El Aguador

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 El Aguador
Acuarela de Charles Henri Pellegrini 1831 – Fig. N° 1

Buenos Aires, personas personajes y costumbres
de la  ciudad en los siglos XVIII y XIX

 El Aguador 

 Compilación y comentarios: Alberto Pereira Ríos
 
El aguador, o aguatero, era esperado con impaciencia por sus clientes, tanto como el panadero con sus árganas, el lechero con sus tarros, el pescador con sus ristras… ellos fueron arquetipos del Buenos Aires del Ayer. 

 

La mayoría de los viajeros que visitaron la ciudad, se ocuparon de la calidad y del costo del agua; coincidiendo que era cara e impura; tal problema perduró hasta las últimas décadas del siglo XIX, en las que se fueron instalando las primeras redes de agua corriente. Asimismo, nos introducen en la intimidad de un personaje, peculiar y sorprendente, visto desde la perspectiva actual, pero que, en aquellos años, fueron referentes indispensables para la vida del vecindario. Su larga vigencia se entiende, entre otros motivos, por la ausencia en esos años de equipos hidráulicos indispensables para el bombeo del agua, desde capas más profundas, a fin de lograr el suministro de tan vital elemento, a toda la población, en el mayor estado de pureza.

Emeric Essex Vidal recuerda en sus “Páginas Ilustrativas de Buenos Aires y Montevideo”, que uno de los personajes que más atrajo su atención al desembarcar, fue el “aguador” y su llamativo tanto como grotesco carro:

“Estos pintorescos proveedores, trabajaban todo el día, excepto durante el calor del verano, época en la que lo hacían solo durante las mañanas y en algunas horas de la tarde. Surtían de agua a toda la ciudad, ya que los pozos, a pesar de haber sido numerosos, no producían más que agua mala, sucia e inapropiada para la cocina (1). Por tanto, el número de esos carros debía ser muy numeroso. El casco que la contenía era una pipa o un tonel, sostenido sobre ruedas de ocho pies de altura, para permitir que los carros entraran hondo en el agua para recogerla tan limpia como fuera posible. El balde contenía unos cuatro galones (2) y cuatro veces esa cantidad era la extraída de la pipa para destinarla a cada “cliente”. Al llegar a su destino, nuestro hombre llenaba el recipiente dispuesto para tal fin en todas las casas que visitaba. Cada entrega costaba medio real” .“La desventura de los bueyes de los carros de los aguadores está más allá de toda descripción. Cargados o no, el conductor se sienta en la pértiga, para lo cual tiran, y con la garrocha (picana) en una mano y un gran mazo (macana) de madera en la otra (tal como se aprecia en la figura N°2). Nunca cesa, aun cuando en invierno, cuando los caminos son malos y el lodo es hondo, de pinchar sus costados y golpear sus cuernos. Se relata un hecho que, para llenar un pozo en el camino, se ha recurrido algunas veces, de matar uno de la yunta con el objeto de hacer más fácil el paso de las ruedas de los demás. Tal hecho bochornoso es consecuencia de la excesiva abundancia de ganado en el país (3). 

Acerca de su valor, Francis Bond Head (4) decía que: el agua es sumamente impura, escasa y, por consiguiente, cara”.

Otro visitante de origen inglés J. Caldeleugh, mencionado por Ricardo Lafuente Machain en Buenos Aires en el siglo XVIII, expresaba: “El agua del río se tiene por malsana, y se abren pocos pozos, debido a que el espesor de la capa de greda los hace muy caros” 

Woodbine Parish (5): “Resulta muy difícil creer que el agua es un artículo caro a cincuenta varas del Plata, pero así sucede. La que se saca de los pozos, es salobre y mala (primera napa) y no hay cisternas o fuentes públicas en la ciudad, y aunque la ciudad está tan poco elevada sobre el nivel del río, nada sería más fácil que tenerla siempre provista por los medios artificiales y comunes. Se tiene que hacer un gasto considerable para construir grandes excavaciones o aljibes bajo el piso de los patios, en los que se recoge el agua de lluvia, que se desliza por las azoteas planas de las casas, y se deposita en tinas por medio de cañerías, y en general, se obtiene de este modo lo bastante, para el consumo ordinario de la familia. Las clases bajas se ven obligadas a depender de un surtimiento más escaso, proveniente de los paseantes aguateros que, a ciertas horas del día, se ven recorrer las calles en carros que portan grandes pipas que llenan en el río, sostenidas sobre monstruosas ruedas de las carretas del país, y tiradas por una yunta de bueyes. Algunos vecinos, han hechos pozos en sus quintas para regar algunas flores y hortalizas. Pocos han conseguido agua dulce, pero los más, encontraron vetas salitrosas perjudiciales a árboles y plantas. En 1824 los barriles que requería la ciudad, alcanzaban un número bastante elevado, alrededor de 400 provistos entonces por los aguateros. 

José Wilde (6) nos expresa que: “la policía municipal, señalaba el punto donde los aguateros debían cargar su provisión del río (7), aunque muchas veces esa disposición, era burlada por aquellos que la sacaban de donde les convenía, aun cuando ésta estuviera revuelta y fangosa. El agua, rara vez se encontraba en estado de beberse cuando recién era extraída, sobre todo en verano, expuesta a los rayos de un sol ardiente, no solo en el río, sino en su tránsito por la ciudad, ésta se caldeaba de tal modo que no se tomaba porque, según la expresión corriente, ´Estaba como caldo´. El agua que se extraía en la misma orilla, era rara vez pura y clara. Y generalmente se necesitaba que estuviera asentada 24 horas para que hubiera depositado todos sus sedimentos cenagosos, y se pusiera bastante clara para poderse beber. Para mi propio uso, generalmente ponía un pedazo de alumbre en las tinajas destinadas para su asiento y depuración (6). 

Concolorcorvo (7) (Alonso Carrió de la Vandera) La gente común y la que no toma las precauciones necesarias, bebe agua impura y es aquella que queda entre las peñas (8) en donde se lava toda la ropa de la ciudad (léase la extraída en las proximidades de las toscas, donde las lavanderas mayoritariamente “de color”, realizan su tarea) y allí la toman los negros, para evitar la molestia de adentrarse en el río. Desde que vi repetidamente una maniobra tan crasa, por la desidia de todos los aguadores, me causó tal fastidio, que solo bebí desde entonces la del aljibe, que tiene en su casa don Domingo Basavilbaso (9), con tales precauciones y aseo que puede competir con los mejores de Europa” 

Con picana y macana en mano para azuzar a los bueyes. Acuarela de E. Essex Vidal.  Fig. N°2
Con picana y macana en mano para azuzar a los bueyes. Acuarela de E. Essex Vidal. Fig. N°2

“Esta ciudad y su ejido (Campo común situado en las afueras de una población) carece de fuentes y manantiales. El agua provista por el aguatero casi siempre se encontraba turbia, y solo después de permanecer por más o menos tiempo en tinajas o barriles en que en las casas se destinaban con tal propósito, se hallaba en condiciones de poderse beber. Otras veces, era preciso emplear el alumbre u otros medios, como “filtros”, para clarificarla”

“El aljibe era entonces un valioso recurso, pero solo se encontraban en casas de familias de buen pasar económico. Era un depósito receptor del agua de lluvia que escurría previamente hacia recipientes proveniente de azoteas con declive (10), para luego depositarla en tales depósitos, lugares donde se conservaba fresca y potable (11)“. 

El aguatero, usaba igual tipo de ropa que la gente de trabajo de la época, es decir: poncho, chiripá, calzoncillo ancho con flecos, tirador, y de más pertrechos. Era hijo del país, y ocupaba su puesto sobre el pértigo, y a veces sobre el yugo, provisto de una picana (una caña con un clavo agudo en un extremo) y una macana (trozo de madera dura) con que hacía retroceder o parar a los bueyes, golpeando las astas del animal. Con los pantanos, el mal estado de las calles, y los golpes que les asentaban sus dueños, estos pobres animales tenían que sufrir un seguro martirio. La carreta aguatera estaba toscamente construida, aunque algo parecida a los carros que se empleaban en la época tirada por caballos; en vez de varas, contaba con pértigo y yugo. A cada lado de la pipa, iba colocado una estaca de naranjo, u otra madera fuerte, ceñidos ambos entre sí, por una soga en el extremo superior, de la que pendía una campanilla o cencerro (tal como puede observarse en la imagen precedente), que anunciaba su aproximación. “No se usaba canilla en la pipa; en su lugar, operaba una larga manga de suela, (también las había de lona) cuya extremidad inferior, iba sujeta en alto por un clavo; de allí, se quitaba cada vez que había que activar la salida del líquido, se introducía dicha extremidad en la caneca, (recipiente) que colocaban en el suelo, sobre un redondel de suela o cuero, que servía para impedir que el fondo se cubriera de lodo. Por mucho tiempo, se vendían cuatro de esas canecas por tres centavos” (12) .

Lucio V. Mansilla: Las evocaciones de su niñez mencionadas en sus “Memorias” transcurren en tiempos de Rosas. Escritas con estilo elegante, agudo y sutil; (13) nos revelan en él, algunas precisiones del tema que nos ocupa: Los cuartos que miraban al Este, quedaban sobre unas galerías que conducían al corral. Bajo esa galería había unas tinajas colosales; que contenían cerradas bajo llave, el agua del río asentada y fresca”.

Enrique Germán Herz: “Cuenta Ricardo de Lafuente Machain, (1882/1960) que, en un principio, estos personajes se anunciaban a los clientes con un estridente pregón, prohibido después por la autoridad, la que ordenó su sustitución por una campanilla de bronce con vistas a evitar sus desbordes verbales en los que alertaban su llegada a la clientela (no obstante lo conveniente de la medida, se le opuso seria resistencia, y tal medida pudo imponerse después de disputas y grescas). La costumbre de poner bajo llaves el agua no era absurda. El agua cuan precioso líquido, se administraba cuidadosamente, pues constituía un verdadero lujo al alcance de unos pocos”

El primer suministro de aguas corrientes, lo estableció el F.CO., empresa que llevó el imprescindible líquido por un caño desde el río a la altura de la Recoleta, hasta la estación ‘del Parque’, actual Plaza Lavalle, para el servicio de sus locomotoras, las que, con el agua salobre de los pozos, sufrían deterioros en sus calderas. Este servicio se extendió en 1868, a los particulares estableciéndose, a tal efecto, caños más anchos. En el nivel oficial, recién se encaró con energía la solución del viejo problema, cuando una severa epidemia de cólera hacía estragos en la población. Una nueva ley sancionada por la Legislatura el 23 de diciembre de 1867, marcó el verdadero punto de partida de las primitivas obras de Aguas corrientes de Buenos Aires siendo de destacar que su iniciación, exploración y desarrollo fue tarea exclusiva del gobierno de la provincia de Buenos Aires. Acontecimiento del cual, han transcurrido ya 150 años (14).

Antonio Elio BrailowkyDina Foguelman (15):

“Durante largo tiempo el agua de pozo se siguió usando pese a ser sucia y salobre. Una de las alternativas ensayadas fue la construcción de aljibes, que permitían utilizar los techos para recoger el agua de lluvia y almacenarla en el subsuelo. Se trataba de una solución que en teoría era la más adecuada, pero se carecía de medios para impermeabilizar los aljibes. (El resultado fue un sistema menos higiénico, pues casi siempre se producían filtraciones de la primera napa contaminada por los retretes) (16) El uso de unas u otras alternativas para el abastecimiento domiciliario, dependía de las condiciones sociales y del nivel de ingresos de cada familia”

El agua era un artículo básico de la canasta familiar, y su precio era el comentario obligado de esos años al hablar del costo de la vida; “De manera que todo está por las nubes , y los pobres ni comen fruta, ni agua del río beben, sino del pozo, por lo caro de ella (17)“.

Más adelante, al hablar del gobierno de Lavalle, 1829) dice (Beruti) “que no había bueyes para el servicio público, porque éstos se han quitado para el abasto público, y por lo mismo, no hay aguadores; por allí se ve uno que otro, y así el pueblo, en su mayor parte bebe agua del pozo, y el que tiene aljibe bebe agua de éste, y no del río”.

El ingeniero hidráulico Santiago Bevans (18) contratado por el gobierno de Martín Rodríguez para la construcción del puerto de Buenos Aires, entre otras tareas, decide ensayar la extracción de agua de la napa subterránea, en general ese era su punto de vista. -El ingeniero Bevans, -dice un diario de la época: “Es su parecer, que el agua que se encuentra en los pozos de esta ciudad, es puramente una filtración de las del río, y que deben hacerse las tareas necesarias para saber si a mayor profundidad del nivel de éstos pozos, se encontrarán o no, aguas manantiales (19)“.

Agrega que, “La prudencia exige se cave y taladre la tierra en Buenos Aires hasta una profundidad considerable, antes de determinarse a establecer cualquier máquina costosa para abastecer la ciudad con aguas permanentes” Este recursono solo podrá abastecer la ciudad, sino también, ser una fuente inagotable de riquezas para toda la campaña” Es posible que el no haberse tomado en serio a Bevans haya significado un retraso de varias décadas en el uso de esos recursos naturales. El antecedente de Bevans, se repetirá indefinidamente durante los siglos XIX y XX. 

La Argentina ha dilapidado fortunas por esta inveterada costumbre de ahorrarse el sueldo de los científicos.

El aguatero cumplió un ciclo, -nada es para siempre- Su ocaso se fue acentuando en la medida que avanzaba la instalación de las redes de agua corriente, a través de las cuales se fue surtiendo a los hogares el vital elemento. Su partida se fue desdibujando de a poco, hasta que solo fue un recuerdo oculto en las nieblas del tiempo; solo redivivo, a través de las memorias de sus contemporáneos. Soplaban nuevos aires, la gran aldea se transformaba en una gran ciudad … Con el correr de los años, todo fue cambiando … hoy, abrimos una canilla y de esta fluye agua cristalina libre de impurezas; tal inamovible realidad, no sucedió al pasar, no hubo milagro, fue concebida solo por las necesidades emergentes de los nuevos tiempos (20).

Los Aljibes

Los aljibes eran visibles solo en viviendas de las familias de mayores ingresos.  Fig. N° 3
Los aljibes eran visibles solo en viviendas de las familias de mayores ingresos. Fig. N° 3

El primero que se instaló en la ciudad fue en casa de don Domingo Basavilbaso, hoy Belgrano y Paseo Colón, en 1759 (luego de su fallecimiento la propiedad se transformó en Aduana). El afortunado poseedor, era por entonces un acaudalado comerciante, que fundó la primera red de correos fijos a través de mensajerías (galeras para el transporte de personas y correspondencia) con postas a lo largo de nuestro actual territorio, en el año 1747 o principios del “48”. Ver en “Lazarillos de ciegos caminantes”. Concolorcovo. Pg. 42. Emecé 1997.

 Notas 

1) El de los pozos de balde, cuya profundidad variaba entre 18 y 23 varas, era por lo general salobre e inútil para casi todos los usos domésticos.

2) Cada galón equivale a cuatro litros y medio

3) Buenos Aires y Montevideo. Emeric Essex Vidal. Memoria Argentina Emecé. Págs. 61/62

4) Autor de “Las Pampas y Los Andes” Pg. 43. Elefante Blanco. Bs.As.1997

5) Parish, Buenos Aires y Las Provincias del Río de la Plata, ps.168/69. Hachette. 1958

6) Autor de Buenos Aires desde 70 años Atrás. EUDEBA, 1969 Woodbine Parish, ídem.

 7)“El Lazarillo de Ciegos Cam, ídeminantes. Pg.44. Emecé, Bs. As. 1997

 8) Toscas que cubrían las orillas

 9) La casa que lució el primer aljibe fue demolida a principios del siglo XX. Pero como arte de magia parece haber resucitado, en la que fuera residencia del inolvidable Enrique Larreta (autor de “La Gloria de don Ramiro”, una de las más reconocidas novelas argentinas ambientadas en la España imperial) en el barrio de Belgrano, hoy museo Larreta, es una reproducción casi exacta de la que lucía la residencia de los Basavilbaso.

(10) Especialmente en áreas no afectadas por la tarea de las lavanderas que  ocupaban el bajo de la zona más céntrica de la ciudad donde realizaban su tarea.

11) Para mantener el agua libre de insectos, introducían en su interior una tortuga.

12) Ídem, Wilde, pg. 146

13) “Mis Memorias” Lucio V. Mansilla

14) Historia del agua en Buenos Aires. Enrique Germán Herz. “Cuadernos de Buenos Aires” N°54 Pg. 39 de Historia del agua en Buenos Aires de Germán Hertz, Cuadernos de Buenos Aires N° 54, de 1979

15) Memoria Verde, Historia Ecológica de la Argentina. Sudamericana. Bs. As. 1993

16) La arquitectura en Buenos Aires (1580-1880) MCBA UBA,1965

17) Año 1827; “Hace un tiempo se podía conseguir 2 barriles por el precio que hoy cabo por pueriles perjuicios (Ver su naturaleza en Memoria Verde. Página 146) y tiempo Rivadavia para desempeñarse como ingeniero hidráulico. Su presencia marcó el inicio de la ingeniería pública en el país. Aparte del tema que nos ocupa le habían encargado los estudios para la construcción del puerto de Buenos Aires. Nada de ello se llevó a después por falta de fondos. Los que el gobierno había gestionado para financiar tales proyectos fue un préstamo otorgado por la Casa “Baring and Brodhers”, que luego fue destinado a financiar la guerra contra el imperio del Brasil.

18) Santiago Bevans 1777/1832. Arribó a Buenos Aires en 1822 a iniciativa de B. Rivadavia para encarar la construcción del puerto y obras hidráulicas en la ciudad. A causa de prejuicios y falta de fondos no pudo realizar tal cometido.

19) Diario “El Centinela” del 15/12/1822

20) El primer servicio para el suministro de aguas corrientes lo estableció el F.C.O., empresa que llevó el imprescindible líquido o por un caño desde el río, a la altura de la Recoleta, hasta la estación del Parque, actual Plaza Lavalle, para el servicio de sus locomotoras, las que, con el agua salobre de los pozos, sufrían deterioros en sus calderas. Este servicio se extendió, en 1868, a particulares, estableciéndose a tal efecto, caños más anchos. En el nivel oficial, recién se encaró con energía la solución del viejo problema, cuando una severa epidemia de cólera, hacía estragos en la población. Una nueva ley, sancionada por la legislatura el 23 de diciembre de 1867, marcó el verdadero punto de partida da las primitivas obras de Aguas Corrientes de Buenos Aires. 

Compilación y comentarios: Alberto Pereira Ríos
Mar del Plata – 30/12/2018