Juegos Callejeros por Ricardo Tarnofky

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Mariposa Galerón-Abu, quiero que me cuentes: ¿A qué jugabas cuando eras chico como nosotros?- le pregunta la nieta, mientras su hermanito mellizo juega con la computadora, concentrado, intentando ganarle a un adversario virtual.

-¡Aaah!… todo era muy diferente: no había televisión, la compu era una máquina de ficción, ¿Internet? ¡Ni soñar con Internet!, nada de e-mail, nada de jueguitos electrónicos, nada de chatear con los amigos, nada de mensajes de texto… Como se darán cuenta, era muuuuuy pero muy diferente a como juegan ustdes: ¡El juego estaba en la calle! La calle era el lugar de todos los días para encontrarse con los amiguitos y poder charlar, bromear, pasarla bien… jugar.
El nieto, que parecía estar abstraído en lo suyo, interrumpe su cliqueo sobre el teclado y dice:
-Está bien, abue. Pero, queremos detalles: ¿Qué hacías?, ¿Cómo te divertías?
 
-En el año 45,… del siglo pasado ¿verdad?, era común que los chicos nos encontráramos en la calle del barrio para jugar. La calle no tenía los peligros y riesgos de hoy: Los vecinos se conocían, pasaba un auto cada tanto, despacio, alertando con la bocina, con cuidado.

Aparte de patear una pelota de goma y de divertirnos con el yo-yo, el balero y el barrilete, que ustedes conocen, teníamos otros juegos que hoy prácticamente desaparecieron.

Así, los varones jugábamos en la vereda a “las figuritas”. No todos las pegaban en álbumes para tratar de ganar una pelota de fútbol. Las arrojábamos, parados detrás de una línea imaginaria cercana al cordón de la vereda, haciéndolas girar con un enérgico movimiento de la mano para aproximarlas lo más cerca posible a la pared, y el mejor posicionado las revoleaba bien alto para quedarse con las que, al descansar sobre el piso, mostraran la “cara” hacia arriba.

“¡Espejito!” gritaba el que la dejaba recostada contra la pared y se ganaba todas las figuritas en juego.

También jugábamos a “las bolitas”, sobre tierra apisonada, con un hoyo para embocar. Había que alejar del hoyo a las bolitas de los otros chicos con certeros impactos de la bolita propia y, a pura destreza, hacer ”hoyo” para ganar las de los competidores.

Además, hacíamos torneos de “trompos” donde los mini trompos que cada jugador hacía girar al mismo tiempo dentro de un círculo marcado con tiza en el piso pasaban a poder de quien, al impactarlo con su mejor trompo, lograba expulsarlos del límite circular.

Para conducir rodando “el aro”, que generalmente era la llanta de algún triciclo en desuso, se utilizaba una horqueta construida con un alambre grueso al que le dábamos la forma apropiada doblándolo con nuestras manos. Se requería una práctica paciente para aprender a trasladarlo con habilidad por caminos difíciles, como ser sobre el cordón de la vereda, esquivar o saltar obstáculos en carrera, subir y bajar desniveles abruptos como el cordón de la vereda.
 
Pero, el juego excluyente en los meses de verano era sin duda la “caza de mariposas”.  Y esto no sucedía en una zona poco poblada o suburbana sino en pleno barrio de Caballito. Los veranos, en esos años, eran uniformemente calurosos. Eran un estímulo para pasar muchas horas afuera de nuestras casas, al aire libre.

La calle Valle, entre Centenera y Cachimayo, era el territorio donde tenía lugar el instinto de la caza.

Las mariposas, a veces en bandadas y otras veces aisladas, se desplazaban volando de oeste a este, erráticas, pero siempre en la misma dirección, como si tuvieran un destino común al cual llegar. Las había de distintos colores y tamaños, las fáciles de capturar y las difíciles, las más abundantes y las excepcionales, esas que no aparecían a menudo. Las amarillas o anaranjadas eran las más frecuentes y no tenían un nombre especial, pero a las blancas, que eran menos frecuentes, se las llamaba “lecheras”. Las de tamaño mediano aparecían menos: los “galerones” de vuelo cadencioso, de color naranja intenso con puntos y ribetes negros, y las hermosas “siete colores” muy difíciles de apresar por su vuelo imprevisible. Por último, el “limonero”, la más grande de las mariposas que se aventuraban a revolotear por Caballito, enorme, de fondo negro con manchas amarillas, la que no se veía casi nunca, de vuelo lento, nervioso, errático, pero de reflejos rápidos para evitar ser atrapada. Capturar un “limonero” era el premio mayor que todos queríamos lograr, pero difícilmente lo lográbamos.
 
En aquella época, ninguno de los chicos cazadores sabíamos algo más sobre las mariposas que lo que les acabo de contar. Ni siquiera conocíamos el proceso de metamorfosis que da lugar a una mariposa, desde que una de ellas deposita sus huevos en la hoja de un árbol o arbusto característico para cada especie, hasta convertirse en larva, oruga, crisálida y, por último, emerger transformada en una hermosa mariposa.

Tampoco sabíamos que la mariposa “galerón” es una prima de las “monarcas” que en el hemisferio norte recorren 4.500 kilómetros desde el norte de Estados Unidos y Canadá hasta el sudoeste de México para reproducirse cada año. Nuestras “monarcas” vuelan sólo 1.500 kilómetros desde la zona de Magdalena y Punta Lara, pasando por Buenos Aires, Rosario, Santa Fe y Córdoba, para arribar a Salta en busca de mejor clima para su desarrollo.

Al “limonero” -papilio thoas en latín-, asimismo se lo llama “mariposa del naranjo”. En realidad se me ocurre que podría llamarse “mariposa de los cítricos”, porque también se aloja entre los pomeleros y los mandarinos.      
 
-La caza no se hacía con redes, era más primitiva. Como “arma” para cazar debíamos buscar alguna rama de árbol que sirviera, la mejor entre los paraísos de las calles del barrio, y entonces cortarla y deshojarla manteniendo intactos los filamentos. Después, rama en mano, esperar,… observar,… estar atentos,… correr por las veredas y por la calzada a lo largo y a lo ancho de la cuadra en pendiente y cazar derribando con certeros movimientos de nuestra rama-arma, sin herir, sin lastimar, sin matar.  Enseguida, guardar a las frágiles presas en un frasco de vidrio con su tapa perforada con un clavo “para que respiren” y alguna flor en su interior “para que se alimenten”.

Al día siguiente, si asomaba el sol, había que prepararse otra vez para satisfacer al instinto cazador que provenía desde el fondo de los tiempos,…y continuar la cacería de las indefensas mariposas.  
 
Y el abuelo finaliza:
-Así es como jugaba yo cuando tenía la edad de ustedes.  Seguramente, cuando sean abuelos, les contarán a sus nietos como jugaban, de chicos,…con la compu y la “play station”. Y sus nietos les van a preguntar:
-Perdón, abue, la “play station ¿qué era?
Buenos Aires, junio2010

Ricardo Tarnofky
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