La Moda Femenina en el Siglo XIX en el Río de la Plata por Mabel Crego

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De inventarios y otros documentos, en los Archivos de Montevideo, Buenos Aires y Córdoba, se ha extraído una lista de prendas de uso femenino en la campaña, hacia fines del Siglo XVIII, como: camisas de Bretaña, anchas o angostas, labradas con seda Tancay o seda negra y otras de roan labradas con hilo de algodón azul, otras de lienzo de algodón, y también de Bretaña pero con mangas de cambray; polleras de telas diversas y colores vivos (coloradas, verdes, etc.) y con bordados y galones en su parte inferior; enaguas de lienzo; corpiños o apretadores de crea; rebozos de bayeta de Castilla, con galones y bordados o sin ellos, en colores verde, azul y negro; medias de seda y de algodón; zapatos de tela y de cuero fino.

La socióloga Susana Saulquin nos dice que la moda rioplatense se puede separar en tres periodos.

                                     

                                     

      

                                     1. desde la creación del virreinato 1776 a 1830

                                     

                                     

      

                                     2. desde el primer gobierno de Rosas 1830 a 1870

                                                                          

      

                                     3. y desde 1870 a 1914 que comienza la primera guerra mundial.


Con la ayuda de testimonios iconográficos (litografías) y relatos de viajeros, se puede analizar la vestimenta de mujeres y hombres de altos recursos, dedicando solo una mirada a los sectores de bajos recursos.

La Moda Femenina en el Siglo XIX en el Río de la Plata
Tallard nos cuenta: «se introdujo en el país la elegante moda de la peineta española, calada y adornada con arabescos. «

Samuel Haigh, comerciante inglés, que viajó a estas tierras en 1817 nos dice: «sus figuras son muy atractivas y las mujeres saben resaltarlas con la gracia y el porte, adoran los encajes, las mantillas, la seda, la muselina y el raso «.

Las clases más humildes se vestían adecuadamente con telas más baratas compradas en las pulperías, usaban el reboso una pieza de género cuadrangular de bayeta, para cubrirse la cabeza y los hombros.

Podemos dar, muy claramente, una idea del carácter, vestuario, peinado, etc., de nuestras mujeres de campo que, desde el siglo XVIII y hasta casi los albores del siglo XlX, fueron ellas «las auténticas colonizadoras y civilizadoras de un medio rural áspero, rudo, primitivo y hasta brutal «.

Pusieron siempre su cuota de gracia, de ternura, de belleza, para desarrugarle el ceño a una sociedad de hombres casi bárbaros, altivos y groseros. Supieron ser madres, que durante casi un siglo con las luchas por la independencia, no hicieron más que parirle cachorros de tigres a una tierra que vivió reclamando sangre joven, aquellas heroicas mujeres, estancieras, pueblerinas, paisanas y aun chinas, fueron invisibilizadas por la historia, siempre relatada por hombres.

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En el período, de 1780-1820, además de los atributos de belleza característicos de las mujeres, que tanto subrayaron los viajeros, referidos a la tersura de su piel, a sus grandes ojos, muchas veces oscuros, pero también azules, a sus cabellos negros, gracia de formas, etc., unían una simpatía, buen trato, dulzura y cortesía, totalmente naturales, que aumentaban sus encantos y las hacían sobresalir frente a los hombres que resultaban, en comparación, rudos, secos e introvertidos, o parcos, cuando no taciturnos y groseros, características de nuestros hombres de campo.

Sin otro adorno más que un buen lavado con agua pura y fría, de aljibe o de cachimba, con los cabellos trenzados en una o dos trenzas, y éstas sueltas a la espalda o al frente, o apretadas en rodetes, o muy bien peinadas, siempre con raya al medio, en un moño más o menos bajo, no llevaban otro adorno para alegrar su cabeza, que una o dos peinetas, o simplemente la peineta teja, un par de sencillos zarcillos de plata o de oro en las orejas; a veces alguna cinta de color para ayudar a sujetar el pelo, y a veces, alguna flor. 

El «maquillaje» llega a la campaña y, en los bailes, la harina empalidece los rostros (bastante tostaditos naturales); el carmín para labios y mejillas se obtiene mojando algún papel colorado, como el papel «crepé» que se usa para forrar y hacer las guirnaldas y farolitos con que se adorna la sala, el alero y el patio, en tales ocasiones. Un poco de hollín dramatiza ojeras, que la salubridad campesina hace inexistentes y sombrea ojos, que muy negros y brillantes no lo necesitan.

La ropa habitual, de diario, era una hermosa camisa, generalmente el orgullo de

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 su dueña, de una tela de algodón fina, engomada y azulada, con bordados y puntillas, cuyo escote era redondo y fruncido (escote aldeano o bote) y prendido a la espalda con cintitas o botones, a veces con pasacintas, otras con un volado o fichú de la misma tela, algunas veces con bordados, en colores contrastados, azul o negro, tal como se siguen haciendo hoy, en el Paraguay. Otras con escote cuadrado, con bordados y botones al frente. Esta camisa, a veces, tenía mangas al codo con campanita (al tipo español) o largas, en este caso, con puños y puntillas o bordados en las mangas y puños.

A veces, el busto se retenía, por encima de la camisa, con un apretador o corpiño, de crea, con cintas y botones. En estos casos, generalmente se ponía, sobre la camisa, una pollera de tela más gruesa o más fina, según la época del año y la ocasión (de bayeta, de indiana, de seda, de tripe, de cotonía, etc.), generalmente de un solo color vivo (excepto el negro, prescrito para la Iglesia), colorado, azul o verde, con uno o más galones (de oro o plata) en el borde, o con bordados en ese tercio inferior. Esta pollera no sobrepasa tampoco, en su largo, la media pierna, dejando ver, muy frecuentemente, el borde de la camisa y enaguas. Era bastante ancha y bien fruncida en la cintura, sin pretina.

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Con todo, en la campaña propiamente, entre las mujeres de puesteros y peones, criadas, sirvientas, pulperas, y otras, como carperas y quintaderas, etc., las telas predilectas son los percales y las zarazas y, en ocasiones, mezclas de seda estampada y, hasta panas. Siempre de colores muy vivos: los colorados, celestes fuertes, amarillos; naranjas y verdes están a la orden con las clásicas excepciones del vestido negro, para la boda o el luto. O el enteramente blanco para los bailes de «gran ocasión» incluso cuando éstos duraban varios días y noches, para «bailar los lanceros», en la jornada culminante del mismo para el compromiso y también, cada vez más, como vestido de boda.

Las damas de elite, ya algo maduras, usaban medias, generalmente de algodón, a veces de seda, habitualmente blancas y los zapatos (que ellas mismas confeccionaban), sin tacos, o con tacos muy bajos, y troncocónicos o carretel, eran de seda, satín u otra tela, a veces con bordados o pintados, o de un cuero muy fino (tafiletes, charol, etc.). Tenían, a veces, también hebillas o una moña de tela, o aplicaciones de mostacilla, o alguna piedra de color. El cabello negro o castaño y muy largo, lo recogían en rodetes que se ajustaba con peinetas. 

Las más jóvenes usaban vestidos de muselina de colores claros con zapatos de la misma tela o raso color manteca, realizados por ellas mismas.

Para ir a la iglesia, era riguroso el color negro, nos cuenta Octavio Battolla, «las damas preferían las iglesias del centro, que era el barrio más distinguido, la catedral y san Ignacio».
 

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En el Río de la Plata, la primera muestra de un traje estilo imperio, usado por María E. de Demaría, se ve en una miniatura pintada por Camposnesqui en 1808, se la observa con un vestido sutilmente rosado de muselina, rayada de la india con talle alto y cinta de raso debajo del busto, su peinado levantado adornado con hilera de perlas.

El «estilo de la simplicidad» había aparecido en Paris en 1778, se cree que llegó a nuestras tierras a partir de 1806, las criollas adoptaron los estilos clásicos, grecorromanos, con colores muy claros de muselina transparente, linón y seda, en forma de vaina, gran escote cuadrado del que partían frunces recogidos por una cinta debajo del busto, vestidos angostos, «de medio paso», sencillos y de gran refinamiento. Los usaban en verano y en invierno y lo que provocó que enfermaran las muchachas en los crudos inviernos. Lo llamaron «el mal de la muselina», (una especie de bronquitis fuerte). 

E.E. Vidal comenta que, en 1820, «las damas de Buenos Aires, adoptaron un estilo de vestir que tiene de inglés y de francés, siempre conservando el uso de la mantilla que les da un carácter muy particular».

Una de las dificultades para rastrear la moda, es la desaparición de las prendas, nos cuenta Susana Saulquin que, en el Museo Histórico de la ciudad de Buenos Aires «Cornelio Saavedra», se conserva uno de los únicos vestidos de Remedios Escalada de San Martín que no fue quemado, debido a su enfermedad. El vestido es de linón bordado en punto «beauvais», con gran trabajo de pequeñas lentejuelas doradas, recamando el bordado, el escote es redondo y las mangas cortas tienen forma de globo. El talle no es demasiado alto, se estima que fue confeccionado alrededor de 1823, fecha de su muerte, ya que los talles altos fueron lentamente bajando y buscando su lugar natural para 1825. Se alcanza a ver, en el ruedo, los pesos que le colocaban para que no se levantaran al caminar.

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A partir de 1831 se usaba en Buenos Aires el color punzó, símbolo de poder, hasta generalizarse completamente hacia 1838. En los testimonios iconográficos de Carlos Pellegrini, Prilidiano Pueyrredón, Bacle y Morel, que documentaron la moda y costumbres de esos años, observamos que predominaban los vestidos rosa oscuro, marrones, amarillo pálido y muy pocos blancos. Las damas usaron peinetones muy grandes y filigranados, creación de Manuel Masculino y su infaltable abanico.

Nos cuenta la socióloga Susana Saulquin que existe una curiosa litografía de Bacle en el exterior de una pulpería, en una esquina de la ciudad, donde se ve claramente la forma de vestir de las mujeres de las tres clases sociales. 

Caminando por la calle se ve una mujer de clase alta, con vestido amarillo media pierna, falda ancha y mangas largas, con inmenso peinetón curvado, envuelta en un rebozo (porque era invierno) celeste, con medias blancas y escarpines sin talón (de influencia árabe). Dentro del almacén hay una mujer morena que tiene un vestido rosado con rebozo sobre la espalda, y lleva los mismos escarpines. Y, conversando en la calle, se ve a una posible mendiga con falda colorada con remiendos, rebozo amarillo desflecado y un pañuelo en la cabeza, que le cubre el cabello tomado atrás, lo curioso es que la mujer no está descalza, sino que lleva los mismos escarpines.

A partir de 1835 D’Orbigny nos relata: «ya no hay mantillas, las damas vestidas de raso color rosa, guarnecida de flores, mangas henchidas en gigot, a lo María Esturado, pero siempre con su inseparable abanico».

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Los pollerones, de montar «a mujeriegas» (con ambas piernas hacia un lado), hechos en forma de cartera, con presillas de cuero, para fijarlos a la montura, se confeccionan de telas encorpadas y de colores más sobrios, como azul marino, marrón, bordó, verde oscuro.

Siempre seguirán usándose varias enaguas. Y, en los percales blancos, el azul, el almidón y el lustre, con las planchas de hierro calentadas con brasas o en las «cocinas económicas», serán un lujo especial de nuestras paisanas.

La moda española, aunque con mucha competencia, se mantuvo en las mujeres de las clases altas de Buenos Aires, unos años después de la caída de Rosas, sobre todo en el uso de la mantilla de encaje.

Para 1852 las faldas se vuelven más anchas y largas, con gran cantidad de enaguas de crinolina, tela áspera y dura confeccionada con algodón o lana y crin, la crinolina en español se llamaba medriñaque y de allí surgió la palabra «miriñaque». Las batas ceñidas, se lograban con el «corset», se ensanchaba en las mangas y subía en los escotes, adornándolos con cuellos de encajes.

Para 1857, aparece en Buenos Aires el miriñaque, la falda termina en una gran circunferencia, armada con aros de acero, o varillas. Los vestidos de terciopelo tienen grandes volados y usan el peinado recogido.

Para 1870 desaparecen los miriñaques, que llevaban 14 metros de tela en su confección, ahora el vuelo se lleva hacia atrás y para darle más gracia se usa el «polisón», que es un ahuecador realizado con ballenas, independiente del vestido. Este estilo, tan cargado y poco práctico, se llamaba «tapicero», por la acumulación de tejidos y va desapareciendo en 1890.

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Se va perfilando un tipo de vida más ágil y dinámica y el inglés Redferms, introduce en 1887 el traje sastre.

En la colección de fotos del museo de la ciudad, se observa el estilo más usado en el Río de la Plata, es un vestido encintado de raso, sumamente entallado, que se abotona por delante y presenta una pechera ribeteada en raso que termina en dos picos que apoyan sobre la falda. Esta termina en unas tablitas de 30 cm de altura que tapan el pie. Las mangas, muy angostas, se abren en los puños, el vestido se lleva sobre una blusa que cierra el cuello con un moño, el peinado recogido forma pequeños rulos en la frente, se completa el conjunto con una larga cadena con reloj de oro, que engancha en la cintura y aros pendientes muy largos.

Hacia fines del siglo 1891, la falda se angosta considerablemente y las mangas se vuelven abombadas; en los vestidos más paquetes se hace más larga atrás, con un poco de cola. Se tiende a afinar la cintura, «talle avispa» (llegaban a tener entre 43 y 50 cm de cintura): durante 14 horas diarias las mujeres se sometían a la tortura de ceñidísimos corsés y hasta la campaña llegan estos corsés, y otros medios ortopédicos o supercherías de la moda, creados en los centros más sofisticados del mundo occidental.

Para 1892 «el polisón» va desapareciendo, las faldas cortadas en muchos paños y forradas en batista y entretela se ajustaban en las caderas y se abrían en forma de campana terminando en una cola. Desaparecieron las abundantes enaguas quedando solo una para el ajuste de la falda.

En 1903-1904 se deja de usar el corsé, para 1910 la silueta femenina obtiene naturalidad, inspirada por la bailarina Isadora Duncan.

La calidad de las telas, los bordados, cintas, aplicaciones de lentejuelas, canutillos, azabaches, mostacillas, etc., todo dependerá, como es natural, de la condición económica de la usuaria y de la ocasión del uso de las prendas.

FUENTES:
  • «La moda en Argentina» Susana Saulquin, Emece
  • «La más pobre ciudad» Maria Sanchez Quezada, todo es historia Nº 153
  • «Cartas de Mariquita» Clara Vilaseca, Peuser 1952
  • «Buenos Ayres y Montevideo» E. Vidal Viau 1943
  • «La sociedad de antaño» Octavio Battolla
  • «Voyage pittoresque dans les deux Ameriques», Alcides D’Orbigny – París 1836
  • «La mujer Argentina» Hector Iñigo Carrera 91/ La historia Popular /Vida y milagros de nuestro pueblo 1972
  • «La vida cotidiana en Buenos Aires» Andres Carretero «
  • «Atuendo tradicional argentino» Héctor Arico

Mabel Alicia Crego

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