Palpitando el Bicentenario TUCUMAN EN TIEMPOS DE LA INDEPENDENCIA – 1ra. Parte

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La ciudad de San Miguel de Tucumán fue trasladada en 1685 siguiendo la ruta mercantil del Alto Perú que, tras la legalización del puerto de Buenos Aires, va a cobrar fuerte impulso no solamente de los puntos que une, sino también de toda la región que atraviesa. Tucumán, situada en un estratégico punto articulador, se valoriza en una época de transformaciones económicas, sociales y políticas, profundizadas en el último cuarto del siglo por las reformas borbónicas, el aumento de la actividad mercantil y un marcado movimiento demográfico.

 
Dice Romina Zamora, licenciada en historia de la Universidad de Tucumán, «que en la segunda mitad del siglo XVIII,  San Miguel de Tucumán estaba compuesta por cinco mil vecinos, en el plantel urbano de humildes casas, con una plaza en el medio, un cabildo, cuatro conventos en el ejido, alguna escuela de frailes, un comercio precario y como atmósfera moral, los chismes, los bártulos, los cuentos de solo veinte blancos que saben leer y escribir, entre quinientos que no lo saben, pero que son de algún modo, los amos de los indios». 
 
Si bien la ciudad era considerada el lugar de residencia por excelencia de la élite

TUCUMAN EN TIEMPOS DE LA INDEPENDENCIA

 blanca, un altísimo porcentaje de los habitantes de San Miguel de Tucumán (tardo-colonial), pertenecía a grupos étnicos que no eran parte de la elite. 
 
Si consideramos que la elite, tiene blanca la piel y los sectores populares varían desde blancos no pertenecientes a la elite a mestizos, indios, mulatos, zambos o negros, es sustancial que «casi el 68% de los habitantes de la ciudad en 1778 y el 43.4 % en 1812, aparecen censados como indios, mestizos, zambos, mulatos o negros, a los que debe agregarse otro 17.2% registrados en esa fecha, «sin especificación étnica» y que probablemente no fueran españoles, al menos reconocidos, ascendiendo, por tanto, los sectores populares en 1812 casi el 60% de los habitantes de la ciudad»
 
Normalmente el centro de la ciudad, corresponde a la residencia de la élite y la periferia a los estratos inferiores, pero  en San Miguel de Tucumán, y hasta 1820 aproximadamente, tenía pocas cuadras: de la plaza, cuatro manzanas solamente.  
 
En este paisaje tan pequeño, la idea de centro-periferia se entrecruza en muy pocas cuadras.
 
Los espacios tradicionales de encuentro, como la plaza o la Iglesia, en San Miguel de Tucumán eran lugares peculiares, con características propias. 
 
La plaza funcionaba normalmente como mercado, era un lugar de relación e intercambio, principalmente relacionado con el abastecimiento primario de la población. En ella se realizaba la venta de productos «de la tierra», artesanías, carnes y animales. 
 

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Recién en 1773 comenzó a hacerse una colecta para la construcción de un galpón, que sirva de recova para la faena y el expendio de carnes. Hasta entonces, muchos de los animales se mataban en la plaza.
 
De cualquier manera, la plaza era el centro de la ciudad. 
 
A la vuelta estaban los comercios, los cuartos de alquiles, las Iglesias principales y las moradas de los principales vecinos.
 
Las iglesias ocupaban un lugar importante en la sociabilidad de la colonia. «La vida cotidiana de muchos integrantes de la élite, en particular de las mujeres, estaba marcada por la asistencia a las misas… no había ajuar femenino, en el que no existieran alfombritas de iglesia y trajes de misa, puesto que la asistencia a las iglesias, constituía una de las actividades sociales individuales y colectivas más importantes para las familias adineradas». 
 
El Cabildo había prohibido a las mulatas y mestizas, bajo pena de azotes, el llevar a la misa su alfombra. 
 
De los cinco conventos que había en la ciudad a fines de siglo, Nuestro Señor de la Paciencia, estaba frente a la calle de ronda y después funcionó como el cementerio de los pobres. 
Tras la expulsión de los jesuitas, San Francisco se trasladó a lo que había sido el colegio de los regulares expulsos, en la esquina de la plaza, y en su lugar anterior se instaló Santo Domingo. 
 
El colegio de los jesuitas era el único edificio que tenía paredes de material, lo que hizo que trasladaran allí a los presos después de que incendiaran la cárcel. 
 
Los religiosos enviaron a Buenos Aires un pedido del traslado de los reclusos, que molestaban sus horas de oración con sus improperios y sus gritos durante las rondas de tortura.
 
La Iglesia Matriz, el espacio religioso y social por excelencia, estaba en un estado tan ruinoso, que debe haber sido un peligro para la integridad física de los fieles, con las paredes rajadas, los ladrillos desquiciados y los arcos del techo quebrados.
 
Detrás de los conventos funcionaban los cementerios. Como cada muerto significaba un ingreso para la iglesia, eran causa de permanentes disputas entre los presbíteros y los síndicos. 
Pero a veces los cementerios estaban dañados, como el de La Merced, lo que los convertía en espacios con emanaciones desagradables. 
 
Hacia finales de siglo, son cada vez más los testamentos que indican, agregar una cláusula testamentaria, para que al cuerpo del finado se lo entierre en la iglesia de Santo Domingo.
 

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Las calles eran lugares de encuentro y esparcimiento, principalmente de los sectores populares. El Cabildo prohibió sucesivamente los disfraces por las calles, el juego de pelota y obligó a los hombres, sobre todo de trabajo, a usar pantalones y no pasearse en calzoncillos, sobre todo delante de «mujeres decentes».
 
Probablemente, casi todos los solares de la ciudad hayan tenido dueño hacia finales del siglo, lo que no significa que todos hayan estado edificados. 
 
En 1800, en la lista de vecinos que pueden cercar sus propiedades, se distinguen los solares «que tienen en habitación», lo que implica que también había solares «despoblados». 
 
Los sitios baldíos eran lugares de encuentro, donde se cometían delitos, amancebamientos y otras inmoralidades, de la misma manera, que en los campos adyacentes y en el río. 
 
El Cabildo puso horario a las lavanderas para bajar al río, debían hacerlo, antes del anochecer.
 
Cuando los presos quemaron la cárcel, quemaron también las Salas Capitulares, que estaban integradas en el mismo edificio. 
 
Hasta que fue reconstruida, a principios del XIX, los cabildantes sesionaban en la casa de alguno de ellos, o en habitaciones alquiladas en una casa amplia, destinada para ese fin.  Las reuniones políticas del orden público, se hacían de esta manera en los espacios privados.
 
El espacio de los grupos sociales propietarios, en algunos casos estaba bien definido: «Una familia de la élite, puede vender un solar, de todos los que tiene,  a una parda liberta, a un  artesano,  herrero, platero o carpintero», todos son vecinos, blancos, mulatos o pardos. 
 
Hay manzanas muy refinadas, como aquella «donde viven Aráoz, Bazán, Laguna y Posse, y donde don Fermín de Paz y su señora doña Ventura de Figueroa, venden el sitio más caro de los registros notariales».
 
En el mismo espacio de la casa de una familia de la élite convivían, una multitud de esclavos que los servían, muchas veces, estos criados igualaban en número, a la familia principal. 
 
Están registrados como vecinos, «propietarios notables» al lado de  mulatas y pardas, que solamente se nombran  con el nombre de pila, sin apellido. Al referirse a ellos, más importante que su filiación, es su  casta: «Gabriela mestiza», «mulata Juana». Está registrada una parda que ni siquiera tiene nombre: «la linda de San Francisco». 

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Sólo se registra el apellido, en caso que haya alcanzado una posición importante: Lorenzo Alderete, pardo liberto, por ejemplo, recibió merced del Cabildo. Generalmente los esclavos, llevaban el apellido de su amo, el dueño de casa.
 
Una familia podía, dejar como herencia un retazo del solar de su morada a una esclava o criada, lo que «la convertía en propietaria» en la ciudad colonial, pero no necesariamente en «vecina». 
 
También sucede, aunque no está registrado en los Protocolos, que «un señor respetable», done casi un cuarto de su solar en una zona refinada, a una dama desconocida a los «grupos notables».
           
El crecimiento físico y simbólico de una ciudad, estaba vinculado directamente con el desarrollo económico y social.
 
Es posible integrar el  crecimiento de la ciudad de San Miguel de Tucumán a fines del siglo XVIII, dentro de la tendencia general en América Hispana, respetando sus características particulares, que la diferencian de los grandes centros urbanos capitalinos de la colonia.
 
La ciudad, como espacio vital de los sujetos y de las relaciones, es a la vez imagen y reflejo de las tensiones sociales. 
 
Las formas de propiedad son representativas de un universo social. 
 
El otorgamiento de mercedes por parte del Cabildo, era una forma de control social, sobre la construcción del espacio físico y simbólico. 
 
La compraventa de terrenos, convertidos en cierta medida en mercancías, dinamiza la ocupación del espacio y hace visible algunos mecanismos de relaciones muy complejos, a la hora de enfrentarse al nuevo afluente de hombres y mujeres, que se incorporan al universo urbano, convertido progresivamente en el centro de la red  de las relaciones humanas tardo-coloniales.
(continuará…)
Mabel Alicia Crego email
Vecina de Barracas
FUENTES:
  • «Dinámicas de Antiguo Régimen: El gobierno de la República de San Miguel de Tucumán a fines del siglo XVIII» de Romina Zamora, licenciada en historia de la Universidad de Tucumán.
  • Bascary, A.M.: «Familia y vida cotidiana. Tucumán a fines de la colonia». Tesis doctoral, Sevilla, 1998
  • Bailly, A. y Ferrer, J.:» Saber leer el territorio: alegato por una geografía regional atenta a la vida cotidiana»
  • Nicolini : «San Miguel de Tucumán. 1800 – 1916.» UNT, Tucumán, 1973
  • Páez de la Torre, C.: «Historia de Tucumán». Ed. Plus Ultra, Bs. As., 1987
  • Ricci, T. :» Evolución de la ciudad de San Miguel de Tucumán». UNT, Tucumán, 1967
  • Romero, J.L.:» Latinoamérica: las ciudades y las ideas». Siglo XXI, Bs. As., 1976

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