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Guapo Serenata: el guitarrero de Parque Patricios que se jugó a duelo por amor

Guapo Serenata: el guitarrero de Parque Patricios que se jugó a duelo por amor
Nueva entrega de la serie de los guapos, la saga de relato que el escritor Ricardo Lopa dedica a los personajes y códigos del arrabal porteño. En esta ocasión, Lopa narra la historia de Beto Serenata, un guitarrero y cantor de Parque Patricios que se cruza en el camino de un poderoso puntero político de San Cristóbal por el amor de una misma mujer. Un relato escrito en lunfardo cerrado, con la Buenos Aires de los años 20 y el tango como telón de fondo.

 

Comienzo el relato de este guitarrero-cantor, que se gana la vida, dando serenatas, al mejor postor. Su cuna fue el arrabal, Parque Patricios, su barrio natal. Nació en un impreciso año de los  20’ del siglo naciente. Le rajó a la colimba, desertor lo llaman, pero él vive como si nada.

Acompañado con su guitarra, se ganó la fama de buen cantor y serenatero.  Porte de porteño langa. Las minusas lo miman, no sólo por su tapín, también por su cualidad de decidor tanguero y eximio bailarín.

Suele parar, este porteño entrador, en el “Benigno”, de Rioja, tirando para Caseros, ahí nomás del cruce que te lleva al Parque Patricios. Boliche querendón que acamala personajes importantes de la cultura barrial.

Voy a dejar que el mismo personaje, cuente su rantifusa historia de guapo, guitarrero y cantor.

La historia fue por San Cristóbal, barrio tradicional, en un convento del arrabal, una dama se va a casoriar. Me anotician, que se busca a un punto, para darle la serenata, a la dama que se va a engayolar, saco chope, para lo que guste mandar.

Patricios, barrio posta, que supo ser Corrales, hasta principios del siglo XX, me forjó el carácter. Me hice respetar, entre cuchiyeros y laburantes del matadero municipal. Duelo a puñal, muy habitual, pues el manejo de la daga, era muy usual. No me va a creer, siempre fui derecho y leal, pero presto, para cuando me la tuve que jugar.

Cada tanto un duelo, un finucho más. Tengo en mi haber unos cuantos puntos que me cargué, otros que no amasijé, pero, les propiné una paliza para que se dejen de joder. Por lo que le conté, sabrá que no soy matarife del corral. SOY BETO SERENATA, pa´ lo que guste mandar. Ah, continúo con la historia chamuyar.

Y así fue, que una tarde se aparece por el Benigno, un chabón buscando un serenatero. Es, que le habían batido, que en el reducto de Rioja, casi, Caseros, paraba el quía, siempre presto para homenajear. Así fue que cayó Maldonado al feca barrial.

Me cuenta, que se casorea la piba más buscada de San Cristobal, la que la muchachada solían cotejar. Él, Maldonado, era mensajero del punto con quien la iba a desposar, La familia la prometió al mejor postor. Medio juné que la noma venía fulería, de parte de la nami, triste y dolorida. Casorio por conveniencia material, minga sentimental. Por eso antes de aceptar quise conocer la novia a casar. Fui a San Cristóbal, por lo que pude averiguar, rubia de ojos que te encandilaban al mirar. A Elena con 22 años, iban a casar. Me la marcaron en el boliche local, esquina, Catamarca y San Juan. Quiero averiguar si la mina se quiere engayolar. Ud dirá, que le puede importar a este malevo del sur de la ciudad, a quien va a serenatear, lo importante es cobrar. Desde el boliche barrial la pude junar, era linda de verdad, la mocosa a desposar. Victorio, el pretendiente, puntero político con padrinazgo en San Cristobal y más allá, capo en la política nacional. Cincuentón, estaba para la mandolina guardar, pero el quía deseaba la belleza del lugar, Elena no se le iba a escapar.

Por lo que puede confirmar, la dama no quería con don Victorio arrimar. No quise ser neutral, tomé partido por Elena, ganándome la antipatía familiar, y de la pesada del caudillo local. Y ahí nomás, me negué a actuar, lo que puso breca al jovato que manejaba el barrio a voluntad. Me rajé para mi Patricios, ahí soy local, para aguantar a cualquier mequetrefe que me quiera apurar.

No lo voy a engañar, le voy a decir la verdad, me interesó la pebeta de arrabal. De puro caprichoso, una tarde de sol, me animé, a la salida de su casa la encaré y un café cortado la invité. Cordialmente me dijo que no, pero el teléfono dejé. Apuntamento me dio, en la esquina de Boedo y Pavón, pero, de seña me dejó. Por fono, me explicó que el candidato sospechó, un punto la siguió, por eso faltó.

La moza, era la joya más preciada por la muchachada, pretendida por el capo del rioba que la tenía marcada. Consciente en lo que me metía, continué sin hocicar, arrimándole el bochín a la rubia a conquistar. El café de San Juan, fue testigo mudo, de una relación inicial, bajo una lluvia tenaz. Me enamoré, de la mano la tomé, con los ojos me dio el sí. Fue en mi bulín de la yeca Salcedo, donde la pasión explotó. Don Victorio por Maldonado se enteró, tengo entendido que me anda buscando para darme una lección.

Como la cosa venía pesada, me tomé un descanso, fue en el boliche barrial, el lugar indicado. Buscaba, tomar distancia, pero a Elena no podía olvidar. No crea que fui de achicada, es que don Victorio, la va con la pesada.

Dejé, por ahora, la serenata, fui presentador por un rato. Arturo “La Vieja” y su bandoneón fue la atracción. Los domingos colocaba los resultados del fobal en la pizarra del local, la muchachada suspiraba por Huracán.

Quien apareció sin invitación fue Maldonado, rastrero de Victorio, orejero y delator. No vino solo, dos matones lo acompañaban, estampa de violentos, la pesada. En el boliche no podían hacer nada, amigos me aguantaban.

En un paréntesis a la junada, un domingo  vino la juntada; Manzi, Centeya y Barbieri, festejaban con champán el campeonato del ’28, de Huracán. 

Pensaba que el tiempo borra todo pasado, don Victorio se habrá olvidado. No veía a Elena, desde un rato largo, minga bulín, su ausencia me hacía sufrir. Me jugué, y a San Cristobal, me acerqué. Tubazo, y reencuentro con Elena. Su rostro demacrado, era el de una mujer sufrida, ¿qué había sucedido?, pensé lo peor. Me batió, que en un arrebato de autoritario prepotente, don Victorio fijó, unilateralmente, fecha de casamiento, era el sábado próximo. La noticia me cambió los planes. Vea, nunca la fui de pacato, si de  guapo del arrabal y como tal me la iba a jugar. Elena, y sus lágrimas adornando su bella cara, me preguntaron ¿qué vas a hacer? La idea era buscarlo a Victorio, y que entre los dos resolviéramos el entuerto. Después de despedirme de Elena, mis ojos también brillaron, en el abrazo de despedida.

Volví a Patricios. En el boliche, busqué un par de amigos matarifes de aquellos de cuchiyo llevar, son los que me van a acompañar a encarar a Victorio, mi rival. Uno se supo adelantar, fijó fecha y lugar, donde el lance se va a llevar.

Fue en la Plaza Martín Fierro, donde lo he de esperar. Fue en vano la corrida a dicho lugar, Victorio, ausente, sin avisar. Esto no termina aquí, y me lo fui a buscar, estaba en el boliche barrial, solo, sin guardianes y lo invité a pelear.

Yo iba calzado con el puñal tradicional. Victorio, estaba haciendo estaño, con vaso lleno de tinto, para la cobardía mitigar. No fui solo al lugar, mis gomías se quedaron en la puerta, para vigilar. Maldonado, siempre presto, esta vez rajó del lugar. Me acerqué a Victorio y lo reté a pelear. Me le arrimé no le veía la daga , lo que me hizo sospechar. Unos pasos más, por ahora, con filo guardado, esperando reacción, que llegó, con un bufoso que sacó y tiró, la diestra me inutilizó, no retrocedí, con la del cuore, al de él ensarté.

El rioba me recibió buscando un tordo, Pugliese de la calle Luna, pingazo me curó. Pasó un tiempo, la autoridad investigó. Una noche la taquera llegó, es que Maldonado me delató. Comí gayola un tiempo en la penitenciaría de Caseros, y fui local, una vez más.

Elena, los primeros meses, todos los jueves me visitó. Poco a poco, su presencia mermó, creo que de mí, se olvidó.

La encanada pasó, vuelvo a Patricios, a la barra abrazar. Durante mi ausencia, la parca se apuntó a un par de gomías. Otros formaron pareja y se alejaron. Me miraron y abrazaron. Pregunté por Elena, y hasta ahí me contaron. Fueron reservados, no me chimentaron. Deseaba encontrar a Maldonado, uno más para apuntar, total tengo experiencia de a la sombra estar. Silencio total, a San Cristóbal lo voy a buscar.

Desde la ventana del café barrial, juné a Elena pasar, la intenté llamar, no me respondió, ¿será que me esquivó? Después me enteré, que la Elena se había rejuntado con Maldonado. Era señora con automóvil, pisito amueblado, personal con cama adentro, ¿qué pasó? Tras el amasijo de Victorio, apareció, por arte de magia, un testamento a favor de Maldonado, heredando su fortuna. Comprendí el rol de mandadero que éste había jugado, pero ¿y Elena? No tenía explicación.

La zabiola me laburaba, no entendía nada. Las campanas de la Iglesia de San Antonio, me despertaron. Confundido siento una voz femenina y bocinazos de coches. Era mi señora Elena y San Antonio, que me sacaban de un maligno sueño.

Vamos Beto, es hora de ir a laburar, vas a llegar tarde a la oficina. Tu jefe Victorio, te va a tirar la bronca, llevate las medialunas de la panadería de Maldonado, comételas por el camino.

Ahí va Beto contento, fue un sueño, nada más, con el bocado en la boca, canta sin cesar.


Ricardo Lopa
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