Guillermo Barrantes – La Rubia de Ojos Celestes

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Guillermo Barrantes - La Rubia de Ojos Celestes
Guillermo Barrantes – La Rubia de Ojos Celestes

Fui caminando por Céspedes hasta Freire y esperé apenas cinco minutos dejando pasar el primer 68 porque vi que doblaban dos más en Lacroze y el delantero venía lleno. El de atrás, casi no se detuvo  y ascendí  en el medio de la calle.
-“Hasta Villate, uno”.
Elegí el último de los asientos simples y me dediqué a mirar atentamente por la ventanilla.
Era una tarde algo fría de mediados de otoño, y me dirigía a la casa de mi compañero Martín Arocena, con quien habíamos decidido estudiar algo de historia juntos. Llevaba un gabán azul de paño, heredado de mi hermana y que, aún cuando al principio me había parecido horrible me resultaba ahora cómodo, suave y abrigado. Con el movimiento del ómnibus, las manos en los bolsillos y el cuello levantado del abrigo que me tapaba casi la mitad de la cara, comencé a sentir una agradable modorra , que sumada a la hora – casi las dos de la tarde- hacían propicia una agradable siesta. Pero en realidad no llegué a dormirme. Eran muchas las cosas que me llamaban la atención. Las vidrieras de Cabildo , el pasaje bajo el puente de la General Paz, la zona de Aristóbulo del Valle, las casas cada vez más lindas de la zona de Vicente López, y finalmente la quinta Presidencial, donde ya me levanté para avisar de mi descenso.
Al bajar, una nena que viajaba con su madre, pisó mi zapato y me lo sacó – imagino sin darse cuenta – porque me miró como sorprendida cuando yo la observé. La madre sin prestar atención a lo que había ocurrido la tomó de la mano y cruzaron Libertador perdiéndose por Villate en dirección a Maipú. Yo, no supe porqué en ese momento, me quede observándolas  unos instantes, mientras cruzaba Villate, y en eso estaba cuando desde la casa de Martín, su hermano Luis quien conversaba con un amigo en la vereda me llamó y al girar la cabeza, dejé de verlas. Me bastó ese pequeñisimo momento para grabar una mirada.
Era 1965.
Poco más de un año después de aquel trivial incidente, a finales de 1966, casualmente con Martín Arocena, fuimos a Miramar. Era la primera vez que yo iba, y lo hice porque mis padres habían adquirido un pequeño departamento frente a la costa. Ellos lo habían estrenado a principios de diciembre, casi sin terminarse el edificio por completo, y a su regreso,  Martín y  yo nos fuimos a pasar unos días, antes de la Navidad. Nuestra rutina, fue repetir lo que hicimos el primer día: playa por la mañana, hasta pasado el medio día, comer algo en el departamento y descansar una hora, y vuelta a la playa hasta pasadas las seis. Después un baño y a caminar por la 9 de Julio.
El tercer día a través de una vidriera noté que en el interior del local  alguien me miraba. Era  la misma nena, de los inolvidables ojazos celestes que me observaba en silencio, mientras la madre, o una mujer que podría serlo, le mostraba ropas. Ni siquiera lo comenté con Martín porque en ese momento, hubiera parecido una tontería que yo prestase atención a una cosa semejante.
Pasaron casi diez años más.
Yo trabajaba en un estudio y me dedicaba en exclusividad a una sola obra de un cliente  importante: Mc Taylor. Por eso  estaba presente en Florida y Córdoba desde pasadas apenas las 8 hasta bien tarde, casi noche. Almorzaba -a veces – yéndome hasta “The Embers” de Callao cuando necesitaba caminar y distraerme, sino, lo hacía en “Hotty´s” y, cuando estaba escaso de tiempo allí nomás en un barcito de asientos en la barra , en la avenida Córdoba. De vez en cuando también acompañaba al Sr. Beti hasta el Florida Garden o al Augustus, aunque generalmente lo hacía estando solo.
Una tarde esperaba que me atendieran cuando la vi entrar. Había dejado de ser una nena. Era una mujer llamativa, por eso seguramente no pude dejar de observarla, o  quizá, porque al mirarla a la cara reconocí de inmediato los ojos aún cuando había transcurrido tanto tiempo. Estaba acompañada de un hombre delgado y alto, que podría ser el padre, aunque parecía muy joven para ello. Ella también me miró o al menos eso fue lo que quise creer, y por un instante imaginé que me iba a saludar. Observé que tomaron un te con un tostado y masas, y yo , que hacía un buen rato había terminado mi sándwich con una coca, me sorprendí al ver  al contratista Leguizamón haciéndome señas desde afuera para que saliera. Regresé al mismo bar  los dos o tres siguientes días pero no volví a encontrarla.
Volvieron a pasar exactamente otros diez años.
Mi vida había cambiado en muchos aspectos, y tantas cosas se habían ido diluyendo con los años. Hasta los recuerdos.
El pequeño departamento de Miramar había sido vendido cuatro años atrás, Martín Arocena seguía viviendo en Houston y  ya ni tenía noticias de él.
Mi primer matrimonio se había ido a pique en el viaje inaugural – como el Titanic – había salido y vuelto al país, y ahora concluidos los años de la dictadura de Videla, trabajando en el Gobierno, había aceptado mudarme a Ushuaia, el culo del mundo.
Me  hospedé en el Hotel Malvinas desde septiembre hasta noviembre del 86 y deambulé solo por esa ciudad pueblo hasta la llegada de mi mujer y mis hijos. Allí, inesperadamente la volví nuevamente a ver. Era una galería comercial que parecía nueva y agradable. Me gustaba la calidez de la madera de sus paredes y techos, pero sus negocios no tenían demasiadas cosas que me atrajeran. Era en realidad un pequeño paseo de unos minutos, que me permitía ingresar a un espacio cerrado y con calefacción, antes de seguir caminando por la San Martín, haciendo tiempo para ir a cenar al “Bar Ideal “no tan temprano. Adentro estaba ella, doblando ropa de mujer, y me quedé observándola desde la vidriera. Parecía cansada. Sin pensarlo mucho entré y pregunté si de una prenda que había en la vidriera tenían también en talles chicos. Ni siquiera recuerdo qué fue lo que me contestó, pero sin casi mirarme al principio, respondió en voz muy baja que estaban cerrando. Levantó la vista y me miró. Sentí una pequeña conmoción, porque pasados más de 20 años, seguía teniendo la misma  mirada de la nena que me pisara el talón al bajar del colectivo. No pareció reconocerme o al menos en esa ocasión no dejó entrever el menor signo de que me hubiera recordado. Yo estaba cambiado, cierto, pero ella también había crecido y envejecido algo, aunque sus ojos y su mirada eran siempre las mismas.
Otros años se fueron yendo.
Cuando compré la casa de servicio, fueron muchos los empleados de Gobierno que pudieron también acceder como yo a la compra de la casa que utilizábamos. Entre ellos varias personas del Instituto donde trabajaba  de la Delegación de Río Grande, la otra única ciudad de la Provincia. Había viajado a esa Delegación en una o dos ocasiones anteriores, y solo conocía a algunos empleados que previamente habían viajado a Ushuaia. Entre los muchos que consultaban averiguando valores, índices y demás detalles de la forma de venta, recibí una llamada de Analía Becerra, quien para muchos se convirtió en “mi novia” por lo asiduo de sus llamadas y la duración de las conversaciones. En aquel entonces solo hablamos de trabajo y apenas se tocaron temas personales, como cuando me contó de sus problemas para afrontar el importe de sus cuotas que cada vez le representaban un porcentaje mayor de su sueldo.
Volví a  viajar a Río Grande, y me encontraba en medio de una reunión cuando entró ella para despedirse de la presidente del Instituto porque se iba de vacaciones.
Me la presentaron. Era Analía Becerra con la que había tantas veces conversado telefónicamente, pero también era la nena de los ojos celestes con quien en tantas ocasiones y diferentes sitios me había vuelto a topar desde aquella tarde invernal en Vicente López…


Han pasado más años sobre los anteriores.
Hoy Analía Becerra es mi mujer.
Solemos bromear acerca de mi «prematura senectud”  porque además de parecer muchas veces sordo, tengo para ciertas cosas muy mala memoria, mientras ella suele retener nombres detalles y fechas, en una forma  que a mi, me resultaría imposible hacer.
Sin embargo, he sido yo quien recordó y retuvo todos esos momentos del pasado.

Guillermo E. Barrantes [email protected]
Recuerdos de Buenos Aires, Ushuahia 1997

Nota: el 29/10/2003 Analía Becerra y Guillermo Barrantes , festejando sus primeros diez años de convivencia se casaron en la ciudad de Ushuaia, Tierra del Fuego.