Recordando a las Bombas de Agua Manuales

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Cuantas bombas domésticas están silenciosas, vacías, calladas en algún lugar del campo, en el patio a la sombra o en el sol sin que nadie las tenga en cuenta o se detenga a contemplarlas. Pero fueron tan útiles y necesarias en su tiempo, cuando se obtenía el agua fresca. Al lado de la bomba estaba el pozo, que servía de heladera donde se conservaban los alimentos. El agua que subía a la superficie era más fresca a medida que se iba bombeando. Se podía utilizar para beber, refrescar las bebidas, para regar los florecidos jardines, para dar agua a los animales y para darse un baño refrescante y reparador.
            por Susana Boragno 
Nota completa de La Nación 21/02/15 Rincón Gaucho
 

Las bombas más conocidas eran la «bomba sapo», común verlas cerca de las cocinas,  en las cantinas de los boliches o almacenes, también para llenar de agua los bebederos.

Otras eran las de «elevación o pie de molino». Tenía un sistema más complejo que además permitía subir agua a los tanques.

El origen de las bombas para elevar agua de los pozos se remonta a tiempos antiquísimos. En el 222 a.C ya se empleaban en Egipto. Ctesibio, físico y matemático que vivió en Alejandría, figura como perfeccionador de ellas. El genio universal, Leonardo da Vinci, alrededor del 1500 también intervino para mejorarlas.

Como encontrar agua

Frente a una extensión de tierra como  un campo, una chacra, la incógnita siempre fue donde cavar el pozo para obtener agua. 

Vitruvio Polión, Marco (siglo I a.C), arquitecto y escritor romano, en su famosa obra De Arquitectura, en el libro VIII trata el tema del agua. En el proemio rescata lo que había dicho Thales de Mileto, uno de los siete sabios: «el agua es el principio de todas las cosas».

En el Capítulo Primero se ocupaba: «Del modo de hallar agua». Decía que se debía buscar donde nacía espontáneamente «el junco menudo, sauce silvestre,…cañas, hiedras y otras cosas de esa clase que nunca nacen ni se mantienen sin humedad».

A falta de esas señales, proponía  excavar un pozo de 90 cm. de ancho por 1,50 de profundidad. Al ponerse el sol, colocar un cuenco de cobre o de plomo, boca abajo y untado con aceite. Cubrir la boca con cañas o ramas y tierra. Descubierto al día siguiente, si en el cuenco se hallaban algunas gotas y sudores, Vitruvio decía «hay agua en el sitio». Otra forma que proponía era poner un vellón de lana en el hoyo, si al día siguiente se exprimiera agua, sería indicio «de que allí había mucha»,

Cuenta la tradición que en el siglo XIX, al gaucho le bastaba probar el sabor de los pastos para determinar donde encontraría agua dulce, sabiduría empírica que ha ido desapareciendo desairada por la civilización.

Martín Fierro lo cuanta así:

Tampoco a la sed le temo,

Yo la aguanto muy contento:

Busco agua olfateando el viento,

Y dende que no soy manco,

Donde hay duraznillo blanco

Cavo y la saco en el momento. 

La sabiduría popular indicaba como detectar agua:

Bomba de agua

Inspeccionar los hormigueros más próximos del lugar, era buena la señal cuando las hormigas extraían de la profundidad de la tierra arena blanca y finísima.  Nunca debía cavarse en un monte espeso. El cauce principal de una corriente subterránea se hallaba en terrenos altos. Convenía elegir el lugar donde abundaban las jarillas, totoras bola, grandes matas de paja «cortaderas», el cardo criollo o la zarzaparrilla blanca ( indicaciones similares a las de Vitruvio 2000 años antes) Se aconsejaba perforar donde crecía el ceibo de flor granate, el sauce, el timbó, el palo bolilla, el canelón, el ombú, árboles de madera blanda y de crecimiento rápido.

Otro buen indicio era donde crecían  los algarrobos. Sus raíces suelen descender hasta treinta metros en busca de agua. Aconsejaban cortar el árbol y abrir un pozo en ese lugar. Cuando el viento derribaba un árbol frondoso, señalaba que pasaba una corriente subterránea, porque sus raíces no se habían podido aferrar a la tierra por exceso de humedad.

La Revista Caras y Caretas del 8 de agosto de 1914, anunciaba  a toda página: «Pozos Surgentes», promoviendo la venta de un aparato llamado Bathidroscopio (bathi: profundo; hidro: agua; scopio:visor). La firma aseguraba  «que entre doscientos diez y doscientos veinte metros de profundidad se hallaría una fuerte corriente de agua surgente(…) solicite hoy mismo precios y condiciones (…) diríjase  a A. Corcín, Bolívar 321 (…).

Rabdomantes 

Hay personas dotadas de una sensibilidad especial, que les permite «marcar» con exactitud los lugares donde hallar agua.

Leonardo Knut cuenta que cuando vivía en el campo de su papá en el Rincón de Pando, (Uruguay), «el buen vecino, Sifredo Reyes  vino a «marcar el agua»…

es un acto sanguíneo, no todos tienen esa cualidad para detectarla. Sifredo traía una varilla de mimbre o de durazno en forma de horqueta, la tomaba fuertemente en sus manos y cuando la varilla restante bajaba, decía «aquí está el agua» hasta nos decía: a tantos metros y no fallaba. Suena increíble pero era así»,  dice Leonardo.

A esta gente se le llama rabdomantes. Es una palabra compuesta: Rabdo, vara de madera y Mantis, adivino. Es el que adivina con la vara de madera.

Hoy a esta ciencia se la denomina radiestesia. Deriva de la palabra latina radius, rayo, radiación y de la palabra aisthnomai: sentir, ser sensible a las radiaciones. La persona que lo experimenta es una persona sencilla, que no adivina, sino que percibe la energía.

La horqueta no se moverá de las manos de cualquier persona sobre la veta subterránea de agua, sino en las manos de unos pocos. Es un don natural que requiere de una cierta práctica para poder actuar con precisión. La fuerza de la horqueta está causada por la magnitud de la veta.

 Volviendo a las queridas bombas que recordamos con nostalgia y en tiempo pasado, aún hoy no han perdido vigencia. Hay lugares donde todavía sigue siendo una de las  formas de obtener ese vital elemento.

 

 

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