Proyecto de ley para declarar al Tala como Árbol emblemático de la Ciudad de Buenos Aires

En medio de un talar se concretó el primer asentamiento de Don Pedro de Mendoza y posteriormente de Juan de Garay. Este bosque abasteció de maderas a los pobladores y en sólo 10 años su existencia ya se veía comprometida. Pero pese a que Buenos Aires nació en un talar y de él se nutrió hasta acabarlos, casi al extremo de que no quedan rastros del mismo, es peor aún que los ciudadanos ignoramos su presencia. Es por eso que se ha presentado un proyecto de ley para delclarar al Tala como Árbol emblemático de la Ciudad de Buenos Aires.

La Junta de Estudios Históricos de Núñez y Saavedra en conjunto con la Agrupación Vecinos Por la Ecología y la Gestión Talares Bonaerenses de la Fundación de Historia Natural «Félix de Azara» han presentado un proyecto de ley para declarar al Tala (Celtis tala) como «Árbol emblemático de la Ciudad de Buenos Aires«. El N° de expediente es: «263-D-2015 Ley Tala Árbol Emblemático».

Por tal motivo, quienes apoyen este proyecto se deberán enviar las adhesiones a los siguientes mails:
[email protected] y [email protected]

FUNDAMENTOS DEL PROYECTO:

«En el año 2004, la Fundación de Historia Natural Félix de Azara, realizó en la Universidad CAECE, las Jornadas por la conservación de los talares bonaerenses, en la misma se determinó lo siguiente:

El talar es el bosque más ligado al desarrollo urbano de Buenos Aires y sus al-rededores. Fue definido como «nuestro paisaje natural» y, a pesar de ello, no está presente en la conciencia del ciudadano. 

El talar es una formación boscosa nativa donde el tala es la especie dominante. En el territorio que hoy ocupa la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el talar constituía el bosque natural que ocupaba los terrenos altos, cercanos al Río de la Plata.

El primer asentamiento que realizó Don Pedro de Mendoza y más tarde el definitivo que consumó Don Juan de Garay, se realizaron en el seno del talar, ubicado en la terraza alta de las barrancas frente al río, cuyos vestigios hoy podemos apreciar aún en Parque Lezama o Barrancas de Belgrano por ejemplo.

Este bosque se constituyó en el principal proveedor de madera, tan necesaria para la construcción de los ranchos, como para leña, en una zona carente de piedras, la madera cobra una importancia suprema, y en ese marco tala o ivirá guasú o yuasí (que significa tronco grande o espina chica) de los guaraníes toma un papel preponderante.

Según Lorenzo Parodi, los grabados hechos por Levino Hulsio que ilustran la obra de Ulrico Schmidl, el soldado de Mendoza, primer cronista del Plata  «los árboles representados en varios grupos parecen ser talas…» 

Más tarde con la definitiva fundación de Buenos Aires se repite la historia del emplazamiento de la nueva ciudad, con los elementos propios de la zona y tal como rela-ta Elio Brailovsky  «cuando imaginamos la fundación de Buenos aires por Juan de Garay, inmediatamente pensamos en el cuadro de Moreno Carbonero que lo muestra espada en mano, junto a un tronco que representa el rollo de la justicia. Por el tipo de árboles disponibles en la zona es probable que Garay haya utilizado un Tala».

Sólo diez años de asentamiento de la nueva población bastaron para que el talar se viera seriamente comprometido; así se manifiesta en las ordenanzas del Cabildo de 1590, donde se lee: «… Mateo Sánchez. Procurador desta ciudad parezco ante vuestras mercedes y digo que en el exido desta ciudad hazia el Riachuelo de los navíos ay algunos algarrobos chicos y los van cortando algunos vecinos desta ciudad y no los dexan criar y es de gran daño della a las chacaras del pueblo y asi Vuesas Mercedes deben mandar con pena que no se corten los dichos espinos ni otro monte si lo ubiese por el abrigo que ay del ganado vacuno. A Vuesas Mercedes pido y suplico manden con pena no se corten los dichos espinos ni otro genero de monte por causa ques abrigo del ganado vacuno y en ello haran Vuesas Mercedes justicia lo cual pido…»

Buenos Aires nació en un talar, de él se nutrió hasta acabarlos casi al extremo de que no quedan rastros del mismo. Más grave aún es que no han quedado rastros en la conciencia de la población, el ciudadano ignora su presencia. Se dice que Buenos Aires siempre dio la espalda al río, lo cual es cierto; pero no solo al río le ha dado la espalda, también a su ribera y barrancas con la flora y fauna asociadas.

No negamos el progreso, pero en una ciudad que no deja de crecer no quedó espacio para una sola plaza que contenga la flora que caracterizó sus comienzos y no hay avenida que se arbole con especies propias. Se brinda un permanente culto a lo exótico, con la consecuente pérdida de biodiversidad que ello implica. Esto ha generado tal confusión que la mayoría de los porteños ignoran cuáles son las especies autóctonas de la región donde se emplazó la capital nacional. Incluso, creen autóctonos de aquí especies que lo son del norte argentino. Nadie duda que hay otras especies exóticas de la región o del país (cultivadas en Buenos Aires) con mayor valor ornamental que el tala. Pero sin lugar a dudas es este árbol el que tiene las raíces más profundas en la historia, el paisaje original y, por consiguiente, la identidad de la Ciudad.

En 1940 el botánico Lorenzo Parodi publicó un relevamiento donde lamentaba la pérdida de los talares, a pesar que aun por esos años, describía los de Pacheco, Martín Coronado e, incluso, del bajo de Flores en la ciudad de Buenos Aires. Esos talares hoy son sólo recuerdos, y, a este paso, en 60 años más los talares sólo habrán sumado más recuerdos.

Como queda documentado en la obra «Buenos Aires, la historia de su paisaje natural» un caso interesante se dio en las primeras décadas del siglo XX, Villa Talar ocupaba el sector comprendido entre la calle Campana y las avenidas de los Constitu-yentes, Salvador María del Carril y San Martín, hoy conocido como Agronomía. El nombre surge por la existencia de grandes talas en la finca de la familia Altube, en Nazca y Gutenberg. En una de las zonas más altas de la Capital Federal, aquellos árboles que se destacarían en el paisaje homogéneo de la pampa, serían restos de un talar histórico que también motivaron el nombre de una parada de ferrocarril (en la actualidad Beiró). Los pobladores de Villa Talar desplegaron una gran actividad social que incluían «salidas campestres», mejoras para el barrio y la formación de una pionera «comisión de damas protectoras de árboles y plantas». El nombre de talar quedó inmortalizado en dos asociaciones de fomento (una ya desaparecida), un club e incluso en la iglesia fundada en 1939: la Parroquia San José del Talar (famosa por su santuario de Nuestra Señora que desata los nudos). Del empuje de los «talareños» a la desaparición en la cultura oficial de la Villa Talar solo mediaron unas décadas.

Quedan además, ejemplares de diversas edades de tala en el ejido urbano de la ciudad de Buenos Aires, tal vez algunos centenarios en el Jardín Zoológico, la Facultad de Veterinaria y Palermo (dentro del Club de Amigos). En la Reserva Ecológica «Costanera Sur» se han cultivado a fines de iniciar procesos de restauración ambiental, generando talares muy cerca de donde los hubo antaño. También se ha representado este ambiente a pequeña escala en el Parque «Presidente Sarmiento» en el arboretum «Árboles de Buenos Aires». En una investigación realizada por el director del «Museo de la Ciudad Brig. Gral. Cornelio de Saavedra», Lic. Alberto G. Piñeiro dice: «A toda la zona norte del ejido se la llamaría ‘de los Montes Grandes’. Estaba cruzada por el cauce de varios arroyos que llevaban sus aguas al Río de la Plata. Entre ellos había montes de espinillos, algarrobos, ombúes, sauces criollos, talas, chañares y vegetación baja y en-marañada de calafates, tunas y enredaderas».

La designación del Tala (Celtis ehrenbergiana) como «Árbol Emblema de la Ciudad de Buenos Aires» permitirá no sólo mantener vivos los recuerdos de sus orígenes sino que también remediar en parte nuestra olvido también lo agradecerán las aves nati-vas como el Jilguero dorado (Sicalis flaveola), el Boyerito (Icterus cayanensis), el Cardenal, el Pepitero de collar (Saltator aurontirostris) y la Monterita cabeza negra (Poospiza melanoleuca). Las crías de una de las mariposas más hermosas de la ciudad, el Zafi-ro del talar (Doxocopa laurentia), sólo comen hojas de tala. La escasez del árbol ha pro-vocado la casi desaparición en la Capital Federal de esta joya viviente. Las orugas de otras mariposas como la Ochenta (Diaethria candrena) y la Bella (Hypanartia bella), se alimentan de hojas de tala y unas pocas otras especie vegetales.

Sobre sus bosques se levantó una metrópolis mirando  lo foráneo, pero que supo generar identidad propia, aunque sin duda en nuestro patrimonio, hasta ahora, el tala quedó fuera. Sin embargo, estamos a tiempo de impulsar gestos reparadores como la declaratoria que propone esta nota. Esta declaratoria no aspira a ser un fin en sí misma, sino una herramienta para poner revalorar esta especie y estimular su inclusión en la agenda educativa y ambiental de los porteños.».

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