Guillermo Barrantes – Ejército Dormido

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Guillermo Barrantes - Ejército Dormido
Guillermo Barrantes – Ejército Dormido

Tan ratatatan!… pan parapán pam pammmpan parapamm!…

Con una pequeña dosis de imaginación aquella monótona repetición sonaba cual si fuese una marcha militar, y yo la canturreaba a medida que iba sacando los soldaditos de plomo de una caja de zapatos y los disponía para un desfile sinuoso, de cuatro en fondo. Mi pecho y panza estaban ya endurecidos y fríos, pero continuaba acostado boca abajo sobre el parquet, con la pera pegada a la madera, y los ojos casi a ras del suelo, para ubicarme visualmente a la misma altura de los ojos de mi ejército. Comandaba un Capitán, ya que por aquel entonces ese cargo me sonaba más importante que todos los demás. Era un sinónimo de Jefe. De jefe máximo. Quizá porque lleva acento y General no. Y ese Capitán era justamente yo!.

Tenía soldaditos de plomo de todas las variantes de un modelo que se vendía por aquel entonces. El muestrario – un tablero pintado con escenas de guerra sobre el que se disponían los diferentes tipos de soldados atrapados con una bandita elástica disimulada – lo había  completado en más de una oportunidad ya que me habían regalado cuando menos un par de cada uno. Los había diferentes : los que apuntaban –cosa que también podía interpretarse como los que disparaban- con armas largas, de pie, con una rodilla en tierra y cuerpo a tierra. Los que usaban otro armamento: uno sentado manipulando una gruesa ametralladora, otro de pie en clara actitud de estar listo para arrojar una enorme granada ( y que por su gesto muchas veces utilizaba para mandarlo al frente y arengar a sus camaradas: síganme!!! – sin intención esto último- de parangonar a nadie); estaba el que llevando una bayoneta calada se aprestaba a pinchar al enemigo que se atreviese acercar lo suficiente, y hasta un dúo responsable de la bazooka: el que portaba el arma y el de apoyo siempre listo para introducir una nueva carga. También contaba con los que lucían más pacíficos: uno que jamás bajaba los binoculares y escudriñaba todos sus alrededores aún en medio de una furibunda batalla cuerpo a cuerpo o irrespetuosamente mirando al público si se trataba de un desfile; otro que saludaba con una venia en posición de firme; y uno que desesperadamente intentaba establecer comunicación radial – seguramente pidiendo refuerzos- que nunca estaban de más. Incluso había heridos: uno con el brazo entablillado y vendado, otro más grave que ni siquiera contaba con base y solo servía para mantenerse acostado en la camilla con la mitad de su cabeza envuelta en blanco. Finalmente, los auxiliares: camilleros con sus manos en permanente circulo apto para enganchar el mango de la camilla o bien una improvisada arma inventada con un palillo o una pajita de escoba; una enfermera con cofia y delantal inmaculadamente blanco y camisa celeste, choferes de jeeps, y alguno más, que tal vez por el tiempo transcurrido ya ni recuerdo cual misión permanente tendría encomendada. Todos vestían un uniforme que en sus orígenes era la chaqueta color arena oscura y pantalones azules, con botas marrones que en realidad más parecían borceguíes cortos con polainas. Representaban el primer uniforme de los norteamericanos en la segunda gran guerra. (Sería tal vez por eso que eran de plomo macizo?).

Posteriormente fueron mudando el uniforme, pero mantuvieron la entereza, la predisposición para el desfile y la batalla y la capacidad de soportar golpes, caídas o la terrible penuria del olvido entre las macetas de la terraza o las piedras del jardín.

Como armar un desfile con tan variados personajes?. La cuestión era mostrar un buen número de participantes. Los heridos de nacimiento como los rotos por el propio juego, quedaban rezagados al final de la hilera y los disimulaba acomodándolos dentro de alguna de las lanchas de desembarco grises que curiosamente también participaban aunque el parquet representara tierra firme.
Jugar era simplemente eso: sacarlos de su caja, observarlos, reconocerlos y disponerlos sobre su sitio al tiempo que tarareaba la música mientras armaba el escenario. El sonido era un condimento esencial de aquel  evento. Tanto en la paz como en la guerra. En esta última, donde tampoco faltaba una marchita, se incorporaban gritos, ordenes y graves estruendos de cañonazos y bombas.
Hubiese sido incompleta la escena de haber permanecido  silenciosa.
Por largo tiempo, hubo también una discrepancia notoria entre el uniforme de estos soldados y el fuerte – que también lo tuve- y que por su aspecto resultaba una curiosa mezcla de muralla medioeval con sus troneras, sus torres y hasta un puente levadizo.

Hubiera resultado en realidad por su apariencia más apto para jugar a los indios atacando un fuerte de soldados de algún regimiento de caballería norteamericano, o mejor aún una base de la legión extranjera. Pero como tuve muy pocos soldaditos de ese tipo,  aún con la potencia imaginativa de aquel entonces, fuerte y soldaditos resultaban tan ajenos que no lograba disimular la incongruencia. A decir verdad el fuerte resultaba en  realidad una práctica caja, ideal para guardar todo cuando me llamaban a comer aclarándome que debía dejar el sitio en orden.

Hubo también verdaderas batallas. Algún amigo llegaba a casa acompañado de su propio ejército de plomo, y entonces la disposición cambiaba y el juego era otro.

Consistiría en disparar escarbadientes con los cañoncitos de resorte manteniendo una distancia establecida. Algunos hombres bajo mi mando fueron tan estoicos y pesados que soportaron el impacto directo sin caerse. Los héroes de aquellas tardes de resfrío o dolor de garganta.

En tales ocasiones los adversarios se disponían enfrentados y a la vista unos de otros, en un campo de batalla que podía ser el patio – cuando se buscaba un resultado expeditivo – o bien en los recovecos del jardín cuando era imprescindible cuidar la totalidad de las vidas disponibles. Fue así que pasado el tiempo, mi padre recortando el pasto entre las lajas, o podando algún arbusto, se encontró cara a cara con alguno, que perfectamente camuflado con el terreno había permanecido a salvo ….por años.

Pero nuestros juegos fueron cambiando y cuando aparecieron los ejércitos de plástico ya no me sentí tan seguro con esos camaradas tan livianos que un simple roce derrumbaba. Además, a esa altura de mi vida eran otras las diversiones, y entre estas el ir a pescar se convirtió por algún tiempo en una excelente distracción. Poco a poco, con una pizca de timidez y bastante cargo de conciencia, comenzando con los heridos y los rotos, el grupo fue ocupando estoico su nuevo destino en una cacerolita de acero donde mi hermano me enseñó a fundir el plomo.

Silenciosa y resignadamente toda esa Compañía que se hizo presente en mis juegos de tantas tardes de lluvia,  se fundieron junto a envases de dentífrico y capuchones de botellas de vino para moldearse luego como plomadas de pesca.
Y como perdimos la mayoría de esos espineles de profundidad frente a los espigones de la costanera norte, ese ejército, disimulado y camuflado, duerme su sueño de gloriosas jornadas, en el barroso lecho del Río de la Plata.

Guillermo E. Barrantes [email protected]
Recuerdos de Buenos Aires, 2002