Estampas de mi barrio, Colegiales por Vigía

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Hace muchos años que las calles de mi barrio, toleran mis caminatas matinales; me muestran las cosas nuevas que aparecen día a día y yo las guardo junto con las que ya no están; pero que tengo archivadas en mi memoria.

por Vigía
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Avenida Lacroze y Cramer,  la barrera… qué en buena hora ya no queda. El bar que sigue estando está en esa esquina, una tasca donde Míster Chapman tomaba su café con «chirolita» en la valija. 
 
Cramer esquina Jorge Newbery, el Centro Montañés; donde organizaba los bailables Antonio Barros, reuniones a las que dio en llamar «Una ventana al éxito». 
 
Avenida Dorrego, la escuela técnica, La iglesia San Juan Bosco, el Mercado de las Pulgas, la avenida Álvarez Thomas aun con el empedrado que después cubrió el asfalto.
 
El viejo tranvía que ya es historia. ¡Como rechinaban las ruedas al restregarse con los rieles en la vuelta de la esquina!  La estación donde se guardaban en Arredondo y Álvarez Thomas, después asignadas a los trolebuses. Hace largo tiempo que no existe, ahora hay un espacio verde, la plaza San Miguel de Garicoits, un sitio mucho más agradable que aquel vetusto galpón lleno de tranvías y «troles» pero también con muchas ratas.
 
Ahí mismo, el lugar de Buenos Aires que tiene más esquinas, se cuentan ocho y no es mentira.
 
Avenida El Cano y Delgado, donde también finaliza la calle Virrey Olaguer y Feliú, en ese encuentro de calles aún existe una señorial vivienda con jardín en el frente, que fue la morada de una pareja que en la década de 1940-50 ocuparon las carteleras tangueras, Sabina Olmos y Carlos José Pérez (Charlo).
 
Hubo un momento en que Virrey Olaguer y Feliú al encontrarse con su similar General Martínez se interrumpía, para continuar con su destino de calle a partir de la próxima que es Superí, (que hoy luce una bici-senda que va y que viene) y de allí hasta Cramer paralela a las vías del ferrocarril.
 
En esa cuadra de calle discontinua, había un largo paredón de ladrillos sin revoque, eran restos de un predio donde en un tiempo lejano existió un horno de ladrillos y luego una quinta de verduras, el último vestigio de una época donde la zona era conocida como «La Calabria» poblada por inmigrantes italianos.
 
En ese baldío callejero los pibes del barrio hacían los «picados», clásicos encuentros futboleros de barrio contra barrio.
 
Ni bien terminaba el paredón estaba Mingo, el peluquero del barrio, luciendo sus grandes bigotes blancos. 
 
Las peluquerías para hombres eran el lugar de reunión de todos los vecinos del barrio, tarde o temprano había que ir a «poner la cabeza» en manos de Mingo.  Mientras este hacía su tarea, se hablaba y se contaban casos y cosas, la historia del barrio se escribía en ese lugar, la peluquería. 
 
En esa cuadra no había otra cosa, solo la peluquería y esa especie de potrero, hasta que un día abrieron la calle y todo fue distinto, llegó el asfalto, los coches, las construcciones y demás yerbas. 
 
También partió Mingo, ya no está con nosotros, se fue a tijeretearles el pelo a los que alzaron el vuelo antes que él y lo esperaban en ese mundo intangible, donde van los que abandonan esta vida terrenal.
 
Lo imagino en una nube blanca como sus grandes bigotes, aguardando a sus clientes de siempre, esgrimiendo sus tijeras que ahora son celestes como  el cielo-raso de su espacial peluquería, Algún día yo también he de llegar y como antes le diré:
 
 – Mingo, haceme una «media americana».
 
Recuerdos que son parte de una época que se fue y con ella los mejores años de la vida; cuando estamos vestidos con las ropas que creemos invulnerables de la juventud, y no tenemos conciencia de que no son tal, que el tiempo avanza inexorable y va destruyendo esa frágil cobertura.
 
Foto: Ariel Sebastián Becker – Paso a nivel. Virrey Avilés y Cramer
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