Mendigos en tiempos de la ciudad del ayer

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Mendigos en tiempos de la ciudad del ayer por Alberto Pereira Ríos
Buenos Aires (1817), Plaza del Fuerte, del lado opuesto de la recova estaba ubicada la plaza de La Victoria. Atrás a la izquierda puede apreciarse la torre de la iglesia Santo Domingo. Acuarela de Eric Essex Vidal (de origen escocés) quien visitó Buenos Aires en dos oportunidades 1816/18 y 1928/29

Testimonios de contemporáneos compilados

por Alberto Pereira Ríos

Prólogo:

Recreamos la vida del Buenos Aires de las primeras seis décadas  del siglo XIX a través de reveladores aportes de viajeros europeos, predominantemente de origen británico.  Dichos testimonios que han llegado a nuestras manos en distintas épocas, fueron volcados en sagaces y pintorescas descripciones en prosa y en pintura. Iluminan con colorido realismo  tipos y costumbres de la ciudad del ayer. La mendicidad en sus calles y su prototipo el mendigo, ha concitado la muy atenta mirada de aquellos, en razón de la forma y medios empleados para conseguir sus finalidades. Sus mensajes  develan no sin sorpresa, que algunas de sus peculiaridades, no eran semejantes a los de sus homólogos europeos. Esta síntesis, se nutre con tales comentarios, los cuales permiten introducirnos en el expresivo accionar de nuestro singular protagonista.

En “Tradiciones y Leyendas de Buenos Aires Manuel Bilbao expresaba  que “Buenos Aires era  una ciudad donde la caridad se ejercía en la forma más amplia y desinteresada.” (1)

Pese a que había algunas sociedades de caridad y también, en forma privada, muchas personas ayudaban a los pobres, ello no impedía que se vieran en sus calles, especialmente en las puertas de las iglesias, y donde hay aglomeraciones, a gente pidiendo limosna. Los hay pobres de verdad, y  los que no lo son, han hecho un medio de vida de esto. En rigor, cuando menos exigente era el postulante, es posible que sea el más necesitado. En cambio, cuando insisten y molestan, es más probable que sean profesionales. Los buenos sentimientos del público son explotados de tal manera con el resultado más favorable. Llama la atención que estos postulantes, en su gran mayoría, son extranjeros, (inmigración que se produce después de Caseros y que va aumentando exponencialmente con los años) y que no se tomen con ellos las medidas que las leyes de inmigración establecen, enviandolos a sus países de origen. La autoridad contempla esto unas veces con espíritu humanitario, y otras con indiferencia, cuando, con un simple permiso en  el cual se indiquen los lugares habilitados para tal menester se libraría a la ciudad del espectáculo poco edificante de los mendigos callejeros. Años atrás, para pedir limosna, se daba autorización aquellos quienes tenían un valedero motivo o una fundada razón para el ejercicio de tal actividad. Había pordioseros cubiertos de harapos y otros a caballo que tenían  sus alforjas llena de menesteres que le permitían llevar una buena vida sin trabajos ni  fatigas. (2) En el Buenos Aires del ayer, nadie en su sano juicio pasaba vicisitudes: La carne era  tan abundante, que se llevaba en cuartos a carretas a la plaza, y, si por accidente se resbala, como he visto yo, un cuarto entero, no se baja el carretero en recogerlo, aunque se le avisara y, aunque por casualidad pase un mendigo, no lo lleva a su casa  para que no le cueste trabajo el cargarlo” (3)

Todo lo cual nos hace pensar en lo venturoso de aquella época, en que hasta los mendigos vivían en la abundancia. Pero había su razón para ello. Eran otros tiempos, en que no había aún sociedades de caridad (Siglo XVIII) aún no que protegieran a los pobres, si bien cada familia tenía sus protegidos a quienes socorria.

El ser mendigo no era una deshonra. Por eso muchos fueron ricos en relación a su circunstancia social. Manuel Bilbao menciona a uno de los muchos casos del viejo Buenos Aires en la persona de un tal llamado Simón.

“Cuando aparecía en las calles sobre un caballo con las alforjas a sus costados, los muchachos lo saludaban a los gritos de ¡Don Simón!, ¡cancha! ¡cancha!; a lo que éste contestaba saludandolos con la mano.

La popularidad de don Simón provenía del tiempo de las invasiones inglesas. En uno de los combates librados en El Retiro en agosto de 1806, entre las fuerzas de Liniers y Beresford, don Simón, que era peón enlazador en los mataderos, en donde con su certero brazo no erraba tiro al toro más bravo, al ver la lucha entre ingleses y criollos, se acordó de su habilidad y echando mano a su lazo con imperturbable calma en medio del combate, al grito de ¡cancha!, ¡cancha!, se abrió paso entre la columna patricia que tenía adelante, y perdiéndose de vista bajo el fuego de las líneas enemigas apareció de regreso al poco rato con dos robustos  granaderos ingleses enlazados, mereciendo las felicitaciones de los jefes que presenciaron su hazaña. Años después, a consecuencia de una rodada de su caballo en que no pudo salir de pié, según decía él, se “disgració” quedando mutilado e inútil para el trabajo, dedicándose a ganarse la vida como mendigo”

Como don Simón, había muchos inválidos servidores de la patria que vivían de la caridad pública, y a quienes la autoridad daba el permiso para ello.

Mendigos en tiempos de la ciudad del ayer por Alberto Pereira Ríos
Emeric Essex Vidal, 1817. Mendigo a caballo

“El país tiene su provisión de mendigos que a veces resultan muy molestos, sitiando los zaguanes, patios, etc. La mejor manera de librarse de ellos es exclamar: ¡Perdone por Dios! Esta singular expresión obtiene por lo general el efecto deseado; pero tal expresión, sería poco eficaz ante la tenacidad de los mendigos europeos” (4)

José A. Wilde en Buenos Aires, 70 años atrás(5) al mencionar al limosnero  decía, que “era uno de los tipos especiales en aquel  Buenos Aires. Había algunos, y entre ellos, muchas mujeres viejas, quienes por lo general, tenían sus días señalados en los cuales visitaban determinadas casas cuyos dueños les daban algún dinero ropas y comestibles. Pero los más, iban  de puerta en puerta, y era una mortificación su inmenso número los que, uno tras otro, iban llegando a la puerta de calle, y aún hasta el patio principal, desde donde, con voz lastimera, pedía una limosna, por el amor de Dios, para su pobre ciego, manco, o lo que fuese; y solo se iban, cuando se les daba o se les contestaba  -perdone, por amor de Dios-; frase que había generalmente que repetir muchas veces, porque ellos seguían importunando, y no querían darse por notificados. Casi inútil parece agregar, que había entre ellos un buen número de pseudo (6) cojos,ciegos, etc.; pero de lo que no hay duda, es que todos eran sordos … cuando se les decía perdone… pues como hemos dicho, había que repetirlo hasta el fastidio.”.

Han llamado mucho la atención de Parish (Woodbine) (7) quien afirmaba que “en el país todo se hace a caballo, si hay que sacar un balde de agua de un pozo, es fuerza que haya un hombre y un caballo para sacarlo, y dudo que  jamás entre en la cabeza de un gaucho, que sea posible hacerlo de otro modo. Todos saben montar a caballo, hombres, mujeres y niños. Al verlos, bien pudiera uno imaginarse que se halla en la tierra de los centauros, o sea,  una población medio hombre medio caballo, hasta los mendigos piden limosna a caballo. En Inglaterra y otros países es incomprensible como puede verse reducido a pedir limosna uno que posee un caballo, pero aquí es frecuente ver ciegos acompañados por dos o tres chicuelos hijos suyos, cada uno en un caballo, mendigando por los arrabales”.

A su vez, los hermanos Robertson (John Parish y William Parish), también quedaron  sorprendidos “por el hecho de que en un país donde la carne puede conseguirse por casi nada, y el pescado con solo darse el trabajo de recogerlo, no pueden abundar los mendigos. Pero se equivocaría quien piense de tal manera. En Buenos Aires hay mendigos en cantidad, pero mendigos de alta escuela. Casi todos andan a caballo, de tal manera que aunque el proverbio afirma que un mendigo puesto a caballo se convierte en personaje peligroso, creo yo que el tal proverbio no sería verdad en el Nuevo Mundo. El mendigo o pordiosero de Buenos Aires gusta no solamente de lo necesario para la vida sino de la comodidad y a veces del lujo. Montado en su corcel con mochila en la espalda y una caja de cuero para velas, va de casa en casa pidiendo una limosna “por el amor de Dios”. Y de ahí se encamina al mercado  donde también ”por el amor de Dios”, consigue carne de vaca y de cordero, jamón, legumbre pescados, fruta, y una o dos yuntas de perdices. Luego se va rumbo a su casa por todo el día, da alfalfa a su caballo y se sienta a comer en la cocina diciendo que hace mucho calor para salir durante la siesta. En rigor, nuestro personaje no piensa en otra cosa que en pasar a caballo por las casas de familia y esperar a que lo sirvan” (8)

Otro de los viajeros que comparte la sorpresa de ver mendigos a caballo en el centro de la ciudad fue Emeric Essex Vidal, para quien  el más curioso de los ejemplares que integran la fraternidad mendicante es el que pide a caballo.

“Hay varios en Buenos Aires (9), y el más conocido de ellos, que siempre monta en un caballo blanco, ha sido elegido como modelo en el grabado precedente. Este hombre tiene una cantidad de pan, envuelto en un viejo poncho, colgado del arzón, un costillar a su espalda y al lado de éste, algunas velas, todo lo cual le ha sido dado por buenos cristianos y “Por amor de Dios”. Por la abundancia de los artículos de primera necesidad y los altos jornales de los obreros por día, deberíamos esperar encontrarnos pocos mendigos en Buenos Aires; pero es todo lo contrario; el número de mendicantes es muy grande en proporción a la población. Debe advertirse, sin embargo, que en general son o muy viejos o muy jóvenes”

“A la generalidad rara vez se les daba dinero; recolectaban tanto en las casas de negocio como en las particulares, pan, velas, a veces yerba y azucar, ropa usada, etc. En el mercado, a ciertas horas,  conseguían sobrantes de carne, verdura y fruta. No hay duda que lo que no consumían lo convertían en dinero; se hablaba, entre otros, de un negro viejo que vivía en un ranchito inmediato a la Recoleta, cuya mujer tenía allí una especie de puestito o boliche, y vendía el pan y demás que recolectaba su esposo. Algunos habían podido reunir lo suficiente para comprar una ó más casitas, y, sin embargo continuaban en su productiva profesión. Por lo que se ve, la mendicidad de oficio ha existido en todos los tiempos” (10) Todos sabemos que pocos años atrás, entre los inmigrantes venían personas que no tenían oficio, y que después de mendigar (a veces familias enteras) por más o menos tiempo, se volvían a su país a gozar el fruto de su lucrativa tarea. Finalmente dejemos que nuestro protagonista retorne a su época, pero antes a modo de despedida nos deja su inquietud:- “Su caridad doña … ¡¡¡ por el amor de Dios !!!

Hoy sería poco menos que imposible  ese tipo de solidaridad social, ya que, cada época debe enfrentar  distintas realidades emergentes de su contexto social y económico. Atento a lo cual, digamos que no siempre se han   instrumentado las soluciones adecuadas para dar protección a los requerimientos de los sectores más vulnerables.                        

Mendigos en tiempos de la ciudad del ayer por Alberto Pereira Ríos
La ribera con sus lavanderas. En plano central el fuerte; Atrás y al centro la cúpula de la catedral, a la derecha las torres de San Francisco y a la izquierda la torre de Santo Domingo. Acuarela de Emeric Essex Vidal.
  1. “Tradiciones y Recuerdos de Buenos Aires”,  Pg. 97. Ediciones Dictio, Bs.As. 1981
  2. En la figura que muestra a un mendigo a caballo, se percibe que tal afirmación no resulta infundada.
  3. “El Lazarillo de ciegos caminantes” Concolorcorvo, Pgs. 43/44,. Emecé, Bs. As. 1997
  4. “Cinco Años en Buenos Aires”. Un inglés. Solar Hachette. Bs As. 1962
  5. Buenos Aires desde 70 años atrás, Eduardo Wilde, EUDEBA Bs. As 1960
  6. En el  film nacional “Dios se lo pague”,(1948) de gran repercusión en ese tiempo, en el cual  actuaban Zully Moreno y Arturo de Córdoba y, donde éste último, representaba el doble papel de mendigo y distinguido hombre de negocios.
  7. Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata. Woodbine Parish, encargado de negocios de S.M.B. desde 1824/329  Hachette, Bs.As. Publicado en Londres en 1852
  8. Cartas de Sudamérica. J.P. y W.P Robertson. Emecé, Bs. As. 2000
  9. Pintorescas Ilustraciones de Buenos Aires y Montevideo. Emeric Essex Vidal. Emecé
  10. Wilde, ob.cit. pg. 136
Alberto Pereira Ríos
Mar del Plata
11/2018