La Perla del Once por Ricardo Lopa

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La Perla del OnceNo sé ¿ni cómo?, ¿y por qué? Aparecí, ahí estaba como diciéndome estoy aquí para servirte.

¿Como recalé?, vaya uno a saber. El destino, la casualidad. En realidad no lo busqué, es como la mujer de su vida, no se busca hasta que aparece y para siempre. Aquí apareció, me sirvió y desapareció, evidentemente era otro tipo de afecto, vaya uno a saber.

¿Por qué? me aquerencié, te sufrí, disfruté, triunfé y luego te abandoné, vaya uno a saber.

Allá por el 69’, la joya de la casa, deambulaba en la mediocridad estudiantina universitaria, luego de haber cursado honrosamente la secundaria. El resultado en abogacía no era el esperado. Sin ser vago, no le encontraba la vuelta a la cosa. Pibe de clase media, familia, incomodidades crónicas para el estudio. Había que dar el salto, pero ¿dónde? No hay que ser muy lúcido para encontrar la respuesta: la biblioteca. Tanto la residencia en la Cané de Boedo, como la Nacional, del genio incorregible de Borges, y la larga noche de los bastones de Derecho, no lo conformaban. Indudablemente, su personalidad, requería otro tipo de ambiente, no la paz de los cementerios.

No sé quién, ni cómo, en un día de esos que no se empardan, a la promesa lo vemos sentando en una mesa de un bar rodeado de libros, café de por medio. A su alrededor otras mesas, con otros estudiantes de facultades diversas. La cosa empezó a cambiar, se le había incorporado algo nuevo a su estudio: la vida. El pibe estaba en el ascenso de la cuesta, la sangre le hervía, no necesitaba derramarla pero sí usarla, el lugar lo ameritaba. Era la vida puesta al servicio de la vida, para el caso no solo del estudio, sino del conocimiento que te brinda el trato cotidiano con la realidad, era el pequeño agujerito por donde empezó a brotar la experiencia, la madre de las ciencias.
Era el complemento imprescindible para alcanzar la meta, sabe, lo teórico no alcanza, la universidad de la calle.
Te conocí y saqué carta de ciudadanía del Once. Vea, fue mi segunda casa, complemento necesario de la primera.
La avenida de los 35 km; ¡qué extensa! ¿será tan importante el tipo del premio? ¡Mejor, no lo averigüe!
Los estudias solían frecuentar las mesas del fondo, las sobras, ¡cómo quién dice!. Entrada por la lateral patriota del éxodo; lógicamente la principal reservada para el más importante. ¡Mejor, no lo averigüe! Vea hasta mausoleo tiene en plena plaza, para recordarnos su eterna presencia, pero ¿era tan importante? ¡Mejor, no lo averigüe!

Las chicas de la vida le hacían compañía, haciendo su entrada triunfal previo guiño del más importante, que siempre le gustaron las minas, máxime si provenían de La Rioja. ¡Mejor, averigüe!

Bueno, a lo importante, los señores de blanco en la principal servían a la distinguida clientela, en el anexo aguantaban como podían al “pueblo estudiantil”. En realidad tenían una paciencia de esas, para bancarse tanta juventud en preliminares de exámenes, al borde de un ataque de nervios.
En el reglamento de hecho, había varias llamadas. Ricardito se anotaba en la 1ª y en la 2ª. Finalizada la rendidora mañana, en la pausa del mediodía, la muchachada, se tomaba la atribución consentida de dejar la mesa reservada con los libros de custodia. Previo almuerzo, afeitada y otras yerbas en la casa familiar boedense, retorno tipo 15 hs, ahí estaban los brolis, al igual que don José, que con jeta de malo venía a cobrarnos el cortadito que consumimos hacía 7 hs, además de cuidarnos los elementos. De cabrón solo tenía la cara.
Previo pago, gran ceremonia, el cambio de guardia. Generalmente tomaba la posta el gallego Álvarez. Tipo no querido por los muchachos. Cierta vez recibió un trompis en una ira de histeria juvenil, derramando la jarra de agua caliente para té sobre un parroquiano. Se imagina el revuelo. En realidad Ricardito tenía con el fulano un muy buen trato, resultado del respeto mutuo. En el tercer llamado, al que Ricardito excepcionalmente se anotaba, estaba manejado, por el petiso, por toda identificación. Había que tener muñeca para pilotear la noche y al sotipe le sobraba para lidiar con la más fulera ó quizás estaba en su salsa, como pez en el agua que mordía el anzuelo cuando le gustaba la carnada, con la diferencia que siempre seguía nadando.

Como le comenté, el consorcio estudiantil lo formaba avanzados estudiantes de Facultades diversas, con preeminencia de Medicina, Filosofía y Derecho. En el turno mañana e inclusive a primera de la tarde, los jóvenes de tiempo completo. La caída del sol es un adelanto del turno noche; el de los laburantes.
Dentro de los de medicina, en el Bar de la Cultura no podía faltar la intelectualidad, el espectáculo y la música. La primera tenía como representante a Blanquita, hija de Cesar Tiempo, siempre tan simpática como agradable. Por ahí me enteré que la Dra. anduvo por mi barrio de Boedo inaugurando una esquina con el nombre del viejo. En el segundo se anotaba Pintito, el hijo de Fidel, se que es un médico deportólogo de prima, bravo. En el rubro final el Flaco Fabiano, hermano del músico don Fabián, compositor amateur, hacía presencia “llegando la noche con su estampa elegante” ¿viviría metido penando un querer?, todo puede ser. Finalizo con los afectos, ahí está el gordo Quaglia, con el que llegamos a ser compinches por un tiempo. De repente me enteré que el tordo se había casoriado y chau.
En la lista de abogados se anotan el Tano Zappia y su alpargata traviesa, El Negro Mercado, bondad y guapeza, Julito y su vozarrón, Enrique, sus andanzas sentimentales y el jovato como detective, Chombi con su fineza y educación, Donato, amigo y padrino, el hombre cábala, para el caso las medialunas antes del examen.
Ud, me dirá y los de Filosofía, no hubo relación; lo único para resaltar las señoritas que la representaban, repito no hubo relación.
Aunque parezca mentira en tan importante concentración estudiantil la política estuvo ausente. Motivos: temor, falta de militancia. Me inclino por lo último y hoy lamento el tiempo desperdiciado, que quizás nos salvó a muchos la vida.
Me veo en marzo del 71’, la última materia. El gaita Álvarez tomó nota. En la oportunidad clientes de la principal cometieron la osadía de venir al anexo estudiantil a tomar un feca y charlar amigablemente. El gallego imaginando la molestia los rajó. Su protegido sacó distinguido y él sobresaliente. Los tipos no entendían nada, hasta el día de hoy se lo estarán preguntando. Gracias dolape.

El recorrido imaginario va quedando atrás, cualquier día de estos agarro un libro, invito a Donato y recalamos, y por ahí se escucha “que van a tomar” levanto la vista y veo al bueno de Álvarez con las alpargatas del Tano, el vozarrón de Julito y las espaldas del Negro, “dos cortados por favor”. “ah, y un par de medialunas, las cabuleras” Voy al baño y se me aparece Tanguito acompañado de Litto siempre solo, triste y abandonado viajando en Balsa. Es un gusto que me lo voy a dar, ¿Donato, me acompañás? 

Ricardo Lopa
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