Elida Acri: Recuerdos de mi infancia en Barrio de Parque Chacabuco, allá por los años `50

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El paso del Lechero que dejaba su botella de vidrio verde en la puerta de calle aún cuando los vecinos dormían todavía. Claro que antes había sido el lechero con su típico carrito con los grandes tarros de leche que despachaba el producto directamente en el recipiente que usaba el vecino para luego hervirla cuidadosamente. Y antes de esto, y muy especialmente, el recuerdo de un hecho que sólo se daba en los Barrios del Sur: La vaca que era ordeñaba en la puerta de las casas y se compraba el vaso de leche para tomarlo de inmediato. Así también el vendedor de pavos que desfilaban altivos por las calles (sin conocer cuál sería su destino, cuando un vecino lo señalaba y su cuidador lo enganchaba con su larga vara que terminaba en un gancho en la punta).

El Cartero con su enorme valijón lleno de cartas, al que muchas veces esperábamos con ansiedad para recibir noticias de familiares del interior, ya que no todos teníamos línea telefónica ni era fácil la comunicación a ciertos lugares, aún de la misma provincia de Buenos Aires.

El teléfono por entonces era un lujo que tenían algunos vecinos de la cuadra y que nos permitían hacer o recibir la llamada de algún familiar o amigo.

El Panadero con el típico Carrito de la Panificadora, el Manicero que en un simple cartucho de papel de diario, nos ofrecía un puñados de maníes en su cáscara calentitos siempre.

El Lupinero con su balde repleto de mercancía.

El Plumerero, que las amas de casa elegían ya sea de plumas suaves o más rústicas de acuerdo con el uso que les daban.

El Escobero al que la abuela le compraba la escoba que debía tener cinco hilos ajustando la paja, porque eran las mejores.

El Paragüero que todas las semana pasaba con su pregón típico, llevando y trayendo paraguas negros en su mayoría, que debían ser reparados ya que entonces no eran “descartables”.

El Mimbrero con su carro cargado de artículos de mimbre o de junco como sillas y sillones que se usaban en las casas y servían también para sacar a la vereda y tomar fresco en las noches calurosas del verano.

Los Buzones Rojos, en las esquinas donde depositábamos nuestra correspondencia –manuscrita siempre- con sobre con las indicaciones del destinatario y su dirección y localidad al frente, y el remitente completo al dorso y el costo de envío con las estampillas que correspondieran y que se compraban en las Oficinas del Correo y se guardaban para tenerlas siempre que se necesitaran.

Y un recuerdo infantil muy especial era el de recorrer el Parque Chacabuco, mojarse las manos y tomar agua fresca que en una fuente rodeada de sapitos de bronce, despedían agua por su boca. La gran ceremonia era subirse al yaguareté, que todavía está en la entrada de la esquina de Emilio Mitre y Asamblea. No menos atractivo  era llevar un barco de juguete que sujeto por una cuerda se deslizaba por las aguas de la fuente que estaba a pocos metros de esa entrada.

Y por qué no una foto tomada por el típico fotógrafo de Plaza, que con su maquinita sobre el soporte se cubría con una manta negra para evitar que se velara la foto, que todavía húmeda llevábamos a casa. Conservo todavía alguna de esas fotos.

         ELIDA ACRI [email protected]