Norma Olga Casalnuovo: Panadería y Confitería «La Mejor»

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¡Hola, mis queridos nostálgicos villaortucenses! No sé porque, hoy me acordé de un negocio que era un ícono en Villa Ortúzar:  Estaba en la esquina de Triunvirato y Heredia, la entrada estaba  justo enfrente de donde después se instaló el mástil para la bandera. Era la muy conocida panadería y confitería «La Mejor», de Rilo y Bombaroli. Durante años trabajaron allí dos muchachos, llamados Serafín y Carlitos, que con su buen humor hacían las delicias  de los clientes, durante las largas esperas a que salga el pan del horno. El negocio estaba montado al estilo de la época: Muebles de madera oscura, un mostrador que para mi era altísimo,  vitrinas espejadas, con frentes de vidrio, donde se exhibía la mercadería que era prácticamente del día, porque no existían en aquella época heladeras exhibidoras. Sobre la calle Heredia, detrás de un interminable paredón, se apilaban lo que a mi me parecían montañas de leña, que alimentaban los inmensos hornos. Los domingos a la mañana nos despertaba el aroma a factura recién horneada, que a veces provocaba el primer desacuerdo del día: comprar o no esas facturas, los padres decían que no, los chicos decíamos que sí (lamentablemente, en aquellos tiempos siempre ganaban los padres). El horario de la compra del pan estaba cronológicamente establecido: Primero salían los felipitos, luego los felipes, felipones, flautas y flautitas. Según el «modelo» de pan que a la familia le gustaba, era el horario de ir a comprar. El pan era sacado del horno por los ayudantes, en canastos de mimbre  inmensos e impecables. Si en ese momento se nos ocurría «pellizcar» el pan, crujiente y perfumado, seguro que nos quemaba las manos. Cuando acompañaba a mi mamá a comprarlo, si mi poder de convencimiento triunfaba, volvía con  dos «polvorones» envueltos en papel blanco, que en cuanto se ponían en contacto con el, soltaban el perfume y la grasitud de una masa elaborada con manteca, en un tiempo donde no existía la margarina, las comidas light,  la celulitis ni el colesterol. La cosa se ponía linda para las fiestas de navidad: en distintos turnos que el maestro de pala daba empezaba el desfile de las asaderas de hierro de tamaño colosal, con sus respectivos lechones, pollos o carne con papas para cocinar en la panadería. Las familias eran grandes,  los lechones para cocinar también, y nadie tenía en casa el lugar adecuado para hacerlo. Por eso iban los muchachones de cada familia a buscar la asadera, que por unas monedas  se les «alquilaban». Las mujeres preparaban lo que fuera a cocinarse, los mismos muchachos llevaban de vuelta  la bandeja, y allí se les daba un horario para pasar a buscarla. En esos momentos el perfume que se sentía era a comida adobada. Eso sí, en la ultima operación iba siempre «la patrona», porque los ayudantes de cuadra tenían la costumbre de decir a modo de chiste:»Patrona, al lechón le faltó sal» o «Doña, me parece que las papas le salieron duras» y por las dudas, ellas iban a controlar que el chiste no dejara de serlo. Nunca se quedó ningún vecino con la asadera de la panadería. Era religión, luego de consumir lo que se albergaba en ellas, dejarlas impecablemente limpias y devolverlas. Época  de paquetes de papel impreso, envolviendo bandejitas de masas o de tradicionales merengues, atados con una cintita celeste y blanca y trabado el nudo con un palito de madera con el nombre de la panadería,  grabado a fuego.. Don Rilo y Don Bombaroli, por toda la dulzura y el buen pan que le entregaron  al barrio: que Dios los bendiga.