Guillermo E Barrantes: Caminata Profunda

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Hola, hace poco y a raiz de algo que lei reviví este relato que surge de un hecho ocurrido hace mas de 40 años. Saludos.

CAMINATA PROFUNDA

Pasar por la >zona donde hoy se levantan un edificio de la Universidad Católica, una Escuela, y unas torres de viviendas colectivas en ese limite difuso que separa y confunde Colegiales con Palermo, me produce una rara mezcla de admiración por todo lo que pudo hacerse donde antes no había nada – o casi nada- y la vez nostalgia porque las transformaciones hacen que las huellas del pasado solo se mantengan intactas en mi memoria y no pueda mostrárselas a otros, a menos que se las relate, lo cual no es lo mismo. Es que en esa zona a la que volví descubriéndola transformada cuando mis hijos asistieron a la citada escuela antes de irnos de Buenos Aires, ocurrieron cosas que se ligan a situaciones de muertes que marcaron mi pasado. Antes que estas edificaciones hubo un asentamiento precario. Lo que solemos llamar villa miseria. Por ese tema me interesé años más tarde, dado que allí vivió Rosita Saavedra, alias «la gata» algo de cuya historia relato aparte, pero ligada al sitio y a la segunda de esas muertes. La primera ocurrió bastante tiempo antes, en la misma zona aunque fue tal vez accidental. En la época a la que me remonto, ese sector era un espacio que aunque dentro del ámbito de la Capital Federal, parecía pleno campo porque resultaba extenso, había calles que se cortaban al llegar al área y el suelo parecía virgen. Con los pastizales y arbustos que a mi me gustaba imaginar intactos desde tiempos coloniales. Se podía acceder desde distintos puntos, pero nosotros lo hacíamos caminando por la calle Martínez ya que Delgado se cortaba al llegar a Jorge Newbery. Tras el entonces Mercado comenzaba esa tierra de nadie y a la vez de tantos que la utilizaron por un tiempo. Disimulado entre esos pastos altos, algunos escombros y latas estaba el acceso. Yo nunca lo hubiese hallado, ni tampoco se me hubiese ocurrido la existencia de este tipo de circuitos en las profundidades. Pero Demetrio Sirniek los conocía.

No recuerdo ni imagino como es que supo de su existencia pero ya lo había visitado en dos oportunidades y una tarde nos contó lo que había visto allí abajo. Entonces varios de los que escuchábamos su relato quisimos ir también. Pretendíamos hacerlo en aquel mismo momento pero finalmente acordamos dejarlo para el siguiente día porque era algo tarde y además cada uno tenía que llevar una linterna o fabricarse una antorcha, para lo cual Demetrio sugería usar una vieja escoba a la que embeberíamos en algo de aceite quemado del taller de su tío. Los cuatro que finalmente mantuvimos el interés por conocer aquello tan desconocido que nos había descrito nuestro amigo, nos encaminamos una mañana nublada finalizando las vacaciones, a principios de marzo. El acceso estaba efectivamente tan oculto que incluso él dudó en dos o tres oportunidades si estábamos o no en el lugar correcto. Hasta que dio con la boca. Se trataba de un caño metálico por cuyo interior ni siquiera el más pequeño de nosotros cabría parado y que mostraba un notorio declive hacia abajo, hacia la profundo.

Ninguno aceptó la invitación a tomar la delantera por lo que «Deme» siguió oficiando de guía. Tras arrastrarnos alrededor de veinte o veinticinco metros, percibimos que ingresábamos a un tubo algo mayor, bastante mayor; ya no era precisamente un tubo – salvo por la forma- sino un túnel de paredes de ladrillo en cuya parte inferior una canaleta de unos cincuenta centímetros de ancho dejaba ver y oler un agua oscura que apenas se movía.

A través del tubo por el cual habíamos ingresado llegaba un halo de luz pero nuestra vista no alcanzaba a divisar los limites más alejados, ni el principio ni el final del túnel. En cambio si era notorio unos metros mas adelante un cono luminoso proveniente de la parte superior que al invadir ese espacio le otorgaba un efecto dramático, casi de escenografía.

«Enciendan una antorcha» dijo entonces Demetrio. Ricolla se apresuró a encender la suya para cedérsela ante un gesto a Deme, quien sin mediar palabras la dejó flotando en la canaleta con agua.

«Sigamos la luz! » gritó entonces nuestro guía obedeciendo él mismo sus propias palabras y mientras la antorcha se alejaba flotando en el agua, comenzó a trotar saltando alternativamente a uno y otro lado del canal apoyando un pie a cada lado de la brecha….

«Tengan cuidado que está resbaloso!»…..agregó ya a unos diez metros de distancia. La luz y la silueta de un Demetrio brincante que alternativamente nos dejaba o nos impedía ver la luz de la antorcha flotante nos iban dejando atrás por lo que lo imitamos y en un aprendizaje veloz en el que no faltó pisar el agua en una o dos ocasiones cada uno, lo terminamos alcanzando. Los conos luminosos resultaron ser bocas de tormenta de los cruces de calle y nos bastó pasar por debajo del segundo para descubrirlo porque en ese preciso instante un vehículo atravesó por encima nuestro oscureciendo momentáneamente el canal. Esos segundos de observación bastaron para que la escoba se alejara nuevamente de nuestra posición hasta que la vimos apagarse.

«Enciendan otra antorcha»….me apresuré a sugerir yo entonces, porque no me agradaba la oscuridad que se producía entre cuadra y cuadra.

Repetimos la trotada a un paso un poco más veloz porque el agua – que ahora parecía llegar al borde superior de la canaleta- había alcanzado mayor velocidad. Seguimos de esta forma unos minutos y aunque cansados ninguno se atrevió a detenerse por miedo a quedar solo. Primero percibimos lo que parecía un rumor grave que luego se fue haciendo un sonido más claro, cristalino, con reverberaciones. Llegamos. Si el túnel por el que veníamos corriendo nos había parecido grande este era mucho mayor. Estábamos en lo que años después supe que era el entubamiento del arroyo Maldonado. La aventura de aquella mañana concluía en este punto del recorrido. Una reja de gruesos barrotes se interponía y solo podíamos ver una parte del gran túnel que corría bajo la Avenida Juan B. Justo. El arroyo no nos era visible porque desde nuestro punto de observación apenas divisábamos una brecha en el piso pero el agua corría algo más abajo y junto a nosotros también se apoyaban contra la reja cajones de madera, latas, trapos, algunas bolsas de arpillera, y las dos antorchas consumidas. Permanecimos algunos minutos jugando con el eco. Nuestros gritos reverberaban en las cañerías y el mayor de los conductos parecía llevarse nuestro mensaje hacia otras direcciones. Pero nadie respondió.

Volver, fue mucho más trabajoso. Nos consumió las dos antorchas que quedaban bastante antes de llegar al tubo de acceso que finalmente reconoceríamos porque había signos y palabras escritas con tizas blancas y coloradas. Posiblemente nuestros ojos se habrían acostumbrado a esa penumbra de a tramos, y la luz que cada esquina nos traspasaba nos sirvieron para ir contabilizando cuanto habíamos hecho y cuanto nos faltaba: catorce cuadras fueron en total. Ricolla contó la aventura en su casa con la consiguiente preocupación de su padre, quien lo retó y amenazó con ir a contárselo a nuestros progenitores por el peligro que eso implicaba.

«Te podría haber agarrado un degenerado y matarte allí mismo por lo que nunca te hubiésemos podido encontrar!!» nos contó que le dijo, y también » Si el nivel del agua subía se podrían haber ahogado!!!… y nunca los podríamos haber encontrado!!». Desconozco cual de las preocupaciones de Ricolla padre era mayor: si la imaginada muerte del hijo o la posibilidad de no hallar su cadáver.

Quizá por aquel reto concluimos en que fue una experiencia interesante pero a ninguno pareció entusiasmarnos lo suficiente como para intentar repetirla.

Salvo a Demetrio.

El «Deme» siempre había sido un personaje cuyo comportamiento lindaba con la marginalidad. En aquellos años eso podía significar que era siempre el que conseguía los rompeportones de mayor tamaño, el que siempre se agarraba a trompadas, el primero que trajo cigarrillos para fumar a escondidas en el terrenito baldío de Delgado o quien primero nos mostró revistas pornográficas. Pero un tiempo después y pese a ser todavía un adolescente, ya había cambiado de amistades y solíamos verlo – las pocas veces que se dejaba ver- en compañía de adultos o jóvenes mucho mayores que nosotros. Por su desarrollo físico, Demetrio podría haber pasado por alguien de mayor edad, pero en aquel entonces tenía dieciséis años.

Una mañana nos enteramos que habían encontrado cosas robadas en los terrenos de Gandulfo, que era un gran lote con salida a dos calles: Álvarez Thomas y Delgado. Allí donde antes había funcionado un corralón de materiales con carpintería incluida, en los huecos por donde corrieran las correas de las sierras y las cepilladoras habían aparecido algunos ventiladores, planchas, licuadoras y otros artefactos electrodomésticos. Pero se rumoreaba que ni eso era todo el botín ni que tampoco estaban las armas con las que aparentemente habían asesinado a un sereno. Entre los tantos rumores que escuchamos se decía también que Demetrio tenía algo que ver. Pero nuestro amigo no aparecía. Ninguno lo había visto en las ultimas semanas y ahora nadie sabía donde ubicarlo.

La presencia de dos autos policiales en la puerta de su casa, donde la madre con ampulosos gestos y a los gritos defendía la inocencia de su pobre hijo, nos dio la pauta que efectivamente algo de cierto debía haber en aquellos comentarios. Entonces alguien recordó aquel final de un verano y el periplo subterráneo adonde nos había guiado «Deme» una mañana nublada. Pero ya en los terrenos se levantaban viviendas precarias y ninguno recordaba donde podría encontrarse el caño de acceso, si es que aún existía.

Hubieron de pasar meses para desentrañar parte de la historia, lo cual nos facilitó imaginar que el caño no solo estaba en el mismo sitio sino que Demetrio lo habría vuelto a utilizar.

Esa debió ser su última vez. Los sombríos presagios del papá de Ricolla parecieron hacerse reales pasado tanto tiempo. Por lo que pudimos conjeturar más adelante, Demetrio debió haber vuelto a aquellos túneles como guarida y cuando supo que lo buscaba la policía decidió esconderse una vez más. Eso ocurrió a principios de septiembre, y aún cuando Santa Rosa había quedado atrás, todos la responsabilizamos por las copiosas lluvias que azotaron Buenos Aires en esa primera semana del mes.

Tiempo después la crónica de algunos diarios daría cuenta de un cadáver que apareció posiblemente ahogado y arrastrado por la corriente, cuando una cuadrilla Municipal ingresó para destapar algunas de las rejas de contención. La noticia lo consignaba como un N.N. «Posiblemente uno de los tantos cirujas que deambulan por las entrañas subterráneas de Buenos Aires», explicaba la crónica. Junto al cuerpo se encontraron gran cantidad de residuos como también – algo que llamó mucho la atención- algunos aparatos de radio, dos o tres televisores, y una bolsa que se dijo contenía armas…..

Para nosotros, no cabía duda. Nunca volvimos a ver a Demetrio desde entonces.

 

Guillermo Ernesto Barrantes – Valle de Andorra -2002 Ushuaia – Provincia de Tierra del Fuego Antártida e Islas del Atlántico Sur