Jorge Nadín: El Sereno

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Cae la noche sobre algún punto de nuestro mundo y otro mundo empieza a andar, quizás mas lento, mas pausado, con claroscuros, noches cerradas, de luna llena, de cuatro estaciones y entre ese sin numero de gentes rodando por el planeta están los serenos. Cuidadores de ilusiones, iluminadores de barrios, contadores de historias, vividas algunas, otras inventadas, con frio, con calor, lluvia, heladas, cubiertos muchas bajo techos de chapa y paredes de ladrillos pegados con adobe, mirando como crece ese niño, que frente a si, tienen, a veces una casa, otras grandes edificios, tratan de compartir esa alegría ajena, mientras los dueños vienen y ven su obra, después la soledad de la noche y los ruidos del silencio. Recuerdo cuando purrete, en Saavedra, los serenos que se juntaban a las ocho en verano y seis y media de la tarde en invierno, en la esquina de Cramer y Republiquetas (C. Larralde), cada esquina tenia una llave interruptora para prender la luz de la cuadra, nosotros a veces les ganábamos de mano y prendíamos las farolas. A la mañana el mismo ritual, no se si eran felices, pero se sentaban largas horas a charlar, a piropear, pero sin grosería, con el tiempo, cuando a uno le toca vivir esa experiencia se da cuenta cuanto de poesía hay en el tragicómico sereno. El tiempo, el avance de la tecnología fue haciendo desaparecer a ese personaje de las calles de buenos aires, la luz de mercurio con células fotoeléctricas desplazaron el ritual de todos los días, nunca mas cierto los versos de carriego en el ultimo organito, nada mas que el quizás el ultimo sereno no fue de puerta en puerta, ni murió con la tarde, fue un amanecer, como para que el sol con sus primeros destellos de luz se guardaran en sus retinas y vieran las calles ya asfaltadas de Saavedra con una luz que ellos imaginaban. El sereno no es el triste payaso de largos comedias, es el velador de amores escondidos, de furtivos besos, pintor de paisajes que solo de noche se pueden ver, amante de las estrellas y seguidor de la luna llena, rompevientos de tormentas y secreto guardián de los sueños amantes tocados por el rocío. Quizás dentro de poco pueda volver a caminar por mi querido Saavedra, tengo ganas de sentarme en ese esquina para esperar a aquellos fantasmas disfrazados de serenos que deambulaban silenciosos por las calles de mi barrio.