El historiador Ricardo Lopa suma un nuevo capítulo a su serie Los guapos: la historia de Laurita, hija del dueño de un boliche de Boedo, que mientras estudia Derecho se cruza con el matón de Corrales.
Doroteo Fernández, dueño, así figura la habilitación municipal, del boliche de almacén y bebidas, de la calle Boedo esquina Rondeau.
El gallego Fernández, de España al puerto de Buenos Aires, del puerto a Boedo. Fue mozo del boliche, luego habilitado, hasta llegar por los años cuarenta, a comprar el negocio.
Barrio de hacha y tiza, como lo calificó, Dante Linyera, Boedo, fue receptor del gaita laburante. Doroteo, atendía estaño y mesas, multifuncional el español. El crecimiento del negocio, hizo que contratara a un joven ayudante, como mesero y mandadero a domicilio. Lo que no podía imaginar Doroteo, que ese gurrumín, iba a ser parte de su vida. Efectivamente, el bepi, Emilio, provenía de una familia tipo, mamá, papá, él, y la hermana Beatriz. El gallego, como todo europeo, llega a éstos lares, para hacer su futuro económico, por el que tuvo que esperar, no así su presente familiar. Es, que hizo buenas relaciones con la familia del empleado, y un poco más con Beatriz, casorio en puerta.
La nueva pareja, alquiló una pieza en un convento de Chiclana y Boedo, cerca del laburo de Doroteo. No hubo que esperar mucho, para que Beatriz diera a luz, una simpática y regordete chancleta, escrachada como Laurita.
El boliche, iba progresando, con estaño para bebedores, y algunas mesas para el ritual café cortado. No faltaba, el que manejaba en su zabiola, el negocio de los números: el quinielero. La aspiración del gaita, adquirir un billar. Además, con el tiempo, instalar un palquito, para que algún cuarteto se mande unos tangos.
Con el tiempo, la Laurita, comenzó a colaborar en el boliche “El Amasijo”, nombre por el intenso laburo que demandaba, sin pensar en otra deducción. La piba, que cursaba el secundario en el Normal 11, Liceo Nacional de Señoritas, calle Dean Funes 1821, Parque Patricios, turno mañana, tenía parte de la tarde libre, la otra estudiar.
Los años cincuenta, fueron de violentos cambios en la política argentina. Violencia que se trasladó a la vida cotidiana. El Amasijo no fue excepción. Laurita, presente en las grescas, fue adquiriendo coraje y experiencia. Con sumo esfuerzo concluyó el estudio secundario. El viejo Doroteo, la pretendía todo el día en el negocio, minga estudio. Pero, la piba pretendía evolucionar, sin dejar de ayudar. La realidad le decía que tenía que estudiar abogacía, debido a las complicaciones cotidianas que surgían en el boliche. Y se mandó al ciclo básico, en el edificio de Figueroa Alcorta.
Al boliche de Boedo solía arrimar el bochín, el guapo Pardales, que venía de los antiguos corrales. El punto ducho en lances, hacía pata ancha en el Amasijo de Doroteo. Laurita lo fichaba desde la caja, el quía nunca garpó la consumición. Es que nadie se animó a cobrarle. Laurita lo tenía junado. Sacando coraje, del que ni ella se conocía, encaró al guapo el pago de un par de giniebras. Sorprendido Pardales, la fichó, miró a su alrededor, peló la mosca y la puso sobre la mesa.
- A que no la agarrás– le susurró a Laurita
La joven estiró el brazo, pero intempestivamente, Pardales la abordó de atrás manoseándola. Ningún caballero presente, lo increpó. Pero la joven, se bastó a sí misma, pegándole un cachetazo al matón de Corrales, que avergonzado, no tuvo tiempo de reaccionar, pues sonó la alarma taquera, piantó y juró venganza para la vuelta. Todavía recuerda Laurita esa noche que se la jugó, agradeciendo al anónimo que a la poli llamó.
La vida de la joven, cambió a partir del entuerto con Pardales, el temor que no demostraba la perseguía. El único lugar que se sentía segura, era en la Facultad de Derecho, hasta ahí, no llegaría el guapo de Corrales. En la casa de estudio, trabó amistades nuevas, entre ellas, un joven, que le cayó muy simpático. La relación fue creciendo, Claudio, su nombre, la comenzó a acompañar hasta la casa familiar de Chiclana, pues de ahí se tomaba el bondi a Lugano, donde vivía. Laurita, le ocultaba su trabajo nocturno en el Amasijo, le parecía denigrante. Accidentalmente, Claudio, se entera, a través de un compañero de Boedo, del laburo de Laurita, no le cambia la opinión sobre la dama. Desea conocer el boliche, y ahí va, a la salida de la facu.
Sin avisar a Laurita, Claudio se manda al Amasijo, humo, chupi, un par de chupados, completan el cuadro su amiga, entre ellos, sirviéndoles.
Sorprendida Laurita, en un momento se paralizó, superado el primer impacto, los jóvenes, chamuyan en una mesa del bar. Intempestivamente, hizo su entrada el Guapo Pardales, acompañado con par de caripelas non sanctas. Tomaron posesión de la mesa central del negocio, y ahí, haciéndose oír, pidió en forma grosera, tres cañas fuertes. Cuando Doroteo se las alcanzó, pues Laura, estaba ocupada, el malevo Pardales, batió que la garpe el punto, sellando a Claudio.
- A mí señor, respondió el jóven
- Efectivamente, a Ud. que banca a esa ramera
La cosa se puso fulería, pues Pardales, involucró a Claudio. El asunto, aparentemente, ahora era entre hombres. Digo, aparentemente, pues se olvidaron de Laurita, la corajuda. Lo que en realidad pretendía el matón, vengarse de Laurita, molestando a su compañero. Claudio, se incorporó, tan solo hizo el movimiento de levantarse los lompas, recibió un par de balazos, repartidos entre el hombro, y el más jodido en el estómago. Doroteo, arrimó a la trifulca, recibiendo un botellazo en la zabiola. ¿Y Laurita? , en el suelo, desmayada. Luego de la bravuconada, Pardales y secuaces, se tomaron el raje, para Corrales.
Recobrado el conocimiento, Laurita, en el Penna, rezando por su amigo. Doroteo recuperado, luego de declarar a la policía lo sucedido, se tomó un par de días de descanso, pasados los mismos, reabrió El Amasijo.
A Beto, el sobrenombre de Claudio, luego de extraerle las balas, en terapia intensiva. Laurita, en la sala de espera, rezando y calmando a los familiares del cumpa.
Los intranquilos días pasaron, en busca de la paz, que le dio la mejoría de Beto.
Vuelta a la facu, los compañeros de estudio, enterados del suceso, se ofrecieron, a retribuirle al malevo, la violenta atención. Era el momento de paz, deseaba la joven, se negó a seguir desparramando violencia; le dio con todo al estudio. No obstante, se decía Laurita no olvida. De sottovoce, por lo bajo, se repetía. “esto no va a quedar así”
Esperó la evolución favorable de Beto; ni los familiares de éste, ni Laurita y los suyos, quisieron continuar con el trámite judicial.
Laurita, seguía aprobando materias en Derecho.
Pasado un tiempo prudencial del episodio sangriento, la curtida dama, se da una vuelta por los pagos de Pardales. El punto de lengue y chambergo, hace su aparición al boliche de su barrio, tipo 17 hs, bien dormido, el jailefe. Anda Solari, olvidado de Laurita, pero a esta no se le borró el episodio.
Fue un jueves, por la tarde, la pebeta de Chiclana, no se vaya a pensar que fue de sorpresa, la cosa fue de tefren, a cuchiyazo limpio. Pardales, herido, se fue desangrando, rumbeando al boliche, llegando sin vida.
Cuenta saldada, para la señora de Beto, mejor dicho, la abogada.
Suelen chamuyar los vecinos, GUAPA la DOCTORA.
Ricardo Lopa
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