La Delfina

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Es un mito, leyenda o tradición oral? El fantasma, de la que fue el amor de Pancho Ramírez, recorre el bulevar Montoneras en Concepción del Uruguay. Pocas historias cumplen, los requisitos de la pasión romántica, con la perfección del legendario amor entre el caudillo Francisco Ramírez y su cautiva portuguesa, por todos conocida como La Delfina.

 
Dice la tradición oral, que era portuguesa, rubia, de piel muy blanca y la hija bastarda de un virrey en Brasil. Otros dicen que La Delfina era la recogida de una familia estanciera. Hay quien dice que marchó a la campaña contra Artigas siguiendo, fraternalmente, a un miembro de esa misma familia.
 
Mientras que otras voces menos corteses la toman por ramera, o la hacen amante de algún oficialito. 
 
Nadie sabe a ciencia cierta si fue rubia o morena, blanca o mestiza. Alguno (como el poeta Molina) le atribuye voz de sirena criolla y destrezas musicales.
Criada en el campo, en Rio Grande do Sul, acaso ni siquiera haya cursado la enseñanza primaria, la única que se les impartía incluso a los varones, aunque fuesen hijos de familias acomodadas, como el propio Ramírez.
 
Otro rasgo de La Delfina que es indiscutible: era una mujer valiente de puertas afuera (porque también hubo muchas y anónimas guerreras domésticas que en las más duras adversidades sostuvieron, ellas solas, sus familias). 
 
Su valor era llamativo, exhibicionista. Amaba los uniformes vedados a su sexo y lucía, según parece, la chaqueta colorada con gran gallardía.
 
Dicen que Ramírez después de la batalla de Cepeda, la encontró vestida con harapos de soldado lusitano y haciéndola su cautiva la invitó a su comer a su tienda esa misma noche.
 
Estos relatos sirven para armar los primeros años de su biografía, porque después ya aparece montada a un caballo cabalgando al lado del caudillo entrerriano, convertida en un soldado más, bueno en un soldado más no, en el más importante.  
 
«Porque a su lado en el grupo
 Va la Delfina esa hermosa, 
 Que en todas las correrías
 Junto a él peligra animosa. 
 Lleva traje de oficial
 Bombacha y dormán punzó
 Y un espadín de parada
 Con una faja de gro» 
                           (dice Leopoldo Lugones).
 
Acompañó a su Pancho, como coronela del ejército federal en todas las batallas, aunque su dulce compañía, llevara involuntariamente a la muerte a su amante. 
Se trata de un amor entre enemigos, entre un Príncipe y una Cenicienta. 
 
Un amor que ignora bandos y jerarquías, que rompe convenciones, que lleva su desafío hasta el último extremo. 
 
Ramírez, muere joven, la Delfina, es bella y enigmática. 
 
Ramírez era hijo de familia acomodada, de recursos. Su padre, Juan Gregorio, paraguayo, marino fluvial y propietario rural; su madre, Tadea Florentina Jordán, nativa de la provincia, dueña también de algunos campos.
 
Cuando conoce a Delfina aún es aliado del santafecino Estanislao López y de Gervasio Artigas, en contra del Brasil y de Buenos Aires. ¿Por qué, siendo su cautiva y virtual esclava, se enamoró de Ramírez, y por qué éste, dueño todopoderoso, la convirtió en reina sin corona? 
 
Mucho se ha escrito sobre el estado de cautiverio femenino: crónico y también fundacional en la especie humana, donde el sexo, con el extraordinario poder de gestar y reproducir (y por ello reducido a la subordinación y el control), fue siempre botín de las guerras y prenda de las alianzas. 
 
Susana Silvestre, en su biografía amorosa de la singular pareja, dedica páginas hermosas, a la historia de las cautivas rioplatenses, mediadoras, con su cuerpo, entre dos mundos. 
 
Podemos suponer que a ella no le fue difícil dejarse encantar por Ramírez, hombre joven, de carácter «despejado y audaz, amplio y prestigioso», con «algo de artista», es reconocido incluso por Vicente F. López. 
 
Las prendas personales del caudillo y la oportunidad de un fulgurante ascenso hacia el poder y la gloria, marchando y mandando a su lado como si fuera un hombre, debieron de mezclársele, en una irresistible combinación afrodisíaca. 
Y Ramírez, ¿qué vio en Delfina?  Para que una modesta cuartelera presa,  lograra encadenar a un varón que podía disponer de todas las mujeres, y hacerle olvidar sus serios compromisos matrimoniales con la hermana de un amigo íntimo, y que su familia ya había aprobado?… debió de ser algo más que un cuerpo atractivo y una sensualidad bien dispuesta.
 
Sin duda, mucha dulzura habría en ella; no la pasividad o la excesiva facilidad, que matan el deseo. Cautiva, pero brava seductora; sin remilgos, aunque orgullosa en su indefensión, seguramente supo darse exigiendo, y ganó la batalla con Ramírez desde el primer encuentro, cuando el placer total, correspondido, borró la asimetría entre vencedor y vencida, y los dos fueron, uno del otro, prisioneros.
 
Don Lucio Norberto Mansilla, entonces un joven coronel porteño con mundana cultura y sólidos conocimientos técnicos se puso, durante un tiempo, al servicio de Ramírez. 
 
Horacio Salduna, biógrafo del Supremo Entrerriano, le achaca a Mansilla la responsabilidad de su catastrófico final.
 
Los dos hombres habían entrado en contacto durante las hostilidades entre Artigas y Ramírez, después de 1820. 
 
Mansilla colabora con sus trescientos cívicos y queda sellada una amistad marcial, que no será duradera. 
 
Cuando Buenos Aires y López se vuelven contra Ramírez, que prepara una gran campaña con el fin de recuperar el territorio paraguayo para la Argentina, Mansilla se echa atrás, argumentando que no desenvainará la espada contra su ciudad de nacimiento. 
 
Ramírez acepta esta disculpa plausible, aunque le solicita que al menos, conduzca a la infantería desde Corrientes hasta Paraná. Mansilla acata, pero no cumple. Su decisión priva a Ramírez de las fuerzas imprescindibles para enfrentar a López, a Bustos y a Lamadrid y lo precipita hacia la ruina.
 
El escritor, Salduna considera premeditada la traición de Mansilla, que se habría comportado desde el comienzo como «infiltrado porteño». 
 
A la codicia política se habría sumado otra de distinto orden: Mansilla deseaba, también, los favores de La Delfina, como lo prueba la correspondencia, intercambiada con el comandante Barrenechea, al que, ya desaparecido Ramírez, envía como celestino.
 
Ramírez fue derrotado por última vez cerca del Río Seco, donde había esperado unirse con Carrera, lo traicionaron, El Pancho y la Delfina huyeron por separado, con algunos de sus seguidores, para recobrar sus fuerzas y renovar la lucha. Pero, al descubrir que su compañera, había caído en manos del enemigo, regresó para rescatarla y fue asesinado.
 
Ramírez  murió para salvar a su amor el 10 de julio de 1821, cuando iban a matar a La Delfina, la subió a las ancas del caballo de otro soldado  y enfrentó el solo la descarga que lo mató. Ramírez fue decapitado y su cabeza en retobo de cuero llegó a manos de Estanislao López, quien eligió exhibirla en una jaula en la puerta del Cabildo santafesino. 
 
La Delfina escapó y se perdió en los montes de quebracho de Santiago del Estero, Chaco y Corrientes, hasta que meses después logró volver al Arroyo de la China (actual Concepción del Uruguay), 
 
Muerto el caudillo, una vez más son las versiones,  las que dicen que se fue a vivir con Tadea Florentina Jordán, la madre de Ramírez. Murió sola y sin que nadie la reconociera en junio de 1839. 
 
Su tumba nunca pudo identificarse. El acta de defunción la nombra María Delfina, dice que era portuguesa, soltera, que no había recibido los sacramentos y que sería enterrada en el cementerio local. 
 
La leyenda cuenta que la única que advirtió la ausencia definitiva de la coronela del Ejército Federal, la amazona de chaquetilla roja con alamares dorados, bombacha azul, botas negras y sombrero bordó adornado con plumas de ñandú, fue Norberta.
 
La novia olvidada, Norberta Calvento, quizá no estuvo tan sola, después de todo (una carta de Barrenechea a Mansilla hace suponer que le arrastraba el ala un cortejante), pero no se casó ni engendró hijos, y no intentó, tampoco, volver a su tierra natal.
 
Como la Magdalena de El ilustre amor (Mujica Lainez), también llegó a su tumba, envuelta en el vestido blanco que tenía guardado para su casamiento, con el «Supremo entreriano»…
Mabel Alicia Crego email
Vecina de Barracas
 
FUENTES: 
  • María Rosa Lojo, Poeta, narradora y ensayista. Investigadora del Conicet
  • Leandro Ruiz Moreno, historiador, » apuntes y cartas»
  • Horacio Salduna, biógrafo del Supremo Entrerriano
  • Susana Poujol «La Delfina, una pasión»
  • Lucio Norberto Mansilla, «cartas»
  • Foto de Internet. Busto de la Delfina, descubierto el 14 de marzo de 2016, en la plaza principal de Concepcion del Uruguay.

 

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