Guillermo Barrantes – Temporal…pichón!!!

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Temporal...pichón!!!
Temporal…pichón!!!

Hacía por lo menos una semana que no llovía, y la temperatura iba en aumento día tras día. Ese jueves había amanecido pesadísimo, y el termómetro marcaba los 32 grados centígrados a las ocho menos diez de la mañana. De seguir así, al mediodía treparía por encima de los 41 del día anterior…

Aún en calzoncillos como estaba, Pancho se sentía incómodamente transpirado, y de poco le sirvió la ducha tibia que se pegó, abriendo solo el agua fría.

Ya la casa estaba en marcha, pero un pesado silencio aplastaba hasta los perros.

Se vistió con los más holgado que encontró y así salió a la calle, donde el resplandor de las 8 y media, lo hubiera enceguecido de no haber tenido la previsión de calzarse unos lentes oscuros antes de abrir la puerta. Le pareció en comparación, que en la penumbra del hall se estaba con frescura. Caminar esos cien metros hasta la avenida y esperar cinco minutos el 140 le significaron transpirar, mojar la camisa, volver a secarse con ese solazo abrasador e iniciar una segunda sesión de sudado.

En el colectivo, afortunadamente había todavía asientos libres. Claro que eran precisamente los que la gente dejaba para lo último ya que les daba el sol.

Se sentó lentamente, sin apoyarse en el respaldo, e intentó abrir más la ventanilla que ya estaba corrida un poco. Otros lo habrían intentado seguramente antes que él; no lo logró, por lo que se ensimismó en sus pensamientos rogando que así el viaje le pareciera más corto. Observó a la gente a medida que el transporte se iba colmando, y todos dejaban traslucir similares poses y apariencias: nadie tenía cara de haber descansado bien, la mayoría ya transpiraba, y a pocos le importaba la forma en que se habían vestido. Cada cual buscaba sentirse lo más cómodo posible.

Qué absurdo que ciertas costumbres obligasen a algunos a mantenerse vestidos con traje de calle, camisa, corbata, y hasta el mismo pantalón largo!- pensó Pancho al ver subir a dos tipos que –también pensó- debían ser empleados de algún banco o alguna empresa del centro.

Ya cerca de Junin el colectivo estaba repleto y la mezcla de olores de diferentes perfumes, desodorantes y sudoraciones conformaba un caldillo espeso que ninguna corriente de aire disipaba. Se bajó al doblar en la plaza, y caminó hacia el edificio de la Facultad. Allí, agradeció disponer de una oficina bastante umbría, de ventanales amplios y de un ventilador que aunque ruidoso, lo ayudó a soportar la jornada con cierta dignidad.

Al salir , cerca de las 18 el cielo iluminaba todavía con mucha fuerza y las marcas térmicas apenas si habían bajado un poco desde las dos de la tarde: 43 grados!.

Desandó el mismo camino de la mañana, solo que lo hizo un rato a pie, para acortar el viaje encerrado, a la vez que se distraía mirando gente y vidrieras por la Avenida Córdoba. Llegó a las siete y veinte pasadas, y lo primero que hizo fue desnudarse y volverse a duchar tal como lo había hecho a la mañana.

Se preparó un vaso grande con coca y muchos cubitos de hielo, y así, en calzoncillos se fue a sentar al jardín donde su padre estaba regando el pasto con una manguera de goma colorada. Al rato se le unieron sus hermanos y más tarde su madre se acercó y les propuso cenar al aire libre. Si bien nadie tenía muchos ánimos ni para moverse, aceptaron todos de buen grado la propuesta. Más, cuando se enteraron que había ensaladas, jamón con melón, y que todavía quedaba algo de helado de la noche anterior.

El calor mantenía a casi todos silenciosos, y solo se escuchaban chirridos de cigarras o grillos que se escondían entre los matorrales de la medianera, lo mismo que los moscardones que parecían despertarse cuando alguno pasaba por allí y movía alguna rama de las enredaderas.

Cerca de las once de la noche, todos los rostros cansados dieron por concluida la jornada y cada cual se retiró a su cuarto.

Cuando Pancho subió, me vió a mi -su hermano- sentado en el alféizar de la ventana mirando hacia el horizonte.“Y?…lloverá? ” – me preguntó -imitando el acento correntino que a veces solía adoptar su propio padre para este tipo de preguntas-.

“Parece que hoy tampoco”, pensé y respondí.

Entonces nos quedamos un rato conversando sobre qué estaba cada uno haciendo de sus vidas en aquel entonces.

De pronto, me erguí mirando nuevamente hacia el oeste, y dirigiendo mi brazo extendido exclamé con entusiasmo:“Un relámpago!!!!”.

Ambos nos pusimos a observar el horizonte, y algunos segundos más tarde comprobamos entusiasmados que efectivamente se iluminaba momentáneamente esa zona difusa en que se confunde cielo y tierra.

“Si…un relámpago!!…a ver …calláte un momento, a ver si se escucha algún trueno…” – dijo Pancho.

Pero sólo nos llegaban los ruidos amortiguados de la avenida, alguna acelerada, un cambio de marcha, y los chirridos de los insectos. Nos mantuvimos así, expectantes por algunos minutos, pero como nada parecía ocurrir, sintiendo sueño, Pancho se fue hasta su cuarto y yo me recosté manteniendo los ojos en vigilia, por si notaba algún cambio.

Repentinamente lo hubo.

Una suave pero perceptible brisa atravesó los cuartos  y ambos casi al unísono nos levantamos.

“Pancho, veni a ver!” –exclamé– al tiempo que volvía a incorporarme parapetándome frente a la ventana. En el horizonte eran notorias unas nubes densas, globosas, de contornos más claros, esa coloración plomiza y violácea dentro de las cuales cada pocos segundos refulgía un relámpago…y lo que es mejor: se escuchaban los primeros sonidos graves y pesados de los truenos!.

El  viento se anunció con los racimos de semillas seguidos por las hojas de los arboles de la calle.

“Ahhhh…que vientito…sentí…”.

Por un momento nos deleitamos con el aire que ingresaba suavemente y comenzaba a robarnos algo del calor acumulado en los cuerpos.

Los relámpagos eran cada vez más cercanos y luminosos y los truenos ya se percibían con más nitidez.

A continuación -pero no finalmente- el viento trajo aromas. El delicioso olor de la tierra seca cuando comienza a humedecerse nos atravesó, al tiempo que la brisa parecía ser más fresca y ambos sentimos ese primer escalofrío con agrado.

Las nubes estaban cubriendo la casa, y cada tanto un trueno reventaba con un estrépito que parecía derrumbar los techos y dejaba reverberando los vidrios de la claraboya. Otras luces se encendieron en casa. Seguramente ya nadie dormía y todos estarían sintiendo lo mismo que nos ocurría a nosotros. Lo mismo en las casas vecinas. Eran  casi las tres de la madrugada.

Por fin cayó una gota, luego dos, tres, y sin una escala gradual el aguacero se desplomó imparable sobre las terrazas y los patios.

El aire cambió de olor y de temperatura. Los cuerpos aún caldeados tardaron un poco más en acomodarse a la nueva situación, pero segundos después las minúsculas gotitas que se colaban a través de la ventana al rebotar la lluvia en las persianas, nos provocó un segundo escalofrío.

Un relámpago cercano y luminoso presagió el poder de un nuevo trueno tan prolongado y potente que nos obligó a alzar instintivamente los brazos para protegernos de un supuesto peligro.

“Temporaaalllll pichón!!!!!!!!!!!!….-oímos entonces- la voz de nuestro padre, quien desde la planta baja, se acercaba para anunciar lo que ya todos sabíamos.

“Temporalll pichóóóónnnnnn” volvió a retumbar su grito en el hall, al tiempo que otro trueno más agudo y que sonaba como una tela gigantesca que se rasga, tapó la frase que mi viejo intentaba agregar.

Ya para ese entonces el sonido de la lluvia ocupaba todo el espacio. Rebotaba en las baldosas, gorgoteaba por los balcones y chapoteaba en los charcos que se habían empezado a formar por varios sitios.Los truenos y relámpagos parecían alejarse velozmente, pero cada tanto, y en forma traicionera volvían para asustar a los desprevenidos.La lluvia siguió por un par de horas.

Se hizo más suave y monocorde. Casi todos volvimos a las camas.

Incluso –recuerdo- me tapé con una sábana, ya que con la tormenta hasta me pareció sentir algo de frío.

Eran casi las cinco y media de la mañana y el cielo volvía a aclararse.

Alguien, aprovechando el agua caída, barría la vereda en la acera de enfrente, y  dando inicio a un nuevo día.

Guillermo E. Barrantes [email protected]
Recuerdos de Buenos Aires, 2002

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