El misterio de los túneles coloniales de Buenos Aires

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Foto de la galería norte de los túneles bajo el mercado del centro. Revista PBT, 1906.
Foto de la galería norte de los túneles bajo el mercado del centro. Revista PBT, 1906.

Nadie se ha puesto de acuerdo sobre el significado de los túneles coloniales que recorren buena parte de la zona sur y céntrica de Buenos Aires. Proliferan las explicaciones y ninguna de ellas alcanza a descartar a las demás con la fuerza de lo demostrado. La historia quiere documentos. Y en esta cuestión de túneles, que por eso mismo, quizá, es tan oscura como oscuros e impenetrables a la luz son los pasadizos que corren bajo tierra, nadie ha encontrado todavía el ignorado manuscrito que ilumine una penumbra que tiene ya una larga proyección de tres siglos.

Por Jorge Larroca*

Acaba de crearse una comisión municipal permanente que deberá estudiar las condiciones de seguridad que ofrece el subsuelo de la ciudad, especialmente el de la zona sur, donde está la parte más vieja de Buenos Aires. La preside el ingeniero Carlos L. Krieger, de la Dirección de Servicios Públicos, y está integrada por los señores Juan C. Del Cerro, Carlos A. Giannoni, Carlos Sandullo todos ellos de organismos comunales y Jorge M. Santas, director del Museo de Arte Hispano Americano. La frecuente aparición de túneles y de recintos subterráneos como consecuencia de derrumbamientos o construcciones ha determinado que un grupo de especialistas se ocupe, por primera vez oficialmente, de todos los aspectos relacionados con su existencia. Se trata de establecer, en primer lugar, qué inconvenientes pueden crear a la
población y, además, de considerar esas construcciones bajo nivel desde un punto de vista eminentemente histórico, proponiendo las soluciones más adecuadas. El ingeniero Krieger que viene investigando el tema desde hace mucho tiempo- nos dijo que consideraba apresurado adelantar detalles sobre la mecánica de la tarea que aguarda a la comisión. En nuestra búsqueda de antecedentes hablamos con el arquitecto Héctor Greslebin, tal vez el primero
que se ocupó de estas cuestiones con metodología científica y autor de una obra que publicará próximamente; declinó formular cualquier tipo de referencias, aunque admitió haber hecho entrega al ingeniero Krieger, a pedido de éste y cuando se iniciaban las tareas de la comisión, de gran parte de su archivo sobre la materia. No ha pasado inadvertido que las
autoridades encargadas de designar a los miembros del organismo oficial hayan olvidado el nombre del arquitecto Greslebin, alta autoridad en túneles coloniales.

A la espera del funcionamiento de la comisión comunal y de la publicación del trabajo mencionado haremos una reseña de los hallazgos más importantes que se dieron a conocer, periodísticamente, desde el 1900 a la actualidad. Insistimos: ahora, en junio de 1967, todavía no se ha publicado libro alguno sobre el tema. El ex director del Museo Etnográfico, señor F. F. Outes, anunció en 1928 la inminente aparición de una obra suya. Si así fue, nadie se enteró. El primer libro sobre túneles coloniales de Buenos Aires será el de Greslebin. Tampoco se han hallado documentos en los archivos. Queda, pues, el testio periodístico, motivado por la aparición, en distintas épocas y lugares, de estas sorprendentes manifestaciones de la arquitectura de las primeras épocas de Buenos Aires.

Resulta curioso comprobar que pasara tanto tiempo sin que alguien escribiese sobre las galerías subterráneas. ¿Eran, acaso, un tema tabú? Se cree que los primeros subterráneos datan de fines del 1600, es decir, un siglo después de la fundación de la ciudad por Garay. Durante todo el 1700 y la mayor parte del 1800, ni una sola mención cuya existencia sea pública y notoria.

¿Existiría una especie de tácita censura acerca de estas cuestiones?… Lo cierto es que la primera noticia data de 1865, o sea, una fecha dos siglos posterior a la que se presume que se construyeron las galerías del subsuelo porteño. Doscientos años durante los cuales muy pocos habrán tenido conocimiento de esa red oculta y vedada. Quienes la conocieron, o supieron de su existencia, no demostraron interés en dejarlo documentado. De esa circunstancia deriva, probablemente, el halo de misterio, la sensación de sobre lacrado que ha rodeado siempre toda referencia sobre el tema. Por eso, cuando una excavación deja a la vista un trozo de túnel o vestigios de un subterráneo arco abovedado comienzan a tejerse las historias más fantásticas; la curiosidad agolpa leyendas con detalles cambiantes de
acuerdo con la imaginación de los testigos. Por otra parte, es sabido que muchos profesionales de la construcción ocultan eventuales descubrimientos de túneles en la creencia de que una intervención oficial ante el hallazgo provocaría retrasos en los plazos de construcción y el consiguiente encarecimiento de la obra. Prefieren no dar aviso y hacer desaparecer la galería (con más sentido práctico que conciencia histórica) borrando cada
vez más la posibilidad de precisar el verdadero alcance y extensión de los subterráneos coloniales porteños.

Y ahora iniciemos el descenso a las catacumbas de Buenos Aires. El jueves 19 de agosto de 1909 el diario «La Nación» publicaba un artículo titulado «Los subterráneos de Buenos Aires», en torno a los hallazgos hechos por el ingeniero Carlos E. Martínez en el curso de trabajos de saneamiento del subsuelo ciudadano dispuestos por la Asistencia Pública. «Se sabía por antigua tradición dice la nota que debajo del ‘mercado viejo’ (Alsina y Perú) existían subterráneos, afirmándose que ellos formaban parte de las comunicaciones misteriosas que en la época colonial servían entre convento y convento, así como con algunos templos. Algo más había, como dato preciso, pues cuando hace muchos años, en 1865, se construyó la puerta de entrada al mercado, al excavar para fundar cimientos de los pilares, los obreros
encontraron una ¡bayoneta y cabellos de mujer!».

Imaginemos la conmoción que habrán producido, en aquel Buenos Aires que aún conservaba las características provincianas de su época de Gran Aldea, esos cabellos de mujer en un recinto subterráneo. ¿Y por qué se aseguraba que eran de mujer? ¿Tal vez para otorgarle al hallazgo un matiz novelesco o sensacionalista? Nada de eso. De mujer, se dijo, porque los largos manojos de cabello aún conservaban el trenzado a que habían sido sometidos para
mejor lucimiento de sus hebras. ¡Trenzas junto a una bayoneta en una galería subterránea! Durante largo tiempo se imaginaron historias, se urdieron caprichosas explicaciones. Mucho después alguien daría con la verdad, en un trabajo deductivo apoyado en la herrumbrosa bayoneta encontrada junto a las trenzas en un oculto socavón del subsuelo del viejo Buenos Aires. Pero no nos apresuremos y volvamos a los trabaos del ingeniero Martínez, relatados
por «La Nación». Se dice en esa nota que el doctor Penna, de la Asistencia Pública, había indicado el Mercado del Centro como uno de los primeros puntos a atacar en el trabajo de saneamiento. Justamente, aquel recordado mercado del año 65. Y describe que al hacerse la perforación pudo reconocerse la entrada a una vasta cámara abovedada, obstruida a esa altura por gruesas vigas. «No se trataba expresa el cronista de un subterráneo reducido. A los 14 metros de profundidad había una sala enorme con bóveda y muros gruesos, aunque en mal estado. ¿Qué había allí? Basura, despojos de toda clase y trenzas de cabello en gran cantidad…»

Las famosas trenzas que un cuarto de siglo antes habían dado tanto que hablar, volvían a aparecer. Pero en esa ocasión ya no provocarían el mismo asombro provinciano de entonces. Porque alguien, cuyo nombre no fue recogido por la historia de los hechos menudos, ya había descubierto el enigma. Esas trenzas eran las mismas que el general Belgrano había hecho cortar, el 7 de noviembre de 1811, a los soldados del regimiento de Patricios, cuyo cuartel
se había establecido precisamente sobre ese mismo sitio en los años iniciales de la Revolución. El artículo informa, además, que se hallaron hasta seis cámaras con distintas galerías más estrechas. Una de ellas «en tan buen estado que después de saneada hoy se aprovecha como depósito, hallándose situada debajo del puesto de frutas de los señores Camuyrano». Se encontraron varias cámaras, con medidas aproximadas a los 12 metros de largo por 8 de ancho y situadas a unos catorce metros de profundidad. Nada había
en ellas que pudiera dar indicios acerca del objetivo para el que fueron construidas. Apenas «¡un esqueleto de perro, una aceitera, un pito, un estuche una jeringa y una calavera de gato!». Agregábase que con las máquinas perforadoras se llegó por debajo de tierra hasta la calle Perú pero «no se hallaron las comunicaciones que se sospechaban con el convento de los jesuitas (se refiere al de San Ignacio, en Bolívar y Alsina) como tampoco las perforaciones hechas hacia la calle Chacabuco nada indicaron de comunicaciones con la iglesia de San Juan» (Alsina y Piedras).

Los descubrimientos de 1885 y la aventura vivida por un soldado inglés en 1887 -dijo haber recorrido una galería subterránea desde la iglesia del Socorro hasta la Recoleta, unos 1.300 metros en línea recta (1) constituyen los más antiguos antecedentes, conocidos, acerca de la existencia de túneles en Buenos Aires. Y antes del mencionada artículo de «La Nación», en el número de «Caras y Caretas» correspondiente al 26 de marzo de 1904, un señor que firma Blas Vidal había publicado «Una excursión por los subterráneos de Buenos Aires». Actualmente, este título no llamaría la atención: todos los días, centenares de miles de habitantes de esta ciudad recorren kilómetros por debajo del nivel de la calle. Pero una excursión por subterráneos a principios de 1904 debe haber maravillado a loa lectores de la publicación porteña. Por considerar interesante la experiencia transcribiremos algunos
párrafos de la nota de Vidal: «Hemos comprobado la existencia de pasajes subterráneos, cuyo fin no deja de ser sugestivo, puesto que obedecen a un plan general de comunicaciones entre los conventos que datan de la época colonial. No debe suponer que hayan servido para el desagüe de la ciudad, pues esos subterráneos nada tienen que ver con los «terceros» que en aquella época hicieron oficio de cloacas, siendo el principal de ellos el que va de la calle Chacabuco a la de Chile y que mide cuatro metros de ancho por dos y medio de alto, mientras que los subterráneos en cuestión tienen de ocho a diez metros de alto por siete de ancho, capacidad exageradísima que impide admitir hayan sido construidos para el desagüe. Uno de ellos va de la calle Piedras y Alsina, donde está el convento de San Juan, hasta la calle Defensa, atravesando el Museo Nacional, la Facultad de Ingeniería y las iglesias de San Ignacio y San Francisco. Sucesivos hundimientos en el Mercado del Centro y en la esquina de Perú y Alsina prueban la existencia de su comunicación, de nueve metros de alto por siete de ancho, can el techo abovedado».

Agrega, en apoyo de sus aseveraciones, «las autorizadas opiniones de los señores Agustín J. Péndola, secretario del Museo Nacional; ingeniero Con¡, secretario de la Facultad citada; José Mariño, bedel de la misma desde hace treinta años y Federico Burmeister», quien había bajado a ese mismo túnel en 1893 y levantado sobre el terreno un plano que se reproduce en la nota. Sigamos el itinerario de Vidal: «Este mismo camino corta en ángulo recto con la iglesia de San Francisco, atraviesa por la calle Victoria entre Defensa y Bolívar y sigue en dirección a la calle Viamonte; y es posible que por el sur tenga otra comunicación que una el citado convento con el de Santo Domingo, que dista dos cuadras» (Belgrano y Defensa). Relata a continuación parte del recorrido que pudo hacer por esas galerías durante tanto tiempo ignoradas y dice que pudo comprobar «que esa comunicación se extiende por el oeste, partiendo de Piedras y Alsina en dirección al convento del Salvador (Callao y Tucumán); siguiendo de allí por la esquina de Río Bomba y Paraguay hasta el antiguo convento de las irlandesas. Cuando quemaron el Salvador (2), el doctor Antelo libró de la muerte a cuatro frailes que salieron de entre los cimientos del edificio por una puerta solamente por ellos
conocida». Aquí conviene hacer una aclaración: en las páginas 81 a 107 del II tomo de la «Historia del Colegio del Salvador», del R. P. Guillermo Furlong, puede leerse una minuciosa descripción del asalto e incendio del Colegio, hecha por testigos oculares de ese bárbaro episodio. En ningún momento se alude a puertas secretas ni túneles aptos para una eventual
escapatoria. Si en verdad hubiese habido alguna galería subterránea los jesuitas hubieran podido evitar el encuentro con la muchedumbre enardecida que los castigó cruelmente cuando intentaban escapar saltando algunos muros o ventanas. De manera que el relato de Blas Vidal tiene, por lo menos en este punto, un valor muy discutible.

La índole un tanto sensacionalista de la nota es atenuada por el mismo autor al anotar lo siguiente: «Dícese que en el hundimiento que hubo hace unos veinte años (es decir, en 1884, aproximadamente) frente al convento de San Juan (Alsina y Piedras) se encontró una vía subterránea y unos huesos humanos dentro de ella; dícese que en el boquete que hicieron en la esquina de Perú y Alsina, el general Nazar encontró unas trenzas de mujer; dícense
muchas cosas que no asentamos nosotros por no haberlas podido verificar». Y agrega otra noticia: «En la calle Ecuador entre Paraguay y Mansilla se produjo un derrumbe en el año 1873 y su dueño, señor Colombo, vió un subterráneo que quedó al descubierto».

La breve descripción que hace de su viaje por una de las galerías nos ha parecido interesante: «La brújula señalaba el NNE, suponiendo que iba en camino de la calle San Martín, cortando transversalmente la Plaza de Mayo. Quizá pasáramos por debajo de la Catedral. Bajamos después a la cripta de la capilla de San Lorenzo y a la catacumba de San Francisco (Alsina y Defensa) en la que se conservan las momias de la señora viuda del virrey del Pino y del general chileno Mackenna muerto en duelo a pistola por el coronel Carrera, también chileno que yacen encerradas en dos arcas de las que se usaban para guardar caudales en tiempos del virreinato».

Varios grabados ilustran la nota de Vidal: 1) Subterráneo en casa de la calle Victoria (Hipólito Yrigoyen) entre Bolívar y Defensa; 2) Subterráneo que pasa por la calle Belgrano entre Bolívar y Defensa; 3) Catacumba en el subsuelo del convento de San Francisco; 4) Cripta colocada debajo de la capilla de San Lorenzo; 5) Retrato de Federico Burmeister (autor de los croquis antes mencionados); 6) Croquis de la bajada a la bóveda cónica de la calle Victoria que da acceso a una galería de antigua construcción; 7) Plano de los subterráneos existentes debajo del Museo Nacional (entonces de la calle Perú, entre Alsina y Moreno) y 8) Plano de la zona sur de la ciudad por donde pasaba el antiguo ‘terceros municipal’, el principal de los antiguos conductos de desagüe.

Mucho más atendible, desde el punto de vista de la seriedad histórica, nos pareció el testio publicado por «La Nación» el 30 de noviembre de 1908. Alude al templo de San Ignacio y dice: «Los que allí están no sospechan que debajo de tierra, a cinco metros de profundidad, bajo sus plantas o sus rodillas, hay hombres que trabajan abriendo túneles, galerías estrechas… hombres que bajo dirección técnica competente recorren !os viejos subterráneos tradicionales o abren nuevas vías para registrar y conocer nuestro subsuelo con el objeto de realizar la obra de higiene y saneamiento a que está, desde hace mucho tiempo, dedicada la Asistencia Pública. En el Colegio Nacional Central al lado de San Ignacio, por Bolívar pasa otro tanto».

Añade que los pozos que se practicaron en el Mercado Central buscando el subterráneo que unía San Ignacio con San Juan llevaron a los obreros hasta debajo de la Facultad de Ciencias Fisíco Naturales (Perú y Alsina); se pasó bajo el Museo de Historia Natural y la línea proyectada debió desviarse algo pues el vetusto edificio que hace tantos años amenaza derrumbarse empezó a resentirse de una manera alarmante. Señalemos que a pesar del tiempo transcurrido desde entonces, aún continúa en uso activo.

Desde allí los trabajos de excavación continuaron «hasta el antiguo convento de los jesuitas, lo que es hoy el Colegio Nacional Central (actualmente, Nacional Buenos Aires) y debajo de una de las aulas de 4° y 2° año se halló el amplio subterráneo, como de tres metros y medio de ancho por igual de alto, construido en ladrillo y con sus bóvedas sólidas. Es desde ahí de donde avanza el subterráneo nuevo que se está construyendo y que hoy llega hasta el altar mayor de San Ignacio, es decir, a cinco metros de profundidad debajo de aquél». Acatemos que esto parece echar por tierra mucho de lo dicho acerca de la antigüedad de los túneles que pasan por debajo de San Ignacio, en la famosa «Manzana de las Luces». Si no interpretamos mal, varias galerías mencionadas sólo tendrían poco más de sesenta años de antigüedad y, por lo tanto, carecerían de la tradición que se le asigna generalmente. Pero ya volveremos sobre estas galerías de San Ignacio.

Aunque parezca insistente la cita periodística, tenemos que seguir recurriendo a ella, porque hasta hoy es casi la única fuente de información de que se dispone con excepción de un articulo publicado por el señor Vicente Nadal Mora en la revista «Historia», que citaremos más adelante. «La Nación» del 17 de agosto de 1909 informa sobre unos subterráneos en casa del señor Aguirre, en Bolívar 102, esquina Victoria, donde hoy nace la diagonal Sur. Trancribamos el relato del cronista, ya ubicado dentro del recinto, a seis metros bajo tierra: «La impresión de soledad se impuso sin rumores y dentro de una construcción de otra época que parecía hablarnos con sus líneas y sus silencios, nos sentimos como transportados a «aquel entonces». Todo nuestro horizonte era ese cuadro con sus muros gruesos y elevados, sus bóvedas y sus nichos misteriosos, sus revoques perfectamente conservados, parte de sus pinturas y algo extraño y nuevo sorprendía: la luz no irradiaba allí». (Esto último, posiblemente, como consecuencia del aire enrarecido del ambiente). Y más adelante anota una afirmación para tener en cuenta: «Subterráneos aislados sí, se han hallado muchos y curiosísimos; pero red de comunicaciones, no». Y con referencia al recinto descripto, agrega: «Se han practicado perforaciones en todo sentido buscando comunicaciones, pero como en otros casos nada se ha hallado. Son obras aisladas, no sucediendo así, según se cree, con los sótanos que existen debajo del Museo de Historia Natural, los que por ahora no pueden tocarse pues esa parte del edificio se derrumbarla: esos sótanos deben comunicar con la casa situada en la esquina de Perú y Alsina, antiguo seminario de los jesuitas, ligado por un subterráneo con el convento de San Ignacio».

Interesada en los trabajos que realizaba el ingeniero Carlos Martínez, la revista «Caras y Caretas» se ocupa nuevamente de los subterráneos de Buenos Aires el 28 de agosto de 1909. Y entre otras noticias indica que el mencionado profesional informó que bajo la antigua casa de Rosas (Moreno y Bolívar) se halló un amplio sótano con recintos y varios pozos, de unos quince metros de profundidad cada uno. Pero en todo ese ámbito sólo se encontró un trozo de bayoneta y un plato con el retrato de Napoleón Bonaparte. Un plano del sótano y fotografías de los objetos hallados ilustran la nota.

Retornemos, ahora, a los túneles de San Ignacio. Vicente Nadal Mora, en el número 8 de la revista «Historia» (abril/junio 1957, páginas 132/137), publicó un trabajo sobre las galerías subterráneas «que, intercomunicadas entre sí, se extendían bajo la parte céntrica de antaño». Luego de aludir al entubamtento del antiguo zanjón de Granados, una especie de arroyo que se iniciaba en vecindades de la actual plaza Constitución y desembocaba en el río por la calle Chile, recuerda que mientras se construía el actual Colegio Nacional Central descubrió un pequeño hoyo junto a la puerta de servicio que hoy lleva el número 233 de la calle Bolívar. Relata cómo se deslizó por la pendiente hasta encontrarse en una galería subterránea y todos los pormenores de su cuidadoso avance por túneles que de tanto en tanto se bifurcan en distintas direcciones. La descripción es apasionante, aunque por razones de espacio no nos es posible reproducirla textualmente. Nadal Mora presume haber llegado hasta debajo de la iglesia de San Francisco o aun quizá más allá, hacia el Cabildo. Y dice después: «Durante los años transcurridos desde entonces, en diversas construcciones modernas se han descubierto partes de dicha red subterránea; ella debe haber quedado destruida y seccionada de tal modo de ser difícil verificar su continuidad. Al hacer obras en el Cabildo fue hallado el tramo de otro túnel, del cual se hizo un relevamiento que consta en el plano N° 50 de dicha obra, archivado en el ministerio de Obras Públicas – Dirección Nacional de Arquitectura; en dicho plano puede verse que la dirección del túnel es continuidad del tramo Sur Norte por el que no pude continuar a causa de obstáculos caídos debajo o después de San Ignacio; según tal documento, el túnel, luego de venir perpendicularmente a través de la calle Hipólito Yrigoyen, antes Victoria, dobla a 45° y coincide con el eje transversal del Cabildo, debajo de su vestíbulo de entrada, y antes de llegar a la recova dobla de nuevo en ángulo recto hacia el Norte, hacia la calle San Martín. El ancho de esta galería subterránea se consigna en dicho plano en 1.50 metros no habiendo sido posible verificar la altura por hallarse el suelo con escombros; la bóveda tiene su punto máximo a un metro bajo el piso del vestíbulo de la casa capitular».

En este punto creemos oportuno citar el testio del arquitecto Héctor Greslebin, publicado por «La Prensa» el 9 de diciembre de 1964. Ya hemos dicho que este profesional ha estudiado el tema con verdadero tesón científico. Siendo estudiante, en 1912, se produjo un hundimiento en el antiguo edificio de la Facultad de Arquitectura, en Perú entre Alsina y Moreno. El fue uno de los que bajaron a reconocer «un túnel de bien delineados contornos» así descubierto. Recuerda que en 1915 el ingeniero E. Toperberg realizó un relevamiento parcial de esas galerías y sobre su croquis, archivado bajo el N° 261 en la Dirección General de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas, comenzó su investigación. En sus descensos, allá por 1917 y 1918, utilizaba dos entradas: una ubicada en los sótanos del Colegio Nacional Buenos Aires y otra, hoy tapiada, en los sótanos del antiguo Museo de Historia Natural, Perú 208. En síntesis: descubrió y recorrió tres galerías principales y varias de menor importancia o extensión por debajo de la célebre «Manzana de las Luces». Una, de sur a norte, atravesaba el colegio, la iglesia de San Ignacio y quedaba interrumpida, bajo la calle Alsina, debido a un derrumbamiento. Otra, desde el sudoeste hacia el norte, desde la calzada de Perú, muy cerca de Moreno, hasta concluir en un trazado paralelo a la acera, unos 6 o 7 metros de ésta, donde desemboca otro túnel. La tercera galería avanza de oeste a este, atravesando la primera de las mencionadas y desde ella surge, además, otro túnel en dirección a la calle Alsina.

Nosotros no hemos tenido oportunidad de tomar contacto directo con estas catacumbas porteñas. Por eso insistimos en remitirnos a la palabra de los estudiosos. Por respeto al lector y a nosotros mismos no nos es permitido disfrazar desconocimientos con el ropaje de una más o menos novelesca imaginación. Podríamos repetir para darle color a este trabajo, algunas historias truculentas, inducir a la creencia de pasadizos secretos entre conventos y claustros monjiles, presentar los detalles de inviolables cámaras donde se torturaba a la manera de la inquisición o se ocultaban armas para secretas conspiraciones. Hemos visto mucho de eso a través de nuestra búsqueda sobre el terna. Ningún autor serio no sólo no las repite, ni siquiera se da por enterado. Por eso, a riesgo de aparecer áridos preferimos ajustarnos a la palabra de los peritos.

En distintos relatos que no parecen obedecer a fuentes «de muy buena tinta», se asegura que existía todo un sistema de galerías que unían el Fuerte con zonas estratégicas de la ciudad. Incluso se ha dicho que había ramales que llegaban hasta lo que es hoy Villa Crespo, otros hasta Palermo y, por el lado sur, casi hasta el Riachuelo. Nada de eso se ha demostrado. Se sabe, eso sí, que en 1808, durante la primera invasión inglesa, el ingeniero catalán Felipe Sentenach dispuso la construcción de una galería subterránea desde la manzana de Balcarce, Defensa, Moreno y Belgrano hasta la Fortaleza, entonces en manos de los ingleses, para hacerla volar con explosivos. La obra no llegó a completarse porque la lucha frontal dio la victoria a los criollos.

Reiteradamente se ha dicho que los túneles donde se ha instalado el Museo de la Casa de Gobierno tienen origen colonial. Parare que no es así. En 1942, mientras se realizaba el tendido de un tubo colector que se prolonga desde Núñez a la Boca y Barracas, el director de esos trabajos, ingeniero Sergio Jatunzoff, descubrió, casualmente, un túnel a poca distancia de la esquina sudeste de la Casa de Gobierno. Al reconocerlo vio que se trataba de una cámara, con columnas abovedadas, situada a unos cuatro metros de profundidad. El ingeniero Jotunzoff ruso, nacido en Sebastopol en 1889 nos informó que fue testigo del hallazgo el señor Alfredo Villegas, entonces funcionario de una repartición nacional y hoy subdirector del Archivo General de la Nación, quien dio cuenta a la Comisión Nacional de Monumentos y Lugares Históricos.

«Ocurrió así ratificó el señor Villegas , y anote que esa galería forma parte de los restos de la antigua Aduana, situada detrás de la Casa de Gobierno y ocupando una superficie casi igual a la de la actual Plaza Colón. El río llegaba hasta esa zona, la cual fue rellenada y elevada de nivel cuando se construyó el puerto. Esos trabajos ocultaron la mayor parte del piso inferior de la Aduana y así las galerías quedaron bajo el nivel de la calzada».

Si quedase alguna duda acerca de la magnitud de las tareas de rellenamiento agreguemos otro testio del ingeniero Jotunzoff, quien halló bajo tierra, en el Paseo Colón, un poco más hacia el sur, las vías del antiguo ferrocarril de la Ensenada, que tenía su estación cerca del actual monumento al almirante Brown. Bajo el asfalto del Paseo Colón duermen, pues, los rieles de uno de los primeros ferrocarriles porteños. Creemos que se trata de un dato casi inédito.

Interminable sería la lista de todos los hallazgos de túneles registrados en Buenos Aires. Más útil nos parece anotar que la tantas veces mencionada red de comunicaciones subterráneas que habría existido en gran parte del Buenos Aires colonial, parece producto de meras suposiciones. Nadie ha podido demostrarlo. Y cada día que pasa se aleja la posibilidad de que se consiga descubrir la existencia de un plan orgánico de comunicaciones bajo nivel que se nos antoja colosal para la época. Creemos que el objetivo de esas construcciones habrá sido principalmente el de servir de refugio ante los sorpresivos ataques a que estaba expuesta la ciudad. Nadal Mora (obra citada) no arriesga opinión al decir que fueron «comunicaciones secretas con un fin aún desconocido, cuya historia queda librada a las investigaciones del pasado de la ciudad vieja». Y del arquitecto Héctor Greslebin tomamos, como final de este trabajo, la siguiente expresión de deseos: «Los subterráneos no deben destruirse. Son una parte esencial de la historia argentina y de la vida secreta y antigua de Buenos Aires. Las autoridades municipales y nacionales deberían procurar su mantenimiento y conservación, aunque fuera parcial».

(1) Manuel Bilbado «Traducciones y recuerdos de Buenos Aires». 7954. Pág. 437. (2) 28 de febrero de 1875.

* Este artículo fue publicado en la revista “Todo es historia” (N° 2, Junio de 1967).