Leandro Tártara: Nueva Pompeya

43

Si la rutina siguiera siendo aquello, hoy no sería un tedio para mí. Podría cumplirla gozosamente de manera perpetua.

Porque cada día era lo mismo, calcado, repetido sin fallas hasta en el más mínimo detalle.

Era salir del jardín, preescolar o colegio primario y que mi papá me llevara hasta Pompeya, donde me esperaban mis abuelos para cuidarme hasta que mis padres regresaran de sus trabajos correspondientes.

Al abrir la puerta del viejo edificio, el olor a tuco o a las milanesas con perejil y ajo que preparaba mi abuela, me iban anticipando el menú. Una carrera contra mi abuelo hasta el ascensor en la que yo siempre ganaba y algunas cosquillas que él me iba haciendo en el camino hacia el tercer piso.

Entrar al departamento y mi abuela saludándome desde la cocina con las manos sucias de la comida que ya estaba terminando. «Siéntense que ya esta listo» y una nueva carrera contra mi abuelo, que ahora yo ganaba llegando a la mesa.

Comía poco y mi abuela renegaba por eso ya que, para ella, la felicidad siempre paso por la cantidad que uno comiera. No se podía ser feliz comiendo un solo plato o eso significaba que al comensal no le había gustado su comida, lo tomaba (aún lo toma) casi como una ofensa.

Después venia el postre y una siesta precedida por un cuento (siempre el mismo, de un zorro y un lobo que eran fuertemente castigados por un niño que se llamaba Leandro y salvaba al mundo de esas dos temibles amenazas), que mi abuelo y yo tomábamos hasta que se hacia la hora de ir a pasear.

Entonces empezaba Pompeya. Y empezaba de la mano de mi abuelo por las vías del tren, paseo que a mi madre le era oculto ya que de otra manera lo hubiera regañado debido al peligro que me hacía correr. Caminábamos por el costado de las vías y les dábamos de comer a las gallinas de los fondos de las casas que daban al terraplén. Cortábamos yuyos largos y se los pasábamos por entre el alambrado. Mi abuelo decía que cuando se acercaban era porque me habían reconocido, aún hoy creo que eso era cierto.

Después de unos minutos, regresábamos hasta la Avenida Saenz y caminábamos desde Avenida La Plata en dirección a Perito Moreno. Saludábamos a la gente de todos los negocios del camino y llegábamos a la placita, frente a la gran Iglesia. Mi abuelo sobornaba al calesitero para que me de, en reiteradas oportunidades, la sortija. Calculo que estaba pagando para ver mi cara de alegría cada vez que lo lograba y a mi me gustaba, porque yo a la vez veía la felicidad en su rostro, el brillo de sus ojos cuando me miraba. Creo que el amor estaba escondido detrás de esos lentes, pero era tan visible…

Después me hamacaba cantando algún tango viejo y cruzábamos de la mano para meternos en el Club Social y Deportivo Unidos de Pompeya.

Entonces llegaba yo, la estrella del club. Decenas de hombres grandes amigos de mi abuelo, salían a saludarme y pedirme que dijera determinado juego de palabras que generalmente terminaban en algún insulto y esto les causaba mucha gracia.

Me llamaban «Pumba Pumba» porque así era como yo le decía al ring de boxeo cuando empezaba a hablar y me había quedado ese apodo. Ellos jugaban al dominó en el buffet mientras se tomaban un vermouth con «alguito para picar» que de manera grotesca era servido por el Ruso Prol.

Estaba Luis, que sabía hacer un truco genial metiéndose el encendedor en la boca e iluminarla desde adentro. O el sordo, que me gritaba siempre y usaba peluca. Me acuerdo también de Pepe, el de la administración, y siempre aparecía alguno más.

Más tarde volvíamos por Saenz hasta Avenida La Plata. Donde nuevamente competíamos hasta el ascensor y yo volvía a ganar.

Así transcurrían los días de mi infancia en Pompeya, hasta que se hacía la hora de regresar a Parque Patricios con mis padres.

Hoy el barrio está muy cambiado. 

Luis, Pepe y el sordo ya no están. Tampoco están las gallinas y el Club esta muy deteriorado.

Lo peor es que no estén mi abuelo ni mi infancia. Pero está Pompeya, que para mí siempre será eso.

Pompeya es mi niñez, es la comida de mi abuela, es el amor detrás de unos lentes y es la mano de mi abuelo arrugada pero incansable, que día a día, me sacaba a que yo empiece a conocer el mundo. Y mi mundo empezó en Pompeya.

                                      Leandro Tártara contacto con Leandro Tártara