Miguel Angel Gasparini: El Bar La Banderita y la Comisaría 26a.

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En mitad de setiembre de 1963, llegué con mis diez y nueve años con el uniforme azul de la Policía Federal, a cumplir con el Servicio Voluntario de Conscripción en la Comisaría 26a., en Montes de Oca 861.

A partir de ese día, la semana que tenía servicio de 6.00 de la mañana a 12 del mediodía, llegaba desde Banfield en «el San Vicente» o «el Cañuelas» a las cinco y media de la mañana, entraba al Bar La Banderita en Montes de Oca y Suárez, y allí nos reuníamos a desayunar una taza de café con leche y dos medias lunas por persona (yo no lo hacía por haber desayunado en mi casa). Allí, todas las incipientes mañanas, durante las cuatro estaciones, desayunaba el turno entrante de la Comisaría 26 de Barracas. Era la época en que sentíamos el orgullo de haber podido ingresar en «la mejor del mundo», como estaba calificada nuestra Policía Federal, y cuando algún oficial que no hacía mucho había estado bajo las órdenes del «Pardo» Meneses, nos contaba de pie y con los ojos húmedos por la emoción, cómo era trabajar con «la leyenda» de la Federal, aumentaba aún más  nuestro orgullo de  pertenecer a la Institución.

Allí, en La Banderita, en el final de la madrugada del lunes siguiente al domingo en que River había ganado el partido con Ermindo Onega y Matosas en su formación, llegaba el Cabo 1º Mendoza, y él, fanático de los Millonarios, se regodeaba ensalzando cada jugada de los nombrados, recordándolas milimétricamente. Era como un padre para nosotros, siempre con el consejo y la enseñanza fruto de su experiencia en las calles.

El Inspector Osuna, Jefe del Servicio de Calle, siempre estaba junto a nosotros, con su palabra profesional equilibrada y medida, cuidándonos como a sus hijos de cualquier posible error  en nuestro proceder.

Sólo se podía caminar por la calle, paralelamente al cordón, porque la vereda era para el público. Recién estaba permitido subir a la vereda desde las 10 de la noche, hasta las 6 de la mañana. Sólo en ese horario se podía fumar estando de servicio en la calle, y la recomendación era hacerlo disimuladamente, para afectar lo menos posible la imagen del policía ante el público.

Antes de salir a la calle, formábamos en el patio de la Comisaría, y el Inspector pasaba revista y a veces lo hacía el Comisario Rivas, controlando la prolijidad de los uniformes en todos sus detalles, y alguna vez le hicieron repasar el brillo de los zapatos a alguno antes de salir al Servicio.

Estaba prohibido quitarse la gorra en público, fumar, o tener cualquier desprolijidad en el uniforme, llegando a darse el caso que uno de nosotros tuviera un proceder contrario a estas normas que describo, y al ser visto en esa circunstancia por algún Oficial, aún fuera de servicio, al ser individualizado por el número de chapa y la insignia de la Comisaría en el uniforme, cuando llegaba a la Comisaría ya estaba sancionado.

Así era el Buenos Aires de aquellos años, con el respeto y la educación como valores primordiales, en medio de la belleza de los barrios como Barracas, que tan hermosamente florecía en sus plazas en la primavera, para alegría y solaz de los vecinos, toda gente de trabajo y familia.

Vaya pues este recuerdo para El Bar La Banderita, la Comisaría 26a. y el personal que se desempeñó en esa época, recuerdos todos del querido barrio de «la calle larga», al que tan hermosamente cantaran en sus canciones Blomberg y Maciel, en la voz del inigualable Ignacio Corsini.