Miguel Angel Gasparini: Juan de Dios Filiberto

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Me agradó y emocionó encontrar la página, y entrar en Barracas.

En 1963 y 1964, cumplí con el servicio militar en la Policía Federal, en la Comisaría 26a. Cuando tenía el turno de 6,00 a 12,00 hs, llegaba de Banfield en el San Vicente o en el Cañuelas y desayunaba en el inolvidable Bar La Banderita.

Los primeros meses, dirigía el tránsito en la garita que estaba en Montes de Oca y Suárez la mayor parte de los días, y también en las garitas ubicadas en Montes de Oca y Martín García o en Martín García y Patricios.

La mayor parte de los meses estuve en una parada en Irala y Rocha, en La Boca, a una cuadra de la Plaza Matheu, frente a la cual, en calle Magallanes vivía todavía don Juan de Dios Filiberto, con quien hablé en un día de esos, y me invitó a pasar a la casa, empujado él en su silla de ruedas, con su infaltable boina negra. Al seguirlo hacia el interior vi en la pared de la galería un conjunto de siluetas negras recortadas en chapa de hierro, que simbolizaban bailarines de tango representando algunas de las canciones de su autoría.

Al fin llegamos a un pequeño cuarto en el fondo de la casa, donde me mostró un armonio y pilas de partituras musicales.

Me dijo que era anarquista y me preguntó si la Policía Federal no le haría alguna observación por eso. Era evidente que ya su pensamiento, no estaba en el momento que estaba transcurriendo, sino quién sabe en qué épocas.

Al comentarle que mi padre había llegado de Italia a la Patagonia y que tenía como canción preferida su tango Caminito, me preguntó si su música se conocía en la Patagonia, a lo que le respondí «Pero don Juan de Dios, su música se conoce en todo el mundo», recibiendo de él una mirada entre inquisidora, incrédula y asombrada.

Me despedí, y luego en casa le conté emocionado a mi padre el encuentro.

Cuando don Juan de Dios falleció, estando yo lejos de mi Buenos Aires querido y de mi Banfield, mi padre me contó que había concurrido a su sepelio.

Conservo un long play con la portada mostrando a don Juan de Dios parado en la calle, con su echarpe y su boina negra, con los conventillos de chapa acanalada como fondo, y sus canciones El Pañuelito, Caminito, A mi madre, La maleva, etc. ejecutadas por la orquesta dirigida por él.

Hace algunos años llevé a mi esposa, una de mis hijas y su esposo, a conocer el Tortoni. Estábamos sentados en la mesa, y mi esposa miraba todo con asombro, cuando me preguntó señalando hacia la entrada de Avda. de Mayo «¿De quién será ese busto que está al lado de la puerta?».

Giré en la silla, y al mirarlo desde la mesa, el corazón me dio un vuelco y un nudo me atenazó la garganta. Sin decir palabra, me levanté, avancé hacia el busto en su pedestal, lo miré y las lágrimas me ardieron en los ojos, mientras volvía atrás en el tiempo, y escuchaba nuevamente su voz en aquél encuentro. Era el busto de don Juan de Dios Filiberto. Cuando me recompuse, volví a la mesa y les expliqué que era el busto de una gloria de la música de Buenos Aires que en su tango Caminito, el favorito de mi padre, le cantaba incomparablemente al amor de un hombre hacia una mujer.

Muchos años después, luego de fallecer mi madre, mi padre se suicidó el Día del Camino.

¿Casualidad? Dicen que la casualidad es una carta que Dios no ha querido firmar.