El Sable Corvo de San Martín – 2da. parte – por Mabel Alicia Crego

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Como expreso en la primera parte, don José Francisco de San Martín, antes de embarcarse para América, adquiere en Londres, a fines de 1811, el sable corvo que lo acompañaría durante toda su campaña libertadora en tierra americana.

 
En el año 1814, San Martín aceptó el cargo al mando del ejército del Norte en reemplazo del General Belgrano, pero hizo saber a las autoridades que sería inútil insistir por la vía del Alto Perú y que se retiraría a Córdoba para reponerse de los dolores causados por su úlcera estomacal y terminar de delinear las bases de su nueva estrategia militar consistente en cruzar la cordillera, liberar a Chile y de allí marchar por barco para tomar el bastión realista de Lima. 
 
Repuesto parcialmente de sus males, pero con el plan terminado y aprobado, logró ser nombrado gobernador de Cuyo. En Mendoza comenzó los preparativos para su ambicioso plan sin descuidar las tareas de gobierno. Fomentó la educación, la agricultura y la industria y creó un sistema impositivo igualitario cuidando que pagaran más, los que más tenían.
 
Todo el pueblo cuyano colaboró, según sus posibilidades, para armar y aprovisionar al Ejército de los Andes. El propio gobernador dio el ejemplo reduciendo su propio sueldo a la mitad. Se destaca su condición de humanista, de hombre solidario, informado y preocupado por los padecimientos de sus congéneres y atento a solucionarlos en la medida de sus posibilidades y muchas veces por encima de ellas.
 
San Martín debió enfrentar, en Cuyo, la oposición de los hermanos Carreras, exiliados chilenos, y también a gran parte de los propios mendocinos que no estaban de acuerdo con la causa. Pero poco a poco y gracias toda la ayuda de los Sanjuaninos, Puntanos y Mendocinos pudo llevar a cabo la inmensa tarea de organización, entrenamiento y aprovisionamiento de los 5000 hombres. 
 
San Martin arenga a sus tropas diciendo: «Compañeros del Ejército de los Andes, La guerra se la tenemos que hacer como podamos, si no tenemos dinero; carne y tabaco no nos tiene que faltar. Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos tejan nuestras mujeres y si no andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios, seamos libres y lo demás no importa. Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje.»
 
Durante muchos tramos, San Martín, debió ser trasladado en camilla debido a los terribles dolores provocados por la úlcera. A poco de cruzar los Andes, el 12 de febrero de 1817, las fuerzas patriotas derrotan a los españoles en la cuesta de Chacabuco, iniciando de esa forma la independencia de Chile. El 19 de marzo del año siguiente las fuerzas patriotas sufrieron una derrota en Cancha Rayada. Afortunadamente el General Las Heras logró salvar a su cuerpo y en base a estos hombres pudo reorganizarse un ejército de 5.000 hombres y vencer definitivamente a los realistas en Maipú el 5 de abril de 1818.
 
El 20 de agosto de 1820 partió, desde el puerto chileno de Valparaíso, la expedición libertadora. La escuadra estaba formada por 24 buques y conducía a unos 4.800 soldados. El 12 de septiembre la flota fondeó frente al puerto peruano de Pisco. Una división al mando del General Arenales se dirigió hacia el interior del Perú con el objetivo de sublevar a la población y obtuvo la importante victoria de Pasco el 6 de diciembre de 1820. Por su parte San Martín ordenó bloquear el puerto de Lima. Así, el virrey De la Serna, se vio acosado por todos los flancos y debió rendirse el 10 de julio de 1821. Ese día entró victorioso el general San Martín a la capital virreinal. Lima.
 

Monumento a San Martín en la plaza del mismo nombre en Lima, Perú

El 28 de julio de 1821 San Martín declaró la independencia del Perú. Se formó un gobierno independiente que nombró a San Martín con el título de Protector del Perú, con plena autoridad civil y militar. En un principio el general se había negado a aceptar el cargo, pero el clamor popular y los consejos de su amigo y secretario, Bernardo de Monteagudo, le hicieron recordar que el peligro realista no había desaparecido, que las fuerzas del virrey se estaban reorganizando en los cuatro puntos cardinales del Perú y que por lo tanto su presencia se hacía imprescindible para terminar definitivamente con el dominio español. 
 
San Martín abolió la esclavitud y los servicios personales (mita y yanaconazgo), garantizó la libertad de imprenta y de culto, creó escuelas y la biblioteca pública de Lima. Debió enfrentar graves dificultades financieras, lo que creó entre la población un creciente descontento. Pese a las dificultades San Martín pudo controlar la situación y lograr la rendición de los realistas del Sur y del Centro. Mientras San Martín llevaba adelante su campaña desde el Sur el patriota venezolano Simón Bolívar, lo venía haciendo desde el Norte. El general Sucre, lugarteniente de Bolívar, solicitó ayuda a San Martín para su campaña en Ecuador. El general argentino le envió 1600 soldados que participaron victoriosamente en los combates de Riobamba y Pichincha, que garantizaron la rendición de Quito. 
 
Finalmente los dos libertadores decidieron reunirse. La famosa entrevista de Guayaquil, en Ecuador, se realizó entre los días 26 y 27 de julio de 1822. Había entre ellos diferencias políticas y militares. Mientras San Martín era partidario de que cada pueblo liberado decidiera con libertad su futuro, Bolívar estaba interesado en controlar personalmente la evolución política de las nuevas repúblicas. El otro tema polémico fue quién conduciría el nuevo ejército libertador que resultaría de la unión de las tropas comandadas por ambos. San Martín propuso que lo dirigiera Bolívar pero éste dijo que nunca podría tener a un general de la calidad y capacidad de San Martín como subordinado. El general argentino tomó entonces una drástica decisión: retirarse de todos sus cargos, dejarle sus tropas a Bolívar y regresar a su país. 
 
Tras la entrevista de Guayaquil San Martín regresó a Lima y renunció a su cargo de Protector del Perú. 
 

Monumento a San Martín en Chile, frente a la Casa de la Moneda

Partió luego rumbo a Chile donde permaneció hasta enero de 1823. Cruzó por última vez los Andes, estuvo unos días en Mendoza y pidió autorización para entrar en Buenos Aires para poder ver a su esposa, que estaba gravemente enferma. Rivadavia, ministro de gobierno del gobernador Martín Rodríguez, le negó el permiso, argumentando que no estaban dadas las condiciones de seguridad para que San Martín entrara a la ciudad. 
 
San Martin decide dejar el sable corvo, en la que tierra mendocina, bajo la custodia de una familia amiga.
 
Ante el agravamiento de la salud de Remedios y pese a las amenazas, San Martín decidió viajar igual a Buenos Aires pero lamentablemente llegó tarde. Su esposa ya había muerto sin que él pudiera compartir al menos sus últimos momentos. 
 
Difamado y amenazado por el gobierno unitario, San Martín decidió abandonar el país en compañía de su pequeña hija Mercedes rumbo a Europa. Merceditas tenía siete años y recién ahora conocería de verdad a su padre. San Martín comenta en una carta a su entrañable amigo Tomás Guido: «Cada día me felicito más y más de mí decisión de haberla conducido a Mercedes conmigo a Europa y arrancado del lado de doña Tomasa (su suegra). Esta amable señora con el excesivo cariño que le tenía me la había resabiado, como dicen los paisanos, en términos que era un diablotín…». 
 
En 1825 redacta las famosas máximas, una serie de recomendaciones para su educación en caso de que él no estuviera a su lado. Allí le aconseja el amor a la verdad, la tolerancia religiosa, la solidaridad y la dulzura con los pobres, criados y ancianos; amor al aseo y desprecio al lujo. Tras pasar brevemente por Londres, San Martín y su hijita se instalaron en Bruselas. En 1824 pasan a París para que Mercedes complete sus estudios.
 
En febrero de 1829 llega al puerto de Buenos Aires pero no desembarca. Se entera del derrocamiento del gobernador Dorrego y de su trágico fusilamiento a manos de los unitarios de Lavalle. Muchos oficiales le envían cartas a su barco y lo van a visitar con la intención de que se haga cargo del poder. San Martín se niega porque piensa que tome el partido que tome tendrá que derramar sangre argentina y no está dispuesto a eso. Triste y decepcionado decide regresar. 
 
Pasa unos meses en Montevideo y finalmente retorna a Francia. En 1832 una epidemia de cólera asoló Francia. San Martín y su hija Mercedes, fueron afectados por esa grave enfermedad. Los trató un médico argentino, Mariano Balcarce, hijo de un viejo amigo y camarada de armas de San Martín, el general Antonio Balcarce, vencedor de Suipacha. Mariano atendió durante meses a los San Martín, aunque podría decirse que sobre todo prestó mucha atención a Mercedes. Pero la cosa fue mutua y el 13 de diciembre de 1832 Mariano Balcarce y Mercedes San Martín se casaron y se fueron de luna de miel a Buenos Aires. Les escribe a su yerno Mariano Balcarce y a su Merceditas diciéndoles: «les encargo se traigan es mi sable corvo, que me ha servido en todas mis campañas de América, servirá para algún nietecito si es que lo tengo». El sable lo acompañó desde entonces en Gran Bourg, primero y en Boulogne -Sur-Mer, después, hasta su muerte, en 1850.
 
En 1838, durante el gobierno de Rosas, los franceses bloquearon el puerto de Buenos Aires. Inmediatamente José de San Martín le escribió a don Juan Manuel ofreciéndole sus servicios militares. Rosas agradeció el gesto y le contestó que podían ser tan útiles como sus servicios militares las gestiones diplomáticas que pudiera realizar ante los gobiernos de Francia e Inglaterra. Al enterarse del bravo combate de la vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, cuando los criollos enfrentaron corajudamente a la escuadra anglo-francesa, San Martín volvió a escribirle a Rosas y a expresarle sus respetos y felicitaciones: «Ahora los gringos sabrán que los criollos no somos empanadas que se comen así nomás sin ningún trabajo».
 
San Martín para ese entonces estaba muy enfermo. Sufría asma, reuma, úlceras y estaba casi ciego. Su estado de salud se fue agravando hasta que falleció el 17 de agosto de 1850. En su testamento pedía que su sable fuera entregado a Rosas «por la firmeza con que sostuvo el honor de la república contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla» y que su corazón descansara en Buenos Aires. Esta última voluntad se cumplió en 1880, cuando el presidente Avellaneda, recibió los restos del libertador.
 

Acto de restitución del Sable Corvo de San Martín al Museo Histórico Nacional

Por carta fechada el 30 de agosto, Mariano Balcarce le escribe a Rosas expresándole, con referencia a la muerte del General San Martín, y de su testamento, lo siguiente: «como albacea suyo, y en cumplimiento a su última voluntad me toca el penoso deber de comunicar a V.E. esta dolorosa noticia, y la honra de poner en conocimiento de V.E. la siguiente cláusula de su testamento: «3ro.  El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sur le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tentaban de humillarla».                    .
 
A su vez Rosas, en su testamento, dispone en la cláusula decimoctava: «A mi primer amigo el Señor D. Juan Nepomuceno Terrero se entregará la espada que me dejó el Excelentísimo Señor Capitán General D. José de San Martín («y que lo acompañó en toda la Guerra de la Independencia») «por la firmeza que sostuve los derechos de mi Patria». Muerto mi dicho amigo pasará a su esposa la Señora D. Juanita Rábago de Terrero, y por su muerte a cada uno de sus hijos e hija, por escala de mayor edad».                           
 
A la muerte de Rosas, en 1877, ya había fallecido Juan Nepomuceno Terrero correspondiéndole, conforme a cláusula testamentaria, la posesión a Máximo Terrero, hijo mayor, y de Manuelita Rosas.        
          
En 1896, el entonces director del Museo Histórico de la Capital, don Adolfo P. Carranza, solicitó por carta a Manuelita Rosas la donación al Museo Histórico del Sable del Libertador.                      .
 
Con fecha 26 de noviembre de ese mismo año le contesta Manuelita Rosas de Terrero a Carranza, expresándole, en la parte fundamental de su misiva que: «Al fin mi esposo, con la entera aprobación mía y de nuestros hijos, se ha decidido en donar a la Nación Argentina este monumento de gloria para ella, reconociendo que el verdadero hogar del Sable del Libertador, debiera ser en el serio del país libertó» requiriéndole, posteriormente, el pedido oficial respectivo para el envío del sable.                       
 
Con fecha 20 de diciembre Carranza, conforme al requerimiento efectuado, se dirige por nota oficial a Máximo Terrero, pidiéndole la donación del Sable Corvo del General San Martín.   
 
Con fecha 1º de febrero de 1897, Terrero contesta la nota oficial al Director del Museo Histórico, expresándole en su parte resolutiva:                                        
 
«Mi contestación es el envío de la prenda a Buenos Aires, acompañarla de una nota dirigida al Presidente de la República, suplicando a S.E. se sirva aceptarla en calidad de una donación hecha a la Nación Argentina, en nombre mío, de mi esposa, de nuestros hijos y al mismo tiempo manifestando el deseo que sea depositada en el Museo Histórico Nacional».
 
En la nota dirigida por Máximo Terrero al Presidente de la República, doctor José Evaristo Uriburu, le expresa:
 
«En virtud de esta solicitud, la presente tiene por objeto ofrecer a V. E. en su carácter de Jefe Supremo de la República, este monumento de gloria para nuestro país, siendo mi deseo donar a la Nación Argentina, para siempre, este recuerdo, quizá el más interesante que existe, de su valiente Libertador». 
 
«Suplico a V. E. se digne aceptar la ofrenda que hago a patria en nombre mío, de mi esposa Doña Manuela Rozas de Terrero y de nuestros hijos, y si bien en caso de ser aceptada la donación, nos fuera permitido expresar nuestro deseo en cuanto al destino que se le diera al sable, sería el que fuese en el Museo Histórico Nacional, con su vaina y caja tal cual fue recibido el legado del General San Martín».                          
 
En la misma época, el 25 de enero, se extendió en la Legación Argentina de Londres, a cargo entonces del poeta Luis Domínguez, un certificado donde constan los sellos colocados en la que contenía el sable corvo, en su vuelta de regreso a América y en el que se expresaba: «y deseando mandarla al Señor Presidente de la República Argentina para que se conserve en Buenos Aires perpetuamente, pide al Ministro de la República que suscribe, que haga poner el sello de la Legación para constancia, y para entregarla así sellada en Buenos Aires».                       .
 
La caja conteniendo el sable corvo fue embarcada en el «Danube» de la Royal Mail, desde el puerto de Southampton para Buenos Aires, donde fue desembarcada, previo trasbordo desde la corbeta «La Argentina», el día jueves 4 de marzo de 1897.
 
El Presidente de la República decreta: 
 
Artículo 1º: El sable que usó el General Don José de San Martín en las campañas de la independencia sudamericana, remitido al Presidente de la República por el Señor Máximo Terrero, y de que hará entrega el Señor Juan Ortiz de Rozas, se depositará en el Museo Histórico».                .
 
Artículo 2º: La comisión de Jefes nombrados por el Estado Mayor General del Ejército hará entrega de dicho sable al Director del Museo Histórico».
 
Artículo 3º: Comuníquese, etc. Uriburu-G. Villanueva».
 
El sable trasladado desde el puerto fue entregado en el Salón de Ceremonias de la Casa de Gobierno al Presidente de la República, por el Señor Juan Manuel Ortiz de Rozas, en nombre de la familia Terrero. Posteriormente, el Presidente Uriburu lo entregó al Teniente General Donato Álvarez, Presidente de la Comisión Militar designada para tal evento, para que lo entregase al Museo Histórico Nacional.                    
 

Restitución del Sable de San Martín al Museo Histórico Nacional

Poco después, en dicho local, se formalizó el acto de entrega, labrándose el acta, que en su parte de interés, expresa: «y procedieron a entregar en nombre del Excmo. Señor Presidente de la República una caja, dentro de la que estaba un sable y los documentos que comprueban ser éste el que perteneció al Libertador José de San Martín y que legado en su testamento al General Juan Manuel de Rozas, era donado por su familia a la Nación Argentina, para ser depositado en ese establecimiento».               .
 
Recibido por el Señor Carranza, manifestó que «aquél sería colocado y guardado con la dignidad y atención que merece, como que era representativo de la gloriosa guerra de la emancipación americana».         
        
Faltó la explicación de por qué Rosas hereda el sable de San Martín. No es un detalle menor, pues muestra que el Libertador no varió ni un ápice su manera de pensar con respecto a la libertad de nuestra Patria. Y encontró en Rosas a un fiel continuador de su obra. (Cláusula 3º. de su testamento).
 
El sable de la batalla de san Lorenzo fue el CORVO!! San Martin le dio su bautismo de fuego en esa batalla!!!. Es más, cuando cae de su caballo por la primera ráfaga, el sable tiene detalles de ese golpe.
 
El general José de San Martín, le lega su glorioso sable libertador a Juan Manuel de Rosas el día 23 de enero de 1844, que es cuando escribe su testamento político en París, Francia. La tercera cláusula del documento, decía lo siguiente: «El Sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla».
 
Sin embargo, el Restaurador de las Leyes recién se enterará de semejante gesto de gratitud, una vez que muere San Martín. 
 
En Southampton, Inglaterra, Rosas recibe el sable del Libertador, dándose cumplimiento a lo establecido en la tercera cláusula testamentaria de San Martín de 1844. En su chacra de Burguess Street Farm, Juan Manuel de Rosas tenía exhibida la reliquia dentro de un cofre, en cuya tapa hizo colocar una chapa de bronce en la que estaba grabada la cláusula del testamento ya citado.
 
Juan Nepomuceno Terrero era el padre de Máximo Terrero, esposo de Manuelita Robustiana Rosas (hija del Restaurador). Juan Nepomuceno fue amigo de toda la vida de Juan Manuel de Rosas, incluso fueron socios en el primer negocio que ambos emprendieron: el Saladero «Rosas, Terrero y Cía.», abierto a finales de 1815. Al morir Rosas el 14 de marzo de 1877, el sable legado quedó en poder de Máximo Terrero, dado que los padres de éste ya habían fallecido.
 
A mediados de 1896, el doctor Adolfo P. Carranza, entonces director del Museo Histórico Nacional, se interesó en la idea de repatriar el sable de San Martín. Gracias a los oficios de Antonino Reyes, ex edecán de Rosas, Carranza le manda decir a Manuela Rosas de Terrero que done el sable corvo de las campañas libertadoras al museo que dirige. En un tramo, señala Carranza: «Vengo a rogar a V. haga la donación al Museo Histórico, en nombre de su señor padre, del sable que recibió». Esta carta, fechada el 5 de septiembre de 1896, fue respondida el 27 de noviembre de ese mismo año por Manuela Rosas, quien le aclara a Carranza que «al fin mi esposo, con la entera aprobación mía y de nuestros hijos, se ha decidido en donar a la Nación Argentina este monumento de gloria para ella, reconociendo que el verdadero hogar del sable del Libertador, debiera ser en el seno del país que libertó».
 
Máximo Terrero, esposo de Manuela Rosas, le manda decir al presidente de la Nación, doctor José Uriburu, el 1° de febrero de 1897 desde Londres que «el sable será remitido en estos días a mi sobrino político, el señor Juan Manuel Ortiz de Rozas, bajo todas las precauciones y formalidades del caso, y este señor en representación nuestra, tendrá el honor de ponerlo en manos de V.E.». Concretados los trámites para la definitiva repatriación de la espada de San Martín, el 5 de febrero salió de Southampton para Buenos Aires el vapor «Danube», trayendo a bordo el sable glorioso. La noticia fue confirmada telegráficamente a Manuela Rosas ese mismo día, mientras que el periódico «El Día» de La Plata, publicaba la novedad el 6 de febrero.
 
A pesar de la magnitud del evento, solamente la Asociación de la Prensa fue la única entidad que dirigió al pueblo una invitación para que éste se adhiriera al acto patriótico, pero con la carga de que dicha invitación fue formulada el mismo día del arribo del vapor «Danube». Las vacilaciones de las autoridades encargadas de formular el programa de festejos, motivaron este tipo de improvisaciones. La invitación, por lo tanto, no tuvo el éxito que se esperaba.
 
Finalmente, el «Danube» arribó con el sable del Libertador en la mañana del domingo 28 de febrero de 1897. Los únicos asistentes al acto fueron un grupo de personas allegadas a Juan Manuel Ortiz de Rozas, algunos miembros de la Asociación de la Prensa de la ciudad de La Plata y uno que otro representante de los diarios de Buenos Aires, a los que se sumaba un pequeño grupo de vecinos de Ensenada y Nadie más.
 
Veamos, lo que publicaba el diario «La Prensa» el 1° de marzo de 1897: «Desagradable impresión ha causado entre la poca concurrencia que acudió ayer a presenciar el trasbordo de la espada que perteneció al General San Martín, desde el vapor mercante «Danube» que lo ha conducido desde Southampton, a la corbeta «La Argentina». 
 
La ausencia de representación de los gobiernos, y la poca publicidad dada al acto, contribuyó a que aquella ceremonia solo fuera presenciada por unas pocas personas».
 
La corbeta «La Argentina» quedó fondeada en el puerto de La Plata hasta el 3 de marzo de 1897, ocasión en que zarpó al puerto de la ciudad capital. 
 
La reliquia militar llegaba a Buenos Aires en la mañana del 4 de marzo, día fijado para su recepción por el presidente de la Nación, José Evaristo Uriburu. Aguardaban en el puerto la Escuela de Grumetes de la Armada con su banda de música, lo mismo que una veintena de niños del Patronato de la Infancia. Sin embargo, la comisión de generales designada por el Estado Mayor del Ejército para que conduzca el sable hasta la Casa Rosada estuvo ausente. Ante esta vergüenza, en el momento hubo que nombrar a un presidente para la acéfala comisión, cargo que recayó en el teniente general retirado Donato Álvarez. Como puede verse, fue muy poco interés demostrado para recibir la espada que ciñó el Padre de la Patria y que heredó, Juan Manuel de Rosas.
 
La espada estaba dentro de una caja y con su respectivo documento que avalaba la autenticidad de la pieza. La caja era sostenida por cuatro marineros de la dotación de la corbeta «La Argentina». Delante de aquélla se ubicaban Donato Álvarez y Juan Manuel Ortiz de Rozas, y, detrás del cofre, le seguían los integrantes de la Comisión Militar (coroneles y tenientes coroneles, pues ningún general se hizo presente), la Escuela de Grumetes de la Armada (bajo el mando del teniente de Navío Bárcena) y unas 1.200 personas que eran parte del público que no quiso perderse la emoción de lo que se estaba viviendo.
 
Con solemnidad, el sable corvo le fue entregado al presidente José Uriburu, quien aguardaba dentro de la Casa de Gobierno junto a sus Ministros, Jefes y Oficiales del Ejército y la Armada. Un decreto firmado por Uriburu un día antes, el 3 de marzo, manifestaba en su artículo 1° que «el sable que usó el Gral. Don José de San Martín en las campañas de la Independencia Sudamericana, remitido al Presidente de la República por el Sr. Máximo Terrero y del que hará entrega el Sr. Juan Ortiz de Rozas, se depositará en el Museo Histórico».
 

Restitución Sable Corvo al Museo Histórico Nacional

Allí permaneció el sable corvo, bajo custodia del Museo Histórico Nacional hasta el 12 de agosto de 1963, día en que fue robado por motivos políticos, por Osvaldo Agosto (quien ideó el plan y estuvo a cargo de su parte operativa), Manuel Gallardo, Aristides Bonaldi y Luis Sansoulet, todos integrantes de la Juventud Peronista.
 
Indicó que el objetivo del robo fue poner en ridículo al «régimen» y a las Fuerzas Armadas, apropiándose del arma de San Martín, que había legado. El sable corvo que lo acompañó durante toda su campaña en tierra americana fue donado a Juan Manuel de Rosas por su exitosa defensa contra Gran Bretaña y Francia, para luego entregársela a Juan Perón, quien seguía exiliado en Madrid. 
 
Para poner fin a secuestros y torturas, Aníbal Demarco, que tenía la misión de llevarle el Sable a Perón, acordó con otro miembro de la resistencia peronista, el ex capitán del Ejército Adolfo Philippeaux, la devolución de la reliquia al Ejército.
 
El sable fue robado nuevamente el 19 de agosto de 1965 por otro grupo de la Juventud Peronista y entregado un año después, a los servicios del Ejército luego de diversos avatares. Desde entonces estuvo bajo custodia en el Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín, y fue colocado dentro de un templete blindado, construido para tal efecto, por donación del Banco Ciudad de Buenos Aires.
 
Por decisión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, el sable corvo fue trasladado por el Regimiento de Granaderos a Caballo y reintegrado el día 24 de mayo de 2015 al lugar del que había salido en 1967, por mandato de Juan Carlos Onganía. 
 
Durante el trayecto, el sable corvo, fue bendecido por el arzobispo Mario Poli en la Catedral Metropolitana, delante del Mausoleo que guarda los restos del general San Martín. Desde ese lugar lo trasladaron con el acompañamiento de miles de personas, y más de 200 granaderos a caballo, hacia el Museo Histórico Nacional, donde lo esperaban una multitud, escuelas de la zona con sus abanderados, y la fanfarria de granaderos tocando la marcha a San Lorenzo. Allí en una sala especial del museo, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner lo coloco en una caja de vidrio blindada, custodiada por dos granaderos.
 
Reposa junto a las espadas de otros próceres, entre ellos el mismo Juan Manuel de Rosas, Manuel Belgrano y Manuel Dorrego. 
Mabel Alicia Crego email
  Docente de Barracas
FUENTES:
  • «La voz del gran jefe» Felipe Pigna
  • «José de San Martin» escritos humanísticos y estratégicos Felipe Pigna.
  • Datos de Horacio Antúnez, Miembro Asociación Cultural Sanmartiniana.
  • «La cuna del Héroe» Carlos Salas experto en estudios sanmartinianos
Imágenes:
  • – Distintos momentos del acto de devolución del Sable Corvo al Museo Histórico Nacional, donde estuvo desde fines del siglo XIX hasta 1967, cuando el dictador Juan Carlos Onganía decidió instalarlo en el Regimiento de Granaderos a Caballo.
  • – Monumento a San Martín en la plaza del mismo nombre en Lima, Perú
  • – Monumento a San Martín en Chile, frente a la Casa de la Moneda

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