Confitería del Molino

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Confitería El Molino
«Después de acoger durante 137 años a los porteños, la Confitería del Molino cerró sus puertas el 23 de febrero de 1997. Azotado por los vientos de una severa transformación económica, el Molino dejo de girar, pese a que los que amamos nuestro pasado guardamos la esperanza de que algún día vuelva a abrirse. Esta confitería fue incluida en una lista considerada por la UNESCO para ser declarada patrimonio art nouveau internacional.

La historia del Molino comienza en 1850, cuando dos reposteros italianos, Constantino Rossi y Cayetano Brenna compraron la entonces Confitería del Centro, en la esquina de Federación y Garantías (hoy, Rodríguez Peña y Rivadavia). Luego la rebautizaron Antigua Confitería del Molino, porque en un ángulo de la plaza Congreso trituraba granos el primer molino harinero de Buenos Aires.

El lugar fue adoptado por la alta burguesía; señoras «bienudas» y elegantes caballeros vestidos de etiqueta se volcaron al amplio salón y conocieron las exquisiteces del establecimiento. Especialmente, el merengue, el marrón glacé, el panettone de castañas y el imperial ruso, curiosamente conocido en Europa como «postre argentino», ya que fue creado por Cayetano Brenna en 1917, para solidarizarse con la dinastía zarista, cuando los bolcheviques asaltaron el Palacio de Invierno.

En 1904, Callao era una calle de tierra llena de árboles, pero Brenna, como buen italiano ahorrativo, adquirió la esquina que formaba con Rivadavia. Siete años mas tarde compró la casa de Callao 32 y en 1913 la de Rivadavia 1915. Mientras en Europa azotaba, el fantasma de la Primera Guerra Mundial, don Cayetano Brenna decide construir en esos lotes uno de los edificios mas altos de la ciudad. Mandó traer para ello todos los materiales de Italia: puertas, ventanas, mármoles, manijones de bronce, cerámicas, cristalería y más de 150 metros cuadrados de vitraux.

En 1917 se efectuó la gran inauguración. Los legisladores abrían allí sus cuentas corrientes y Brenna los atendía con levita. El Molino se había convertido en un verdadero foro para el debate, la conversación y las citas amorosas. Entre los dulces, las infusiones interminables y la buena comida, la historia del arte y la política ocupó un lugar definitivo dentro de este recinto. Por las mesas del Molino pasaron Alfredo Palacios, que casi siempre pedía coñac, café y medialunas; Carlos Gardel, que le encargó especialmente a Brenna un postre para regalarle a su amigo Irineo Leguisamo (así fue como se inventó »el Leguisamo», una exquisita combinación de bizcochuelo, hojaldre, merengue, marrón glacé y crema imperial con almendras). Lisandro de la Torre y Leopoldo Lugones bebieron copetines en este lugar. El tenor Tito Schipa saboreó el  champaña y la soprano Lili Pons comió pequeños sandwiches de
miga; mientras Niní Marshall, Libertad Lamarque y Eva Perón tomaban el té con masitas secas, aunque ninguna compartía su mesa con la otra.

«Las chicas de Flores tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino», escribió Oliverio Girondo, quien fuera otro de sus asiduos concurrentes.

En el Molino, Roberto Arlt daba cuerpo a sus Aguafuertes Porteñas, y en una de ellas, el mordaz narrador se burló del francotirador que se había amotinado en la confitería, durante la revolución de 1930. La muerte de Brenna en 1938 marcó el fin de la belle époque; y una nueva etapa se abrió para El Molino, ahora regenteado por Renato Varesse hasta 1950 y el pastelero Antonio Armentano, hasta 1978. Este último vendió el fondo de comercio y la marca a un grupo de personas que un año después presentaron quiebra. En ese momento, los nietos de Cayetano Brenna salieron al rescate del patrimonio histórico y lograron volverlo a la vida. Con la vorágine cotidiana y las nuevas costumbres, se fueron introduciendo en la confitería muchos cambios. Se incorporó un salón bar y un mostrador para comidas rápidas, aunque siempre mantuvo su tradicional estilo.

La Confitería del Molino, con su magnífica torre aguja, sobre la ochava, sus vitraux y sus ornamentaciones, fue perdiendo luz y color. Fue muriendo lentamente, mientras poco a poco albergaba a menos parroquianos en sus mesas. Su brillo había quedado arrumbado en algún arcón del pasado.Este, es uno de los rasgos de la personalidad de gran parte de los argentinos; tiramos abajo lo que más queremos, y después lloramos sobre el cadáver... «.