Mario C. Alterio: La calle Otero

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La calle Otero consta de cuatro cuadras solamente. Nace en la calle Dorrego, justo en la barrera del Ferrocarril San Martín y muere (nunca mejor dicho en este barrio) en la calle Jorge Newbery,  estrellándose de cabeza contra el paredón del Cementerio, de la Chacarita.

En el número 129 de esa calle vivíamos nosotros, Poroto, yo Mario, Lita y Cacho con nuestros padres Lucía Elvira Ernesto Onorato y Giovanni Alterio. Éste  sastre de medida fina. Estábamos a una cuadra y media de la barrera del tren.  Paralelas a estas vías del tren, en un predio que llegaba a la calle Humboldt, luego se construyeron las canchas de fútbol de los Clubes Chacarita Juniors y Atlanta.

Nuestra casa lindaba  con un gran terreno baldío alambrado por el frente, en el cual se había construido un “refugio” una persona a la cual el barrio  lo apodaba “Don Chorizo”. Para tal fin se había provisto de unas viejas chapas de zinc acanaladas y un par de tirantes de madera que apoyó contra la pared de los fondos del terreno. Era una especie de “Linyera sedentario”, que salía muy poco, a la calle, lo indispensable para él. Nosotros, los chicos de la cuadra, creíamos que uno de los  motivos de estar siempre en su refugio era que comúnmente al salir recibía las pullas de los vecinos no tan chicos que hacía que este hombre se volviera a meter dentro de su “cueva” otra vez. No sin antes vociferar soezmente contra todos. Para ello se sacaba un medio toscano,  casi siempre apagado, que apenas emergía de su boca, pues estaba como tapado por unos enormes bigotes blancos pero sucios de nicotina, entre otras cosas. Desde allí, los amenazaba desde lejos con sus puños en alto y el medio toscano entre sus dedos. Luego se metía en su cueva.  Era en ese momento donde debía soportar otra agresión. El apedreamiento sobre techo de chapa de misma.

Las piedras golpeaban sobre el techo de chapa, retumbando en toda la cuadra, apagando casi, los gritos que lanzaba el pobre tipo, que no salía por temor a recibir alguna una pedrada en  su gastada humanidad.

El ensañamiento llegaba a su fin en el momento que surgía la intervención de algunas madres y/o padres que a los gritos y a veces con alguna chancleta en la mano ponían fin a ese salvajismo, entrando a los “niños” a sus hogares. Regañando además a los no tan chicos que se habían asociado a la pedrea.  También finalizaba abruptamente este accionar, cuando se acercaba con su caballo al paso, el vigilante Saavedra que hacía su ronda habitual, aunque no siempre a la misma hora. En ese momento se producía un desparramo de pibes escondiéndose en la casa más cercana que encontraban. Saavedra, así se  llamaba, era un policía que levaba muchos años en la zona. Era conocido por todos los vecinos quienes lo saludaban con mucho respeto cuando pasaba por la cuadra. En mis recuerdos solo está un policía con un gran sable colgado de su montura y que tenía, cuando se sacaba la gorra en el calor del verano el cabello muy blanco, canoso. En ambas situaciones renacía  la calma en la cuadra. Pero era solamente una tregua. A los pocos días volvería a reiniciarse el ciclo que durante mucho tiempo primó en el barrio como una consigna.

En ese terreno después se construyó, la Iglesia del Barrio.

Mario C. Alterio