Luis Duarte nos regaló su cuento «Alma de Diamante»

Alma de Diamante
un cuento de Luis Duarte

«Alma de Diamante», el cuento de Luis Duarte, nos cuenta la historia de Lupi, quien devastado por la muerte de su esposa, busca alivio a su profunda tristeza en la figura de Don Juan, usando la Plaza Arenales de Villa Devoto como su escenario. Sus días se convierten en una serie de monólogos teatrales y diálogos excéntricos con la estatua de Antonio Devoto, lidiando con la soledad y la incomprensión de su entorno. Un encuentro fortuito con el linyera Pikilo y, posteriormente, la misteriosa aparición de una joven lectora llamada Paula, «Alma de Diamante,» reavivan en Lupi la necesidad urgente de llevar a cabo su anhelada y definitiva obra de teatro personal.

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Una madrugada de octubre, Plaza Arenales, Villa Devoto.

Antes de tirarse del balcón mirador de su casa, Lupi dijo:

Llamé al cielo y no me oyó
y pues sus puertas me cierra,
de mis pasos en la Tierra
responda el cielo y no yo.

Y cuando estaba por saltar, oyó la voz de la estatua de Antonio Devoto que a la distancia le gritaba:

—¿Qué hace, Lupi? ¡Bájese de ahí, déjese de joder! ¿No ve que no hay nadie? Es insano ensayar una obra para que el día del estreno no se la aprecie. Bájese de ahí, hágame el favor.

Quieto, Lupi —quien se había enamorado de la literatura durante la infancia— anudó la respiración y, aferrándose a la columna del balcón, se bajó y se fue sacando el atuendo de Don Juan. Saludó con un ademán pintoresco y se fue.

Camino a la cocina, en busca de su habitual vaso de grapa, recordó que Abel, su padre, siempre compraba dos ejemplares de cada libro.

Una tarde, aprovechando aquel buen día adolescente por parte de Abel, él le consultó la razón de esa locura.

—Uno es para leer, hijo. Y el otro (si algún día te van mal las cosas) es para vender.

En el sótano de su casona en Salvador María del Carril y Bahía Blanca, Lupi supo mantener dicho legado en letras con el mayor celo posible. Ya viviendo solo, hizo construir una biblioteca de madera con la que empapeló las cuatro paredes. Miles de volúmenes clásicos encontraron nuevo refugio. La noche misma en que se sentó a leer, abrazado por esa biblioteca, degustó un Malbec como si el tiempo fuera un esclavo. Del pantalón sacó una foto, la besó.

—Viejo, descansá tranquilo —le dijo—: tus libros ya tienen hogar.

A los pocos meses de la muerte de Inés, su primera y única esposa, tras una corta y fulminante enfermedad, Lupi empezó a estudiar teatro cerca del centro. De arranque la experiencia fue plena, llena de abundancias. Las distintas técnicas de oralidad y expresión corporal le sirvieron para vaciarse, aprender a reconocerse, expulsar venenos del pasado y escuchar a su recóndito fantasma que siempre tenía algo que susurrarle. Pero al mismo tiempo, cada fin de semana resultaba más desolador que el anterior. Lupi se dejó marchitar. Y a pesar de representar con éxito algunas obras en el circuito ander, nada podía sacarlo de esa desolación. Hasta respirar le era insostenible. Y en las noches en las que no conciliaba el sueño, con lo puesto iba a la plaza a narrarle sus pesares a la estatua de Devoto. Acaso la proximidad de quien en vida había sido generoso y altruista podía ayudarlo. Cada tanto, cuando la tristeza se retiraba, ensayaba frente al espejo fragmentos de Don Juan Tenorio, y el reflejo le devolvía a un payaso de funeral.

El diálogo con el monumento no le alivianaba la carga, pero le ofrecía la garantía de esas personas que jamás abandonan su posición y con las que se puede contar en todo momento y ante cualquier ocasión.

Con el tiempo adoptó la modalidad de relacionarse mediante fragmentos de obras de teatro o de otro tipo de texto, en su mayoría clásicos. Una tarde de invierno recorría la plaza Arenales, cuando una chica en rollers lo llevó por delante y lo dejó tirado. Lupi se reincorporó sin perderla de vista, hasta que la vio sentarse en uno de los bancos con un grupito de patinadores. Se aproximó sigiloso, y le espetó señalándola:

—“Reflexiona en todo lo que existe mientras seas joven… reflexiona sin apresurarte”. Máximo Gorki, El patrono —y  agregó—: “El bien es un cardúmen enfermo que busca la desembocadura en la tierra”, autor anónimo.

Saludó a la chica con un ademán de sacarse el sombrero.

—¡Máquina! —le gritó uno de los chicos, mientras él se marchaba gallardo—, ¿por qué no volvés al libro del que saliste?

Lupi colocó el motor en reversa y giró. Y ya frente al más alto de los jóvenes, se quitó un guante y lo golpeó en la cara con los dedos de cuero vacío.

—Exijo una satisfacción, esta noche a las veintidós preséntese con su padrino junto al mástil de la plaza.

Presos de unas incontenibles ganas de reírse, todos callaron. Se levantaron y se fueron. Lupi, herido en su honra, encegueció sus sentidos y vociferó a los cuatro vientos.

—¿No será que ustedes son quienes habéis escapado de algún libro oculto, y ahora teméis enfrentaros con vuestro verdadero adversario? —Y viendo la espalda del joven alto que se alejaba en patines, exclamó—: ¡Hola! Parece que vos sois ahora el que teméis, y mala cara ponéis a los muertos. Mas, ¡por Dios que de mí os burlasteis cuando me visteis así, en lo que penda de mí, os mostraré cuánto errasteis! Acto primero, escena número 6.

Los jóvenes se alejaron aun más. Lupi mantuvo el porte quijotesco hasta que los perdió de vista más allá de la calesita. Entonces, se acercó al monumento.

—¡Don Antonio, he sido víctima de una ofensa, grave ofensa! Mi modesta mente enajenada, mi iracundo corazón, mi alma perdida, no persiguen humillar a mi personaje. Cual hoja seca que arrebata el viento, esos jóvenes han tocado mi orgullo, y no seré responsable de los daños que pueda ocasionarles mi sombra.

A las veintidós en punto, se presentó acompañado por un viejo sable, recuerdo de su padre, Abel. De impecable capote negro y sombrero extravagante, Lupi caminó mil vueltas alrededor del mástil, hasta que se cansó.

—¡Compañero —le dijo a la estatua de Devoto—, si volvieran a salir de las tumbas en que están, a las manos de Don Juan volverían a morir. Y desde aquí en adelante sabed, señor capitán, que yo soy siempre Don Juan, y no hay cosa que me espante. Segunda parte, escena número 6.

Meses llevaba Lupi en una meseta emocional, cuando un suceso en la plaza lo hizo tambalear. Esa tarde, vecinos y allegados de otros barrios celebraban el día de la primavera. Para ese evento Lupi había preparado una breve poesía, “Gacela de la huída”, de Federico García Lorca, con la que jamás fallaba. Terminada la obra, el público nunca podía contener el júbilo y lo aplaudían a rabiar.

Ese 21 de septiembre culminó la poesía exclamando:

—¡¡¡Como me pierdo en el corazón de algunos niños, / me he perdido muchas veces por el mar. / Ignorante del agua voy buscando / una muerte de luz que me consuma!!!

Con aires de caballero agradeció los aplausos y vítores, y caminó entre sus improvisados espectadores tendiéndoles la gorra. Rebalsada de dinero, la guardó en una bolsa negra de plástico y se alejó. En su casa, se sacó el atuendo de Don Juan mientras recitaba estrofas de Lope de Vega. Se asomó al balcón mirador y dudó de si en realidad la plaza no pertenecería a vericuetos de su mente, si esa abundante vegetación no sería otra cosa que el verdadero rostro de su público. Infló el pecho y alzó los brazos en dirección a Devoto.

Esperó la noche para abrir la bolsa, billetes de todo tipo y color. Compartió la emoción con sus amigos inseparables: el plato de ceniza, la copa de fuego y su reloj de arena. Del fondo de la bolsa, perdida bajo la maleza de pesos, sacó una tirita de Rivotril, con un papel pegado. Escrito en fibra finita decía: “Si vos estás así, entonces yo ya me curé”.

De tal forma sucumbió Lupi ante la frase, que su ánimo sobrevoló el infierno. Esa misma noche, concibió diferentes formas de autodestrucción. Ninguna le garantizaba la más vertiginosa y magistral, la que siempre había soñado: morir aplastado por el telón una vez terminada la obra, esa era su favorita. Imaginaba un golpe seco en su cabeza que lo dejaría a merced de los aplausos.

Sus tardes ya no fueron las mismas, él diría que entraron en tiempo de descuento. A Lupi le gustaba sentarse a metros de la calesita, desde donde podía estudiar la relación padres e hijos. Para él no eran más que peldaños de otro tipo de vida, botellas en un mar que él jamás se dignaría a rescatar de algún oleaje, prefería que otro se quedara con el mapa y el tesoro.

Los de la Junta Histórica del barrio ya no lo invitaban a las reuniones donde en otras épocas solía exhibir su repertorio, esas que por nada del mundo se perdía porque el sentirse observado le daba sentido a su arte. En la última reunión, Rodrigo, el dueño del puesto de diarios, habló de cuánto lo perjudicaba el ruido del tránsito frente a su negocio, y dijo que por eso todas las noches soñaba que era sordo. Cuando el auditorio comenzó a desinflarse en tibias muecas de burla y miradas risueñas, Lupi se levantó y pidió la palabra. Hagamos un trato, dijo, pensemos en silencio y sintamos el olor de esos deseos mayúsculos, esos que abrigan ilusiones. Señores: la vida en tanto ajena, se torna cómoda y placentera opinarla sin hacer la digestión de conciencia. Ricardo Cassini, “Mi vida en Ensenada”, capítulo 14 página 22.

Dejó de participar en las movidas del barrio, y ya ni de reojo miraba a la estatua. Lo único que mantuvo fue su empleo de encargado de la limpieza en la biblioteca Devoto, los fines de semana y por las noches. Tanta era la confianza depositada por quienes dirigían el establecimiento, que él mismo elegía en qué momento de la noche cumplía con su labor. Y no se iba hasta que los libros no brillaban. Una madrugada, camino a su casa, vio a un linyera recostado en un banco de la plaza, a metros del monumento a Devoto. La curiosidad y el fastidio acompañaron su caminata en dirección del forastero.

—Yo no soy el dueño de la plaza —dijo, acercándose—, pero sí su más fiel representante, con lo cual si este nuevo vecino desea pernoctar en el lugar tendrá que reunir una serie de condiciones. —Supuso que Devoto no soportaría a dos sujetos de esas características, que con él ya tendría bastante.

Y así fue que se encaminó a su casa en busca de la capa y el sombrero de Don Juan. Dudó si llevar o no el sable, pero eligió no mostrarse agresivo de entrada, para eso siempre había tiempo. Al caminar, sentía que el viento le confería un halo de leyenda urbana.

—Buenas noches, hidalgo caballero, me presento: me llamo Atilio Ludueña y solo mis documentos dicen que tengo cuarenta y siete años. Y como verá usted, soy muy parecido a un querido actor argentino. —Le extendió la mano—. Lupi, a sus órdenes.

El croto se arrancó la frazada que apenas lo cubría y sin abandonar la posición de descanso, con los ojos cosidos por el sueño, escrutó a Lupi como si se tratara de la reencarnación de Elvis Presley o de Súper Hijitus. Sacó la mano del bolsillo de la campera y se la estrechó con fuerza.

 —Pikilo —dijo—, exmago rosarino. Y como te la veo venir, te anticipo: lo que no es de uno es de ninguno.

Pikilo andaría por los sesenta, de estatura media, semicalvo y con una sagrada colección de dientes picados. De aspecto harapiento y parco, así lo vio Lupi. Usaba una gorra andrajosa que en la visera decía Lotus 85. En el piso, un atado de bolsas, latas y piolines.

—Le aclaro que yo en Rosario recito poemas de Cachilo, ilustre linyera coterráneo. De ahí mi sobrenombre.

Lupi miró por el rabillo del ojo al monumento de Devoto, en busca de alguna señal. El linyera se volvió a tapar, e ignorando su presencia se hizo el dormido o el muerto.

 —Mire, caballero —retomó Lupi—, no malgastemos el tiempo. No me empeño en molestarlo, solo busco obrar conforme a mis anteriores hazañas. —Y con la vista al frente agregó—. Aquí está Don Juan Tenorio para quién quiera algo de él: acto primero escena 12.

—Oíme, Lupi —dijo Pikilo como si representara al maestro Cachilo—. Hay que atarle dos riendas al carro de la vida. Pero, sin ofenderlo, hidalgo caballero: me parece que a vos no te alcanza ni con el trineo de Papá Noel.

—Me hacéis reír, don Pikilo, pues venirme a provocar es como ir a amenazar a un león con un mal palo.

—Aflojá un cacho, tampoco es para tomárselas tan a la tremenda.

—En verdad, remítome a mi memoria y le anuncio, don Pikilo: por donde quiera que fui, la razón atropellé, la virtud encarnecí y la justicia burlé; mañana, con el alba a cuestas, sabrá más de mí. Que tenga usted buenas noches.

Lupi se dio vuelta buscando la aprobación de Devoto.

Al pasar bajo la estatua, le guiñó el ojo y le hizo una muy sutil reverencia. Y ante la incredulidad de Pikilo, siguió hacia su casa.

Al día siguiente, Pikilo había desaparecido. Lupi, con ropa de trabajo, así como estaba, salió a buscarlo por la plaza, pero no halló ningún rastro. Volvió a la biblioteca y preguntó si alguien de casualidad lo había visto. Ante la negativa, se fue a la guardia del hospital Zubizarreta, donde le preguntó a un joven camillero. Nada, lo mismo que en la estación de servicio cuando consultó al encargado de los surtidores. Ya sé, razonó, seguro que este viejo loco reaparece cuando caiga el sol. Eso lo dejó tranquilo, aliviado, y le permitió armar una nueva estrategia durante el día con el propósito de ganarse la confianza de Pikilo esa noche.

Pikilo se hacía un fueguito pasada la medianoche.

—Buenas noches, hidalgo caballero —dijo Lupi vestido de Don Juan—, vengo a ofrecerle un trato de caballeros.

—Lo escucho —dijo Pikilo de espaldas—, pero antes quiero decirle que estoy por hervir osobuco. Si gusta y desea acompañarme, será un honor.

—Le agradezco, pero he cenado con los manjares de la tierra y las bondades de la vid —respondió Lupi, que decidió a partir de ese momento hablar en rima, para impresionar al forastero.

—Como usted guste.

—Excúseme, don Pikilo, por el interrogatorio: ¿usted leyó a Don Juan Tenorio?

—No, nada más que a Cachilo de Rosario… ¿Para qué más?

—Correcto, le cuento: la acción transcurre en la Sevilla de 1545, en los últimos años del rey Carlos I de España. Don Juan Tenorio y Don Luis Mejía habían hecho una apuesta doble, la cual trataba sobre quién de ambos sabía obrar peor con mejor fortuna, en el término de un año; y quién de los dos se batía en más duelos; y quién seducía a más doncellas.

—Ah…, mire usted —largó Pikilo ahogando la risa—, todavía no te saco la ficha.

—La historia lleva otros condimentos, que en resumen yo le digo, los rivales cuentan muertos en batalla y coleccionan amoríos.

—Ahhh, entiendo, matar supongo que no vamos a matar a nadie, ¿no?

—Afirmativo, don Pikilo.

—Entonces, lo que vos querés es apostar a cuántas minas levantamos en la plaza… ¿Y con esta pintusa?

—Como supondréis, no mataremos persona alguna que transite por acá, más bien seduciendo palomas, es cómo el vencedor se impondrá.

—Acepto, don Lupi —le siguió el juego—, aunque debo notificarle que vivo en la vía pública desde purrete, con lo cual la apuesta para mí, con todo respeto, será por deporte: no hay paloma que se resista al pan húmedo de Pikilo. Pero… ¿cómo vamos a saber quién de los dos gana la apuesta?

Lupi sacó de una bolsa dos pinceles diminutos y dos frasquitos con tempera.

—Tus palomas lucirán el rojo como bandera, y las mías el celeste escarapela.

—Me parece justo. —Pikilo agarró un pincel—. Lo único que falta es saber por cuánto tiempo, y qué pasa con el que pierde.

—En los campos de batalla, se rearma la campaña, cuatro lunas bien cerradas, a contar desde mañana.

—Fenómeno, Lupi. ¿Tantas vueltas para decir el viernes a la noche? No te olvides de decirme qué pasa si yo pierdo.

—Como hidalgo caballero, le daré tiempo apreciado, para que tome sus despojos y se marche hacia otro lado.

—¿Y si gano yo? —dijo Pikilo, dándole sorbos al caldo de la olla.

—Su victoria marcará un recambio en los anales, lo nombraré habitante ilustre, de la gran plaza Arenales.

—Hecho, choque esos cinco. ¿Seguro no quiere degustar un traguito del caldo? —Y le extendió una generosa cuchara de madera—. Está espectacular.

—Honorable caballero don Pikilo, elijo otro destino para mi apetito, marcho rumbo a mi domicilio, donde me espera un asadito. Buenas noches…, que descanse tapadito.

En el trayecto hasta su casa, pasó cerca del monumento y le levantó el pulgar a su paso. Se agachó, se ajustó los cordones de ambas botas de cuero, y siguió caminando lento, parsimonioso, sin dejar de atender a cualquier punto de vista ofrecido por la plaza y la noche. Antes de cruzar la calle Bahía Blanca se detuvo a tomar agua del bebedero, y cuando levantó la cabeza los ojos explotaron contra el balcón de su casa. Lupi se sentía una criatura que mira por primera vez y que al hacerlo se transforma en el depositario de todos los interrogantes del Hombre —con mayúscula—, esos interrogantes que habitan los intersticios de la mente. Si la luna llegaba a descuidarse, Lupi era capaz de invitarla a bailar “Conciertos en Sol” de Ravel.

Tuvo una certeza: por primera vez improvisaría una breve función en el mismo sitio donde había intentado suicidarse, pero ahora vestido de Don Juan. Apuró la marcha, metió la llave, la giró y entró exultante. Se sacó lo puesto como si esas prendas estuvieran en llamas. Se maquilló y acto seguido moldeó el personaje con su atuendo correspondiente.

De frente a la plaza, a pesar de la distancia, daba él por seguro que Devoto y Pikilo seguirían de cerca su pequeña obra; pensarlo así le brindó confianza, y entró en personaje enseguida.

¡Queridos fieles de mi lamento, he cometido el peor de los pecados: este humilde servidor de las causas justas… fue quien dio muerte a la Utopía.

Victor Hugo decía que hay hombres que están hechos con retazos de ángeles, sin embargo, este ensayo, como podrán observar no contiene el encanto de la naturaleza, más bien a ese encanto lo constituye el afán de verme despegar del encierro en el que me encuentro. ¿Somos acaso voces de un desconcierto, o la baba que desprende el carnaval? ¿Sentimos que la vida es la gran oportunidad para conocernos, o es la parte más vulnerable de la razón?

No hay quimera que no me quite el sueño. No hay suicidio que no pueda impedirse. No existe palabra que no contenga una letra. Ninguna Confusión es responsable de la Duda y ninguna Certeza es garantía de Fe.

Siendo mi propio Don Juan quien ha cosificado su pasado, hoy solo me obliga la necesidad de repetirme hasta limpiarme por dentro… Nada más.

Como condenado, padezco estas horas aciagas mientras preparo mi última función, compuesta desde el comienzo por recuerdos y muecas que dialogan entre sí.

La realidad no me ha permitido bucear dentro de ella, debido a su espesor. En cambio, la generosa ficción le abrió la tranquera a todos mis fantasmas!

Concluido el acto, Lupi hizo una reverencia. A la distancia, a pesar de que seguramente no había escuchado nada, Pikilo aplaudió gustoso, y hasta golpeó la cacerola con la cuchara varias veces. Lupi renovó esperanzas, agradeciendo el gesto, y se imaginó situado del otro lado del telón.

Un vecino abrió la ventana.

—Lupi —le gritó—, ¿otra vez? Dejate de romper las pelotas, son las dos de la mañana.

A los cuatro días del monólogo, llegó el final de la apuesta. Los dos, Pikilo y él, ayudados por una potente linterna, buscaron y contaron cuántas palomas había pintado cada uno. El linyera contó veintitrés celestes de Lupi, quien a su vez contabilizó veintisiete rojas del linyera. Como buen caballero, Lupi le extendió la mano y felicitó al contrincante.

—Don Pikilo, en este breve y emotivo acto en el que habéis obtenido tu derecho a convivir entre nosotros, te doy la bienvenida a este jardín del edén. Acá las almas sueñan que son almas, y los niños (mientras juegan) preparan al hombre que serán. Te felicito.

A las pocas semanas, el duro frío del invierno dejó a Pikilo contando ovejitas bajo el árbol donde dormía siempre, con la boca abierta, los ojos en algún pasado. Escrita sobre el banco con lo que le había sobrado de tempera roja había una frase de Cachilo, el linyera de Rosario: Conviene saber: se vive según la edad que se tiene.

Fue Lupi quien por la noche, en su habitual recorrida por la plaza, descubrió el cadáver. Lo desató de todos los piolines que llevaba encima. Llamó al 911 desde un público. Retornó a su casa sin frases que le amenguaran la tristeza. Percibió que esta obra suya conjugaba de telón: nadie más presenciaría lo que él necesitaba expresar desde el teatro.

Solo salía de su casa para limpiar la biblioteca los fines de semana. Los días siguientes a la partida de Pikilo no pudo sacarse de la cabeza esa imagen. Soñaba, de forma recurrente, que el linyera le hablaba, posado sobre una nube negra, y que cada vez que Lupi intentaba entenderlo se largaba a llover un puchero repleto de condimentos e imágenes asfixiadas de su vida.

Los monólogos frente a la plaza se trasladaron al espejo tamaño natural de su habitación, y sin el disfraz de Don Juan. Solo, desnudo; y como guía, vino de cartón. Había establecido un divorcio con el personaje que tanto lo inspiraba, y no encontraba acuerdo que le devolviera el entusiasmo por interpretarlo.

Hubo un atardecer de lunes, concurrido como siempre, en que Lupi se detuvo a observar a una joven que leía en el mismo banco donde él había pasado tantas horas junto a Inés. Al comienzo lo tomó como una simple curiosidad, miles de personas se habían sentado ahí. Lo que sí lo impresionó fue el parecido físico con su fallecida mujer. La chica leía cruzada de piernas, inclinada como si estuviera mirando el frente de su casa; sencilla en el vestir —jean, remera y zapatillas blancas—, junto a una cartera generosa, en cuyo interior trasladaría los tres libros prestados por la biblioteca Antonio Devoto.

Para los ojos gastados de Lupi, la joven no tendría más de veinte años, era estudiante de alguna facultad alejada de la zona o sobrina de alguien que justo dormía la siesta, amiga de alguien más que de seguro salió sin dejar un recado para ella, o quizá una pasajera del 114 que acostumbraba a pasar por la plaza Devoto y se juramentó una tarde, esa tarde, bajarse a leer. Todas las posibilidades le parecieron válidas y aterradoras: la joven leía sin levantar la vista del libro.  

Lupi entró apurado, puso llave al cerrojo de su casa y dejó en la mesa la bolsa del supermercado. Subió hasta el balcón mirador, y sentado se dedicó a espiarla. Los vecinos ya estarían sospechando de su estadía tan prolongada. Tengo que encontrar algo para hacer acá, y listo. Traería del patio dos macetas, de esas que Inés regaba todas las tardes. No le resultó nada sencilla la misión, debió lidiar en el galpón con cientos de diarios viejos, antiguos centinelas de montañas gráficas abandonadas. Encontró la regadera apoyada en la última fila de diarios, debajo de la pala corta. La agarró pero no pudo evitar leer Lo importante: “La suerte acompaña pero no obedece”. Mientras volvía se armó un monólogo en el que la suerte, anárquica por naturaleza y díscola por convicción, era condenada a pagar su osadía con la vida. ¿Quién oficiaría de verdugo de la suerte? Retornó al balcón exhausto y con dolor de cintura, cargando las irrecuperables plantas de Inés. Y sin darse cuenta se descubrió silbando.

El cielo conservaba estiletazos de luces, la oscuridad había ganado la calle. Una brisa escoltó las hojas que la joven leía bajo la farola, hasta que cerró el libro dejando una mano dentro. Alzó la vista por primera vez, acaso para averiguar de dónde provenía esa melodía que le agradaba y que al mismo tiempo le impedía concentrarse en la lectura.

Lupi se sintió un durazno sangrando frente a un alma de diamante. Regó, sin acertar a las macetas. Y se miraron, décimas de segundos que a Lupi le parecieron huecos de la historia. Al unísono hubo tres sonidos: la ronca bocina del ferrocarril, la campana de la basílica San Antonio de Padua y un trueno responsable de asustadas miradas al cielo. Estallido sonoro que paralizó a los caminantes, incluida la joven. Cientos de palomas huyeron, única salida a la advertencia.

La joven guardó el libro y se fue adentrándose en la plaza. La lluvia tornó inútil el regar, pero Lupi siguió mientras la veía alejarse. Se pensó un preso a quien en una visita la amada le confiesa un romance con el abogado que lo defiende.

Pasado ese lunes, la soledad continuó ahogándolo, pero en la curva lo soltaba un poco. Lupi mantuvo firme la ilusión de volver a cruzársela, ya la había bautizado Alma de Diamante.

Transcurrieron muchos atardeceres de lunes sin noticias de ella.

Una noche, mientras limpiaba la biblioteca y sin habérselo propuesto, vio la foto de la joven en una de las credenciales de socios. Miró las paredes y el techo, por si alguna cámara intrusa hubiera captado sus movimientos detrás del mostrador de atención al público. Apoyó contra una marquesina el cepillo y la pala, para después guardar la bolsa de nylon en un bolsillo. Agarró la credencial y se sentó. Estiró las piernas y se frotó las manos.

Leyó: Paula Artigas – 21 de Marzo de 2000. Socio N° 601

Intranquilo, dejó todo como estaba y buscó el número de socios en el cajón de  Libros prestados.

Vio los últimos tres que Paula había retirado de la biblioteca, y su corazón detuvo un segundo la marcha.

Leyó: La hora sin sombra de Osvaldo Soriano; El Paciente interno, de Arthur Conan Doyle; y Don Juan Tenorio, de José Zorrilla.

Lupi advirtió un detalle. Las solicitudes tenían un denominador común: Paula se llevaba libros para leer a la plaza, todos los primeros lunes de cada mes. Siendo así, poco más de veinticuatro horas lo separaban del supuesto encuentro con ella.

Aturdido y tembloroso, levantó campamento antes de que alguien pudiese sospechar. Ubicó cada cosa en el sitio exacto en que la había encontrado y se alejó aspirando el aroma inconfundible de todas las almas escritas.

Ya en su casa, se calzó el traje de Don Juan. Y ensayó hasta el amanecer fragmentos de la obra. Se sintió presa de una maraña de pensamientos, en su mayoría tribulaciones del personaje, dudas en cómo colocar la voz o de qué manera pararse para la última escena.

A media mañana, abandonó el personaje, se tomó unos mates en el balcón mirador, el mismo lugar en que al día siguiente y con todo su esplendor aparecería Don Juan. Observó a Devoto rodeado de niños que lo surcaban con sus bicicletas y patines. Practicó un Gracias silencioso y cómplice.

Lupi alcanzó una certeza, casi una revelación: Paula era la espectadora, esa a la que Devoto había aludido el día en que él intentó suicidarse.

En la plaza, compró una gran cantidad de manzanas con pochoclo, y se las fue dando a todo pibe que pasaba a su lado. En cada Gracias, señor de los chicos, Lupi inundaba su ego. Se armó un castillo donde la soledad dormiría afuera para siempre, y en el que, subido a la torre, vería llegar a Paula hasta las proximidades de su comarca.

Fue a ubicarse frente a la estatua de Antonio Devoto, y le sonrío. Pasó la pequeña valla que los separaba. Permaneció inmóvil con la vista puesta en ese bastón imponente.

—¿Cuántas sombras contiene la realidad —le preguntó—, querido amigo Antonio?

Ese domingo, Lupi se amigó con la mente.

Cenó liviano con la custodia de un Malbec natural. Más tarde escribió el libreto, y lo interpretó durante un par de horas. No quiso cargar al personaje repasando la letra, por eso dejó los apuntes en el techo de la heladera. Se sacó toda la vestimenta —incluido el sable—, la dejó en su cama. Se situó delante del espejo, estudió su desnudez. Y un halo brilloso en el contorno de la cara le llamó la atención. Pensó que se trataba de un reflejo, pero no: una mueca ondulante y pacificadora hizo que Lupi se notara alegre. Besó las yemas de sus dedos y las apoyó en el espejo. Se dijo mañana es el día, se recostó y durmió.

Al levantarse vio un charco rojo en su cama. Había cometido un error garrafal: recostarse arriba del sable. Con esfuerzo, llegó hasta el balcón mirador. Se levantó sudando del dolor. Ahí estaba ella, Paula, sentada, leyendo, sumergida seguramente en el mundo de las páginas del final de Don Juan Tenorio.

Don Juan se hinca de rodillas, tendiendo al cielo la mano que le deja libre la estatua. Las sombras, esqueletos, etc., van a abalanzarse sobre él, en cuyo momento se abre la tumba de Doña Inés y aparece ésta. Doña Inés toma la mano que Don Juan tiende al cielo. Las flores se abren y dan paso a varios angelitos que rodean a Doña Inés y a Don Juan, derramando sobre ellos flores y perfumes, ya al son de una música dulce y lejana se ilumina el teatro con luz de aurora. Doña Inés cae sobre el lecho de flores, que quedará a la vista, en lugar de su tumba que desaparece.

Cae Don Juan a los pies de Doña Inés y mueren ambos. De sus bocas salen almas representadas en dos brillantes llamas, que se pierden en el espacio al son de la música. Cae el telón. 

Paula concluyó la lectura, cerró el libro y empezó a aplaudir eufórica al grito de ¡Bravo, bravo!

Lupi, al borde del desvanecimiento, se hincó de rodillas y alcanzó a dejar el ensangrentado pulgar derecho suspendido, como único testigo del aplauso redentor.

Y cayó, antes que el telón.


Luis DuarteLuis Duarte

Escritor argentino, nació en Lanús en enero de 1969.

Estudió periodismo durante la década del 90 en el Instituto Ciencias de la Información.

Libros publicados por el autor:
  1. “La Herradura de Freud”, 2013. (Agotado).
  2. “Fósforos gemelos”, 2014. Ed. Nuevo Hacer.
    (Reedición de este título en España, año 2016 por la Ed. Mundibook)
  3. “Latigazos del azar”, 2016. Ed. Hincohe.
  4. “Los guantes de Zaratustra”, 2018. Ed. Hincohe.
  5. “Rombos”, septiembre 2022. Ed. Alción Editora.
  6. “Lagartijas” septiembre 2024 Ed. Remitente Patagonia

Actualmente conduce el programa radial “El Quijote Stream TV”, en Radio El Parque los viernes a las 19hs, y trabaja en la Facultad de Agronomía de la UBA desde el 2012.

Trayectoria:

En 2013 su cuento “El abordaje” fue seleccionado entre mil participantes, para integrar la antología “150 Microrrelatos. Homenaje a Julio Cortázar”, editado por Gerüst Creaciones S.L (España).

En 2014 obtiene el primer premio en el concurso: «Recordando a Monte Castro», con el cuento «La sortija de Roberto».

En 2016 presenta en la Universidad Complutense de Madrid la reedición de “Fósforos Gemelos” con la editorial española MundiBook. Ese mismo año “Latigazos del Azar” obtiene el 6º lugar como mejor libro de cuentos del año en votación realizada por la página “Selección Literaria”.

En 2018 su texto inédito “El Advenimiento” es seleccionado en el concurso internacional organizado por Zetta Group (Venezuela) para formar parte de un libro digital.

En 2021 cursó “Introducción al guión” en la Escuela de Periodismo ETER.

Ese mismo año realizó dos audiocuentos con la productora “Narrativa Radial”, de Marcelo Cotton. Estos fueron “Escondite”, que pertenece al libro «Los guantes de Zaratustra» y “Jueguito”, en honor al año Maradoniano.

En 2022 dio un taller literario en el Centro de día “Vagues”. 

En 2024 ganó un concurso de microrrelato con la editorial Lengua Suelta Ediciones y otro concurso en Editorial Komala, también con un microrrelato.

6 COMENTARIOS

  1. Suban más de Luis! Qué andadura narrativa, ¡canejo! A veces pensamos que los grandes narradores han quedado en las lejanías, en el léxico preso en los diccionarios, en países que ya no existen. Y la fortuna nos hace caer en estos lugares donde hayamos, oh, gracias, estas cumbrecitas literarias. Wilde nos ha dicho: Podemos perdonar a un hombre el haber hecho una cosa útil en tanto que no la admire. La única disculpa de haber hecho una cosa inútil es admirarla intensamente.
    El arte es completamente inútil.
    Pues bien, será inútil, pero qué linda es. Como este cuento aquí publicado.

  2. Suban más de Luis! Qué andadura narrativa, ¡canejo! A veces pensamos que los grandes narradores han quedado en las lejanías, en el léxico preso en los diccionarios, en países que ya no existen. Y la fortuna nos hace caer en estos lugares donde hayamos, oh, gracias, estas cumbrecitas literarias. Wilde nos ha dicho: Podemos perdonar a un hombre el haber hecho una cosa útil en tanto que no la admire. La única disculpa de haber hecho una cosa inútil es admirarla intensamente.
    El arte es completamente inútil.
    Pues bien, será inútil, pero qué linda es. Como este cuento aquí publicado.

    Lucas Bruno

  3. Sinceramente, impresionante este cuento. Cautiva hasta el final, que por otro lado totalmente inesperado… Es todo imagen.
    No conocía al autor, veré que otras cosas escribió.
    Gracias Barriada por compartirlo.

  4. Estimado, Luis,
    hoy vuelvo a leer «Alma de diamante” y me conmovió profundamente. Hay una luz contenida en ese texto, una ternura que no se explica pero se siente. Gracias por escribir con esa precisión que deja espacio al silencio, y por nombrar lo que brilla incluso en la despedida.
    Tu cuento es un gesto que permanece. Los invitamos a todos a seguir a Luis Duarte en FB, YouTube e Instagram. Para más información comunicarse al +54911 53751313.

    Abrazoooo,

    Stella

  5. Felicitaciones por tu cuento Luis, debo decir que les recomiendo todos los libros de Luis, es como meterse en un laberinto literario, en donde cada cuento te lleva a una vivencia increíble. Abrazo y felicitaciones nuevamente

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