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El Guapo Calesita: amor, traición y cuchillo en el Pompeya de 1930

El Guapo Calesita: amor, traición y cuchillo en el Pompeya de 1930
En una nueva entrega de la serie de los guapos, Ricardo Lopa narra para Barriada la historia de Francesco Donato, calesitero de Pompeya a fines de la década del ’20, apodado «Vendaval» por su destreza con el cuchillo. Su amor por Joaquina, disputado en un duelo en Villa Soldati, lo enfrenta a los códigos de barrio de una Buenos Aires que, en vísperas de la Década Infame, todavía se jugaba el honor a filo de cuchillo.

 

No era violento, ni buscaba reyerta. El tipo la iba de calesitero, ahí nomás en la plazoleta estaba la diversión de los niños que, giraba y giraba, y Francesco Donato, nuestro hombre, se puede decir, que la administraba.

Pero, para la ocasión era guapo entre los guapos, tayaba primero en cualquier lance que se le presentara. Hombre dulce con los niños, era de filo calzar.   Tenía su reducto allá en Pompeya, para más dato en Traful y Romero, vecino de la calesita. Cordial con los niños, galante con las damas, entrador con los hombres, pero malevo cuando mande la ocasión. Hablando de de este hombre, que la vida lo hizo guapo, nunca buscó la fama con que se lo etiquetó, veamos el relato.

Bailarín de milonga semanal, se prendía con cualquier tango que el organito callejero solía acompasar.

Pompeya vio nacer
A este porteño de ley
Calesitero y bailarín
Guapo lo obligaron ser
Con los pibes bonachón
Pero, para la ocasión
No lo vaya a buscar
Taura, no se va achicar

Era el prototipo de un barrio bien porteño, como era Pompeya. Descendiente de tanos, caripela regordete, ágil, que lo convertía en un exquisito bailarín de tango y otras yerbas. Ni alto ni bajo, funyi, lengue blanco con sus iniciales rojas, pucho entre los labios, bien calzado con filo en la espalda a la altura de la cintura, barba renegrida, voz aguardentosa. Siempre con su barra de dos, el Flaco Abel, compañero de fierro, capaz de jugarse entero por el amigo y “Filtrador” rope posta, fiel hasta lancearse por el trompa.

Francesco Donato, para algunos y Donato Francesco para otros, no se sabía cuál era el límite del nombre y del apellido; en el barrio la simplificaron, era conocido como “El Tano” Donato.

Maniático de los timbos, usaba bota militar, canyengue al caminar como todo guapo del lugar. Pulcro al empilchar, la limpieza era prioridad.

Llegado el sábado, la atención a la calesita se limitaba hasta las 17 hs, luego peluquería. Repaso del bocho gris, fomentos para la limpieza del cutis, la manicura no faltaba. Un buen baño, pilcha de prima con estilo propio y de raje a la milonga.

Para ese sábado del año ‘28, le batieron que un club de Soldati, había milonga de rajatabla, era por la calle Condor.

Lo que no imaginaba, este porteño pompeyano, que esa noche, en esa milonga, iba a cambiar su vida.

La Caridad, así se llamaba el club, fue testigo de la entrada del Tano Donato a la milonga. Él, que era consumidor sabatino de milongas, le sorprendió la calidad de los bailarines, en especial de las damas.

No todo eran flores. En el club la tayaba El Coco y su barra. Tenían bajo su dominio todas las minas del salón, en especial a la Joaquina, que milongueaba solamente con El Coco; se necesitaba su permiso para poder sacarla a bailar. Pero, eh aquí el inicio de la complicación.

Joaquina era una piba muy especial de unos 25 abriles. Desde que llegó Donato, su estampa la atrapó. Lo entró a fichar, máxime cuando lo vio hacer maravillas en el baile.

El Donato, a partir de ese día, no faltó un sábado a la milonga del club La Caridad. Se fue haciendo del ambiente, percatándose del fichaje de la diquera Joaquina y el cerrojo del Coco.

El Tano, no era de los que se quedan con las ganas, ni de achicarse. Un sábado inolvidable, recorrió todo el salón, con los ojos clavados en la Joaquina. Cuando se acercó lo suficiente, le estiró la mano a la que se agarró la dama, mientras sonaba un tango bien pulenta, interpretado por el Rey del Compás.

Estupor en el salón ante el atrevimiento de Donato, que bailaba con la prenda del matón. A la mitad del tango Coco, cuchiyo en la diestra, encaró a la pareja, reclamado la titularidad de Joaquina.

El tano Donato
Milongueó en Soldati
La Joaquina lo marcó
Su vida cambió
Coco y su barra
Tayaban en el lugar
La Joaquina era su prenda
No se la iban a piantar 

Oiga viejo, le contestó El Tano, la señora no es una cosa que se posee, ella tiene decisión propia, y vea que casualidad decidió irse conmigo, y peló también el cuchiyo en la del cuore.

Del club, presagiando trifulca llamaron a la taquería. Fueron fintas, pero las suficientes, para ver sangre brotando de la cara del Coqui. Se venía su barra, cuando alguien gritó “la cana”, todos rajaron; Donato con Joaquina la prenda más mentada, rumbo a Pompeya. Coco, “el marcado”, así se lo empezó a llamar, juró, ante el arrebato, venganza a la pareja.

Y la Joaquina, ganada en un mano a mano, fue prenda y carta de presentación del tano Donato. Para ser sincero, la que decidió fue la dama, que en realidad manejaba la situación.

Mientras Donato milongeaba, la situación económica y política del país tambaleaba. La crisis se avecinaba.

Pero como toda fama de guapo debe alimentarse con un apelativo, por su fuerza se lo llamó en Soldati “Vendaval”.

La conquista de la dama
Le dio fama de ganador
Lo llamaron Vendaval
Guapo del arrabal

La pareja se aquerenció en Traful y Romero, el bulín de Donato, ahí nomás de la calesita. Cotorro humilde donde floreció el amor.

Nuestro hombre estaba seguro que El Coco y su barra iban a aparecer en cualquier momento; por esta razón vivía calzado de filo en la diestra, la del cuore libre para el faso. Joaquina, cebaba unos amargos, mientras El Tano laburaba en la calesita con la ayuda del Flaco Abel, siempre presto. Empedernido fasolari, solo dejaba el pucho para la sortija, siempre con la zurda. La derecha libre para la ocasión.

La pareja se auto restringió la salida, excepción los domingos que Joaquina iba a misa en la Iglesia de Nta.Sra.de Pompeya, mientras que el Vendaval de Pompeya se quedaba de apoliyo. La tranquilidad duró poco, pues en una salida de misa, se le acercó un fulano y le dejó una esquela para el Tano Donato, pues así se lo conocía todavía por Soldati a Vendaval.

La nota: “Te espero el sábado, hora 21, bar El Buzón, vení calzado”, era evidente que lo convocaba a un duelo.

Así fue que la esquina en triángulo, Centenera, Esquiú y Lanza, donde hizo pata ancha muchas veces Vendaval,  fue testigo mudo de un duelo concertado de dos hombres jugándose por una mujer. El de Soldati, no vino solo, su barra calzada se hizo presente. La cosa olía a la huesuda para el de Pompeya, vecindad que no aguantó a su hombre, solo Joaquina y el Flaco Abel lo bancaron. No obstante, el guapo puso el chope para la ocasión. En el medio de las fintas de los contrincantes, se apareció la barra del Coco rodeando a Vendaval, al que poca esperanza de vida le quedaba. Se arrimó El Flaco. Ambos se pusieron espalda con espalda para cubrirse frente a la pared. Fue en vano, la barra de Soldati eran seis, demasiado para dos, En esta trágica circunstancia apareció la Joaquina que rogó piedad. En la desesperación para salvar a su hombre, decidió transar con El Coco; entregar su cuerpo por su actual pareja.

El episodio dejó a Vendaval herido en un brazo y Abel en una pierna. Así dejaron el Buzón, tristes, ensangrentados y sin la dama. Entonces Vendaval volvió a ser El Tano Donato. Cabizbajo y atormentado rumbeó para su querencia añorando a la dama, que ya no está. Mientras tomaban unos amargos y curaban las heridas, Donato tiró:

– Estoy arrepentido por no jugármela hasta el final.

Francesco Donato era pura tristeza. Los niños en la calesita no parecían tan amorosos, los nenes lo notaron, el laburo comenzó a escasear. Todo era depre en el hogar, hasta Filtrador dejó de jugar.

Se dice que el tiempo cura todo, pero no fue el caso de Francesco Donato. Pasaron un par de años largos De cafetín en cafetín, cincuentón, con su estampa palidecida, haciendo estaño se lo veía.

Abatido a Vendaval se lo presentía
Lo invadía la melancolía
En los boliches se arrumaba
Le faltaba su querida 
Un par de copas
No lo consolaban
El rostro de Joaquina
Lo acompañaba

Fue en el Cánadian, boliche de San Juan y Boedo, cuando en una de esas noches que no se empardan, sucedió lo impensado. Mesa con fichaje a Boedo, tinto y Crítica, cuando se le acerca un chabón y lo entra a verdugear. Francesco, aguantó el atropello un rato, solo unos minutos le llevó revivir su estampa de guapo de arrabal, Se incorpora y le saca el funyi de un puñetazo, el tipo en el suelo quedó paralizado al igual que su barra, nadie se atrevió a enfrentar al veterano. Francesco se preguntaba, por qué el quía lo había elegido para encararlo, es que lo había reconocido, buscando la fama de derrotar a Vendaval?. El hecho revivió la guapeza de Donato, lo que originó que en su vuelta caminando de Boedo a Pompeya, pensó en cerrar la herida abierta hace un par de años, todavía tenía paño para bancársela. Decidió concluir, para bien o para mal, el entuerto con Coco y su barra, sin olvidarse de Joaquina. Nuestro hombre volvió a ser un Vendaval, el episodio en Boedo se lo recordó.

Boedo vio llegar a Francesco
Deprimido y bajoneado
Lo vio salir
A Vendaval agrandado
El hecho revivió
Al guapo Vendaval
Siempre presto
Para buscar al rival

El próximo sábado, el club La Caridad de Soldati, ve entrar a un veterano andar balanceado, chambergo, lengue, faso en la del cuore, la diestra, como los viejos tiempos, acariciando el facón. Se largó solo, no quiso comprometerlo al Flaco Abel. Sorpresa que se lleva, pista poblada de billares, minga de milonga. Había cambiado la comisión directiva, dándole otro enfoque a la institución. Preguntado por Coco se enteró que el fulano había muerto en un entrevero. Mejor, pensó, me ahorré un finucho. Y Joaquina? Las comadres del club, batieron que se la solía ver los domingos en misa de once en la Parroquia de Cristo Obrero, de la calle Lafuente y Roca.

Vendaval, un poco confundido con las noticias, cacho viaje para Pompeya, sin dejar de pensar en Joaquina ¡estará sola, tendrá nueva pareja! La vuelta se le hizo eterna. Solo con Filtrador, perro fiel, se tomó un café con leche, y al sobre, a escuchar la pelea del Torito de Mataderos desde el Luna Park. El que era hombre de la noche, parecía un adolescente en trance sentimental.

Como de costumbre, estampa de varón, temprano, tipo 10,30 hs se aparece por Lafuente y Roca. Tuvo suerte el boliche de la esquina frente a la Parroquia estaba inusualmente abierto. Después se enteró que ahí se juntaba la barra para ir a ver a Huracán. Sentado en una mesa fichando a la Iglesia, haciendo que leía Critica de la noche anterior, en la espera se tomó un cortado, alcanzado por don Juan, el dueño del lugar.

Las campanadas llamaban a misa de once.

Pucha no vi entrar a Joaquina.

Preocupado, pasa el tiempo, mira la hora, se acomoda en la silla, garpa el feca,

Salen los primeros feligreses, son hombres. Al rato ve a Joaquina, todavía con la mantilla, pero aquí llega la sorpresa, lleva un niño de la mano.

Su repentina aparición, le cae muy bien a la dama, se acerca, previo besos y abrazos, la chamuya:

Te invito a tomar algo en el café de don Juan.

La pareja y el pebete se acomodan en la misma mesa que él había dejado hace instantes, Repasaron sus vidas, pero ¡y el niño!

Ahora era Francesco, el guapo lo dejó en Pompeya. Mirando a la supuesta madre y al niño tenía una sensación inexplicable; cuando miraba al nene, lo veía parecido a alguien.

– Cómo se llama? Es tuyo?.

– Si, es mío y se llama Francesco, como el padre.

Ahí Vendaval, tomó conciencia, el pibe era suyo. El cotorro de Pompeya, antes de la topada con el Coco y su barra, había sido el nido de amor, fruto Francisquito.

La pareja aclaró algunas cuestiones pendientes, decidiendo hacer vida en común, el niño motivó, sobremanera, la decisión.

La ciudad de Buenos Aires, desde el día anterior, sábado 6 de setiembre de 1930, escuchaba repiquetear de botas. Los cadetes del Colegio Militar, apoyados por civiles armados, concretaban lo que tanto fogoneó la prensa, en especial el diario Crítica, la deposición del gobierno constitucional. Era el comienzo de la Década Infame.

Pasó el tiempo, las noticias de la pareja fueron escasas. Se sabe que bautizaron en la Iglesia de Pompeya al pequeño Francesco, apadrinado por el Flaco Abel.

En tren de averiguaciones una noticia en el diario El Mundo comenta “en una emboscada fue abatido “El GUAPO CALESITA” se supone que fue un pendiente ajuste de cuentas.

Esta fue la historia
Del Guapo Calesita
Hombre bonachón con los niños
Y leal con los gomías
El Buzón de Pompeya vio sus hazañas
El fiel compadre Abel, lo bancó
Joaquina lo amó, fruto del metejón
Fue Panchito, el pibe que los unió
Se dice que por Boedo
Una traición lo vendió
Se sabe poco
De su desaparición

Ricardo Lopa
contacto: [email protected]
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Imagen ilustración: creada con IA


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