem, pág. 64
[35] NIKLINSON, José “Acción católica social obrera” en Boletín del Departamento Nacional del Trabajo, 46, marzo de 1920, pp. 95-97
[36] BALLENT, A, “La Iglesia y la vivienda popular: La Gran Colecta Nacional” en ARMUS, D (comp.) Mundo urbano y cultura popular. Buenos Aires, Sudamericana, 1990, pp. 197-198
[37] Testimonio de Bunge de su acción por los Círculos de Obreros “que conocía muy bien desde la adolescencia por mis visitas en calidad de visitador de enfermos del Circulo Central de Obreros” BUNGE, Alejandro, La economía Argentina. Buenos Aires, Agencia General de Librerías y Publicaciones, 1930, pág. 378
[38] Véase NUÑEZ, Jorge “Alejandro Bunge y el problema de la vivienda obrera en la República Argentina (1910-1915)” en línea Historia Actual Online. Nº21,

http://www.historia- actual.org/Publicaciones/index.php/haol/article/viewPDFInterstitial/422/340, 2010.
[39] BUNGE, Alejandro, La economía… Op. Cit., pp. 373-374
[40] BALLENT, A, “La Iglesia y la vivienda popular…” Op. Cit. pp. 203-206
[41] BUNGE, Alejandro, La economía… Op. Cit., pág. 386
[42] Ibídem, pág. 387
[43] Ibídem, pág. 383
[44] Ibídem
[45] Existieron otras modalidades de vivienda popular durante las primeras décadas del siglo XX, como habitaciones en hoteles baratos o fondas, la propia fábrica, taller o comercio, habitaciones dedicadas a tal fin en las viviendas de la élite y una diversidad de viviendas autoconstruidas. GUTMAN, Margarita y HARDOY, Jorge Buenos Aires, 1536-2006. Historia urbana del área metropolitana. Buenos Aires, Infinito, 2007, pp. 173-174
[46] Ibidem. pág 165
[47] LIERNUR, Francisco. “Conventillos, ranchos, casa propia”, en: ARMUS, D (comp.) Mundo urbano y cultura popular, Buenos Aires, Sudamericana, 1990, pág. 155
[48] NARI, Marcela, “Del conventillo…” Op. Cit. pág. 35
[49] RAWSON, G. Op.cit. , pág. 137
[50] BIALET MASSE, “Sobre el estado de las clases trabajadoras” Citado en: CAFFERATA, Juan Félix, El saneamiento de la vivienda en la profilaxis de la tuberculosis. Córdoba, B. Cubas, 1917, pág. 354
[51] LIERNUR, Francisco. “Conventillos, ranchos…” Op.Cit. pág. 155

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