Liliana Raffo: Mi infancia en Pirán 6320

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Buenas tardes, les mando un cuento que escribí sobre mi infancia, quiero compartirlo con ustedes,  vivo en Villa Urquiza hace casi 51 años, nací en Pirán entre Constituyentes y Medeiros, hoy vivo en Zado y Nuñez.

Muchas Gracias por poder expresar los recuerdos en sus páginas.
Liliana Raffo – [email protected]

MI INFANCIA

Cierro los ojos, volteo hacia atrás, y en mi memoria comienza a reflejarse el brillo de las luces de mi infancia, mi casa en Pirán 6320, lugares, olores, sabores, melodías, vuelan a mí alrededor.

Infancia feliz, pura, sin tecnologías, sin estímulos informáticos, juegos diferentes a los de hoy, los que no nos cansábamos de jugar, tiempos distintos, hasta las estaciones del año eran distintas.

Verano, época de juegos en la calle empedrada, jugar a la pelota, a la tapadita con las figuritas redondas, al dinenti con las piedritas de canto rodado, armar y remontar los barriletes, saltar a la soga, el elástico, las bolitas, las escondidas, las rondas cantando el arroz con leche, la farolera, al huevo podrido, la paloma blanca, Antón pirulero, pisa pizzuela, veo veo, llenar los álbumes de figuritas con brillantina o de terciopelo, las muñecas, hacer comida de mentirita con barro, hojas y palitos, el heladero con el carrito de  Laponia, el manicero, los barquillos, el turrón japonés de colores.

Las fiestas: Navidad, con la ilusión de Papa Noel,  Año Nuevo después de las 12 con bailes en la calle con todos los vecinos, Reyes: juntar el pasto y agua para los camellos y el pan para los Reyes y poner los zapatos.

El sonar del pito de la Grafa nos indicaba la hora del almuerzo y la cena, el camión de la perrera que con lazos y red se llevaban los perros sueltos en la calle.

Ir al parque General Paz, previo paso por el palomar de Constituyentes y Gral. Paz pintado de rosa, la calesita con su carreta forrada en cuero de vaca con los bueyes, la diligencia, los caballitos, el burro, el museo con estatuas vestidas de época colonial que parecían real, el lago con peces y patos, el puente del lago que cruzábamos con la bici o el triciclo o ir con la familia a las piletas de La Salada o a las playitas de Olivos.

Los carnavales, batalla campal de chicos y adultos, bombitas de agua, los pomos de agua, los adultos a baldes con agua, al atardecer ir al club Islandia o California a ver las murgas, con nuestros disfraces hechos por nuestras madres o tías, el lanza perfume, el papel picado; a la noche, con nuestros padres o hermanos mayores a bailar a Pinocho, Penacho Azul, 17 de Agosto.

Otoño, las calles se llena de guardapolvos blancos con tablitas, con la valija de cuero con bolsillos afuera, zapatillas solo los días de gimnasia, caminar por la calle tomados de la mano tibia de nuestra madre pisando las hojas secas de los paraísos para que crujan, llegar a la puerta de escuela Helena Larroque de Roffo donde nos esperaban los porteros Oscar o María, que nos saludaban y nos decían: apuren apuren suena la campana.

El inicio de la catequesis en la Iglesia San Juan el Precursor con el Padre Lombardero, los sábados a limpiar la iglesia bailando al compás de valses, los domingos a misa, las niñas con las mantillas en la cabeza.

Invierno, juntar las ramas de las podas para poder armar el 29 de junio la fogata de San Pedro y San Pablo, juntarnos en las casas para saborear el chocolate caliente de cascarilla o chocolate en barra  y los pastelitos de dulce.

Vacaciones de invierno luego del acto del 9 de julio en la escuela, nuevamente los juegos de niños, pero siempre abrigados por mamá para no chupar frío, a tener cuidado con los sabañones en los dedos de los pies o manos, ¡que dolor y picazón!

Algún familiar siempre nos llevaba al cine Los Ángeles al centro a ver las hermosas películas de Walt Disney o al Zoológico.

Primavera, envueltos en el aroma de árboles y plantas florecidas, naranjos, durazneros, ciruelos, limoneros, damas de noche, glicinas, jazmín del pais, el volar de las golondrinas, los picaflores, los colibríes,  los bichos feos, las mariposas, mientras que los suaves rayos del sol calentaban nuestra cara.

Infancia, época de esos juegos de chicos, en donde nada más nos importaba que divertirnos, infancia, universo mágico de sueños en que todo era posible, pureza y alma limpia de niño.

La magia de esos años, está siempre presente y hace milagros, hoy todo es computarizado, pero el  único chip que no se borra,  es la memoria que nos queda de esos recuerdos y que ninguna ciencia, por más avanzada que sea, podrá destruir.