Rodolfo Piovera: Recuerdos del pasaje Pereyra

14

A ver quién se acuerda, por ejemplo, cuando pasaba el tranvía por la avenida Pavón o cuando venía, a la tardecita, un señor a encender la única columna de luz del alumbrado público.

A ver quién tiene memoria del organillero y la sacada de tarjetitas con la cotorra amaestrada, o de los partidos de sapo en la calle. O de ese extraño arreo de vacas por la calle… ¿de dónde venía? ¿De un corralón de Colombres?

O del carro de pantalonero, del vendedor de mimbre y el botellero. No ha pasado tanto tiempo.

Quién recuerda a Pucho, siempre parado en la esquina de Garay y Pereyra, impecable en su overol azul, y con su paquetito de lupines. Con el “Hola Pibe” amable, siempre a flor de labios.

Quién se acuerda de la bicicletería de Cicarella, del almacén de Don José, la panadería La Reina de las Flores, o la fábrica de pastas Heraldo.

O de la Bomboniere. O de La Giralda.

O del doctor Solla, la peluquería de Antolín, la pizzería San Antonio, los locales donde te cambian dos revistas mexicanas por una.

Quién recuerda a la gaseosa de mate marca Riky, las gallinitas, las galletitas Colegiales, las pastillas Picanola, los helados Laponia, las bolsitas de gofio marca Titanes en el Ring, los bloquecitos Suchard, el Licorflip o la Refrescola.

Pasaje Pereyra, cancha eterna de adoquines donde los sábados a la tarde el fútbol era amo y señor, pese a la siesta y los vecinos… En fin.

¿Quién me ayuda a recordar?

Rodolfo Piovera – [email protected]