«SOY DEVOTO» poema de Norberto Malaguti premiado en el Concurso “Mi vida en el barrio”

"SOY DEVOTO" poema de Norberto Malaguti premiado en el Concurso “Mi vida en el barrio”
Norberto Malaguti, vecino amante de su barrio Villa Devoto, participó del Concurso “Mi vida en el barrio” en el que su poema «Soy Devoto» fue premiado. En esta nota vamos a repasar parte de su obra literaria y también vas a poder descargar su primer libro «Antonio, ¿dónde estás?» y también su segunda compilación de trabajos que se titulará «El día que desapareció Villa Devoto». #NorbertoMalaguti #VillaDevoto #SoyDevoto

Norberto Malaguti participó en el certamen Mi vida en el barrio organizado por la JUNTA DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DE LINIERS, con el auspicio de la UNIÓN HISPANOMUNDIAL DE ESCRITORES, en el cual su poema, «Soy Devoto» obtuvo el 1º premio en la categoría mayores de 70 años.

También participó en la categoría cuentos barriales con dos relatos: «Desfile de carrozas«, cuyo tema son los carnavales de 20 en adelante en Villa Devoto y «El reloj de sol de la Plaza Arenales» que salió en segundo lugar.

Malaguti ya había participado en el año 2016 donde ganó el 1º premio con el cuento «El Caña» editado en du libro «Antonio dónde estás«.

Y dado que la mejor manera de conocer a un escritor es leerlo, a continuación, algunos de sus textos y la posibilidad de descargar de forma gratuita su primer libro completo, «Antonio, ¿dónde estás?» y también su segunda compilación de trabajos que se titulará «El día que desapareció Villa Devoto».

Soy Devoto

De adoquines grises, de adoquines rojos
De los aun presentes, de los ahora ocultos
De vías que asoman cicatrices de ausentes recorridos.
De sombrías calles abrazadas de plátanos
De silueta enredada, extraña a los visitantes
De las casuarinas mustias de la plaza
De arrinconados eucaliptos centenarios
Del aroma de jazmines y magnolias
Del lema merecido por insolente belleza
De bulevares floridos y extrañas palmeras
Del Palacio decaído, de silencio obligado
Del mítico Palacio inhabitado y demolido
De la casona junto a Rosa compartida
Del Mirador sin vigía, símbolo presente
Del Castillito sin cañones ni nobleza
De la Basílica demorada y bella
Del ayer presente en la Capilla Anglicana
Del Palacio de Aguas opaco y majestuoso
Del sombrío Seminario imponente
De las culpas encerradas en odiada fortaleza
Del que no quiere irse, pero se aleja de a poco
Como el viejo tren al Pacifico
Que resiste en las mesitas de lectores
En el cavilar en los bancos de la plaza
Y las cenizas de los consecuentes
De un ayer aristocrático y plebeyo
De un presente nostálgico y errático
De un mañana impredecible
Tal como fuiste, eres o serás.
Soy Devoto para siempre

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El reloj de la plaza Arenales

Solía pasar varias tardes leyendo en un banco de la plaza Arenales, esos antiguos libros que retiraba de la biblioteca Antonio Devoto, lejos de la música de la calesita, de los juegos de los niños. Eso sí muy cerca de un reloj solar realizado en acero que había donado el Rotary Club instalado en la esquina de Bahía Blanca y Pareja el 25 un mayo de 2010, recordando el Bicentenario.

En las pausas realizadas a la lectura, cavilaba con el hallazgo del autor por una frase que me parecía genial, o un concepto, que me conducía a algunas deducciones.

Sin quererlo, observaba que el citado reloj pasaba realmente desapercibido entre los transeúntes.

En las pausas, razonaba lo poco que interesaba ese hermoso reloj, pero luego tratando de explicarme la razón, deducía, la gente no usa relojes, no los hay en los bancos, oficinas, y negocios, no se ven relojes en ninguna parte.

Eso podría tener una lógica, será porque no quieren que nos enteremos el tiempo que nos demoran en atendernos en las oficinas?. O peor, que ya nos estarán robando hasta el tiempo.

Sin embargo, me reprochaba, donde salía esa estúpida preocupación mía por el desinterés de las personas en el correr de las horas.

En definitiva, era un hecho singular, no tenía nada de extraordinario.

Pero a partir de allí, entre mis lecturas solía mirar hacia el reloj con más frecuencia, para sorprenderme que alguien se detuviera ante él.

Dicen los sicólogos, que no hay que preocuparse porque nuestro cerebro actúa muchas veces en contra de nuestras intenciones y eso era lo que me estaba ocurriendo.

Pero esta manía, sin embargo, me llevo a advertir que una vez una anciana se detuvo exactamente a las cinco de la tarde frente al reloj de sol, ella lo contemplaba con interés, parecía que lo acariciaba, un par de minutos después se retiró.

Bueno, al fin a alguien le llama la atención ese bello reloj. Me alegré.

Pero aquella rutina de los jueves tomó un giro inesperado pues aquella anciana repetía esa presencia sistemáticamente. Estuve tentado en preguntarle, pero me pareció muy atrevido.

Pasaron un par de semanas que pensé que la lectura se había convertido en un pretexto, esperaba la llegada de aquella mujer y su ritual, porque ya lo había calificado de esa manera.

Esa curiosidad me había hecho perder al principio un fenómeno único, en cada visita aquella mujer parecía más joven.

Fue entonces que agudicé mi atención y advertí que aquella dama en cada visita tenía un andar más ágil, de mejor postura, su piel parecía lucir mejor.

Estaba rejuveneciendo. Si eso estaba ocurriendo, era algo increíble, como tarde tanto en notarlo, me reproche.

No sabía si la mujer pasaba todos los días, y en una semana que tuve francos, aproveché para ver si su visita era cotidiana. No fue así, solo pasaba los días jueves a las cinco de la tarde, exactamente a esa hora, dato que constataba con mi reloj de pulsera.

Sin embargo, las cosas no son como uno desea, el dueño de la distribuidora decidió mandarme a recorrer sucursales, medio que me resistí por la razón que les cuento, pero no tenía motivos para negarme a viajar, además me generarían unos pesos adicionales.

En esos tres jueves de ausencia a la plaza, me hizo reflexionar si no estaba delirando o tenía síntomas maniáticos.

El primer jueves disponible, pase a las tres por la Biblioteca, retiré cualquier libro, ya la lectura no tenía importancia, les dejé unas golosinas a los empleados, y después de algún intercambio de opiniones, me despedí y me ubiqué en mi puesto de vigilancia.

Mayo es un mes raro, suele tener días calurosos, pero en cambio se van acortando las horas, las cinco de la tarde el sol está generalmente muy bajo, cuanta sombra producirá en la vela de ese reloj. Era probable que en pocos días después su sombra ya no marcaría las cinco de la tarde.

Esa tarde el libro ni siquiera lo abrí, noté esta vez cosas que anteriormente ignoraba, las maratones bulliciosas de las cotorras, la audacia de las palomas solicitando algún bocado de los placeros.

La calesita recién empezaba con sus vueltas y allí Tito manejando la sortija.

Se hicieron las cinco de la tarde, mi corazón batía como un bombo en una manifestación.

Una joven mujer, muy elegante y bella que aparentaba ser más joven que yo, se acercó al reloj de sol, observó la hora, acarició su silueta de acero y antes que ella partiera me levanté, en un impulso irrefrenable me dirigí a su encuentro.

Al llegar, le dije, disculpe mi atrevimiento, no es usted la mujer que pasa todos los jueves para limpiar este reloj?

Utilicé ese argumento para disimular mi avidez.

Me miró un poco sorprendida, pero como mi aspecto no le generaba ningún temor actuó como si me conociera de siempre y respondió:

– No joven, no soy de este, barrio, solo me llamó la atención ver un reloj de este tipo, ya no se encuentran, y me paré para contemplarlo. En mi pueblo hay uno muy grande en la plaza central, y al verlo me trajo reminiscencias, solo eso.

Nos saludamos cordialmente y se marchó.

Volví varios jueves a ocupar aquel banco de la plaza, pero aquella anciana, dama, señora, o esa bella joven provinciana, jamás volvieron a detenerse ante aquel reloj de sol de la plaza Arenales.

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Libro, «Antonio, dónde estás?» Compilación de cuentos

Generosamente, Norberto Malaguti comparte su libro en formato digital «Antonio, donde estás?».

El libro puede descargarse a través de este enlace:
https://www.barriada.com.ar/wp-content/uploads/2022/11/Antonio.Donde_.Estas_.pdf

En el prólogo de su libro el autor le cuenta al lector cómo surge la idea de recopilar sus cuentos:

«Muchas veces cuando escribía estos relatos, pensé cuál podría ser su fn, un ejercicio, una forma de esparcimiento personal, pero cuando ya fueron surgiendo nuevas historias, en ocasiones entre largos intervalos, surgió una atrevida intención de que alguien los leería, solo los más intimos, por pudor, quizás.
Cuando desde muy joven existe en uno el hábito de la lectura, y se emociona con cuentos como La Flor de Leonidas Barletta, El Jorobadito de Roberto Arlt, El libro robado de Alvaro Yunke, El Fin de Jorge Luis Borges o El Ovillo de Maria Elena Walsh, por solo nombrar algunos, uno tiene la sensación que ante tanto talento ya está todo escrito. Pero he entendido que no es así.
En medio de estas cavilaciones, por iniciativa de dos amigas Nelly Pareja y Mabel Albornoz, que me invitaron a participar en el Concurso Histórico Literario “Historias de Barrio”, que organizaban la Junta de Estudios Historicos del Barrio de Liniers y el Club de Leones, me animé, era como un examen, elegí el relato que más quiero, “El Caña” y sorpresivamente gané en categoría cuentos, el Primer Premio, Galardón de Oro. Fue un mimo, que me estimuló a publicarlos.
Los relatos que contiene este libro, se relacionan centralmente con temas cotidianos, sobre todo de nuestra pasada adolescencia, y ese mundo, hoy bastante lejano. Trata de enlazar los aspectos de la historia de Villa Devoto, sus lugares y personajes«.

Los cuentos que componen el libro son:

          1. La fiesta de casamiento,
          2. Tomá tus cinco,
          3. ¿Antonio dónde Estás?,
          4. El hombre de mimbre,
          5. Cupido se llamaba Genaro,
          6. El seminarista,
          7. La esquina,
          8. ¿Quién mató al linyera?,
          9. El Caña,
          10. Explosión y milagro,
          11. El premio,
          12. Nuestra calle,
          13. Clases de moral,
          14. Una velada inolvidable,
          15. La venganza del gato,
          16. Aquella postal inigualable.

Descargá el libro en formato digital «Antonio, donde estás?» haciendo click aquí

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Un nuevo libro en gestación que se llamará «El dia que desaparecio Villa Devoto«

Compartimos aquí algunos de los trabajos que componen el nuevo libro de Norberto Malaguti.

Y nuestro agradecimiento ya no tiene límites ya que al igual que como sucedió con su primer libro, Norberto nos ha dado permiso para permitir que esta nueva compilación de relatos y poemas sea descargado desde nuestra web haciendo click aquí

El día que desapareció Villa Devoto 

Ese 28 de diciembre, viernes para mayores datos, era de esperar que se sucedieran las habituales bromas que terminan con la tradicional frase “que la inocencia te valga”. No fue así, en un mundo en que la naturaleza parecía vengarse de las enormes agresiones que le ocasionábamos, nos respondía con una epidemia arrasadora, y la insensatez humana revivía otro episodio de guerra, no cabe duda que no había animo ni para bromas.

Regresando del trabajo recorría ese pueblerino y bucólico Villa Devoto, su alma provinciana parecía no tener imprevistos, un grupo de niñas adolescentes salían de la academia de danzas de Fernández de Enciso, con sus risas como flores de distinto tono, parecían adornar nuestro barrio jardín.

Crucé las vías, aunque las barreras estaban elevadas miré para ambos lados, signo de desconfianza, no lo sé.

Parecía terminar el día sin novedad, el teléfono en silencio, mientras buscaba algo en la heladera para hacerme algunos tostados, casi automáticamente apretaba el control remoto para someterme a la dictadura de la televisión. ¿Qué puede encontrar un solterón en la heladera? una lata de pate de foie abierta, pan de molde, mayonesa, todos productos elaborados industrialmente, algo por lo menos para un emparedado.

Una alerta aparecía e interrumpía un programa de entretenimientos, luego unas letras rojas anunciaban, “existe la probabilidad de que un asteroide de unos ocho kilómetros de largo se estrelle en la tierra, música adecuada para el caso.

 Me causó gracia, al fin aparecía el Día de los Inocentes. 

Estaba realmente cansado, fui al baño, me cepillé los dientes y creo que llegué a la cama ya dormido.

La alarma del reloj despertador, que había olvidado desactivar, me despertó a las ocho menos cuarto del día siguiente, me puteé a mí mismo, porque soy de los que no puede reanudar el sueño, me llevé el teléfono al baño, puse la radio y elegí el toallón menos húmedo para secarme después de la ducha.

Justo cuando tenía los ojos picantes por la espuma del shampú, un locutor se refería al tema de la posibilidad de que el asteroide hiciera impacto con nuestro planeta.

No era joda pensé, aceleré el chapuzón y me fui a la compu a buscar en páginas científicas cómo era la cosa, y no las habituales informaciones sensacionalistas.

Varios observatorios de Alemania, Rusia, Estados Unidos, habían detectado, analizado y proyectado su trayectoria y confirmaban hasta cual era la velocidad en que se aproximaba, todos los datos con impresionante la precisión.

A ello sucederían reuniones en las Naciones Unidas, con los principales científicos que llegarían a la conclusión que en unos sesenta días estarían ingresando a nuestra estratosfera.

Las conclusiones a la que después llegaron es que era absolutamente necesario impactarlo con misiles para desviarlo porque si ello ocurriera podría convertirse en el fin de la existencia de la vida en la tierra.

Con la precisión que hoy la ciencia tiene, calcularon que 29 días antes de su impacto era el momento adecuado para destruirlo, se prepararon en distintos puntos de lanzamiento con diversas alternativas. 

Se disparó un misil con carga atómica que interceptaría al asteroide mucho antes de su ingreso a la atmosfera. 

Como pudo observarse en todo el mundo, el impacto produjo una explosión impresionante, se necesitaron tres días más para que se disipara el entorno celeste y analizar la situación.

El resultado fue que se había logrado el objetivo en un 93,547219% de acierto, con esa precisión, que en realidad para la gente era lo menos importante, sino que el riesgo desapareciera.

A través de una evaluación se detectó habían quedado dos esquirlas que tenían una nada despreciable magnitud, el Alfa C31 de una circunferencia de ocho metros y el otro Beta R23 de unos cinco metros y su trayectoria continuaba hacia la tierra y que dicho tamaño podría producir datos locales importantes.

Se analizó nuevamente y se estimó que sería posible que se desintegraran o estallaran en la atmosfera terrestre, las últimas precisiones indicaban que sus posibles restos caerían en el Atlántico Sur, próximo a la desembocadura del Rio de la Plata.

Lamentablemente no fue así, si bien gran parte se desintegro en la atmosfera, los dos restos apuntaban directamente a la Ciudad de Buenos Aires, y así fue, cayeron con una distancia de 500 metros entre sí en el barrio de Villa Devoto.

Problema menor para el mundo del “Norte civilizado”.

El primero se estrelló en pleno Hospital Zubizarreta y dos segundos después el otro impacto en los jardines del Palacio Ceci.

Ambos impactos fueron devastadores, cenizas quedaron del Hospital, la Biblioteca, los colegios, de la residencia de Antonio Devoto, ni sombra de la casa de Tamini, del Castillito, del Palacio Ceci, en un área de más de cinco mil metros a la redonda solo cenizas y escasos escombros

Gran parte de Villa Devoto eran ruinas, su alma pueblerina, sus jardines, aquellas hermosas residencias del Devoto primitivo, esfumadas, todo indicaba que sería imposible su recuperación.

Curiosamente unos aficionados al periodismo astronómico y poseedores de extraordinarios equipos en una secuencia lograron fotografiar ambas esquirlas instantes antes de estallar.

Analizando posteriormente las fotografías les llamó mucho la atención su forma, por eso en el informe ponían que una tenía forma de hamburguesa y la otra de una botella de vino.

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El vendedor de sandías

En esos viejos tiempos era común observar el nutrido desfile de carros ofreciendo sus mercancías, del lechero casi siempre a la misma hora, el sodero, ese carro rascacielos, repleto de sillas, hamacas, plumeros y vaya a saber cuántas cosas más, o el afilador de cuchillos y tijeras con su bicicleta herramienta anunciando su presencia con el silbato, una especie de siku.

Pero lo que más nos atraía a nosotros, los de la barra, era cuando llegaba la temporada de las sandias.

Para ese entonces volvía a aparecer el pequeño carro rojo descolorido, modestamente fileteado, repleto de sandias, redondas, alargadas, grandes o pequeñas, esas pelotas verdes veteadas cuyo imaginario sabor nos hacía despertar un deseo irrefrenable.

El vendedor y conductor del vehículo, era un hombre hosco y malhumorado, al que nosotros habíamos decidido bautizarlo “Don Severo”.

Empezar a justificar su mote, nos llevaría a explicar una muy importante historia, por lo menos para nosotros.

Circulaba por nuestra calle, sin siquiera pagar peaje, con el desgaste y daños ocasionados por el inmenso peso que trasladaba, sobre todo después de algún día de lluvia, dejando profundas huellas de las ruedas y las pisadas de ese robusto petiso arruinando nuestra canchita de futbol.

Razón más que justificada para ejecutar una compensación.

Todo empezó, llamándolo y rogándole si no tenía alguna sandia rota o media picada para regalárnosla, las primeras respuestas fueron un no rotundo, después que le pidiéramos dinero a nuestras madres, y finalmente ni siquiera una respuesta, de allí nuestro bautismo de Don Severo.

“Dicen que no hay pacto más importante para fortalecer la amistad, que la complicidad”.

Desde esa premisa surgió la necesidad de un secreto y elaborado plan para que esa pirámide tan prolija se derrumbara e hiciera precipitar varios ejemplares al piso, se partieran, esperando que pudieran quedar algo a nuestra merced.

Después de manejar varias alternativas, que descartábamos por muy delatoras o complejas, surgió el plan perfecto, que sellaría esa prueba irrefutable de amistad.

Sabíamos que Polola, era un virtuoso de la honda, su puntería era infalible seria nuestro as de espadas.

Paso a contarles.

Un grupo nos reuniríamos en la primera esquina y simularíamos jugar a las bolitas y, cuando Don Severo pasara, para no despertar sospechas, haríamos nuestro ritual pedido, y vigilaríamos de reojo la marcha el carro.

Casi en una vereda muy próxima a la esquina, estaría Polola, nuestro franco tirador, con su honda escondida bajo su pierna mientras simulaba jugar al dinenti.

Cuando el petiso franqueara ese elevado camino de adoquines, que la Municipalidad construía para que los vecinos pudieran cruzar la calle de tierra en los días de lluvia, se concretaría la parte final del plan.

El petiso estaba muy bien amaestrado, al sentir que la rueda hacia tope con la senda, arrastraba el carro suavemente, como para evitar la desestabilización del vehículo y el derrumbe de la pirámide.

Ese era el momento preciso, Polola, lejos de las miradas de Don Severo y en un ángulo perfecto de tiro, tomaría la honda, la cargaría con una piedra del juego de dinenti, apuntaría al vientre del animal y dispararía.

Cuál sería la consecuencia, seguramente el animal al espantarse pegaría un brusco arranque que indefectiblemente produciría el derrame del fruto deseado, entonces solo era tiempo de esperar.

Bien, todo fue pasando de acuerdo a los previsto, el reclamo no fue respondido, observar de reojo a Polola, vimos cuando cargó la honda, apuntó con su precisión indiscutible, pero vaya sorpresa y estupor, el petiso cruzó con total delicadeza el paso de piedras.

Interrumpimos nuestro simulado juego de bolitas y nos trasladamos al encuentro de Polola, el a su vez se acercó a nosotros que estábamos dominados por la terrible sorpresa e incertidumbre de lo que había ocurrido, si era imposible que pudiera fallar.

Ese recorrido de casi cien metros era un desfile de preguntas y conjeturas, ¿cómo pudo fallar? si había sido preparado hasta el último detalle.

Cuando estaba a unos escasos cinco metros, nuestro David, sin abrir la boca nos dio la respuesta, alzo su mano derecha y pudimos entender lo sucedido.

La honda al estirarla se le había partido una de las gomas.

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Los amores de Juan

Aquél pequeño poblado a orillas del río Avon, conocido como Stratford, era el famoso lugar donde había nacido en 1616 nada menos que William Shakespeare, símbolo máximo de las letras de Inglaterra, también su yerno el Doctor John Hall, quien se casaría con Susana una de las hijas de William.

Tiempo después, unos dos siglos más tarde, también nacía en aquel poblado un homónimo a aquel Doctor, un niño que fue bautizado curiosamente en una iglesia católica con el nombre de John Oswald Hall.

¿Tendría algo que ver con ese desaparecido yerno?

Podría imaginarse ese niño, que él y su familia serian visitantes del mundo, pues ninguno de sus hermanos se quedó en su nativa nación.

John, que le gustaba que le dijeran Juan, ya con algo más de veinte años, optó por tener su lugar de residencia en Buenos Aires, precisamente en la Parroquia de Catedral al Norte, con su negocio de importación de té de Oriente.

Viajero penitente, hasta que en la primera década del siglo veinte, seguramente informado por sus vecinos Rosa Viale y Antonio Devoto, se entusiasmó con un nuevo pueblo y compró algunas manzanas pegadito ahí nomas de las vías del trencito, el ferrocarril Lacroze, rincón llamado Villa Devoto donde se afincaría definitivamente.

Fue su hogar, casa y jardines, donde vivió rodeándose de su servicio de mucamas, chofer, cocinera, ama de llaves, hasta que cuando empezaron a multiplicarse sus viveros se sumaron los jardineros.

Pero, sobre todo, aprovechando sus viajes, iba acumulando una colección de orquídeas de todo el mundo que lo hiciera famoso, más allá de los límites de un nuevo barrio.

Los domingos como buen católico, adornaba con flores los altares de la iglesia de la Inmaculada, el primer templo del barrio.

Pero no era un ermitaño, sabia relacionarse con personas de relevancia social, muchas de su colectividad, aunque no asistiera la famosa capillita anglicana de la calle Lacar.

Excelente jugador de bridge, motivo de habituales reuniones, siempre pulcro que destacaba su porte elegante y bella figura, además en los importantes encuentros lucía siempre una orquídea en el ojal de su saco.

Seguramente esa presencia florida se llevaba la admiración de los visitantes, tales como Roca, Quintana, Beiró, Devoto, por citar algunos.

Sus viajes a Oriente eran frecuentes donde poseía importantes propiedades y era fuente para obtener nuevas y exóticas orquídeas.

Semejante personaje, afable era codiciado por algunas damas de la Villa, quién de ellas no querría ser obsequiada por aquella orquídea de su solapa, pero parece que le era difícil desprenderse de ellas.

Y aunque amara a las mujeres, nada podía competir con su pasión por las orquídeas.

La primavera con su renacer a la vida era el estallar de sus jardines, sus ojos se regocijaban con esa variedad de colores y sus aromas embriagaban sus sentidos.

Después de un frugal almuerzo, se vistió con sus más elegantes ropas, y, como era su costumbre, eligió una orquídea muy especial con destellos lilas, blancos y azules, se la colocó en el ojal del saco, avisó a la ama de llaves que se ausentaría por unas horas y partió a la estación del trencito.

No regresó a la hora del té y un par de horas después la cocinera prepara las vituallas para la cena.

Ya oculto el sol, se escucharon los pasos del Señor Juan, se le aproximó el jardinero que le comentó de algunas tareas, de realizar necesarias compras y que había concluido su faena sin mayores novedades.

Hombre distraído el jardinero, no noto que esta vez Juan no llevaba su tradicional orquídea en el ojal.

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Ñato el perro de barro

Mamá Celia, como todas las mañanas despedía con un beso en la mejilla a su pequeño hijo, terminaba de acomodarle la solapa del guardapolvo blanco perfectamente almidonado, recta la raya del peinado, le entregaba una pequeña bolsita con unas galletitas de chocolate y lo veía partir hacia la escuela.

Carlos, casi dormido, cumplía ese monótono recorrido de unas cinco cuadras por Cuenca, Franco, Campana y San Alberto hasta llegar a la escuela República de Venezuela.

Era como transitar por una huella de hormigas, ni idea del contorno, un mundo de grises adoquines, cordones, paredes, árboles, sin nada que despertara su interés.

Pero una mañana, sus ojos somnolientos descubrieron algo que llamó su atención.

En una hermosa casa con un muy cuidado jardín al frente, había la réplica de un faro, de algo más de un metro de altura, cuyo diseño y belleza era difícil de ignorar.

Él mismo se sorprendió de no haberlo notado antes.

Fue así que todos los días al pasar frente a ese hermoso faro despertaba realmente y no podía evitar detenerse unos instantes para contemplarlo embelesado.

Algún atardecer de invierno, cuando oscurece temprano, pasando por allí, además descubrió que su cúpula se encendía. Era maravilloso, más imponente aún.

Pero ¿qué puede guiar el faro, ahí en ese jardín, él mismo se preguntaba, barcos seguro que no, barcos de papel de los días de lluvia en nuestras carreras por las zanjas, no lo creía, quizás para guiar a niños asombrados como él?

Revisando un libro escolar encontró algunas fotos de faros de la costa atlántica, vio que eran insignificantes en belleza ante aquel en miniatura.

Los días transcurrirían irremediablemente y llegaban las épocas en que las azaleas estallan en flores acampanadas, así ocurrió en ese jardín, pero Carlos con su encantamiento con el faro, hasta ese momento no había reparado en esa planta, pero tampoco que en un rincón próximo a las flores había en un perro de barro cocido, tan típicos como los enanitos que adornaban esos espacios.

Era de tamaño natural, con su trompa aplastada, musculoso, aspecto feroz, pero lógicamente qué temor podía inspirar, sus patas macizas estaban apoyadas sobre una pequeña plataforma donde aparecía un nombre, Ñato.

Nombre muy acertado.

Vaya a saber porque extraña razón, Carlos un día decidió partir una galletita de chocolate y arrojársela a Ñato, ese perro de barro.

Al volver de la escuela, recordó su gesto de la mañana, y descubrió que la media galletita no estaba sobre el césped.

Quedó pensativo y ello despertó su curiosidad, lo que lo llevó a volver a repetir varias veces esa actitud y al regresar de la escuela, notaba que siempre la galletita había desaparecido.

Decidió contarle a su padre lo que ocurría, ya que eso lo tenía muy intrigado.

Don Alfredo era un hombre muy formal, algo severo también, pero mientras lo escuchaba se le empezó a despertar su interés y ante el planteo de su hijo por saber que ocurría, meditó un rato largo e intento darle una respuesta razonable.

Le dijo entonces que era probable que los dueños de la casa, por lo que él contaba que cuidaban tanto ese jardín, seguramente retirarían la galletita para evitar que atrajera a las hormigas.

Luego le advirtió, yo conozco esa casa tiene una ventana al frente, no sea que los dueños estén espiando a ver quién arroja la galletita y que pudieras recibir una reprimenda.

Carlos dudó, y por un par de días interrumpió su ritual.

Después de un fin de semana, al ir al colegio y pasar por allí, noto que Ñato ya no estaba, tampoco lo vio a su regreso.

Volvió a comentarle a su padre, y este le dijo que seguramente lo retiraron los dueños por el tema de tener que limpiar el jardín por sus galletitas, lo podían haber trasladado al fondo de la casa, seguramente.

Sin embargo, no estaba convencido, e insistía a su padre con preguntas.

Don Alfredo, viendo que su hijo estaba obsesionado, le propuso que tocara el timbre de la casa y le preguntara por el perro. La idea le pareció al principio genial, pero después reflexionó: ¿y si se dan cuenta que era yo el que le tiraba las galletitas?.

El ciclo escolar se acercaba a su fin, tomó valor y al volver de la escuela, tocó timbre, espero un instante, apareció una mujer mayor, el muy educado la saludó, le dijo que estaba encantado de aquel faro, como para iniciar el tema. Ella respondió que su marido había sido marino mercante y adoraba los faros, y en un viaje a Génova, lo había comprado.

Ya en confianza, le preguntó qué había pasado con el perro que ya no adornaba el jardín.

Ella hizo una pausa, que pareció interminable para Carlos

Quizás niño tu no lo creas, ocurre que mi hijo, que siempre anda a las corridas, deja dos por tres mal cerrada la puerta del jardín y alguien que hubiera pasado en ese momento lo haya robado.

Preguntando y preguntando, continuó la amable señora, a fin de saber si habían visto a alguien que lo haya robado, una vecina me comentó que observó corriendo a un perro detrás de un niño de guardapolvos.

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Recuerdos de una niña sin infancia

Quizás a Usted no le interese que yo le cuente que fui una niña sin infancia, con hambre, abandono y maltrato, solo para agriarle este momento.

Pero quizás lo haga para descargar mi rencor, como si se lo estuviera echando en cara y sea injusta, pero después me sienta arrepentida.

Pero mi paso por el barrio de Villa Devoto fue uno de los años más tristes de mi vida y, sobre todo, porque esa época de la niñez, de los juegos, de las caricias y los aprendizajes, todo ello nunca existió para mí, por eso fui una niña sin infancia.

Nací en un conventillo de San Telmo, más precisamente de la calle Defensa, mi madre Ana, planchadora, me parió un 11 de octubre de 1904; mi padre Santiago, para mayores datos cochero, me inscribió con el nombre de Laura Ana, pero no pude ni llegar a sentirlo a mi lado, falleció de tuberculosis, la enfermedad de la pobreza, cuando yo apenas tenía cuatro meses.

Mamá luchó mucho por sostenerme hasta que no pudo más y, cuando tenía cinco años, me internó en un asilo de religiosas de Villa Devoto, a cargo de unas monjas alemanas, allí estuve cerca de cuatro años, hasta que un tío decidió rescatarme.

Si digo con todos los términos «rescatarme», es que fue así, rescatarme de una disciplina extremadamente rígida, repleta de miedos y de privaciones, sobre todo de afecto.

Mientras estuve allí ni siquiera me enseñaron a leer.

No crea que los tiempos que siguieron fueron mejores, pero ya con nueve años se me trató como si fuera una mujer adulta.

Por eso soy como soy si en estos tiempos estuviera presente, mejor dicho, fui como fui.

Me han criticado tantas veces, por la dureza de mi carácter, por un trato inclusive agresivo, pero deberán comprender que no podía ser de otra manera, esa era la forma que me fueron construyendo.

Pero en realidad, yo era temerosa, muy tímida, insegura, pero tuve que construir una máscara de mi vida, que esa aparente agresividad no era en definitiva otra cosa que una actitud profundamente defensiva.

Roberto Arlt, decía: “El látigo del amo hace ladino al esclavo”

Fui famosa por otras razones, por mi talento, mi tozudez, un desmedido atrevimiento, pero que el éxito como artista, algunos placeres y reconocimientos, no pudieron recompensar el hecho de que nunca tuve infancia.

Por si no me reconoció, me presento, soy Tita, Tita Merello.

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Sobre Norberto Malaguti

Norberto MalagutiLlegó al barrio de Villa Devoto cuando sus padres se instalaron en el barrio, en la calle José León Cabezón al 3500. Con el tiempo formó una familia (mujer y dos hijos) y se mudó a media cuadra de la casa materna.

Sus estudios primarios los cursó en el barrio, en la Escuela Primaria Nro. “República de Venezuela”. El bachillerato, en cambio, lo realizó en el Colegio Nacional Nro. 12 “Reconquista”.

Empezó la Facultad de Ingeniería, pero el servicio militar interrumpió sus estudios.

Más tarde, con 18 años, entró a trabajar en el Banco de Italia y Río de la Plata, fundado y presidido por Antonio Devoto. Ese no fue el único banco de su vida, sino que prestó sus servicios en distintas instituciones bancarias. Pero un día decidió armar una editorial dedicada a la actividad frutihortícola del país.

A los 19 años comenzó su trayectoria en la Asociación Vecinal Villa Devoto Norte donde, durante 37 años, fue un integrante de la Comisión Directiva.

En el año 2000 conoció a Edgardo Tosi, quien lo convocó a formar parte de la Junta de Estudios Históricos de Villa Devoto, en la cual llegó a ser presidente primero, vicepresidente después, para haber sido recientemente elegido para ocupar nuevamente la presidencia por el período 2022/2024.

Le gusta escribir, no solo cuentos sino también poesías.

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Sobre la Junta de Estudios Históricos de Villa Devoto

30 años de funcionamiento de la Junta de Estudios Históricos de Villa DevotoWeb: https://devotohistoria.com.ar/

Instagram: https://www.instagram.com/asociaciondefomentovilladevoto/

La actual Junta de Estudios Históricos de Villa Devoto fue fundada en 1992 con el objetivo de investigar, conservar y difundir el origen de nuestra villa, de sus instituciones, de los acontecimientos y actividades que se jalonaran a lo largo de su desarrollo, rescatar las vidas de quienes han recorrido sus calles, iluminar anécdotas separando la fantasía y los mitos que todo barrio tiene, buscando seriamente la verdad de lo sucedido, defender su patrimonio, sin olvidar que cada uno de los que vivieron y viven en ella fueron y son sus principales actores.

Con ese fin desarrollamos actividades diversas de divulgación, más allá de la investigación, considerada prioritaria: charlas, conferencias, talleres de historia barrial, visitas guiadas y propiciando y realizando exposiciones que muestren al vecindario sus valores y su pasado. Periódicos congresos donde puedan mostrarse temas novedosos dando libre tribuna a todo aquel que tenga material para mostrar. Realizamos ediciones de folletos y libros y mantenemos una periódica publicación que comenzó como «Aniversario» y hoy se titula «Devoto Historia».

Todo ello se realiza en forma vocacional, sin perder la rigurosidad, no siendo una entidad de gestión ni reclamos. Absolutamente independientes de organizaciones políticas, confesionales o comerciales ni de organismos oficiales, por todos los cuales estamos legalmente reconocidos.

Debemos reiterar que la historia de Villa Devoto ha sido maltratada y sigue siéndolo por quienes no han profundizado en su investigación. En las secciones de esta página verán reflejada su verdadera historia siempre apoyada en documentación fehaciente.

Están siempre abiertas sus puertas para quienes puedan aportar documentación e ideas fundamentadas que puedan no coincidir con las aquí expresadas, para poder discutirlas y lograr así la verdad.

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