Guillermo Barrantes – Un día con Momo

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Guillermo Barrantes - Un día con Momo
Guillermo Barrantes – Un día con Momo

(recuerdos del Carnaval en el barrio de Colegiales)

MAÑANA

“En el kiosco de la Iglesia venden la bolsa de bombitas a menos de dos pesos!”.
Tras el anuncio de Cachito, nos fuimos a comprarlas.
Efectivamente estaban mucho más baratas, pero también parecían más chicas. O por lo menos tenían el pico más pequeño porque cada tres que metíamos en la canilla se nos partía una.
Las canillas de bronce con rosca, esas que abundaban en jardines y lavaderos, aunque de mayor diámetro resultaban mejores, porque una vez ajustado el borde del globito este quedaba firme allí hasta que decidíamos que la bomba estaba lo suficientemente cargada como para sacarlas; y haciéndole un nudito la dejábamos cerrada. Claro que antes debía dejarse salir el aire de adentro. Solo debía quedar agua. Ni muy inflada, ni demasiado poco. Toda una especialización cuya única forma de aprenderla era palpando, reventando, mojándose.
Sucesivos anillos de látex de colores amarillo, rojo, azul, blanco o rosa, quedarían por meses adornando ese grifo como recordatorio del pasado verano.
En cambio las canillas más modernas, aquellas de pico liso o incluso de forma rectangular, terminaban haciendo perder el tiempo. El agua se escapaba por detrás o la bombita se salía, resbalando por lo liso del cromado.
Entonces con un balde cargado con agua hasta un poco más de su mitad, transportábamos las diez o doce bombitas que acabábamos de llenar y nos escondíamos a mitad de cuadra, tras un auto a la espera que pasase alguna chica.
Pero los minutos transcurrían y tal parecía que esa mañana todas las conocidas del barrio dormían o sino….
”…Shhhh     cuidado…ahí viene Norita”…..
Norita caminaba acompañada de su mamá y ésta, que nos había visto al salir a la calle se nos anticipó con un escueto “Al primero que se le ocurra mojarnos le parto la cara de un cachetazo”.
A ninguno se le ocurrió ni siquiera insinuar mojarlas.
Carlitos, aburrido lengüeteaba el agua condensada en el exterior de su bombita y fue entonces presa de nuestra burla porque el globo finalmente cedió reventando y este terminó mojándose asimismo la cara, la remera y las zapatillas.
Como respuesta a nuestras risas aplicó un bombazo en plena cabeza  a Pancho, y así, en menos de un minuto toda la carga del balde, incluida el agua de transporte fueron a dar contra nuestros propios cuerpos.
Después de todo hacía bastante calor.
Era febrero y el sol abrasaba las veredas.
“Pan con pan …..comida de tontos!!!”, gritó Panchito molesto por haberse visto sorprendido y más aún porque en ese momento, justo en aquel momento vieron venir caminando a las hermanas de Piti y no tenían ni un pomo con que mojarlas.
Pero Picolla muy oportunamente se les unió con su nuevo invento. Un inflador de ruedas de moto que era de su padre, con el cual podía disparar un impecable chorro de agua como a quince metros de distancia.
“Pico!!! Trajiste tu pomo?….está cargado?”.
Ante la afirmativa todos volvieron a esconderse tras el auto a la espera de las víctimas, que se acercaban curiosamente tranquilas.
Picolla salió de su posición de cuclillas, se hizo visible ante Alicia y Liliana, y tras un amistoso “hola” de saludo impulsó con fuerza el émbolo del inflador.
La admirable curva del chorro de agua cruzó limpiamente la calle Céspedes y dio de lleno sobre la cara y el cuello de Liliana, quien al agacharse ante la sorpresa, permitió que el resto del agua cayera sobre la  espalda de su hermana.
“Bieeeeeeeeennnnnn!” fue el grito unánime de todos, mientras las chicas, sorprendidas aún por esta inesperada mojada a la distancia no sabían si volver sobre sus pasos o salir corriendo imaginando que ahora vendrían las bombitas.

PRIMERA TARDE

Los juegos de agua de la mañana solo habían sido un inocente divertimento entre nosotros. Apenas si habíamos podido mojar a tres mujeres y en si, más que un juego había parecido una cacería.
Jugar, pero jugar en serio era lo que organizaban los padres de Dani.
Ellos vivían en la segunda casa comenzando desde la esquina de Céspedes y Delgado. Disponían de un patio interno al que daban entre otros locales el baño con una enorme bañera a la que llenaban completamente de agua.
En la vereda enfrentada, casi a mitad de cuadra, vivía la familia de Pepe. Su mamá, su hermana casada, con su marido e hijas, y también otras mujeres que nunca supe cual parentesco las unía.
Esta casa, con un patio con pared baja y rejas a la calle se constituía en el bastión femenino.
El papá de Dani mandaba en su propia casa, el fuerte de los varones.
Pero era un juego de adultos. Allí, nosotros terminábamos siendo más espectadores que partícipes. Pero ello nos divertía igual.
Nos resultaba sorprendente ver a algunos padres y madres de nuestros amigos, a quienes siempre solíamos saludar en ropas de oficina , vestidos con un simple short, una camiseta y zapatillas o chancletas, cruzando la calle con una balde o una palangana para arrojárselo a una de las vecinas que participaban.
Alguno se caía, resbalando en el adoquinado mojado, y era entonces atrapado por un grupo de mujeres que alzándolo en vilo lo llevaban hasta el baño de la casa de Pepe y lo sumergían íntegramente en la bañera.
El atrapado salía unos momentos después chorreando agua por todo su cuerpo y era aplaudido por  quienes oficiábamos de público.
Las mujeres no recibían igual trato, aunque una vez que alguna era rodeada recibía cinco o seis baldazos de agua en su cabeza para salir caminando hacia su fuerte con las ropas pegadas al cuerpo.
Hasta que puntualmente cerca de las cinco, el viejo Ader daba por terminada la acuática batalla.
Para ello, simplemente desaparecía unos minutos en su casa, y cerrando las puertas volvía a aparecer con las ropas cambiadas, seco, bien peinado, y con sus lentes oscuros se sentaba a tomar fresco en el umbral de la puerta, observando a los más rezagados que aún contaban con unos litros de agua y esperaban descargarla sobre alguien.
Las mujeres se retiraban a sus casas, y en lo de Pepe aprovechaban para barrer los patios y la vereda que con tanta agua terminaban quedando impecables.
El propio Pepe imitaba entonces a su vecino de enfrente y antes de las seis ya nadie mostraba signos de haber participado.
Era la hora de las mascaritas.

TARDE

El grave sonido del gran bombo hacía por simpatía vibrar mi pecho y sentía como un retumbar adentro mío.
“La murga!!! Se escucha una murga!!!”.
Salimos corriendo hasta la puerta para descubrir que efectivamente en la esquina de Alvarez Thomas habían estacionado un camión del cual todavía estaban descendiendo de la caja de carga algunos de los comparsas.
Frente a la zapatería, un morocho gordo, curiosamente pintarrajeado cual si fuera un muñeco, dirigía con su ritmo no solo el bombo sino los pasos de los primeros que habían empezado a danzar.
Yo ni me había terminado de disfrazar pero quería presenciar este espectáculo que para colmo de la buena suerte se producía a escasos metros de la puerta de casa.
Un hombre flaco y alto desplegó un pabellón bordado con lentejuelas rojo oscuro con flecos brillantes en sus bordes, y comenzó a moverlo en semicírculos acompasados mostrándonos de quienes se trataba: “Los Dandy de la Calabria”.
Así rezaba el cartel, y mi tío rió porque él siempre los mencionaba recordándolos desde su propia infancia.
Con que estos eran los famosos Dandy?.
Pantalones y levita blanco brillante, con una tela que parecía seda, ribeteadas en las mangas y en la costura del pantalón con rojo oscuro decorado con lentejuelas negras. En sus espaldas el nombre de la murga o en algunos casos algún dibujo con brillantes colores.
En sus cabezas una negra galera alta, en algunos casos decorada pero en la mayoría simplemente el brillo del paño y el ribete.
Comenzaron a bajar de la vereda y ocupando media calzada de la avenida hicieron primero detenerse el tránsito para luego desviarlo mediante los gestos de una persona que sin el uniforme les iba haciendo señas para que siguiesen con cuidado.
Parecía mentira que todos hubiesen bajado de un solo camión.
Una mujer de enormes pechos movedizos se acercaba a los espectadores hombres hasta hacerlos retroceder sonrientes y algo perturbados….no! pero si no era una mujer! Era un hombre disfrazado…..
Pero mejor disfrazado aún estaba el oso. El oso Carolina. Un barbudo vestido con una chaqueta oscura  cuya falta total de mangas parecía aumentar la fuerte apariencia de sus brazos musculosos, lo mantenía a raya con una cadena que el oso llevaba anudada al cuello tal como un perro y su correa. En su otra mano el hombre llevaba un corto látigo que cada tanto hacía restallar en el aire con un ruido seco parecido al de un petardo. Pero por momentos la fuerza del oso parecía vencer a la de su cuidador y se acercaba provocando angustia a alguna mujer a la que lograba tocar en la cabeza. Esta gritaba y se llevaba las manos a la cara aún sabiendo que se trataba de un hombre disfrazado.
Entonces sonó un silbato y al bombo se le sumaron dos redoblantes y unos platillos.
Todos saltaban y brincaban al compás.
Era un ritmo contagioso y hasta algún vecino se sumaba por un instante recordando algunos pasitos quizá de su propia murga.
Los cascabeles que muchos llevaban cosidos a sus uniformes y un instrumento que lucía como un largo palo rodeado de múltiples chapitas daban el tono agudo al compás profundo del bombo.
Entonces un chico o tal vez haya sido un hombre muy pequeño, comenzó a recitar con no mucha melodía, unos sones que el resto repitió cual eco.
“Esta murga se formó….un día….”
Luego sería otro el que iniciaría un cántico que repetiría los mismos sones pero con diferente letra. El tono había subido. Yo no captaba el doble sentido pero me lo podía imaginar por las caras de picardía de muchos otros y el gesto de asco y repudio de Felipa, la enfermera.
“Una vieja se cayó…. en la punta el obelisco….y entre suspiros decía….”
Finalmente el musculoso sacándose el gorro marinero comenzó a pasarlo frente al publico y recolectó algunos pesos y monedas.
Los redobles cesaron, y del bombo solo quedó el retumbar en los oídos de todos como también la vibración de los platillos aún inquietos e ignorantes que el espectáculo había concluido.
“Vamos para Elcano!!” gritó el hombre flaco, y comenzaron a treparse al camión acomodándose cual soldaditos obedientes, todos de pie con sus trajes aún relucientes.

NOCHE

“Ahí viene! ahí viene!…..” – dijo tío Gualberto, y nos apuramos por sacar del balde un par de bombitas cada uno.
Esperamos a que el descapotado pasara apenas un par de metros más allá del balcón y dejamos caer la lluvia de proyectiles de los cuales más de la mitad dieron en el blanco.
El auto aminoró la marcha y creímos que se iba a detener por lo que con un rápido movimiento nos agachamos para quedar semiocultos tras las balaustradas del balcón. Mi tío más ágil o tal vez más rápido había ya dado dos pasos para atrás quedando a buen resguardo en la penumbra de la habitación.
Tuvimos que esperar unos cinco minutos para volver cargar el balde de bombitas y dejar que la emoción del último ataque se nos pasara.
Pero esto estaba fuera de programa. Era una picardía no permitida que nos atrevimos a hacer porque nos sentíamos autorizados por el anonimato y el calor que seguía reinando pese a la hora.
Habíamos ido todos a cenar a la casa de mi abuela, y como estábamos aburridos, nos divertimos de aquella forma. Cuando llamaron a cenar el juego concluyó.
Llegamos a casa pasadas las once y nos fuimos a dormir.
Pero por la ventana abierta llegaba el sonido de los altoparlantes del Club Colegiales. La brisa hacía que por momentos el sonido fuese claro, por momentos se alejara y solo fueran perceptibles los acompañamientos de bombo o la batería.
Imaginaba que seguramente mis amigos estarían allí con sus familias, o solos. Pero en casa, a ninguno le interesaba esas reuniones. Salvo a mí.
Así que no aguanté más y como total estaba en vacaciones qué podría ocurrir si me iba a espiar un rato?.
Salí a través de la ventana del cuartito chico que daba a la calle, cuidando de entrecerrar la hoja para que fuera poco visible que la dejaba abierta.
En la calle había bastante movimiento, y todavía algunos vecinos charlaban en voz baja sentados en la vereda adonde habían sacado algunas sillas y  sillones de mimbre.
”Buenas noches!- dije al pasar frente a lo de Larrea, donde el grupo era el más nutrido.
”Buenas noches….” me respondieron….. y escuché claramente tras mis pasos” pero si es el chico de …”
Ya al doblar en la avenida, divisé las luces de colores que colgadas desde dos arboles hacia el frente, iluminaban la entrada del club. Más cerca vi también que varias personas se encontraban taponando la puerta. Allí estaba Tico, a quien me acerque para ver si el también iba a entrar.
“No, no te dejan porque tenés que venir acompañado de algún mayor “ me comunicó.
Entonces recordé que todos los años, indefectiblemente ese amigo de papá venía con toda su familia.
Me dirigí resuelto hacia la puerta.
“Permiso….por favor permiso” dije, y me topé con un gordo que fumaba un habano apagado, vecino mío también, quien me miró como para repetirme lo que le habría ya dicho a tantos. Pero me le adelante.
“Estoy con la familia del doctor Pedreira!!!. Si,  salí un momento nada más para ir a buscar una cosa a mi casa!”.
El gordo torció la boca, pero se hizo a un lado casi empujándome para que ingrese.
En el hall hacía un calor espantoso, y varios tipos vestidos como mozos, arrastraban tres tachos grandes llenos de barras de hielo y bebidas, mal cubiertas con arpilleras.
Antes de concluir el pasillo que llevaba al fondo, habían dispuesto una mesa improvisada donde una chica casi de mi misma edad vendía serpentinas, antifaces, papel picado, cornetas, y lanzaperfumes.
En el patio se respiraba otro aire, pero el volumen del sonido resultaba casi insoportable.
De un lado habían dispuesto las mesas, del otro un escenario de tablas cubiertos sus laterales con papeles crepé y adornado con banderines y luces de colores. Entre ambos un sector previsto como pista de baile.
Cuando ingresé estaba hablando un locutor quien se encontraba contando una historia que no llegue a entender pero que la gente aplaudió con cierto desgano.
En la cuarta mesa, efectivamente estaba Pedreira. Ex compañero de juegos y de estudios de mi papá y de mi tío Enrique; amigo de la familia desde siempre. Lo acompañaban su esposa, sus hijas y su sobrina Martita.
“Hola!!!…. viniste solo?” me preguntó amablemente el doctor en cuanto me acerque un poco y me reconoció.
No pude mentirle, y le conteste afirmativamente.
“Veni…sentate aquí con nosotros!!!….. querés tomarte una coca?”.
Pero a mi me daba vergüenza que me tratase de ese modo, porque si bien yo era un chico todavía, pensaba que podía actuar como si no lo fuera, y con esta invitación todos mis planes de salir a bailar se desbarataban. También me daba vergüenza por Martita que  aunque apenas un año mayor que yo, parecía ya toda una mujer y realmente estaba muy linda aquella noche.
Mis planes cambiaban solos, aunque las cosas no terminaron saliendo tan mal.
Se escucharon los primeros acordes de un tangazo y a Pedreira le brillaron los ojitos. Miró a su mujer y sin mediar palabras salieron a la pista mandándose de entrada un par de firuletes que le valieron un sincero aplauso de algunas familias que los observaban.
Como las chicas se habían ido a jugar con la serpentinas me quedé solo con Martita, que parecía sumamente aburrida.
Claro, pensé que ella hubiese preferido salir con Oscar, su novio, pero Oscar era un tipo pendenciero y seguramente no lo verían con buenos ojos en la casa del doctor. Así que me quedé charlando con ella. Hasta preferí no salir a bailar cuando la esposa de Pedreira nos propuso hacerlo.
“Dale, parecen dos viejos!! Por que no salen a bailar un poco! Miren que linda música” y mientras esto nos decía, se movía sentada tratando de seguir el compás de una cumbia que estaba sonando.
Entonces Martita dijo que no se sentía bien. Que se quería ir a la casa. Dirigiéndose a mi, me preguntó si la podía acompañar.
Sonaba absurdo. Porque ellos vivían a menos de tres cuadras de allí, y porque de haber ocurrido algo serio de poca ayuda podría haber servido yo en aquel entonces.
Pero lo de Martita era una excusa. Tenía planeado encontrarse con Oscar, y yo le serviría de coartada.
Sin embargo tampoco a ella las cosas le salieron como lo había planeado.
Oscar no apareció, por lo que permanecimos juntos primero en aquella esquina y luego sentados en el umbral de una casa por mas de dos horas, de modo que pude darme corte con varios de mis amigos y conocidos que por allí pasaron, tanto esa noche como los días subsiguientes.

Guillermo E. Barrantes [email protected]
Recuerdos de Buenos Aires, 2002