La vuelta del guapo por Ricardo Lopa

La vuelta del guapo por Ricardo Lopa

Fue en los años cincuenta, en la ciudad de Buenos Aires, por acá nomás.

Nuestro hombre era de Pompeya, guapo como el que más, ahora con bulín cruzando el puente, ahí nomás. No lo era de pura fama, se la bancaba, ya se verá, venía de Alsina, para el título en su pago revalidar. Nombre del fulano, Manuel de apellido indefinido, más conocido, como De Filo, por galardón, pues ligero para el tajo, según la ocasión.

Barrio de tango, poetas y taitas. En el medallero, Manzi y el Luppi, los primeros. Puro barrio, durmiéndose “al costado del terraplén” Duelos cobijados bajo la penumbra del “farol balanceándose en la barrera” Y por ahí anduvo De Filo, ya maduro, en el recuerdo del “misterio de adiós que siembra el tren” La mente de Manuel labura acelerada, se le aparecen tenidas bravas. Supo sacar chope, por él y por gomías de ley, éste guapo que no tiene dobléz.

Barrio de tango, luna y misterio/Calles lejanas, ¡cómo estarán!” Cada paso es un recuerdo, cada baldosa impregnada de lances a primera sangre y de amoríos contrariados, en una madrugada.

Viejos amigos que hoy ni recuerdo/¡qué se habrán hecho, dónde estarán!” Compadres que lo bancaron en las malas, espalda con espalda, para que el embate venga de frente, no de agachadas.

Manuel se viene medio ladeo de puro guapo nomá, enfilando hacia el portón donde escondió el amor. Ahí le dio apuntamento a la Piba Rosa. Mina posta, pretendida por la afición. “¡Sabrá que sufro, pensando en ella, Desde la tarde que la dejé!

Se decía que la piba era fiel a Gervasio, a pura biaba, su patrón. De Filo, en un lance la rescató. La dama con Manuel se quedó, fue por el tiempo que duró “el amor escondido en un portón”. Ahora, ni dama, ni amor, solo nostalgia de un tango y el bandoneón.

Manos en los bolsillos, retoma por Centenera, buscando los sapos redoblando en la laguna, que piantaron, junto el almacén que los cobijó, todo es un sueño que pasó.

La mente se le amasija buscando a sus compinches del ayer, figuras borrosas que el tiempo se llevó. Camina por las calles de Pompeya, buscando rostros amigos. En Esquiú Lanza y Tabaré, ve el buzón, levanta la vista, ahí está el Luppi, testigo mudo de un pasado añorado. Sus ojos se nublan con el piberío que un tiempo fue, Homero, Pancho, y él, pupilo, bajo la guarda del director de estudios Eduardo Colombo Leoni, el garibaldino. La herrería de Centenera, piantó al igual que el compañero Oscarcito, manoblanca, el hijo del herrero.

Esquiú, Sáenz, todos se les parecen, ninguno le contesta el saludo. Son todos y no es ninguno. “Viejos amigos que hoy ni recuerdo/¡qué se habrán hecho, dónde estarán!

Pese al transcurso del tiempo, Manuel De Filo, viene calzado, pues está dateado que en el boliche de Sáenz, donde solía parar, un guapo dice tayar, a él va a buscar, para cotejar, quién es el guapo del arrabal.

Al llegar a la esquina de Traful, su oído presto al silbo ausente de la barra que sabía liderar. Asombrado observa, que ahora el boliche es una confitería. Minga muchachada jaraba en mano. Canta ausente el semillón con que se entonaban para la ocasión. “Un coro de silbidos allá en la esquina/El codillo llenando el almacén.

Semblantea un rato la esquina, guiña el ojo izquierdo a la virgencita que nunca le falló, manos en los bolsillos, faso en la del cuore, la diestra siempre libre, por lo que pudiere.

Es una tarde de enero caluroso. Los años y el empilche a Manuel, le aconsejan esquivar al sol, que nunca fue aliado de los guapos calzados.

Se recuesta en la vidriera, esperando al maula para guapear. Cansado de esperar, entra al añorado boliche para entonar, ahora confitería, en la onda de modernizar.

Sentado en una mesa, aguarda al malevo para cotejar. La mesa en la ventana al tefrén de la entrada, para que no lo madrugue en la llegada. Pide una ginebra para calentar. El zomo, ficha asombrado por el empilche del punto que acaba de llegar.

Pleno verano, con funghi ladeado, como tapándole el ojo derecho, lengue blanco leche con sus iniciales en rojo, saco negro cruzado, pantalón bombilla, también negro, con rayas blancas, calzado con botitas, haciendo juego con la vestimenta.

Es la imagen que al llegar, asombró al mozo del lugar. Era la de un malevo que reaparecía en el tiempo olvidado, una vuelta al pasado.

El silbo del tren cruzando Sáenz, parecer querer acompañar la presencia de la estampa de arrabal. Los recuerdos se le agolpan a Manuel, con la piba que envejeció de melancolía, esperando la alegría que nunca llegó.

Y el dramón de la pálida vecina/que ya nunca salió a mirar el tren.”

Pasa el tiempo Gervasio no aparece, se pregunta, “de tan lejos venirme al cuete”. Una señorita se le acerca y le ofrece por unos sopes una rosa. La cara le es familiar, la piba, la rosa, momento de reflexión, es tan solo una ilusión.

Se repite, “de tan lejos venirme al cuete a jugarme con ese mequetrefe, y encontrarme con el perfume de una rosa que me rejuvenece”.

Quedó al cuadro configurado por un malevo sentado, con el filo guardado, y en la solapa una rosa, como consuelo al lance fallido, con el Gervasio, que de pico se hizo guapo. Anocheciendo, garpa, el zomo mano estirada, minga propina, rumbea para Alsina, se reconforta, pues en un boliche de Alcorta, escucha, el final del tango del Barba Homero, hecho cuento:

…Así evoco tus noches, barrio ‘e tango,
    con las chatas entrando al corralón
    y la luna chapaleando sobre el fango
    y a lo lejos la voz del bandoneón…

Fuente: “Barrio de tango” – Tango. letra: Homero Manzi – 1942 –

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Ricardo Lopa
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