Miguel Alberto Guérin: La barra de Pichincha y Cochabamba

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La barra de Pichincha y Cochabamba

Queridos amigos:
 
Pichincha y Cochabamba

Ya cumplió 90 años la casa de Pichincha (1309) y Cochabamba (2310).

La construyó Isidoro Bevilacqua, mi abuelo (casado con Isabel Guardone hija de un panadero de Corrientes entre Libertad y Cerrito), industrial italiano que competía con el Taller Metalúrgico Vasena (Plaza Martín Fierro) y tenía su fábrica en Rondeau entre Entre Ríos y Solís.

Nací allí hace setenta años y todavía vivo en la casa, que se ha conservado tal como fue en sus orígenes.

Allí vivieron mi madre, Nélida Dora Bevilacqua, y mi padre Enrique Raúl Guérin, que fue gerente del Banco Francés del Río de la Plata. Alquilaron la planta baja (Cochabamba 2310): primero Nicolini, un fabricante de corbatas, y luego José O’Reilly odontólogo que atendía en ese domicilio y vivía con su esposa y sus hijos (Pepe y Carmencita). Luego se desalquiló y fui a vivir con mi finada esposa, Elena Huber, eminente profesora universitaria de griego clásico.

Cuando chico, la esquina era punto de reunión de una «barra» de pibes de «la cuadra». En el barrio sólo quedan el Chochi, que vive en Pichincha entre San Juan y Cochabamba, y Horaciito Gadea, menor que nosotros, que lleva adelante la famosa tornería de su padre, también ubicada en Pichincha al 1200.

En Cochabamba al 2200 todavía funciona la Academia Marque, de ingreso a los liceos y colegios naval y militar; sus alumnos, los coches en que algunos venían y se iban, eran como una invasión al barrio.

En Cochabamba al 2300, a media cuadra de la numeración impar, donde hoy funciona un club de fútbol, estaba un famoso conventillo, donde vivía la mayor parte de los miembros de la barra.

En Pichincha al 1350, aproximadamente, había tres casas que habían sido de importante arquitectura y que, en mi niñez, se habían convertido en casas de inquilinato. Allí vivía Vicente, con su hermana Argentina, su hermano y sus padres, en una habitación en que la madre había hecho un verdadero reducto de la limpieza, el orden y la buena educación.

En Pichincha al 1310 había un depósito de ferretaría, que dirigía Vila, el padre de Carlitos, compañero también de la esquina.

Al lado de mi casa, por Cochabamba, en el primer piso, vivía la familia Pandolfelli, el padre trabajaba en la sección comestible de la Tienda Gath y Chaves, el único hijo, Luis María (Luisito) se recibió de odontólogo y atendió por años en su casa. En el segundo piso vivían Coco y su hermano, con su padre y su abuela, famosa porque los llamaba a tomar la leche y a bañarse desde el balcón.

En Cochabamba, de la vereda impar, vivía un mecánico, el Coco, que trabajaba en el Automóvil Club y arreglaba perfectamente y de manera muy acomodada los automóviles del barrio.

Fui, como otros, el Pochi, por ejemplo (Pichincha 1250) al Colegio Carlos Pellegrini: Elvira de Blanda (primero inferior), Dominga Delloca (primero superior), Pereyra (segundo), Albertelli (la señorita de tercero), Ghitoni (el maestro de cuarto), Ruffa (el de quinto), Bustamente (el de sexto). También iban al Pellegrini los Buschi, hijos de uno de los dueños de la imprenta Buschi, que estaba en la actual salida por Cochabamba del Laboratorio Beta.

Jugábamos a la pelota (yo pésimo) en las calles, preferentemente Cochabamba, un arco en una vereda, entre el árbol y el frente, y otro a media cuadra. También a la «cabeza», en parejas de vereda a vereda. La tierra de los árboles era adecuada para la bolita (hoyo y quema) y los frentes de las casas servían para las figuritas (la tapadita, el arrime y el espejito). Con tiza dibujábamos en la vereca la pista de nuestros autitos de plástico «preparados».

Los sábados, cuando nos daban plata, algunos de la barra -Carlitos Vila, Vicente, el Chochi- íbamos al National Palace, (San Juan entre Matheu y Alberti),  menos al Select San Juan, que no era tan «de familias», y veíamos tres películas en continuado, desde las 14:00 a las 19:00.

En Cochabamba al 2300, de la vereda par, funcionaba una fábrica (Sin fin) de lonas y zapatillas; cuando se quemó, el barrio quedó conmovido. Estuvo mucho tiempo sin funcionar y luego la arrasó la autopista, junto con un baldío que estaba entre la casa de Luisito y la fábrica, protegido por un muro con trozos de vidrios clavados en el cemento para que los chicos no pasaran; los de otro baldío (Pichincha al 1200, vereda par) no dieron resultado y el Pochi y su hermano Carlitos, que vivían al lado, lo acomodaron para entrenarmos con el equipo barrial que funcionaba con las camisetas donadas por Virgili, que tenía una «pompa fúnebre» en San Juan y Pasco (esquina sudoeste) y vivía en el edificio, que aún subsiste, y que, desde la azotea de mi casa, era lo único que molestaba la vista del Ministerio de Obras Públicas.

El bar de Pichincha y San Juan constituyó (que subsiste como bar y restaurante) el primer paso de la separación de la barra. Algunos ocuparon tímidamente alguna mesa interior, a otros no nos alcanzaba la plata ni el permiso familiar.

Cuando empecé el secundario (fui al Colegio Nacional de Buenos Aires, Bolívar entre Alsina y Moreno) me fui abriendo de la barra.

Pero, para gratísima sorpresa mía, el último día del amigo (2011), alguien tuvo la idea de convocarnos al Bar de Pichincha y San Juan; estuvimos todos, muchos debimos presentarnos, y entre todos recordamos a los que no pudieron, y ya no podrán, acudir a la cita.

 
Miguel Alberto Guérin 

Foto: obtenida de la información catastral provista por el mapa interactivo de la ciudad de Buenos Aires

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