La plaza gris (Irlanda) por Susana Guaglianone

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La plaza gris (Irlanda)

Vuelan las hamacas silenciosas,
cierta melancolía les pone alas.
El soplido de quien sabe cuál ángel
sacude las sombras de los árboles,
condenados a no partir.
Un manto de lona de milenarias intemperies
cobija el acallado canto de la danzarina calesita
que descansa de la trova de su voz.
Surge una balada extasiante, en el oído y en la plaza
en medio de tanta naturaleza pasiva.
Vibran las emociones dormidas, nostalgia de ausencias constantes,
elevadas en los toboganes o en escaleras al paraíso.
Cientos de duendes con linternas intermitentes
vigilan el paisaje y el momento.
Tal vez sean luciérnagas o lágrimas esparcidas,
que brotan de un tristeza de años,
contenida en este ámbito, rodeado de rascacielos
que intentan ahogar con las décadas
la infancia que perdura.
El colegio eternamente erguido
dormita su pesadilla de sangre, de otros tiempos, los nuevos.
Los días viejos se quedaron en el alma de quien contempla su propia niñez,
la cual corretea detrás de los muros.
Y corre Gaona agitando ruedas,
uniéndose a Donato Álvarez
hasta llegar a Neuquén florida
de madreselvas hoy inexistentes.
Solamente volar dos o tre cuadras
y llegar a Mendez de Andés,
donde pernoctan los seres que alguna vez fueron,
y hoy respiran el aire de la tiniebla,
es el vapor que emana de mi voz.
Un tango de esfuerzo y sudor para mis padres,
un blues de alucinaciones sin salud para mi hermano,
y un antiguo rock and roll, en castellano, para mi adolescencia.
Que como ellos también en los vientos del otoño,
agonizante, marchita se esfumó.

Susana Guaglianone
contacto: [email protected]