Juan José Cosenza: Mi barrio

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Mi Barrio

Yo no soy de Tres Esquinas,
ni del coqueto Cafferata,
ni nací en un conventillo
de la calle Olavarría;
voy a hablarles de mi barrio,
San Cristóbal,
de la calle Humberto Primo,
casi llegando a Pichincha.

2277 la chapa sobre la puerta
de macizo roble inglés,
con dos rejas adornada,
hijas gemelas de un herrero
y de su madre la fragua;
en lo alto: banderola,
madera siempre lustrada
molduras, algún detalle,
doble hoja, llamador.

Al franquear el picaporte
aparece el corredor
y sus pisos en damero,
zaguán de algún entrevero,
caricias en algún cofre,
una pista interminable
para autitos de carrera,
y los tres departamentos.

El del frente lo habitaban
dos solteronas de negro
profesoras en el arte
del monótono solfeo,
y una trenzas que intentaban
empeñadas, con esmero,
arrancar la afinada nota
de la punta de sus dedos.

El del fondo competía
en su afán de no ser menos,
en albergar personajes,
en este caso un soltero;
él muy suave de modales
diligente, buen vecino,
aunque a veces muy mandón,
excelente cocinero.

El del medio, el nuestro;
el de mis padres, mi abuela,
el de mi hermana,
también de Lili, la perra;
era como el recreo a la escuela,
parecía todo risas, todo juegos
la más plena felicidad
como el edén en la tierra,
contagiosa la alegría
armonía en los afectos.
Aparece el amplio patio,
con su toldo y las macetas,
algún lacito de amor
ruda macho y los malvones
una mesa y dos sillones
que llegaron desde Córdoba
con destino de ajedrez, truco,
chinchón, brisca  y escoba.

A la izquierda la escalera,
en el descanso mi guarida
albergue de biblioteca,
ideales, travesuras;
alguna blusa desprendida
de los primeros amores.
En los altos la azotea,
para mí la Bombonera
donde Boca fue campeón
en cualquier ocasión que fuera;
Yo ensayaba la bolea
como si fuera Rojitas,
pelota: papel y medias
gritos de gol y triunfo
con una media tijera.
Y todo se interrumpía
con los gritos de mi abuela,
que dejara de joder
que era hora de la siesta,
vení, bajá, que tenés la leche fría
de recompensa torrejas;
y obediente allí iba
sin reclamos ni reproches.
Volvamos a la vereda
que está pasando el mimbrero
verdadero ilusionista
incomprensible equilibrio
en una mente de niño;
con esa maraña de escobas,
plumeros, escobillones,
canastos y mecedoras.
Mi héroe era Vicente
con su carro y sus sifones
sus dos matungos de tiro
con aires de percherones
a los que yo bauticé
Furia y Plata,
éste el famoso del Llanero,
aquel azabache e indómito.
Yo me subía al pescante
el oeste a conquistar,
Matheu era la frontera
que había que atravesar.
El acecho de los indios
que jamás nos derrotaban
la diligencia custodiada
rodaba hasta Catamarca
allí giraba a la izquierda
consumiendo la última cuadra
donde se hace cortada
con la avenida San Juan.
Caminando era el regreso
previo paso por la plaza
que se llama Martín Fierro,
la tradición de Saverio
su chocolate espumone
y aquel sundae de almendras
imposible de acabar.
La cantina de Galizzia
y el estaño de Michetta
pizza. picada, y cerveza.
Después el piojoso Select
y el gran National Palace
tres funciones,
matiné, vermuth y noche
tres películas
de proyección continuada
el consumo de las horas
en las plácidas butacas.
La tentación de la esquina,
La Helvética y sus delicias
palo Jacob y merengues
pastelera, crema, dulce de leche,
La Real y su vidriera
con arreglo de mil flores,
las casas de guardapolvos
preludio de ir a la escuela,
e imponiendo su presencia
la Gervasio Antonio Posadas.
Garabatos, primeras letras
nombres que se han olvidado
amor de segundo grado
mi señorita Boressia.
Bancos como trampolines
que me lanzaron al mundo
a Corrientes y Maipú,
luces del centro, madrugadas
en los labios del olvido,
en brazos del subterráneo.
Y tras tanto recorrido
un merecido descanso
leche batida y vainillas
en la lechería del vasco
con sus sillas de esterilla
y aquellas mesas de mármol.
Honrar la vida nos dice
la enorme Eladia en sus versos
honrar la vida digo, recordando
mi niñez y primera juventud
en esa esquina de Pasco.