Ricardo Lopa: Nuestros paisanos de la calle Pavón

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Así que se manda al Pellegrini. Sabe no mangio del tema. Alguna vez presencié una carrera de caballos, y me la creí. Era muy pibe me tragaba todos los sapos, aunque no tuviere hambre, aunque no me convidaran, me los comía solito. Y solito me la creí.
Allá por los 50’, el barrio, que era más barrio y más porteño, también era más de lo nuestro. La identidad sabe. Se suele decir, que todo tiempo pasado fue mejor, no es tan así. Como tampoco que el presente lo es, por el solo hecho de serlo. Pero que lo pasado era distinto, es tan así. De hecho por ser pasado no puede ser igual al presente. Pero puede ser más nacional, seguro y seguro que sí.
¿ Por quién se juega en el Gran Premio?, por ¿Storm Mayor? ó, por ¿Sixty Finder?. Que nombres raros, ¿son nuestros los pingos? No vaya creer que soy burrero, con el clarín en la mano, cualquiera lo toca, el problema es entonar. Ah son nuestros, aunque no parezca. ¿nosotros somos nosotros?, o queremos ser lo otros.
Ud. dirá, ¿a qué viene esto de los caballos?, le cuento:
Alguna vez la calle Pavón, entre Castro Barros y Boedo, estuvo engalanada por una verdolaga plazoleta. Los antiguos del barrio solían, contar que en el lugar supo haber una pulpería a principio de siglo. Bueno es un supuesto, pero lo que deja de serlo y fue una realidad para Ricardito, que durante las fiestas patrias se armaba en el verde césped una gran celebración. En el festejo no podía faltar la carrera de caballos. Ahí estaba Rosendo, montando a Cielito y Jacinto a Patas Largas. Que emoción ver a nuestros gauchos, montando pingos criollos. ¡eran de verdad!. Lamentablemente luego fueron reemplazados por los ‘cowboy’ que no lo eran, pero si rubios y de ojos celestes y además sacaban el arma ‘para matar’ como los dioses. ¡Qué canallada! ¡Qué golpe trapero a la mentalidad de jóvenes en formación!
De esos entreveros barriales boedenses, viene mi creencia burrera. ¡Qué cosa Boedo!, el único barrio, llamado así por su calle principal. En realidad los nativos persistimos, lo llamamos deformándolo, pero con orgullo, ‘Buedo’.
Juro, que me había hecho hincha de un alazán blanco con pintitas negras, que lo llamaban el Tuerto, ¿por su jinete, el Alfonso?: No ¿por su andar de costado?, Si, medio compadrito el pingo había sido.
Sin mucho aire, continúo tocando el clarinete. Estábamos en San Isidro, unos boletos a Shuaily el peruano o, a Shock Plus Que nombres raros, ¿son nuestros los pingos? Ah, son latinoamericanos aunque no parezca, pero, ¿nosotros somos nosotros?, no deseamos serlo; pero queremos ser los otros, pero tampoco lo somos.
En realidad, lo que me atraía no eran los caballos, ni la destreza de los paisanos, que supuestamente era mucha, pero para el nene no había diferencia. El pañuelo, si el que llevaban anudado al cuello, era lo que llamaba la atención; unos eran rojos, otros amarillos, otros marrones, el de la monta de mi elegido alazán; azul y blanco.
Ah, el 16 de diciembre se corre nomás, la nómina de la caballada prosigue, vea el clarín ya emite sonido acompasado, al ritmo de Porto Blue, Northener, Mr. Fun y continúa. Otra vez la pregunta de estilo, pero, ¿son nuestros?. Aunque no lo crea, sí. Pero, perdóneme si me equivoco, creo que lo cree. Porque queremos ser ellos, no lo somos. Somos nosotros, pero queremos ser los otros. ¿no hay un poco de esquizofrenia en nosotros?
Para cerrar la velada, venía el plato fuerte, por lo menos para los pibes de ‘Buedo’, “La carrera de sortijas”. Cielito y el Rosendo, Patas Largas y el Jacinto, el Tuerto y el Alfonso, prestos al triunfo, a los que se agregaban Porteño y el Martín, La Nena, montado por el Beto, entre otros.
El ganado, ostentaba como premio desfilar portando nuestra bandera, las dos cuadras de la cuadrera, con los vítores y pañuelos al viento de los parroquianos, entre ellos Ricardito. Si me parece verlo a mi Rosendo, con la azul y blanca en la diestra..
El ejemplo de los mayores, siempre nos guía en cualquier tiempo. La purretada de Castro y Pavón, no era la excepción, ¡pero era distinta!. A pesar que había muchos cines en ‘Buedo’; El Nilo, Moderno, Select, Cuyo, Los Andes, sin contar los de San Juan y el Teatro Boedo, que cada tanto se mandaba una peliculita, no éramos Gary Cooper, ni Kirk Douglas, con sus cartucheras y pistolas siempre listas para dar en el blanco. A pesar que nos infestaban con el celuloide yanqui, los pibes del barrio nos sentíamos gauchos. Le pedíamos a los viejos piolín lo atábamos del balcón al árbol de turno, le agregábamos una arandela, y nos la rebuscábamos con algo para ensartar, ah, casi me olvido, todos sin excepción nos anudábamos en el cuello un pañuelo. Éramos paisanos. El pañuelo de Ricardito era azul celeste, lo más parecido al azul y blanco que la vieja le consiguió. Nos fabricábamos nuestra propia carrera de sortijas. ¡la identidad nacional se cosecha, con hechos que siembran con su ejemplo!. Sin petulancia creo que Ricardo es fruto, de lo sembrado en tiempo oportuno.
No se olvide el 16 de diciembre de 2006, el Gran Premio Carlos Pellegrini en San Isidro, ya le tiré alguna fija con nombres que huelen feo, les mando otros al toque de clarín, no se olvide, agréguelos a la nómina: Body Gold, Cirque Du Soleil Emotion Parade, Flag’s Boy, Guill Advantage. ¿y éstos de qué la van? Son también nuestros. Pero, ¿los hacen mejores los nombres foráneos? ¿corren más rápido? Minga, yo les peleo con Cielito, Patas Largas, el Tuerto, Porteño y La Nena. Mire, ¡si aparece el Rosendo y ve este zafarrancho de nombres! Hasta los mismos pingos, no entienden nada cuando le susurran al oído su nombre ¿quién es el fulano? Rosendo lo mira sobrándolo; gil sos vos, no ves cuando terminas de comprender la orden, yo ya me pianté con Cielito.

Como puede observar los paisanos de la calle Pavón fueron nuestro ejemplo, porque eran nuestros, y nosotros éramos nosotros. Por la ley natural, esos pebetes gauchitos, fuimos creciendo. Nos enseñaron, que el gaucho era pendenciero, haragán, matrero y otras yerbas. Pero no es tan así. Le ruego, investigue.