Christian Cirilli: tengo al barrio en mi corazón

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Hola. Mi nombre es Christian Cirilli. Soy nieto de inmigrantes italianos, de Molfetta, Provincia de Bari. Toda mi familia proviene de La Boca y aunque ya no vivo en ese barrio, lo sigo teniendo en mi corazón.

Yo nací y viví en un conventillo en la calle Lamadrid 247 (entre Ministro O’Brien – llamada por los boquenses «Ministro Brin» – y Necochea), a cuadra y media de los puentes y del Riachuelo y muy cercano a las cantinas y a la Plaza Solís, donde se fundó Boca Juniors.

De chiquito jugaba en la calle empedrada a la pelota (descalzo, obviamente) y el barrio respiraba solidaridad y espíritu de comunión. En mi conventillo vivía con mis tías (hermanas de mi madre), con lo cual todo quedaba en familia.

Recuerdo que todas las mañanas se reunían para hablar (las 4 hermanas) y cuando querían decir algo secretamente acudían a su dialecto molfetés (muy similar al siciliano). En La Boca se vivía un aire de hermandad fabuloso que añoro mucho. Estoy hablando de la década del ’70 (yo soy de 1972).

Fui al colegio primario en la escuela municipal Gral. Lamadrid que era un ejemplo de escuela. Iba a la pileta de Boca Juniors los veranos y en invierno practicaba mini-basquet con mi primo Marcelo. Además me juntaba a jugar al fútbol en la calle Aristóbulo del Valle y Del Crucero (hoy del Valle Iberlucea), detrás de la fábrica Mignaqui. De hecho, nuestro equipo de primera se llama Miñaqui (castellanizado), y jugábamos el torneo de los sábados a la mañana en el San Juan Evangelista, donde siempre salíamos segundos.

Lo más esperado eran las fiestas de fin de año: se reunía toda mi familia, y éramos como 40 personas en el patio, comiendo ravioles y straghinatti hechos por mi tía Luisa (Luigi, su verdadero nombre).

Además, se esperaba mucho los carnavales; jugábamos con agua, pero a las 18hs. se terminaba y eso se respetaba a rajatabla. Las puertas y ventanas siempre estaban abiertas; jamás un robo. Todos los vecinos nos conocíamos.

Sería tan largo relatar esa niñez feliz en La Boca que me llevaría un libro entero… En definitiva; amo a La Boca, me siento del barrio vaya donde vaya, soy hincha fanático del xeneize, club que aprendí a adorar desde chiquito en el seno de mi familia, pisando sus baldosas y defendiendo sus colores; amo el Riachuelo, donde iba a pasear a ver sus barcos derruidos con mi tía Dora (Dorotea, su verdadero nombre), amo las calles del barrio, aunque se esté obligado a subir y bajar las veredas dado sus desniveles (producto de las crecidas del río en las sudestadas), amo hablar de los tiempos del cine Dante y del cine Olavarría, de la verdulería «Los Pirulos», del mercado «Solís», de las panaderías «El Cañón de La Boca» y «La Argentina» donde comprábamos facturas mientras escuchábamos los goles de Maradona en el ‘ 81, del club «Lamadrid» donde mi hermana hizo su fiesta de 15, de la lechería donde comíamos helados (hoy llamada la «Chirilísima» y de propiedad de mi tío «Cucho») de las pizzerías «5y5», «Oriente», «El Pañuelito» y la siempre presente «Banchero»; del club «Bohemios» donde alguna vez tuve el honor de jugar al fútbol, de las plazas «Solís» y «Matheu» donde me paseé en las hamacas, en la iglesia San Juan Evangelista, donde veneré a la Virgen «María de Corsiniano» y a la «Virgen de los Mártires» (ésta última, de los pagos de mi familia, Molfetta)… en fin… amo al gran barrio de La Boca y lo siento siempre en mi corazón.