Jorge Nadín: Los Carnavales

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Carnavales eran los de antes, en todas las épocas y en todos los tiempos se dijo siempre lo mismo. Pero el tiempo que pasa, pero que no olvida, hace esto cierto. Llegaba el carnaval y empezábamos a salir a las tres, cuatro, cinco de la tarde con la barra, a correr chicas y no tan chicas por la calle con las añoradas bombitas de agua, a veces con pomos, si hubiera habido una maratón, seguro que ganábamos. Íbamos y veníamos toda la tarde, hasta que por allí aparecía la presa, la espera no era muy larga, y por mas que rogara, generalmente salía empapada. A nuestras viejas les zumbaban los oídos, pero el carnaval era el carnaval y había que disfrutarlo, era la última diversión antes de las clases. Saavedra se disfrazaba de Rey Momo, la gente grande jugaba desde sus casas, cada cuadra era sana diversión, no había malicia, era un entretenimiento barato que terminaba a eso de las siete de la tarde. Muchas veces salíamos con los pibes en la chatita (un FORD T) del viejo de Carlitos (Malalel), y nos llevaba por ahí a mojar y ser mojados. Cuando ya caía la tarde la gente se empezaba a preparar para ir al corso de Avenida Cabildo. Esas noches se unían en un solo jolgorio Saavedra, Núñez y Belgrano. A eso de la ocho de la noche empezaba el incesante desfile de mascaritas por Republiquetas, yo sentado en el umbral de la heladería, los veía pasar y me contagiaba, sabía que la vieja me llevaba, pero había que ser paciente, cuando veía que agarraba un viejo monedero y los pilotos, no aguantaba más y empezaba a hacer cálculos de minutos, horas, cuadras que iba a estar en ese aquelarre de agua, espuma, papel picado y serpentinas (aclaro que los pilotos eran unas capas que se usaban y que servían en carnaval para no salir tan empapados y pescarse un resfrió). El jolgorio era completo, Cabildo se cortaba y el alma de los barrios se trasladaba a Cabildo y Juramento, nueve, diez, once de la noche, hora de emprender la retirada, pero no a casa, nos sentábamos con la vieja en la vieja pizzería El Clarín a comer pizza, la felicidad era completa. Hoy, al ver las calles vacías en esa fecha, me llena de nostalgia y de pena, las calles de Saavedra ya no juegan ni sueñan con su corso. Alguna vez fue transitada por la comparsa Ara Vera, la inocencia de nosotros los pibes, y también de los grandes, fue quedando en ese pomo vacío que quedó tirado en la vereda, o esa serpentina enredada en un árbol, como dice el tango, la nieve del tiempo mi pelo cubrió, esa nieve que tirada al aire nos hacía creer en un invierno corto. Pero aunque no corra un purrete por la calle persiguiendo a una piba y las mascaritas ya no transiten por Republiquetas, el espíritu de mis carnavales en Saavedra se seguirá sintiendo en cada baldosa de mi barrio

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