Sentimientos ocultos de Sarmiento por Mabel Crego

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Sentimientos Ocultos de Sarmiento, por Mabel CregoSARMIENTO, ese anciano con gesto adusto y carácter dominante que nos han enseñado a través de los años, desde su múltiple  personalidad, era  un ser compenetrado con la  naturaleza de la que formaba parte. “Sentía” al mundo que lo rodea de un modo asombroso: “un sentimiento majestuoso, ciclópeo y titánico”.   Vibraba con lo más sutil de la naturaleza y lo reflejó, con su rica pluma.

Sarmiento, mirado desde fuera, como habitualmente se lo mira, era en su acción y hasta en su apostura física un ser imponente y macizo. Es curioso comprobar cómo se lo asocia a una montaña. Todos o casi todos los que han escrito sobre él tienen de común esa alusión, a la montaña, para representar gráficamente su personalidad: se siente que Sarmiento es como una montaña, no sólo ni principalmente por su grandeza, sino también por su solidez compacta, por su sobriedad ruda, por su poderosa voluntad, por la ancha base con que se asienta sobre el suelo de nuestra América.

Su naturaleza física era también vigorosa, pero áspero y escabroso, según se sabe: ni alto ni bajo, grueso de cuerpo, la cabeza irregular y grande, los brazos largos y un poco simiescos, que él disimulaba al caminar llevándolos hacia atrás, con las fuertes manos aferradas al bastón; la espalda ancha y con agobio, lo que daba a su figura una «agachada solidez de toro lento», como dijo Lugones; el rostro, pequeño en relación a la cabeza, era indudablemente feo, pero con esa fealdad hermosa que es propia del hombre y del oso, conforme al dicho popular; la frente alta y en forma de bóveda, la nariz recta y carnosa, bajo las cejas abundantes, una mirada enérgica, profunda y avizora, pero a veces cansada y húmeda en los frecuentes trances de desaliento o de tristeza; las orejas grandes, la boca fuerte e imperiosa, la mandíbula excesiva como una quijada.

¡Pero qué tiernos suelen ser por dentro los hombres que por fuera aparecen ásperos y duros! Se diría que en ellos la vida, para subsistir, erige espinas y rugosidades que preserven la entraña tierna y frágil, como se ve en el cactus frente al medio ardiente y hostil que lo circunda.

Apasionado en todos los aspectos, también en los afectos dejó la marca de su carácter. Hijos, mujeres y amantes acompañaron la vida de Sarmiento. Haciendo honor a su nombre Valentín, (según acta de bautismo Faustino Valentín), fue un verdadero romántico, rebelde para su época, apasionado en la política y en todo su accionar público.

Actitud que también llegó a reflejarse, como era de esperar, en su vida privada.

Generó a su alrededor odios, pero también admiración, respeto y amores confesados se testimonia en su epistolario íntimo.  Su destino quizá lo llevó por latitudes diversas y este andar, a veces elegido y en otra ocasiones forzado, hizo que como exiliado en Chile, más precisamente en Valparaíso, en 1831, conociera a una joven de 20 años, María Jesús del Canto, con quien tuvo una hija, Ana Faustina, que luego (según algunos historiadores por el fallecimiento de su madre) fue traída a San Juan donde quedó a su cuidado y educada también por sus tías y su abuela Paula.

Al fundar el Colegio Santa Rosa, Faustina estudió allí y también en la Escuela de San Felipe de Aconcagua, donde sus tías Bienvenida y Procesa establecieron una escuela.

En 1845, nuevamente el prócer se encuentra en Chile, parte hacia Europa, Estados Unidos y África y a su viaje de regreso, a los tres meses, en Valparaíso, conoce a Benita Martínez de Pastoriza, una joven señora casada que enviudó, en 1848, se casa con ella y llega a adoptar como hijo propio a Dominguito, Domingo Fidel Sarmiento, (no se sabe certeramente si fue fruto de su relación con Benita o si era hijo del esposo de ella). Este hijo fue su debilidad, a los 21 años murió combatiendo en la batalla de Curupayti.

El libro de su vida sentimental incluye un capítulo apasionante. Cuando en 1855 Sarmiento vuelve nuevamente a su patria, nace un nuevo amor, Aurelia Vélez Sárfield, a quien conoció en Montevideo en 1840, cuando ella era una niña de 9 años, pero ahora descubrió a una mujer bella, inteligente, escritora. También política, tal vez la mujer ideal, sin contar que él todavía estaba casado.

Hija de Dalmacio Vélez Sarsfield, desde pequeña se destacó por su carácter e inteligencia, que el padre estimuló y alentó otorgándole una excelente educación y enseñándole él mismo, llevándola a trabajar junto a él como secretaria, (porque era muy culta) desde muy joven y con quien escribió  el Código Civil, sorteando  peripecias legales como consecuencia de su género. Esa  muchachita de mirada dulce y espíritu apasionado, baja de estatura, despertó en Sarmiento una atracción inusitada, que ella correspondía.

Mientras Sarmiento se desempeñaba como concejal en la Municipalidad, además de ser jefe del Departamento de Escuelas, senador y periodista de El Nacional, en las noches disfrutaba de las tertulias que se llevaban a cabo en la casa de los Vélez Sárfield.

 Aurelia Vélez Sarsfield nos devuelve a un Sarmiento tierno y seductor, enamorado de la naturaleza, dueño de un humor particular.  A los diecisiete años Aurelia decidió casarse con su primo hermano Pedro Ortiz Vélez,  quien realizó los primeros pasos de la medicina alternativa en la Argentina, pero su matrimonio no duró mucho, solo 8 meses y aunque se desconocen los motivos, alguna versión sugiere que durante una pelea, Aurelia le confesó a su marido que no lo quería, que su verdadero amor era Domingo Faustino Sarmiento y que se había casado con él, para alejarse de la tentación que significaba para ella ese hombre casado, venticinco años mayor que ella.

Por su parte, su esposa Benita permanecía en Chile pero en 1857, pero viaja a Buenos Aires en busca de su marido (según dicen, sospechaba los amores de su esposo y estaba loca de celos).

Domingo Faustino Valentín Sarmiento viaja a San Juan para desempeñarse como gobernador y escribe a su esposa, a Dominguito y a su amada Aurelia y una de éstas cartas llega a manos de Benita por lo que la crisis del matrimonio llega a la separación definitiva.

La separación de Sarmiento con su esposa Benita se hizo por etapas, según lo comenta Lugones en su «Historia», y tuvo por causa inmediata «la publicidad de ciertos amores de Sarmiento con una señora de la alta sociedad porteña,  a quien consagraba por lo menos su simpatía intelectual».

Luego de dejar su cargo como gobernador de San Juan, Sarmiento parte a Estados Unidos. Allí, como embajador, conoce a una profesora de inglés, Ida Wickersham, casada con un médico.

Este romance duró bastante tiempo y siguió contactado por carta y una vez divorciada le pide a Sarmiento, ya como presidente de la República Argentina, que la traiga con el grupo de maestras norteamericanas a la Argentina.

Pero Sarmiento llevaba en su corazón el amor de Aurelia, a quien le escribiera en una oportunidad: «Necesito de tus cariños, tus ideas, tus sentimientos blandos para mi.”

En el viaje por el exterior Sarmiento hizo amigos, conoció a un joven francés, Julio Belín, quien instaló una imprenta en 1848, año en que éste también se casara con su hija Faustina, con quien tuviera 6 hijos, Julio, Emilia, Augusto, Helena, Luisa y Eugenia.

Después de la caída de Rosas, la familia Belín Sarmiento se traslada a San Juan, donde los niños continúan sus estudios. Faustina queda viuda en 1865 y trabajó junto con su tía Bienvenida. Siempre prestó colaboración a las obras de bien social y participó en la fundación de la Sociedad de Madres Cristianas, precursora de la Sociedad de Beneficencia. Ayudó a las víctimas de la fiebre amarilla y en 1866, fue ayudante en la Escuela Modelo, donde su tía Bienvenida era docente.

En sus últimos días  Sarmiento enfermo y cansado se estableció en el Paraguay, junto a su hija Faustina  que jamás lo abandonó, a sus 77 años, le pide a su gran amor Aurelia «venga, juntemos nuestros desencantos para ver sonriendo pasar la vida».

Aurelia viaja al Paraguay pero no llega a verlo con vida.

Si estuvo uno de sus grandes afectos, su única hija, Ana Faustina.

Mabel Alicia Crego – Maestra Secretaria email
Docente JIC 4 d.e. 6º

FUENTES:

  • “Testimonios de un Hacedor” de Guillermo Gagliardi
  • “Textos recobrados” 1828-1840   D.F. Sarmiento
  • Dra. Gladys  Abalay  Meglioli
  • Intimidad de los grandes hombres – Alfredo Orgaz
  • “Aurelia Vélez” de Araceli Bellotta

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