Guillermo E Barrantes: café Argos

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Estimados:

hoy, un amigo me mandó temprano la información que salió en el diario Clarín acerca del bar Argos:

«El tradicional café Argos, de Alvarez Thomas y Lacroze, en Colegiales, cerró definitivamente sus puertas. El lugar, inaugurado en 1928, fue declarado Café Notable por el Gobierno porteño y su cierre se venía anunciado desde 2005.

Del mismo guardo muchos recuerdos aún cuando nunca fui un habitué del mismo, tal vez deba decir nunca desde adentro, porque durante años pasé por sus veredas primero siendo un chico cuando iba al cine o a la pizzería, más adelante cuando bajaba del 42 o del 163 y en los últimos años simplemente cuando visité buenos Aires y pasaba para chusmear quien quedaba de los viejos conocidos. «

Espero que lo que cuento a continuación nunca llegue en realidad a ocurrir.

Un saludo cordial,

Guillermo E. Barrantes

EN LA VEREDA DE ENFRENTE

«Modernizaron» el bar de la Lacroze y Alvarez Thomas.

Han cambiado el estaño, retiraron los billares y desnudaron las paredes de su abrigo de madera, mientras que las tapas de las mesas olvidaron sus vetas al ser cubiertas por una fórmica color crema. Sobre el solado de mosaicos en diagonal otrora claro oscuro han montado un piso que parece un espejo por lo mucho que brilla. Ni siquiera una sola de las arañas con pantallas de vidrio ha quedado como recuerdo, y el neón mortecino y violáceo pareciera aumentar la palidez de las caras que ya ni siquiera son las de antes….

Una rubiecita carilinda de largas piernas que se empeña en regalar sonrisas enceguecedoras reemplaza a Manolo, y las sillas son metálicas, cromadas y con asientos de roja pana.

Ya nada huele igual. Ni tiene el mismo sabor. Por más que hice el esfuerzo el tostado mixto y un cortado tenían otro gusto y nadie me preguntó por Titi, ni comentó el triste empate de Platense.

A pesar de estar en la vereda sin sol, a partir de ayer decidí sentarme en el bar del gordo Luis. Aquí tampoco las cosas saben igual que en lo del gallego, pero al menos queda una mesa de billar y de tanto en tanto alguno festeja una buena carambola o se pide un vaso de vermouth con soda, y se lo traen con palitos y maníes…

Guillermo E. Barrantes

EL CLUB DE LOS SOLITARIOS

Ninguno tiene un carnet que lo identifique, nunca llevaron una camiseta o un banderín

con los colores propios, y ni siquiera son conscientes que la vida se encargó de afiliarlos en algún momento particular de su existencia.

Así y todo son los más fieles seguidores de los rituales establecidos y la camaradería tiene asistencia perfecta en los más importantes eventos.

Cada cual sobrelleva su soledad con digno disimulo y a pesar de ser conocidas sus historias personales, nadie hace gala de sus desgracias, de sus abandonos, de sus cuernos ni de sus fracasos.

Juntos comentaron el derrocamiento de Perón en el 55 y vieron a Rucci cuando acompañaba al general con su paraguas al descender del avión en el 73; se emocionaron hasta las lágrimas cuando un tipo dejó su huella en el suelo polvoriento de la Luna o cuando se murió la Lady inglesa; gritaron hasta quedarse afónicos con cada gol de los mundiales y se pusieron serios y solemnes en el 82…

Sus caras y sus gestos relatan buena parte de nuestra historia y sus arrugas son en realidad el mapa de los circuitos que llevan a todos los bares que aún subsisten. En las sillas se estamparon sus contornos y dolores mientras las mesas adquirieron el especial brillo que solo otorga el desgaste de los codos; el aroma de sus tabacos se mezcló con el de la tiza azul de los tacos y el de la tinta fresca de sus diarios de la tarde; sus ojos vieron cubrirse el adoquín con el asfalto y a éste adornarse con las tapitas de coca y cerveza que el mozo de la vereda arrojaba hacia la calle en las noches de verano; sus manos despidieron al último tranvía, sus labios silbaron a las primeras minifaldas, mientras sus cabezas se negaban a aceptar el largo de los pelos de esa muchachada que se mudaba a los griles del centro y las pizzerías con mesas y sillas.

Todavía queda un puñado de ellos. Fieles seguidores del club sin nombre ni sede propia…

Guillermo E. Barrantes

TE QUIERO TE QUIERO
Si el destino pudiese ser humanizado quizá resultaría el más fino, inteligente y burlón de los mortales, porque suele aliarse con su socio – el tiempo – para causar esas absurdas situaciones que justifican la existencia cruel de la ironía.

Testigo de esto fue la mesa del bar Argos en la que no pudieron coincidir porque uno equivocó la fecha y entendió mal el momento del encuentro.

Decepcionado él le escribió en el papel de seda con que envolvía un regalo, simplemente: te quiero; mientras ella en la siguiente tarde lo esperó vanamente en la misma mesa, donde con los ojos nublados repasó una y otra vez sobre una servilleta el dibujo de un corazón sobre el que solo escribió lo que sentía.

Ambos te quiero se cruzan todavía en las huellas de esa mesa en la que ellos nunca llegaron a encontrarse.

Guillermo E. Barrantes

UNA MESITA EN EL BAR DE LACROZE

La madera de la tapa de la mesa ya no es plana como lo fuera en sus inicios. Quien descifre el jeroglífico (invisible para los profanos que no tienen madrugadas en los bares) verificará que lleva grabados miles de nombres y números telefónicos escritos a las apuradas sobre finas servilletas que dejaron filtrar la información para que todo quedara registrado.

Están también las marcas de la uña del señor nervioso que golpeteó rítmicamente con su dedo mayor impaciente porque esa mujer nunca acudió a la cita, y una línea recta identifica el camino de un anillo de bodas cuando la mano tensa acarició un borde de punta a punta en medio de una discusión absurda. Una línea azulada refuerza la hendidura de una veta natural como remedo del trazo profundo que un estudiante estampó una mañana mientras releía por última vez el resumen de un examen.

A pesar del millón de humedades embebidas en trapos grises que circularon intentando devolverle el brillo original, se mantienen casi intactos los microscópicos rastros de café, azúcar, te, gaseosas, sal, alcohol, entremezclados con carmín, rouge, tabaco, saliva, tinta, más una buena cantidad de lágrimas.

Guillermo E. Barrantes

LA MAGIA DEL VIDRIO

El vidrio no es un sólido como a primera vista parece. Por eso en la viejas catedrales, algunos vitrales que llevan siglos haciendo la vertical muestran un notorio engrosamiento en su base con el consiguiente adelgazamiento en su parte superior. Eso me lo explicó Ricardo Levi – que siempre sabe de todo un poco – la tarde en que descubrí que desde adentro del bar las cosas se veían diferentes que cuando eran miradas desde la vereda. La arboleda aparecía un poquito más frondosa, el colectivo siempre pasaba con un par de asientos libres, las veredas lucían barridas y completas, y la gorda del kiosco tenía unos ojazos y un cuerpo como para comerla a besos.

Guillermo E. Barrantes

MENSAJES DEL TIEMPO

Bajo la tapa de esa mesa hay un chicle pegado desde el `71. Pero hay también algunos mocos de más antigua data. Parte de la cera naranja de una oreja taponada se extiende como una medialuna solitaria, y tres puntos ahora casi negros fueron rojos cuando la sangre que brotaba de un dedo se estampó cual sello en una línea que parece decir S en morse.

Guillermo E. Barrantes