Laura Beltramo: Miguel Guerin y la esquina de Pichincha y Cochabamba en San Cristobal

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Mi nombre es Laura Beltramo. Mi hermana Luisa y yo nacimos en la Farmacia en la esquina de Pichincha y Cochabamba, la Farmacia Argentina. De la lista de colaboradores sobre el barrio de San Cristóbal, reconocí a uno: Miguel Guerin. Su casa estaba en la esquina opuesta a la Farmacia.

Yo estaba fascinada con Miguel que era mayor que yo y el intelectual del barrio. Miguel estudiaba Filosofía y Letras y alguna vez me prestó libros de su bellísima y muy completa biblioteca. En especial recuerdo un libro: «Lengua y Habla» de un autor francés Saussure, que no encontré ni en la biblioteca del Congreso y Doña Nelly, mamá de Miguel, me dijo: «Preguntale a Miguelito… a lo mejor lo tiene».

Los Guerin fueron amigos por muchos años con mis padres y venían a las peñas que mi mamá, Laura Flores de Beltramo, organizaba en el patio de la farmacia y a la cual asistían otras personalidades del barrio.  El papá de Miguel me ayudaba con mis lecciones de francés que él hablaba con fluidez y mucha elegancia.

Mi papá, Don Osvaldo Beltramo, estuvo al frente de la Farmacia junto con su hermana Juanita probablemente desde el año 1950 hasta su muerte en 1979. Era conocido y respetado en todo el barrio. Cuando los antibióticos y otros remedios eran inyectables, Don Beltramo salía con su cajita de jeringas esterilizadas a hacer su ronda de inyecciones por el barrio. Lo mismo su hermana Juanita que mostraba su prosapia de italiana del norte con su cabello pelirrojo y sus ojos violeta.

En ese tiempo había muchos inmigrantes en el barrio y no era raro escuchar a Juanita hablarles en italiano o en piamontes. Nunca supe cómo los aprendió…

El famoso «Conventillo» de la calle Cochabamba era también un icono de esa época. Si alguien tiene fotos sería genial pero lo dudo. Típico de la época, ocupaba todo el corazón de manzana. El patio central atravesaba todo lo largo del lugar. En el centro las bateas para lavar la ropa marchaban derecho hasta el fondo. Cada familia habitaba una pieza donde se confundian dormitorio, comedor y sala de estar. Al fondo los baños y las cocinas que compartía todo el mundo. 

Muchas veces acompañé a mi Papá en su ronda de inyecciones al Conventillo. Sabiamente me instó a que fuera para que viera cómo vivían los que no habían tenido la suerte de nacer en mejores condiciones sociales y económicas. Creo que fue una lección que aprendí muy bien.

Por ahora dejo acá mi relato. Ahora que vivo a 10.000 km de distancia digo con el corazón, que nunca deje de ser una humilde habitante de San Cristobal, que, como dice mi hijo Federico… «más que un barrio… un sentimiento»

Cariños para todos los correligionarios de San Cristobal!

              Laura