Un caso que me apena por Vigía

Las diez de la mañana de un día laborable en la Capital Federal, estas jornadas suelen ser una verdadera convulsión en lo que respecta al tránsito vehicular y peatonal, máxime cuando el lugar es precisamente un centro comercial, entiéndase avenida Montes de Oca y las calles aledañas, en pleno barrio de Barracas, un lugar tan caro para mí desde mis tiempos mozos.

por Vigía
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Un barrio al que siempre regreso, a veces por el simple deseo de recorrer sus calles rememorando épocas pasadas de la tan preciada juventud y otras como esta, por la necesidad de verificar técnicamente el estado de mi vehículo, en un lugar que la autoridad municipal habilitó en la calle Herrera al 1900. 
 
Disponía del tiempo necesario para recorrer esas callecitas que siguen conservando la esencia barrial de antes, hasta parecer que el tiempo se ha detenido y que todo está igual que ayer.
 
Circulaba por la calle Vieytes y al llegar a California me detiene el semáforo, de inmediato veo que se acerca a la ventanilla del automóvil un niño de unos ocho o nueve años, que muy serio me pide una moneda. 
 
Lo miro y con una sonrisa, le pregunto: 

– ¿Cómo te llamas?
 
– Agustín, me contesta muy serio.
 
Agustín; el mismo nombre de mi nieto mayor que seguramente tiene la misma edad, confieso que me duele íntimamente oír ese nombre, porque aunque no corresponde no pude dejar de asociarlo con la imagen de mi familiar, a tal punto que imagino ver su rostro en lugar de la carita agradable de esta humilde criatura condenada a mendigar por las calles; trato de parecer normal y le pregunto.
 
– ¿Porque pedís?
 
Me sostiene la mirada y con voz firme me contesta:
 
– Porque somos muy pobres y mi mamá no tiene trabajo, tengo dos hermanos más chicos que yo. No tengo papá y vivimos en la villa; todos nosotros pedimos.
 
No sé qué decirle, el semáforo, que nada sabe de esto, se enciende y el color verde me avisa que debo continuar mi camino. Le doy al niño un billete de diez pesos y le pregunto.
 
– Qué vas hacer con este dinero?
 
– Se lo llevo a mi mamá, muchas gracias señor.
 
Sigo mi camino, pero ya no soy el mismo, algo se ha roto dentro de mí.
 
Tal vez la sonrisa que se dibujó en el rostro del pequeño al recibir el dinero, me ayude a comprender en que mundo estamos viviendo.
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