Guillermo E Barrantes: La Casa Abandonada

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La casa abandonadaConservo una vieja foto en blanco y negro, lamentablemente algo fuera de foco, donde se pueden ver dos personas sentadas en un jardín. Inevitablemente cuando alguien la ve por vez primera suele preguntarme: ¿Este sos vos?…señalando al chico de la foto. Se lo que vendrá a continuación.
¿Y esta quien es?…tu abuela?…;…
Me sonrío, porque pienso con que facilidad las cosas se suelen confundir, y como la gente cae casi invariablemente en lugares comunes. Pero después de todo no solo una foto puede llegar a confundirnos…

Siendo yo un chico, a la vuelta de donde vivíamos, hubo por un tiempo una casa abandonada. En realidad, el mote de abandono no resultaba totalmente preciso para aquella situación, pero bastó con que se la empezara a conocer de ese modo para incorporarse a nuestros juegos y fantasías infantiles durante una temporada. Sus fondos colindaban con los de mi propia casa, y desde la ventana de mi cuarto la silueta de sus techos formaba parte del horizonte cotidiano.

A la muerte de su propietaria se desató una doméstica batalla judicial entre quienes se consideraban sus herederos y como la causa demoró años en resolverse nadie se hizo cargo de usarla, cuidarla o mantenerla. Pero eso, no solo aconteció sino que lo supe mucho tiempo después. Es que cuando ya adulto me mudé de aquel barrio ni siquiera como abandonada se la conocía. Era una ruina a la que habían ido despojando por partes, para dejarla sin techos, adornos ni ventanas.

Fue una vez una hermosa casona estilo ¿Tudor…;, construida a principios de la segunda década del siglo XX, en el tiempo en que esa zona de pequeñas chacras se transformaba en un área residencial y urbanizada del barrio de Colegiales. Se asentaba sobre un lote cuyo frente era tres veces el ancho de un lote normal y en sus jardines y patios que la rodeaban por sus cuatro fachadas se erguían enormes y añosos arboles -dos de los cuales- situados al frente y a los lados del camino de acceso reforzaban la imagen de sencilla simetría que mostraba todo el conjunto. Tenía en total cuatro niveles: planta baja y alta, un altillo y un subsuelo que ocupaba toda la superficie del edificio. Su techo de tejas normandas presentaba unas hermosas lucarnas que rompían la monotonía al elevarse y enmarcar en cada frente ventanas octogonales, mientras que casi a ras del suelo unas aberturas con dintel en forma de arco iluminaban los salones del subsuelo. Los muros eran de ladrillo a la vista en planta baja y a partir de allí revoques pintados en blanco y enmarcados en fajas por maderas que al igual que las ventanas eran de un verde pálido.

Si la casa por su tamaño y tipo de construcción no reuniera por si misma suficientes elementos como para despertar nuestra imaginación, ocurrió que sus moradores tuvieron un trágico final habiendo quedado solo una sobreviviente que algunos decían que estaba loca. Esa era la explicación que se nos daba acerca del porque la casa permanecía casi siempre cerrada y no era común ver personas en su jardines del frente. Precisamente por ello, y porque nunca nadie salió a echarnos usábamos esas veredas para jugar a la pelota. Era en esas ocasiones cuando veíamos o creíamos ver a la loca como ya todos la conocíamos. Mientras jugábamos alguno divisaba repentinamente la imagen de una anciana que nos observaba desde una de las ventanas altas, hasta que descubierta se retiraba corriendo una pesada cortina, con lo que la casa recobraba su quietud, misterio y hermetismo. Mientras que en nosotros despertaba todo tipo de imágenes a cual más fantástica. En raras ocasiones también se pudo ver a otras personas. Un hombre bajo, mayor, y una mujer más joven, que suponíamos se ocuparían de los quehaceres domésticos; el hombre lucía siempre huraño y era quien se encargaba de mantener limpia la vereda, podar los arboles y las plantas, cortar el pasto, aunque también fue quien en dos o tres oportunidades acudió ante nuestro llamado para devolvernos la pelota ¿colgada…; en uno de los balcones terraza. A la mujer, siempre bien vestida, pudimos verla en dos o tres ocasiones sacando un lujoso automóvil de las cocheras. Saludaba con una mano en alto hacia una de las ventanas y se retiraba manejando ella misma. La mayoría de estas observaciones las hice desde la misma calle mientras compartía juegos con mis amigos, pero algunas desde mi propia habitación. Era inevitable al acercarme a mi ventana no poder ver la planta alta de aquella casa.

Yo conservaba vagos recuerdos de mis primeros años de vida, en los que desde el jardín podíamos sentir las risas de otros niños y el acompasado chirriar de un columpio, del que solo llegábamos a ver la parte superior de sus cadenas. Creía retener también una borrosa imagen de una nena algo mayor que yo que alguna vez me miraba asomando su cara por sobre el murito divisorio ofreciéndome una galletita o alguna cosa para comer.

Memorias que se mezclaban con imágenes de cosas contadas. Ese jardín – el de casa- se había sacrificado parcialmente para dar cabida a una ampliación de nuestra vivienda que mis padres mandaron ejecutar cuando yo comenzaba la primaria, por lo que el viejo columpio quedo vedado a nuestra vista y nuestros oídos. Tal vez por ese conjunto de recuerdos y porque de algún modo la vieja casona me resultaba un ámbito familiar no sentí miedo la tarde en que casi adolescentes, mis amigos quisieron poner a prueba mi valor y el ellos mismos, cuando dijeron:

¿Vamos a ver quien es el primero que se anima a entrar?…;.

¿Y como vamos a entrar?…; -preguntó otro.

¿Por la ventana del sótano que está rota. Si vienen les muestro…; – se apuró entonces a decir Carlitos Guntin quien evidentemente ya habría andado merodeando por los jardines.

En los últimos meses, la casa efectivamente parecía estar venida a menos. El pasto había crecido mucho, nadie había recogido las hojas de los arboles, y en el porche de acceso se acumulaban polvo, hojas y papeles.

Por eso, muchas veces durante ese verano cuando jugábamos por allí, nos atrevimos a ingresar al patio delantero donde abríamos una canilla para beber agua o refrescarnos, o nos sentábamos a la sombra en uno de los bancos que eran iguales a los de las plazas. De ese modo fuimos perdiendo algo del miedo que la casa nos había transmitido. Pero hasta esa tarde nunca pensamos ingresar más allá de los patios o los jardines.

Ante el comentario, fuimos todos a verificar la ventana que Carlitos mencionaba, comprobando que efectivamente esta carecía de rejas y además tenía uno de los vidrios rotos. Asome mi cabeza hacia el interior inundándome de inmediato un nítido aroma de humedades.

¿Yo me animo!…; dije entonces a la barra que preguntaba curiosa que era lo que había visto adentro. Dicho esto, volví a asomarme hacia ese cuarto penumbroso del subsuelo, y comencé a ingresar tratando de no raspar ni mis brazos ni mis piernas contra el metal oxidado de la ventana que aún retenía algunos trozos pequeños de masilla y vidrio. Me deslicé reptando buscando descargar mi peso sobre una cercana estantería de madera que parecía ser la única responsable de todo el olor que emanaba del sótano. Una vez que la mayor parte de mi cuerpo se apoyó sobre el estante superior, di un salto corto hacia atrás dejándome caer hasta el piso de cemento.

¿Ya está!…; – exclamé sonriendo y mirando hacia arriba, a la ventana detrás de la cual divisaba los rostros risueños de mis amigos ; a la vez que sacudía mis manos una contra otra como reforzando la expresión de tarea cumplida e intentando sacarme un poco la marcas de tierra y suciedad que se me habían pegado.
Entonces escuche como ellos se reían con mayor fuerza al tiempo que el local se oscurecía repentinamente cuando desde afuera corrieron una chapa contra la ventana que obturó el agujero por donde acababa de ingresar.

¿No!!. Che! no, dale!!!… saquen eso!!!…;- exclame tratando de no gritar por temor a que se hiciera evidente mi susto y porque presentía que aún si la casa estaba abandonada no era un sitio para levantar la voz. Era algo ajeno, que exigía respetuoso sigilo, como los hospitales o como las iglesias. Nadie contestó. Pero percibí los rápidos pasos acompañados de risas que se alejaban. Me habían engañado y no podía entender como había podido ser tan tonto. Intenté entonces volver a utilizar el mueble pero bastó apoyar un pie sobre el segundo estante para que este se partiera con un ruido seco, llenándome de polvo la ropa. En silencio esperé a que mis ojos se acostumbraran a esa penumbra y descubrí entonces la silueta del mueble, más allá unos cajones con botellas vacías y casi al final del local, un oscuro hueco en el que se adivinaban los últimos peldaños de una escalera. Acercándome con miedo, descubrí con cierto alivio que esa era una salida del sótano. Se trataba efectivamente de una escalera en cuyo final se intuía un cuarto iluminado a juzgar por la claridad que se colaba en la nítida silueta del pasillo. Ascendí para llegar a un rellano donde una puerta de madera y vidrio me separaba de lo que sin dudas se trataba de una cocina. Pero entonces llamó mi atención que en esa cocina, a diferencia del sótano o el jardín, todo parecía estar en orden y no guardaba relación con la imagen que uno tiene de una casa abandonada. Desde el rincón en que me escondía, era visible una mesa de madera con tapa de mármol blanco y sobre una estantería alta adosada a la pared se veían platos, vasos y utensilios. Más allá, imagine una pileta que aunque oculta a mis ojos la supuse porque alcanzaba a ver dos canillas de bronce, y una de ellas… goteando.

El tiempo parecía detenido. Mis pensamientos corrían a la misma velocidad que mis latidos para pasar desde la escalera de ese sótano, a la cocina que imaginaba tendría alguna puerta o al menos alguna ventana desde la cual podría escapar hacia el jardín y desde allí a la calle. Respirando profundamente giré el picaporte y en respuesta la puerta se abrió dejándome libre el acceso a la cocina, que al verla en su total amplitud me permitió divisar efectivamente el jardín posterior, y más allá incluso la terraza de mi propia casa. La tranquilidad que esta nueva imagen me brindó me dio ánimos para dirigirme a la puerta más próxima para comprobar – asustándome otra vez- que estaba cerrada con llave y la llave no estaba visible. Peor aún, descubrí que las ventanas de este sector tenían rejas. El corazón volvía a latirme con mucha fuerza y sentía deseos de llorar y gritar. Tal vez, después de todo si gritase muy fuerte desde la ventana podrían llegar incluso a oírme desde mi casa. Me oirían mis padres?. Mi papá estaría durmiendo la siesta?. Y mi mamá?. Tal vez ella estuviese adelante y nunca llegarían a oírme.

Entonces fui yo quien oí su voz.

Primero creí que mi imaginación me engañaba. Pero alguien hablaba. Lo hizo otra vez , a mis espaldas y por la forma en que se oía no podía estar mas que en el mismo local. Habló por tercera vez. Esta pude entender lo que decía.
¿Vos sos Guillermito?…;.

Me di vuelta rezando interiormente para descubrir aterrado que desde la puerta que comunicaba con el comedor una mujer anciana enfundada en un largo camisón, me miraba sonriendo. La loca!. Pense para mis adentros, tratando de encontrar una rápida respuesta que no la alterase y una explicación creíble del porque yo me encontraba allí. Pero, y como sabía mi nombre?.

¿Si…discúlpeme……;. – comencé diciendo- ¿es que los chicos me apostaron si me animaba a entrar o no en la casa…;.

A borbotones intenté explicar como había entrado, por donde, cuando, tal como si se tratase de una situación que le ocurría a otra persona y en otro tiempo.
¿Si, ya lo se…; – contestó ella al tiempo que se me acercaba un poco. Yo aún temblaba. Ella continuó. ¿Yo los estaba escuchando desde la ventana de la planta alta y no se porque imaginé que ibas a ser vos el que finalmente entrase…;. Al acercarse más aún, su sonrisa repentinamente me tranquilizó. Note entonces confundido, que en realidad no se trataba de una anciana. Tenía los cabellos totalmente blancos. El pelo, las cejas, las pestañas. Blancos como la nieve. Pero sus ojos, sus rasgos, su voz , y hasta sus movimientos aunque pausados y silenciosos, no coincidían con los de un adulto. Me parecía en realidad una joven poco mayor que yo. Entonces volvió a preguntar.

¿Vos sos Guillermito, el hermanito de Ana, no?…;. ¿Si…; – contesté más tranquilo agregando: ¿ y usted… eh… vos me conoces?…;, porque repentinamente pensé que no era lógico seguir tratándola de usted. ¿Claro…; – continuó ella – ¿vos quizá ya ni te acuerdes pero yo si me acuerdo de vos. Te conozco desde que naciste. Vos muchas veces me espiabas desde tu jardín cuando yo me hamacaba o jugaba con mi hermano…;.

Recordé una vez más a la nena que me observaba asomándose por sobre el cerco divisorio y ofreciéndome alguna cosa para comer… pero también recordé la historia de un lejano accidente trágico que comentaron mis padres sin dar demasiados detalles.

¿Yo también me acuerdo de vos, ahora. Sos la chica que se hamacaba, no?…; .Antes que con palabras, respondiendo a ese comentario ella giró su cuerpo y estirando una mano alcanzó una bandeja que reposaba sobre un aparador para ofrecerme sonriendo una galletita casera.

Así, aquella tarde de fines de un verano, María Luisa – que así se llamaba- me invitó a conocer su casa, me contó la parte de la historia que yo no recordaba porque nunca la había conocido, y hasta me propuso que nos tomáramos una foto, cosa que hicimos posando sentados ambos en uno de esos bancos fríos de plaza con la máquina en automático. Supe así que durante unas vacaciones con su familia sufrieron un accidente en la ruta dos que le había costado la vida a todos menos a ella. A partir de allí había estado al cuidado de un primo y de una tía. El primo se había ido hacía unos meses a vivir a los Estados Unidos y ella vivía ahora solo con su tía. Desde aquel accidente ella había cambiado en muchas cosas, incluso hasta su aspecto físico remarcó señalando su cabellera – que aunque tan blanca- ahora que la apreciaba mas de cerca no se veía tan mal, pensé yo. Solo me llamaba un poco la atención. En los últimos meses habían estado en Canadá ella y su tía porque le estaban haciendo un tratamiento especial en una de las piernas ya que había sido operada tres veces y cada tanto debía volver para ver como progresaba la cirugía. Tal vez por eso, como nadie se había ocupado de la casa, el jardín lucía tan desprolijo. Seguiría así – agregó – porque su primo no volvería por mucho tiempo.

De este modo casual venía a descubrir que ella era ¿la loca…; sobre la que tantas historias habíamos tejido en estos últimos años. Ella lo sabía perfectamente por lo que se divertía incentivando nuestro imaginario con sus súbitas apariciones y desapariciones cuando jugábamos nosotros en la vereda. Dijo recordar también mi propio jardín, del que guardaba la imagen de un estanque en el que había peces de color y al que había dejado de ver cuando la medianera se extendió. Esa tarde María Luisa me acompaño hasta el mismo portón y al despedirse prometió devolverme la visita para así también poder reencontrarse con el estanque que ella guardaba en sus recuerdos, aun cuando le adelante que ya no quedaban peces. Yo a mi vez le prometí que si quería, podía ir a cortarle el pasto cada tanto.

Sin embargo ninguno de los dos cumplió su promesa. Concluyó ese verano y María Luisa no apareció por casa. Tampoco yo me animé a acercarme con los implementos de jardinería de mi padre, y como a medida que pasaba el tiempo mi conciencia me machacaba estar en falta, buscaba disimular esa molestia evitando pasar frente a la casa.

Una mañana mi mamá encontró un sobre que alguien había deslizado bajo la puerta de calle, con mi nombre escrito en él. En su interior, sin ninguna misiva, la foto en blanco y negro en la que a pesar de haberle fallado el foco se reconocía parte de aquella casa, un sector de su jardín, y sentados en un banco dos personas, de las cuales yo mismo me reconocí más por recordar el momento que por la nitidez de los rasgos. La otra persona, cuyo rostro no era casi visible, mostraba una abundante cabellera blanca.

Lo que ocurrió aquella tarde hubiera quedado como una simple anécdota de una típica travesura entre amigos, y fue por algunos años efectivamente así como la consideré, hasta que al mudarme siendo adulto, conocí la verdadera historia de la casa y de sus moradores. La loca, no había surgido de la imaginación de ninguno de nosotros. Había existido realmente, pero no había sido precisamente María Luisa, ya que ella junto a su hermano y su padre habían fallecido en el trágico y tergiversado accidente. Sólo había sobrevivido su madre, encerrada por años deambulando en aquel caserón en busca de sus hijos a los que no aceptaba haber perdido.

A su propia muerte la casa se abandonaría efectivamente.
El resto, es historia conocida.

Recuerdos de Buenos Aires, Guillermo E. Barrantes, Ushuaia, 2002

Esta historia escrita en el 2002, junta pedazos de la realidad con otros de la imaginación. La casa estuvo (en el barrio de Colegiales), hubo una loca en una casa, y existía María Luisa, una hamaca y un Guillermito… en fin, cosas que uno ensambla como cuando baraja las cartas.