Jorge Nadín: Pinceladas de mi niñez – El último Tranvía

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Mil novecientos sesenta y dos, no recuerdo tal vez era verano, tal vez invierno, sin darme cuenta, frente a la heladería de mi viejo, paso el ultimo tranvía, por la vieja y empedrada Republiquetas, en ese momento no me llamo la atención, lo vi, y con un dejo despreocupado de un purrete de cinco años contemple como se iba perdiendo de mi vista hasta que su cola la vi perderse al llegar a Pinitos.
La calle empedrada, la vía muerta, fue sirviendo con el tiempo para que la barra se riera de los que cruzaban y tropezaban con los salientes de los rieles, apostábamos figus para ver quien o cuantos se caían, creo que no se salvo nadie, hasta yo una tórrido tarde de enero cruce a buscar una gaseosa, los envases eran de litro y de vidrio, me tropecé, hice una pirueta y me desparrame a lo largo de la calle, el tiempo fue pasando, vinieron los troles, no pasaban por Republiquetas, mas tarde empezaron a pasar el 405, se subía y se bajaba por adelante, aunque ahora por que tienen tres puertas siguen bajando por adelante, se sentía de lejos el traqueteo del bondi ya que el empedrado, nunca pareja, así estragos en la carrocería. Así mi calle fue creciendo, el barrio fue creciendo, las casas bajas, los baldíos, dieron pasos a modernos edificios. Vidal, siempre fue novedad para nosotros, porque estaba asfaltada, era nuestra cancha de fútbol preferida, la pelota de goma, que traía siempre pelusa (Alberto Batet), picaba como los dioses, ¡¡¡ guarda que viene el cole !!!, y el partido se paraba, con la pared no vale, pista de carrera para las bicis.
Un día de otoño había un silencio distinto, me iba temprano al cole y la calle estaba vacía, uno a uno fueron levantando los adoquines, las vías no llegue a verlas, al cabo de unos meses mi vieja y querida Republiquetas era de asfalto, creo que fue entre el 66 y 69, no recuerdo bien, ahora venían todas las recomendaciones de la vieja, ojalá hubiera mail en el cielo para que leyera todas estas historias, ella también era una enamorada de Saavedra, como decía venían las recomendaciones, cuidado al cruzar la calle, ira si viene alguien de contramano, mira que los autos vienen volando, en fin había perdido el encanto colonial que le daba al barrio para dar paso ¿ al progreso ?, que en ese entonces no llegue a captar.
Muchos años después, ya casado, volví al barrio y con un dejo de nostalgia me senté en el umbral, ahora vacío, de la heladería de mi viejo, mire la calle, transitada, ahora por miles de autos y líneas de colectivos, en un parate, que no pasaba, recordé el paso de aquel ultimo tranvía.

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