Otra Historia de Navidad por Susana Guaglianone

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Otra historia de Navidad, por Susana GuaglianoneEran esos días de fantasía-realidad, cuando solamente las ilusiones se apoderaban de nuestra imaginación.

Corría desmesuradamente la década del 60. Nosotros, allá, en esa vieja casona de Uriarte al 1700. Sentados en las baldosas gastadas del patio mirábamos el cielo, intentando descubrir alguna ranura que nos permitiese ver la aparición de Papá Noel entre las nubes, mientras el sol se alejaba para darle lugar a la Noche Buena. Esperábamos silenciosos y con ansiedad algún indicio, alguna señal que nos confirmara la presencia de ese viejito panzón, muy abrigado con ropas rojas y pieles blancas, que nos traería juguetes y golosinas.

Como el patio era amplio, todos los chicos del barrio nos juntábamos a compartir la dilatada  llegada del abuelito universal. Entonces se acercaba el verdadero abuelo nuestro, Don Ernesto Guaglianone, y se sentaba con nosotros para participar de la reunión. Sacaba de los bolsillos de su pantalones azules, miles de caramelos y los repartía para todos. Después, con su voz melodiosa empezaba a contarnos historias de su pueblo, su Aquapezza natal, y nos recreaba apasionadamente las anécdotas que había vivido en el “vapor” que lo había traído de su “lontana” tierra. Era en ese instante cuando los ojos se le llenaban de “la mar” que había traído de su viaje, y el rocío de diciembre le humedecía la cara. Así, subitamente se ponía de pie, y con la misma sonoridad que muchas veces se le oía cuando cantaba alguna canzonetta, comenzaba a entonar una canción alegre que aún acaricia mis oídos:” Chau, chau, chau, Mariatina, bella ,chau… ”. Luego se iba caminando lentamente y nos decía que cuando terminara de freir las  “castañelas”, nos convidaría a todos. El abuelo entraba a la cocina, y pronto nuestros ojos se llenaban de miel y de grageas multicolor, y se endulzaba el paladar y el corazón. Se sumaba a la alegría la voz de Luis Moreno, el solterón del barrio, que a través de la pared medianera, nos llamaba :”¡Chicooos!”, y sin dejarse ver, nos arrojaba juguetes para todos.

Al rato, mamá y papá nos llamaban para “dar una vuelta” por el club, el de ellos, antes de cenar, y los chicos vecinos se iban para sus casas.(¿Qué habrá sido de “la Titina” que vivía en la esquina de casa?) De ese modo nos íbamos caminando con mamá y papá , por Uriarte. Nos abrazaba Costa Rica..cruzábamos El Salvador… y Honduras… y Gorriti… y Cabrera… y Niceto Vega… y Córdoba… y Jufré… y nuestra familiar Castillo… y  llegábamos a Loyola… y ahí doblábamos … y pasábamos Thames… y al fin veíamos la esquina rosada de Serrano. Entonces,  entrábamos desaforadamente corriendo hasta el gran patio, mientras mamá y papá se sentaban en el buffet a tomar una Bidú y un vermut con Santiago y Arminda, mientras yo jugaba con “la Dianita”. Después se acercaba Doña Juana con su marido Luis -que yo lo confundía con Glen Ford- y con sus hijos, entre ellos Mirta, más o menos de mi edad, Bové con su señora y sus hijos Ñato (quien me enseñó a caminar) y Tito, y otros amigos. Mientras todos se deseaban Felices Fiestas, se escuchaban tangos , Los Cinco Latinos y Billy Cafaro… En esa instancia, cuando Cafaro empezaba con su” Pity, Pity, Pity, Pity, Pity, mi amor… ”, Coco (papá), tanguero fiel, le avisaba a Irma (mamá) que ya era hora de volver  a casa. Al regreso el abuelo nos esperaba con un  tuco embriagante, que se comía con el olfalto, para  cubrir los canelones que mamá había dejado preparados… y bebíamos Refrescola y ellos tomaban Talacasto, y luego el postre de las vainillas, hasta que llegaran las doce…

Entonces se escuchaban las sirenas, eran las doce… nos besábamos y mamá lloraba. Pero la felicidad nos desbordaba cuando descubríamos el humilde y chiquito arbolito repleto de pequeños regalos para todos… y enloquecidos nos íbamos a la calle para  encontrarnos con los vecinos, y festejar con pan dulce y sidra, y sacudir algunas estrellitas. Ahí salía Don Pancracio y su familia, toda la familia tana que alquilaba el mismo techo que alquilábamos nosotros, y “la Lauriana”, y “la Bety”, y Doña Rosa, y la Gallega…   Todos en la calle hasta que vinieran los primeros bostezos.

Antes de dormir, esa Noche Buena, yo leería las primeras páginas de Corazón, de Edmundo D’Amicis, regalo de Papá Noel… Después, mucho después, supe que Papá Noel había venido de Italia, que cantaba canzonettas, que no usaba ropa roja y abrigada en verano… que tenía los bolsillos  repletos de caramelos, y la garganta se le llenaba de emoción cuando hablaba de su pueblo natal, y los ojos se le cubrían de “la mar”cuando evocaba los días de su temprana adolescencia, cuando llegó a Buenos Aires. Por eso, cuando ya han pasado muchos años de esos días, yo les cuento a los chicos, entre ellos a mi nieta, cuando se encuentran dudosos, que Papá Noel existe, yo lo vi infinidades de veces, pero lo que absolutamente no es cierto  es que viaje en trineo, Papá Noel viaja en “vapor”, y a veces se deja ver en Año Nuevo con los ojos del alma, cuando estamos todos juntos, como en en aquellos tiempos…

Susana Guaglianone
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