Aldo Angrigiani: Fútbol callejero

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Después de bastante tiempo vuelvo a comunicarme con usted. Aunque con demoras, cumplo en remitirle una de las páginas que integran recuerdos.mivillaortuzar.com.ar: Fútbol callejero. Días pasado actualicé ampliando mi primera web sobre el barrio, mivillaortuzar.com.ar y ahora modificaré recuerdos. En ella tendré la satisfacción de incluir varios cuentos de Mario Angel Albasini, un escritor que vivió en Villa Ortúzar.

Un cordial saludo 
                        Aldo 

Fútbol Callejero

Entre los recuerdos de aquellos que fuimos chicos por los años 30/40, siempre afloran los vinculados al juego que tenía nuestras preferencias: el fútbol.
 
La calle Plaza, entre Triunvirato y Fraga, fue el lugar donde lo jugué de niño. Era una calle con modestas casas tipo “chorizo”, aldabas metálicas en sus puertas casi nunca cerradas, jardines con olor a jazmines al frente y veredas irregulares bordeadas por filas de ya añosos paraísos. Su escaso tránsito la hacía ideal como canchita.
 
Baldosas o algunas remeras en la mitad de la calle servían de postes. El travesaño , imaginario, era causa de más de una discusión. Sin “referí”, las diferencias en los fallos se resolvían, generalmente, con un “pique”.
 
Jugado con zapatillas viejas, muchas veces atadas con hilo sisal para que no se «piantara» en la primer bolea, camiseta o cuero para diferenciarnos, sin «orsai” y con “augol” cuando la pelota entraba en alguna casa. Habitualmente nuestros partidos duraban hasta llegar a un número acordado de goles o cuando la llamada imperiosa de una madre lo terminaba.
 
Si podíamos comprarla, jugábamos con una pelota de goma “Pulpo” de 20 centavos. De lo contrario la reemplazábamos por una artesanal de trapo, comprimiendo fuertemente recortes de tela dándole una forma de esfera y, posteriormente, se introducía en una media de mujer en desuso.
 
Los dos mejores jugadores elegían los integrantes de sus equipos, optando de a uno y alternadamente. Comenzaba el ganador en el revoleo de una moneda, una figurita u otras a veces yendo al encuentro uno del otro, juntando al caminar el talón de una zapatilla con la punta de la otra. El que pisaba el calzado del rival obtenía el derecho a la primera elección.
 
Sin tácticas ni esquemas intentábamos, con la única limitación de nuestra habilidad, hacer gambetas, túneles, sombreros y «pateando» de “guadaña” para no “puntear” un adoquín. El cordón era una ayuda valiosa para hacer “una pared” y esquivar un rival.
 
En todo barrio hubo un «cortador de pelotas». Yo recuerdo a Genaro (el “tano”), como un hombre que había sorteado la mediana edad,  de estatura un poco mayor que la común, vistiendo siempre un guardapolvo tan gris como su imagen.
 
Era quien llamaba al “autito” de la policía (la «cana») cuando nuestros gritos le molestaban. Aviesamente dejaba la cortina de la cochera, donde guardaba su desvencijado camioncito Ford, unos 20 centímetros levantada para “atrapar” la pelota que llegara ahí por algún descuido. Demás está decir que sólo la volveríamos a ver tajeada.
 
Plaza entre Triunvirato y Fraga ya no es la de aquellos años. Las casas han cambiado las aldabas por los porteros y las puertas están siempre cerradas. La calle es más triste, más gris, más desolada. No hay más gambetas ni baldosas como postes. No existe el bullicio de pequeños, corriendo con una pelota o escondidos atrás de una puerta, atesorando «la de goma» entre las manos, hasta que se vaya «la cana».
 
Están inmóviles en sus casas, solos, absortos, encerrados en sus pensamientos frente una caja iluminada. El fútbol callejero solamente perdura en los recuerdos de aquellos que ya no lo podemos jugar.
 
Y los niños desconocen el goce de jugar fútbol, sin ataduras, sin sistemas, libremente, con la Pulpo de 20 «guitas», y aprendiendo a dominar la pelota jugando, solamente jugando a jugar con ella.